Full text of "Brenda"
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2^?
Biblioteca de Autores Urugtuiyos
BPUARDO ACEVEDO DÍAZ
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MONTEVIDEO
A. Barreiro y Ramos, editor
25 de Mayo, esquina Cámaras
1894
BRENDA
A. BARREIRO Y RAMOS, Edit
LIBRERÍA, PAPELERÍA Y ENCUADERNACIÓN
ClllX 26 I>K HATO Tí cIhaKIB
Biblioteca de Autores Uruguayos
•-COBRAS EN VENTAm-*
EN FORMATO EN 8."
ZOBRiLu DE SíN MiRTÍK ¡ JuiN ). —TABARÉ. — (Poema) I ele-
gante Tolumen impreso en Fnrfa con lodo lujo, adoruído eoo
iiD hermosa nltato del autor al agua fuerte. — Precio con una
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A. MaoabiBob Cervantes.— palmas Y OMBÚES. — (Poesías),
2 lomoa á larúBliea > 4.1»
C. L. FoBOBiiio.- ARTIGAS. — (JMouueDtoe), 1 tomo. . . . > I.fiU
EN FORMATO EN 12."
Ca^s María RauIrez. — ARTIGAS. — ( Documentos Jaaíiñcalá-
T08), 1 lomo .2.00
LOS AMORES DE MARTA. — 2 lomos > 2.B»
■Fbancibco Badií.— estudios LITERARIOS.— 1 tomo. .... l.BO
ESTUDIOS CONSTITUCIONALES.- 1 tomo 2. 0»
Bassúh Cahkabco,— COLECCIÓN DE AHTÍCDLOS.-l tomo. . .1.80
Eduardo Acevxdo Díaz, — BBENDA. — 1 tomo l.GO
ISMAEL. — 1 lomo » 1.20
NATIVA.— 1 lomo .1.20
GRITO DE GLORIA. — 1 lomo .1.2»
Benjamín Fernández y Medina
CIENTOS DEL PAGO. — ( Noielas uiuguayaa), 1 tomo de SOO
pllginas con el retrato del autor. Pncio i la rústica. . . . )
CHARAMUSCAS.— (Eicenu fllpoi del Druguaj, con on prologo
de Fnmdsco Butid), 1 tomo i la nliüca ..''.... i
Biblioteca de Autores Uruguayos
EDUARDO ACEVEDO DÍAZ
BRENDA
MONTEVIDEO
A. Barreiro y Ramos, editor
25 de Mayo, esquina Cámaras
1894
Derechos reservados.
Imprenta Artística, de Dornaleche y Beyes
OaUé 18 dé Julio, mma. 77 y 79
(^ L^onceíxyián
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DEL EDITOR
LA CRITICA Y EL ROMANCE
&i el plan de mut nueva edición de las novelas del sefior Ácevedo Días,
entró como era de consiguiente el propósito de incloir á Brbnda. en la oo-
lección de sus obras completas. Por orden cronológico, ésta fué la pri*
aaera producción que dio á las su autcnr, expresamente escrita para La
JAKJitffi'de Buenos Aires que la insertó en su folletín, lanaándola mtfs
tnrde á la cireidadón en libro.
Esa edición se agotó en pooo tiempo, tras de una aoogida bien lisox^am
•pmoi el autor.
Scdidtado por nosotros el asentimiento necesario para reimprimir Bbknda,
flOBjnntamente con las demás obras del señor Acevedo Días, éste nos ob*
Mrvó que era su deseo no darle sqnii^^<^ edición, y que la exdula del
^an convenido.
Ufo podramos confiMinamos con esta determinación, y nos penúltimos
Insistir en que ella fuese reconnderada én obsequio á las raeones que ex-
ponfsraoe, y que atendibles ó no, inclinaron al fin el ánimo del autor en
■entído fiivovable.
£n una de sus cartas, el señor Acevedo IXaz nos impuso de los motivos
que le haMan asistido pam no acceder al principio á nuestro reclamo, y
aos antorisó para que hiciésemos el uso que jusgáramos más acertado de^,^
la precitada carta. ó^^
DEL EDITOR
Hemos creído que algunas de las consideraciones en ella expresadas,
tendrían excelente colocación en la portada del Ubro ; y sin vacilar las re-
producimos en seguida, como encaje digno del proemio.
Véanse aquí:
«Herido 'por la censura que niega todo en cU)8oltUo, decfa en cierta oca-
sión el malogrado Maupassant, refiriéndose al romance en' general :
«En medio de frases elogiosas^ encuentro regularmente ésta, bajo las
mismas plumas:
— El más grande defecto de esta obra es que ella no es un romance
propiamente hablando.
«Se podría responder por el mismo argumento:
— £1 más grande defecto del escritor que me hace el honor de juzgarme,
es que él no es un crítico .
« ¿ Cuáles son en efecto los caracteres esenciales del crítico ?
«Es menester que, sin partido escogido, sin opiniones preconcebidas, sin
ideas de escuela, sin relaciones con ninguna familia de artistas, él com-
prenda, distinga y explique todas las tendencias más opuestas, los tempe-
ramentos más contrarios, y acepte las soluciones de arte más diversas.
«Luego, la crítica que, después de Manon Leaoaut, de Pablo y Virginia,
de Don Qujiote, de Wefter, de Las afinidades electivas, de Clarisa Har-
lowe, de Emilio, de Cándido, de Cinq-Mars, de Rene, de Los tres mosque-
teros, de Mauprat, de El Padre Qoriot, de Colomba, de El rojo y el negro,
de MademoiseUe de Maupin, de Nuestra Señora de París, de Salambó, de
Madame Bovary, de Adolfo, de M. de Camors, de L'a^sommoir, de Sapho,
y otros, osa todavía escribir: *éste es un romance y aquél no lo es» j paró-
cerne dotado de una perspicacia que se asemeja demasiado á la incompe-
tencia . »
«De muy variadas críticas ha sido objeto Brbnda, mi primer ensayo
dado á la publicidad asistido acaso de la osadía propia de los fervores ju-
veniles de que fué legítimo fruto ; y no pocos de esos juicios alentaron el
esfuerzo y favorecieron la obra, juzgándola como un objeto de arte que se
somete á la crítica no subordinada á escuela alguna, ni á propósitos pre-
concebidos, libre de preoeupa/ñonea y tendencias hostiles, según la regla que
indicaba como piedra angular de aquélla el inteligente autor de Pierre et
Jean; y una crítica así fué la que hicieren entre otras autoridades para mí
respetables, Mitre, Yedia, Estrada, Tobal, Magaríños Cervantes, teniendo
en cuenta aquella especie de argument fourehu del inimitable romancista.
«Los juicios de escritores noveles, — y como tales más imbuidos en la
moderna teoría, — negaron á Biucnoa en cuerpo y alma considerándola ser
extra -terrestre ó visión vestida de Spirita nacida y fecundada á manera de
anémica flor de invierno entre cristales de roca.
«Si criticoB muy distinguidos, pues, la aplaudieron á su aparición brin-
dándole lisonjeras fitises como á doncella que se presenta engalanada de no-
via, otros la hallaron demasiado poética, romáfUica, sentimental, casi in-
LA CRñ'ICA Y EL ROMANCE
verosfinil ; algunos se rieron de sus ideales j castidades ; yarios censuraron
sarcásticamente la rareza de los nombres de los personi^es, si bien otros
advirtieron que esas extravagancias de detalle no afectaban al plan ni al
argumento; no <ó quien afirmase con aplomo que Brkmda no era más
que un remedo, ó cosa peor ! de un libro de Víctor Hugo, que yo de-
claro no conocer, á pesar de baber leído todos los de aquel ilustre escritor ;
no pocos la consideraron pura fantasía que se esfumaba cu la página final
como una evocación de poeta enfermo , rubia Mireya sólo propia para exal-
tar vírgenes soñadoras ; en España la reprodujeron de cuerpo entero y pu-
siéronla en verso y música ; del folletín pasó al libro, de éste al folletín de
nuevo allende el mar, luego al libreto; abora vuelve al libro, según las
intenciones de Y., para hacerla más sedentaria tras de correr tanto mundo
inmaculada y limpia .
«Ni por esas la ubicará V., en mi sentir, y creo que caerá envuelto en
mi derrota, ahí al menos, donde ni una sonrisa benevolente la saludó á
su aparición.
«Y sin que lo que subsigue sea pretender imposibles comparaciones,
sino simplemente citar modelos , añadiré este comentario , que no defensa :
los malos hados, ó críticos, hallaron en Bre>'da diálogos á semejanza de
discursos académicos, amor<3a como idilios vagarosos, ese mas propias dQ
dramas líricos, y á la postre cosas que no eran do esto mundo ; y ninguna
de estas cosas han encontrado según parece en el comienzo de El En-
sueño del grau Zola que tiene puntos de analogía con el comienzo de
Brenda, así como no han creído romántUxi, ni mucho menos, á la Elnri-
queta de El desastre; ni han juzgado idealistas los cuadros de Mireya del
renombrado Mistral, ó algunos diálogos de Pepita CH/ménex del insigne
Yaiera ; ó muchas escenas de Sotilexa del notable Pereda ; ó ciertos paisa-
jes romancescos del sagaz Pérez Galdós; y, sin ir más lejos, todas las
pinturas de tipos y caracteres en Caramurú del inspirado Magariños Cer-
vantes . Dijeron más : que Brenda no tenía nada de la tierra y del clima,"
ni siquiera la belleza fisica, ni pertenecía á escuela literaria alguna, ni me-
recía el honor de ser leíd» por su fondo y por su forma.
«Era claro. No había que tener presente estas sentencias del mismo in-
fortunado Maupassant á quien mató el propio exceso de vida en el ce-
rebro:
«¿Existen reglas para hacer un romance, fuera de aquellas por las que
una historia escrita deba llevar otro nombre?
«Si Don Quijote es un romance, ¿El Rojo y el Negro es otro? Si Monte-
Oristo es un romance, ¿L^J-ssommotr es también uno? ¿ Puede establecerse
una comparación entre Las Afinidades electivas de Goethe, Los tres mos-
queteros de Dumas, Mad. Bovary de Flaubert, M. de Gamors de Feuillet
y Oerminal de Zola ? ¿ Cuál de esas obras es un romance ? ¿ Cuáles son las
famosas reglas ? ¿De dónde proceden ? ¿ Quién las ha establecido ? ¿ £a vir-
tud de qué principio, de qué autoridad y de cuáles razones?
« Parece, sin embargo, que esos criticos saben de una manera cierta, in-
BEL EDJTOB
dudable, qué es lo que oonstítuye un romance y qué es lo que á éste dis-
tingue de otro que no lo es. Esto simplemente siguifica, que, sin ser
productores, se han enrolado en una escuela y desde allí rechazan, á
modo de romancistas ellos mismos, todas las obras concebidas y ejecuta-
das fuera de su cstétíca.»
En tributo á las nuevas corrientes de ideas literarias, ya que no á re-
glas que no existen ni existir pueden sin desnaturalizar el género que ha
reemplazado á la epopeya, yo pude haber trazado, en vez de los de una
pulcra doncella, los perfiles que esbocé más tarde en Cata y Giriaca del
Combate de la tapera, en Felisa 6 Sinfora de Ismael, ó en Jacinta
de Gbito de gloria, heroínas de chiripá y blusa de tropa que al fin he
visto no desmerecen, en osadía al menos, de aquellas heroínas del Ariosto
bellas y soberbias, que se andaban á toda rienda en sus bridones por va-
lles y riberas buscando acorrer en el peligro á sus desfallecidos caballeros,
combatiendo con sus rivales á espadón y lanza y regresando á las perdi-
das á sus castillos para mudarse de ropas, si es que alguna buena dueña
se las tenía limpias y planchadas.
Pero, si bien es verdad que se modelaban entonces en mi mente esas
figuras de realidad palpiitante con toda la crudeza de sus formas y el ca-
lor de sus instintos, de bronceadas pulpas y Q^bczas de loba, había antes,
y permítaseme la expresión, que castigar la concepción personal del arte,
pagando el diezmo al noviciado.
Besultó Brenda vestida de tules, y para los malos hados pareció moiga
que dejaba el claustro y se aventuraba en un mundo ya muerto para ella
en alas de un misticismo que sólo vivía entre cuatro muros, entre rejas,
entre éxtasis y salmos, sin lazo ni vínculo alguno con las luchas y tem-
pestades de la vida, sola en sus ensueños vii-ginales, única en sus raptos
de deliquio, sin ejemplo en sus austeras castidades, sombra blanca de los
lagos de leyenda más que hechura humana de plácida belleza ; y como no-
tase que la desconocían y desairaban donde pudo aparecer amable ficción
siquiera; que la repudiaban como á ente no esculpido en carne ó fundido
en molde de vulgar estructura, ocurrióseme. y «n mis adentros la dirigí
osla íkase, que el gran poeta inglés pone en boca de uno de sus héroes
más románticos — y acaso, el más humano! — dirigida á la pobre doncella
de dorada cabellera y alma de candores que le brindaba el tesoro de sus
cariños entrañables; finase que Salvini dejaba escapar de sus labios con la
solemne entonación de una sentencia de muerte: — *va in un convento i»
«Y después de todo esto, quiere V. ser su i«editor ! . . . .
«Sea. Yo no puedo renegarla por defectuosa que baya venido al mundo,
pues que se afirma como verdad que el hijo defwme de nacimiento se atrae
maytnmente el cariño do su padre, y con especialidad, si el vastago per-
tenece al sexo débil. No puedo desconocer mi propia oto&, aunque la crí-
tica heeha de ella y con la cual «e fonaaifo otro volumen, rechace su uno-
tura, y no le dé ubicación bajo cUma si en teaitro alguno ; pero, al t<^rir
su r^iüfrosión ha de aervirae Y . premiiir en la portada que lo deeorito
LA CRÍTICA Y EL ROMANCE ^5
en, Brxnda, — ya que no es de la tierra nativa ni cosa que se le parezca,
lo que macho siento por la nativa tierra que en mis mocedades me ima-
giné capaz de todas las piuezas j abnegaciones que alU se narran, ó de
incubarlas 7 nutrirlas, ha de servirse Yd. decir, repito, que todo pasa en
el cpafs de los ensuefios», j con esto la novela quedará ubicada conve-
nientemente.
«Algo más he de i>edir á Y. que tan buena voluntad ha mostrado en
dar segunda vida á mis obras.
«Y es que apareje á ésta cuanto antes Ismael, %ue según infiero por las
críticas tiene fuerte sabor de la tiemí, á fin de que los bufidos de su
brioso redomón 7 el estridor de sus espuelas al presentarse coioo envuelto
en rá&gas de pampero, disipen en lo posible la impresión desfavorable de
aquellos devaneos infecundos.»
Esto diee el ilustrado escritor don Eduardo Acevedo Díaz:
¿ Qué podríamos decir nosotros que no fuera pálido ante su frase mode-
lada en estilo clásico, que hace de él uno de los primeros, sino el pri-
mero, de nuestros brillantes literatos nacionales?
BRENDA
VELUT UMBRA.
En una casa situada en las afueras de Mon-
tevideo, á altas horas de una noche de verano
que lucía algunas estrellas, y cuyo aire tibio for-
maba nebulosas con los vapores flotantes de la
niebla al rededor de los reverberos, cruzaban
por el patio varias sombras calladas é inquietas,
personas que andaban sobre la punta de los pies
comprimiendo sus alientos y evitando el más
leve rumor. Algo grave ocurría. En ese hogar
frío, en efecto, una mujer moribunda luchaba aún
por conservarse al cariño de los suyos, asida á
los últimos hilos de la vida, como quien puede
estarlo á las ramas delgadas y flexibles de un
arbusto espinoso, que crujen y se doblan por
8 E. ACEVEDO DÍAZ
instantes, á medida que el cuerpo sin fuerzas y
aterido gravita más hacia el abismo. Todo respi-
raba esa soledad abrumante que invade de súbito
el ánimo, y que precede al vacío que deja un
dolor severo. En el campo, en las arboledas, en
las granjas vecinas no se percibía ruido alguno:
tan sólo en la carretera que se extendía delante,
las ruedas de algún carro que pasaba, á inter-
valos, lentamente, interrumpían la quietud de
aquellas horas. La casa solitaria parecía una
tumba. í^ero el espíritu estaba lleno de zozobra
y agitado allí dentro, en presencia de un cuadro
que se renueva todos los días, y cuya impresión
sin embargo no se borra nunca. ¡Tan difícil es
acostumbrarse á la idea de que una vez ha de
convertirse nuestro cuerpo en polvo, y de que
hay un sueño sin ensueños, bajo el dosel de una
noche eterna !
El médico había mirado á la enferma, la úl-
tima vez, desde lejos, con expresión indefinible
y actitud helada; esa expresión que indica el
deseo de no asistir al último suspiro que la cien-
cia no ha podido retardar, y esa actitud que
denuncia la impaciencia de abandonar un sitio
en donde, al olor de la droga del recipe, va á
seguirse el más especial aún, de un cadáver.
Después había dicho, al retirarse:
— El sistema está muy alterado, y es difícil
restaurar por estos medios las fuerzas perdidas. . .
Velaba el mísero descanso, mudo é inmóvil
BRENDA U
junto á la cabecera, un joven á quien apenas
apuntaba la barba, y en cuyo semblante de ras-
gos acentuados y viriles se esparcía la sombra
de una pena rígida. Sus ojos, de un reflejo firme
y enérgico, fijos en el lecho de la doliente, de-
nunciaban un carácter, á la vez que los profun-
dos anhelos de una pasión filial intensa y con-
centrada. Con la cabellera revuelta y caída en
paite sobre la fi-ente amplia y tersa, el lab^o
contraído y los brazos cruzados, parecía esperar
el final de un sueño, precursor de aquel otro
sin fatigas ni delirios.
La lámpara arrojaba desde el fondo del gabi-
nete una claridad mortecina. De vez en cuando,
él inquiría con solicitud extrema los menores
estremecimientos de la enferma, cuya respiración
entrecortada no era más que un leve hálito. El
rostro de la enferma se sonrosaba á intervalos
ligeramente, para recobrar bien presto una pali-
dez marmórea; las mejillas hundidas no tenían
ya carnes, y la piel pegada á los huesos, arru-
gada y seca, permitía ver algunas venas violáceas
en donde parecía moverse apenas la sangre. La
ñia humedad de sus sienes trasmitía una impre-
sión penosa á la mano que buscaba con triste
afán el latir de la arteria empobrecida. Notábase
en los labios cárdenos un ligero temblor, y era
entonces cuando se crispaban las manos surca-
das por largas huellas color de plomo, al opri-
mir la del joven con fuerza misteriosa.
10 E. AGEVEDO DÍAZ
Desde luego, su sueño era corto y levísimo, á
pequeñas treguas. En esos lapsos dolorosos le-
vantaba sus párpaflos hasta la mitad de las ór-
bitas, y detenía en el rostro del hijo sus ojos
azules, iluminados por el delirio. Pero su boca
permanecía muda. Ya no articulaba acentos.
Después de las tres operóse una reacción fa-
vorable. Acordóse el joven de que el médico había
recomendado cierta dosis de éter para ayudar á
reanimar aquel organismo deshecho. Pero las
perlas se habían concluido. Alguien le reemplazó
en ese instante en su puesto y resolvióse á sa-
lir. Miró una vez más á la enferma, y de allí
se apartó con paso indeciso, como si presintiera
toda la amargura que le reservaba el regreso.
Atravesó el patio maquinalmente, en momentos
en que descendía más densa la bruma; y á poco
vióse en la carretera.
¿Adonde iba?
Aquello ya no tenía remedio.
Caso común, pero cuyos efectos sólo se sien-
ten bien cuando lastiman la fibra propia. ¡El
dolor personalísimo es, á no dudarlo, el gran do-
lor comprendido! En esos instantes en que se
confunden todos los pesares para formar un solo
sufrimiento, grave y profundo, siempre una débil
esperanza alienta y consuela, y grato es á quien
halaga, el llevarla al corazón de los demás.
Llenó, pues, en la farmacia más próxima el
objeto que lo llevaba, y resolvió regresar por
BRENDA 11
una calle oscura que abreviaba el camino. Esa
calle le era muy conocida. Acostumbraba á tran-
sitarla diariamente, cuando iba y regresaba del
centro de la ciudad, no sólo porque reunía las
ventajas de la recta, sino también porque se
la habían hecho interesante ciertas circunstancias
y detalles locales, que para otros pasaban inad-
vertidos. Era la suya, una de esas preferencias
excéntricas, que rara vez varían; un hábito
constante, y hasta una exigencia del gusto. Por
lo demás, la calle, á excepción de una cuadra,
compuesta de edificios nuevos y elegantes con
jardines al fondo, no presentaba nada de notable;
y el mismo número de familias era muy redu-
cido. Nunca se había preocupado, pues, el joven,
de descubrir en esa vía solitaria algún rostro
bello ó cabeza seductora, que sirviese de aliciente
á su pasaje cotidiano ; la única que llamara su
atención, desde un mes atrás, era la de una niña de
diez á doce años, blonda, blanca, de correctísimos
perfiles, que llevaba luto, y á quien solía ver de
regreso de la escuela, ó sentada con un libro en
las manos, junto á la ventana de una de esas
casas airosas y esbeltas á que nos referimos, que
el arte moderno erige por encanto en los más
apartados sitios. Pero sólo la había mirado como
un modelo escultural, digno del más delicado
gusto estético, sin sentir otra emoción que la de
admiración de la belleza ; persuadido, al contem*
piarla, que la naturaleza superaba al genio del
12 E. ACEVEDO DÍAZ
artista, cuando hacía obra de filigrana en carne
y nervios.
En la noche de que hablamos, si él hubiera
retrasado pocos minutos su pasaje por el sitio
en que ella habitaba, la habría visto salir á la
calle en medio de la mayor desolación, y correr,
hasta perderse en las sombras, arrastrada por
una fuerza superior al miedo y al escrúpulo, en
busca quizás de un auxilio que consuela siempre
á la inocencia, aunque junto á él camine y con
él penetre sonriendo irónico en la estancia triste,
el ángel del sepulcro.
Debían encontrarse, sin embargo.
Hemos dicho que el joven había resuelto su
regreso por la vía solitaria, como andaba á
prisa, pronto se puso en ella.
A sus espaldas, las luces de la ciudad dor-
mida formaban en la atmósfera una nube rojiza
al irradiar en el impalpable tul de la neblina,
que contrastaba con las purísimas líneas de la
parte de cielo despejado, hacia el levante, pare-
cidas á pintorescas fajas de un chai de baya-
dera; y á otro rumbo, tinieblas salpicadas con
las últimas estrellas pálidas y temblorosas, cual
esas esperanzas que titilan en ciertas horas en
la penumbra de la duda.
Una vez en aquella calle, oyó de pronto al-
gunas voces de alguien que se quejaba.
Creyó haber escuchado mal y se detuvo.
Los lamentos se repitieron de una manera dis-
BRENDA 13
tinta, y entonces pudo percibir en la vereda
opuesta una pequeña sombra^ proyectada contra el
muro de una casa silenciosa.
No le quedó ya duda de que alguno lloraba
allí. Los que sienten el vacío de algo irreparable
y se encuentran así al azar, simpatizan sin es-
fuerzo y danse la mano con cariño. En este en-
cuentro, por atracción instintiva, suele haber un
consuelo. El infortunio vincula y á veces forma
hermanos.
Al aproximarse, se halló delante de una niña
acongojada y llorosa, á quien no impuso el fan-
tasma negro. La luz del farol dio de lleno en
el rostro del joven, y en el de ella, que se ha-
bía vuelto con presteza al ruido de sus pasos.
La niña llevaba luto. Un gran crespón negro
cubría su cabeza y algunas guedejas color de oro
de su cabello asomaban por las sienes. Tenía el
rostro muy bello, aunque cubierto de esa blanca
palidez que los organismos delicados conservan
desde el albor de la vida.
¿Qué hacían allí aquellas tristes auroras?
Así que el desconocido se acercó, cesó ella de
sollozar, clavando en él, sin moverse, sus ojos
grandes y oscuros, que enjugaba á veces con el
extremo del pañuelo que le servía de cofia.
Ambos parecieron reconocerse.
— ¿Por qué llorabas? — preguntó aquél.
Ella ocultó el semblante entre sus manos delga-
das y nerviosas, balbuceando algo incomprensible.
14 E. ACEVEDO DÍAZ
El joven cogió su cabeza entonces con dul-
zura, y la apoyó en el pecho, sin que la niña
opusiera resistencia ; pero bien pronto ésta la echó
hacia atrás, apartándose suavemente, y dejando
ver su semblante inundado por las lágrimas.
— Mi madre está muy mala, — dijo.
— ¡Ah! Y ¿qué deseas?
— Busco al médico .... He llamado á esta
puerta mucho tiempo y nadie responde. ¿Es que
no vive ahí el médico, señor? ¡Ya estoy cansada
de llamar !
Había en su voz toda la confianza ingenua del
que espera y reposa en la bondad extraña.
Penetróse el joven de aquella grande aflicción
á que su espíritu no era ajeno, pues que se en-
contraba, por una triste coincidencia, en estado de
medir su profunda intensidad.
Era aquélla, en efecto, la casa de un médico»
En letras negras, sobre chapas de bronce cla-
vadas en la madera, se podía leer un nombre y
un título.
Veíase luz en el consultorio, á través de las
rendijas de la ventana. El médico había vuelto
de un sarao hacía pocos instantes.
La niña observaba al compañero que le depa-
raba la suerte, con honda ansiedad.
Lanzó de pronto un suspiro, mirando al cielo,
y murmuró entre un sollozo:
— ¡Se hace tarde!. . . .¿Quiere usted llamar á
esa puerta?
BRENDA 15
^ ■ ■ »^^i^^— --— i^l. ■ ■■■■■.■■■■■ll ■■■■ ■» ■ ■■ lili»!
Llamó él en el acto, pero nadie acudió.
La infeliz cogió su mano, agüitada y nerviosa,
agregando con hondo desaliento:
— Otra vez .... A usted tendrán que abrirle.
El joven, callado y adusto, insistió de un modo
recio; la puerta permaneció cerrada. En cambio
abrióse la ventana del consultorio y un hombre
apoyó la cabeza en la reja, para examinar aten-
tamente el grupo, tanto como podía permitírselo
la semi oscuridad del sitio. El joven cambió con
él un diálogo rápido y animado. El médico in-
quiría hechos y causas, de mal talante.
A breve momento, y cuando la niña con las
manos juntas, triste y suplicante, asomaba su pá-
lido rostro al rayo de luz, como una tierna ima-
gen de desolación, aquel hombre se negó en tér-
minos rudos á socorrer en esa hora la desgracia,
cerrando tras de sí la ventana con violencia.
El joven, indignado, reprimió un movimiento de
cólera, volviendo á fijar una mirada atenta en las
chapas de bronce. Parecía que quería grabar bien
en la memoria el nombre allí escrito.
— Es preciso que te vuelvas, — dijo luego con
calma. — La buena madre querrá que su ángel esté
á su lado. .-. . ^
— ¿Sin el médico? — prorrumpió la pobre cria-
tura aterrada.
— Pronto será de día, y podrás conseguir que
vaya, no éste, á cuya puerta has llamado en vano,
sino otro más noble y bueno.
IG E. ACEVEDO DÍAZ
¿Dónde vives?
— Vd. sabe . . . . ¡ Allá 1
Y extendió su mano hacia el rumbo que lle-
vaba el joven, dejándola caer con desaliento.
— ¡Ah, sí!. . . Recuerdo. Ven.
La niña echó á andar á su lado.
Caminaban en silencio.
De vez en cuando ella se detenía, á pretexto
de molestarle alguno de los lindos zapatitos que
resguardaban sus pequeños pies; pero en reali-
dad parcí volver su rostro compungido y obser-
var si la puerta se había abierto. No podía per-
suadirse de tan cruel impiedad.
Seguía después su marcha, alzando los ojos á
su misterioso acompañante, con aire de angustia
resignada.
— ¿Tienes padre? — preguntó éste.
— Murió en la guerra, hace meses, — respondió
con melancólica seriedad. — Iba solo y fué al pa-
sar un río.
El joven sintió una conmoción extraña.
— Y ¿cómo sabes tú eso?
— Le hizo recoger herido una buena señora
que se hallaba en su estancia y que vio el he-
cho desde el balcón. Ella nos lo contó todo, des-
pués ....
— Démonos prisa en llegar, — repuso el joven,
dominado por una emoción fuerte y penosa, que
pareció agravar el estado de su ánimo.
A los pocos momentos, la niña se detuvo á la
BRENDA 17
entrada de uno de los eleg-antes edificios á que
hemos hecho referencia. En ese instante, una de
las sirvientas, que salía sin duda en su busca,
lanzó, al verla una exclamación de contento.
— Aquí es, — dijo la niña temblando.
La puerta estaba entreabierta. En el fondo de
un zaguán de paredes estucadas, percibíase una
claridad viva dé gas, que alumbraba dos ó tres
cabezas afligidas.
El joven saludó en silencio á la huérfana, de-
teniendo en su rostro una mirada dulce y com-
pasiva. Ella entróse mirando hacia atrás con un
gesto inexplicable, y los ojos puestos en el joven.
Este se detuvo un instante, hasta ver desapare-
cer á la pobre rubita en el interior de aquella
morada, como la suya, perturbada y triste.
Cuando siguió su camino iba absorto y pen-
sativo. De esa cavilación vióse pronto libre, al
pasar por delante de una ventana, por cuyos in-
tersticios salía un ligero resplandor. Sintió que
la niña lloraba. Apresuró entonces con violencia
el paso, como si hubiese oído allá á lo lejos una
voz que le llamaba. . . .y se despedía.
Entró bien pronto en el camino de las quintas.
Espléndidas coronas de azul y escarlata habían
reemplazado al blanco y tenue rosa del alba ; la
niebla en descenso se desgarraba en anchos gi-
rones rozando el suelo en caprichosas volutas, y
las gotas depositadas en las hojas caían para des-
vanecerse en el manto de esmeralda de los pra-
18 E. ACEVEDO DÍAZ
dos. Rumores, estridulaciones, concentos, gorjeos,
susurros, armonías semejantes á risas infantiles,
luz y calor, vida y movimiento, exuberancia de
savia estival, lozanía y brillo de juventud, riqueza
de colores y de frutos, músicas y aromas agres-
tes confundidas: ¡qué hermosa se presentaba la
naturaleza en aquella magnífíca mañana!. . . .
ZELMAR
En el estío de 187 ... . Raúl Henares habitaba
en uno de los sitios más pintorescos de las cer-
canías de Montevideo. La casa -quinta ocupaba
una posición alta con vistas deliciosas á diversos
rumbos, y la circuían bosquecillos de árboles fru-
tales, á su vez resguardados por largas paralelas
de sauces de lujoso verdor. La belleza del con-
junto, la corrección de los detalles, la armonía
de las líneas y la elegancia de las formas, de-
nunciaban en el edificio fuerte, sobrio de adornos
y relieves, higiénico y proporcionado, la morada
y la obra de un ingeniero de buen gusto y ta-
lento. A un flanco, á manera de seto, se exten-
BRENDA 19
día una línea de tunas é higueras silvestres^ lu-
gar de cita de los bulliciosos tordos, que acudían
en bandas desordenadas en la época del celo á
disputarse sus amores y esparcirse como negros
presagios sobre los terrenos de labranza. Al
frente veíase el mar, cuyas irritadas olas en días
de tormenta cubrían todo el lecho de arenas de
las playas para romperse luego contra deformes
peñas, asemejándose con sus dilatadas crestas de
bullente espuma á considerables escalones de ji-
netes adornados de penachos blancos, que vinie-
ran á estrellarse á toda brida contra sólidos cua-
dros de veteranos. Detrás, á poca distancia, di-
visábase otra hermosa quinta, cuya vegetación
simétricamente distribuida, indicaba una mano in-
teligente y cuidadosa. En medio de tupidas ar-
boledas, surgía una casa blanca y risueña, que
servía de estancia estival á una familia opulenta,
si bien compuesta sólo de dos miembros, — se-
gún el dato comunicado á Raúl por su domés-
tico Selim, que en materia de indagaciones mi-
nuciosas de vecindad no desdecía de la costum-
bre (le sus congéneres.
Algún tiempo, hacía que Raúl Henares habi-
taba aquel sitio, sin que hasta entonces hubiese
tenido ocasión de contraer alguno de esos vín-
culos pasajeros ó durables que la proximidad
forma entre personas que residen dentro de una
zona determinada.
No le faltaban, sin embargo, deseos de descu-
20 E. ACEVEDO DÍAZ
brir el secreto de la casa solitaria, y el rostro
de cualquiera de las dos damas que en ella ha-
cían vida veraniega ; pues damas eran, y este
detalle, bien importante por cierto, bastaba á
azuzar su interés.
Confiaba satisfacerlos por medio de uno de
esos encuentros que la casualidad proporciona
en la estación de campo, y que no ofrecen el
inconveniente de la observancia de fórmulas exi-
gibles en otro teatro.
El no tenía tampoco motivos de contar con
amistades y relaciones francas y familiares. Po-
cos meses habían transcurrido desde su regreso
de París, en donde cursó ingeniería, y obtuvo
con las mejores notas su diploma.
Los años de ausencia fueron compartidos con
Zelmar Bafil^ su amigo y compañero de la in-
fancia, á quien una circunstancia imprevista obli-
gara á abandonar sus estudios de medicina, al
concluir el sexto año. Con él volvió á Montevi-
deo. Bafil se proponía someterse á prueba ante
la facultad de Buenos Aires, y recibir en ella
su título académico.
Algo debemos decir sobre él, ante todo por
exigirlo así el interés de nuestro relato.
Era Zelmar uno de esos raros jóvenes de ta-
lento y originalidad, para quienes no presenta
rigores la lucha por la vida. Animoso, despreo-
cupado, espiritual y sincero, consideraba el obs-
táculo, por insuperable que fuera, inferior al es-
BRENDA 21
fuerzo; su mayor placer consistía precisamente
en encontrarse enfrente de lo difícil. Tenía el
don de imponerse, ó de congraciarse al menos el
afecto extraño. Heredero de una valiosa fortuna,
confiaba, no obstante, más en sus fuerzas que en
su herencia, creyendo que la dignidad personal
necesitaba de los golpes de la suerte para acri-
solarse y adquirir verdadero temple, del mismo
modo que en la edad media sin espaldarazos
ajustados y precisos, nadie podía considerarse ar-
mado caballero. A favor de este criterio, tenía
derecho á pensar que él -era una excepción no-
table entre la muchedumbre de seres opulentos ;
alcanzaba á penetrarse de la triste inferioridad
de la riqueza material ante los triunfos decisivos
de la inteligencia y de las grandes pasiones en
acción, y de lo mísero y deleznable del orgullo
exagerado que imagina en medio de la abun-
dancia poder más que la idea, — única fuerza in-
destructible que agiganta, glorifica, inmortaliza
ó avergüenza, humilla y abate al nacer humilde
y difundirse después como una ola de luz, por
la misma atmósfera en que se remueve y palpita
la inmensa vanidad envuelta en estéril pompa.
Sabía de memoria á Saint-Evremont, á Heine
y á Alfredo de Musset; pero nunca había ceñido
su conducta á las exageraciones de estos últimos.
Amaba el placer, sin apurar la dorada copa del
sensualismo hasta el extremo de ver la borra en
el fondo. Ajustaba el gusto de sus embriagueces
22 E. ACEVEDO DÍAZ
á cierta regla higiénica; el límite de lo dulce y
el principio de lo amargo determinaban la reac-
ción, y lo hacían sobrio. Las uvas habían de
gustarse sin hollejo, el licor sin residuos extraños,
y la mujer sin impurezas. La ley del goce era
el uso conveniente, llevado hasta donde su elas-
ticidad lo permitiera ; aquella que podría dar
de sí el arco de Eros sin crujidos, ó la teoría
epicúrea en su acepción legítima.
De inteligencia clara y bello espíritu de ob-
servación, bastábale á veces un simple detalle para
formular un juicio exacto sobre cuestiones arduas ;
lo que le hacía decir con gravedad que enhe-
braba agujas á la luz de las estrellas. Realista
por sistema, vehemente por temperamento, su
educación científica unida á una voluntad enér-
gica, templaba la crudeza de sus arranques y el
rigor de sus opiniones, y era por esto simpático
y atrayente aun para aquellos que no lo cono-
cían. Encauzado en la corriente de las nuevas
ideas positivistas, no daba importancia, sin em-
bargo, á la hipótesis, ni aceptaba aquéllas en
absoluto, reservándose un criterio individual en
la apreciación reflexiva de ciertos problemas so-
ciales y psicológicos.
En medicina nunca se había resuelto á abrazar
decididamente sistema alguno ; en su sentir de-
bía reposarse en el estudio y observación práctica
y constante de los hechos, males y medios. Por
el hecho, creía de buena fe que esta ciencia ha-
BRENDA 23
bía adelantado muy poco desde el tiempo de
Hipócrates, constituyendo en sus aplicaciones
prácticas una sucesión de esfuerzos, que diferían
escasamente en sus resultados; los sistemas no
salían del círculo primitivo, y la pericia actual
carecía hasta de la novedad y del misterio en
que se envolvía la sabiduría antigua. Con este
motivo, dirigía una vasta visual á las épocas real-
zadas por médicos y químicos de genio, desde
Herófilo que disecó criminales vivos, según Ter-
tuliano, hasta Boerhaave, que tenía por clientes
á los reyes, enseñó clínica y trató en vano de
conciliar escuelas discrepantes. Recreábase así
su memoria, en conversaciones familiares, en re-
correr los dominios de la ciencia, desde sus pri-
meros tortuosos senderos, resucitando nombres
ilustres é ideas capitales, que apenas se han mo-
dificado: al de Asclepiades con su teoría del pa-
saje de los cuerpos por los poros, y sus remedios-
ambrosías, que deberían de ser sin duda alguna,
como pastillas de chocolate ó cabellos de ángel;
al de Paracelso, que en su vida errante estudia
la naturaleza en sus mismas fuentes de sempi-
ternos dualismos, mira con altivez á griegos y
árabes, echa el primer germen robusto de la
química médica y da amplitud á la farmacopea,
utilizando las virtudes secretas del reino mineral ;
al de Van Helmont, que rechaza todas las doc-
trinas, reniega de la medicina, enfermo de sarna,
— dolencia que le arranca un empírico con un
3
24 E. ACEVEDO DÍAZ
remedio sulfuroso mercurial, que no era por cierto
el néctar de Asclepiades, — vuelve á su profesión
por la química, como quien vuelve al punto de
partida por una senda inexplorada, busca una
panacea universal para combatir el absurdo en
la ciencia, — expedición de argonauta en los rei-
nos de la utopía, — se engolfa en. el mar de las
dudas y de los misterios, como los soñadores de
la piedra filosofal y del movimiento perpetuo,,
asigna á cada órgano del cuerpo humano una
vida diferente, y descubre en vez de la realidad
de su ensueño el aceite de azufre y el espíritu
de asta de ciervo; al de Hoffmann el Excelso^
que se prestigia con su licor anodino, y aumenta
el solidismo viviente ; al de Stahl, médico pro-
fundo, lleno de inspiraciones místicas, químico
ilustre, campeón del animismo, que nos exhibe
al alma como causa superior, inmediata y directa
de todos los fenómenos propios de la vida; y en
pos de estos nombres venerables, los de otros
muchos, que son como aureolas superpuestas en
la cima del monumento que á la ciencia han ido
levantando las edades. Todos estos sabios emi-
nentes, á pesar de sus inmensos esfuerzos, no
habían conseguido identificarse en ideas y teorías;
y sus sistemas han reinado por épocas, sustitu-
yéndose los unos á los otros con igual éxito. La
verdad completa en la nobilísima profesión mé-
dica no era patrimonio de ninguno.
Bafil hallaba elementos en la fisiologfía para
BRENDA 25
corroborar la opinión de que, aparte de los gran-
des vacíos que en medicina dejaban tras de sí los
debates entre altas autoridades, aun subsistían
problemas insolubles; problenías que llevábamos
en nuestro organismo, fundfifás en sus funcio-
nes normales. Así para explicamos el origen de
ciertos fenómenos, había que ampararse á una
causa vital, tan indefinible como oscura; y á
esa causa desconocida debía atribuirse en la san-
gre la disolución de la fibrina cuando la vida
acaba, el papel de los ganglios desde que se dejó
de considerárseles como pequeños cerebros, la
actividad nerviosa desde que se redujo á sombra
la teoría del fluido eléctrico, los movimientos del
corazón y contracciones musculares.
Un velo impenetrable parece cubrir su « ra-
zón primitiva y absoluta». ¿Lo habían levan-
tado acaso, Virchow y Bichat, en la misma defi-
nición de la vida? La vida explicada como una
actividad de la célula, no se nos presenta más
definida que cuando se asegura que es el con-
junto de las funciones que resisten á la muerte.
Bemard afirmaba que la causa inmediata de sus
fenómenos no se encontraba en la psiji de Pitá-
goras, ni en el alma fisiológica de Hipócrates, ni
en el espíritu de Ateneo, ni en el arjeo de Pa-
racelso, ni en el anima de Stahl, ni en el prin--
cipio vital de Barthez: discernía el triunfo á las
propiedades vitales de Bichat.
— « Yo me permitiré, — añadía Bafil, — ir más
26 E. ACBVEDO DÍAZ
alia que el respetable Bernard; no me quedo
con ninguna teoría, y renuncio á comprender
aquella causa. No me atrevería á decir, en cuanto
á sistemas, que el verdadero sea el fisiológico-
medical que hace intervenir el alma como causa
y acción en los fenómenos de la economía; ó el
que atribuye nuestros males á la alteración de los
humores; ó el que los refiere á las lesiones de
las partes sólidas del organismo, porque la difícil,
é intrincada ciencia de que emanan tales doctri-
nas, opiniones y sistemas, puede anunciar por
boca de alguno de sus intérpretes ante el último
que prevalezca con efímero reinado, esto mismo
que un profesor anunciaba al frente de uno de
sus innumerables trabajos científicos: « Esta me-
moria anula todas las precedentes».
Lo cierto es que al templo de Esculapio, —
aquel que tuviera por maestro un centauro, —
se entra casi siempre con la turbación y la duda
en el ánimo; como si la verdad que se busca
como norte y guía luminosa del criterio científico
se hubiese eclipsado con el centauro entre la
obscuridad de la vida y el misterio de la muerte.
Los romanos arrojaban los esclavos enfermos á
un islote del Tíber, y á muchos de ellos los curaba
allí la naturaleza, — médico primitivo, agreste
y sencillo, — cuyas poderosas facultades de ac-
ción y reacción bastaban á reconstituir los orga-
nismos abatidos y desgastados por la ímproba
labor. Servir de auxiliares á este médico imper-
BRENDA 27
sonal é irresponsable que propinaba las pana-
ceas en estado de materia prima, y baños en las
fuentes á la luz del sol, y oxígeno vital en el
aire libre, y alimentos sanos en el seno de los
bosques, era ya bastante aun para los grandes
maestros.
Ayudándola, seguiremos nosotros como ellos,
á tres mil años de distancia. Salvo algunos pro-
gresos de detalle, ese largo período no nos se-
para del alfa de la ciencia; aunque muchos se
imaginen que hemos llegado al omega.
Eso sí, del cirujano que curaba al gladiador en
el spoliarium, al cirujano actual que amputa un
miembro sin perjudicar al tronco, la diferencia
es notable. La cirugíu avanza y se perfecciona
para honor del profesorado. La medicina, ha
dicho un sabio, mientras se limite al arte de
cuidar los enfermos, no es una ciencia: es un
tanteo; lo que hace que ella concluya por caer
en el capricho y lo arbitrario. Bosquillón, entrando
una mañana en su sala, dijo á los estudian-
tes de su clínica estas palabras tan conocidas:
«¿Qué haremos hoy? Mirad, vamos á purgar
todo el costado izquierdo de la sala, y á sangrar
todo el costado derecho. » En cirugía felizmente
no hay que buscar « soluciones en las más gran-
des profundidades de los misterios de la vida,»
según la frase del mismo sabio; la duda des-
aparece y cesa la inseguridad. Se sondea y se tra-
baja en carne viva, se enderezan entuertos y se
28 E. ACEVEDO DÍAZ
recomponen huesos. I.a mano del cirujano inte-
ligente que se posa en la gangrena y mutila el
miembro, arranca un grito de intenso dolor: pero
ese grito es el de la vida que renace y que sólo
difiere en el vigor, del que lanza el hombre al
nacer. En las salas del hospital me he sentido
más de una vez indeciso, atribulado y escéptico
al fin en presencia de esos casos fatales que pro-
vocan la anemia al cerebro ó las cavernas en los
pulmones, ó de pacientes que luchaban brazo á
brazo con el ángel negro, sin otro consuelo que
relegarse al « islote del Tí ber », ni otra esperanza
que los aires puros, aguas termales ó cambios
de clima ....
Pero en verdad nunca experimenté satisfac-
ción mayor, ni admiré tanto el poder que dan
el estudio y el talento, como en presencia de
un enfermo de anemia extrema, cuyas venas eran
ya invisibles; cuyo pulso filiforme pasaba de
ciento treinta y cinco grados, cuyo rostro lívido
y miembros inermes denunciaban pronta termi-
nación;— á quien un cirujano grave y tranquilo
abrió la vena ya incolora junto á la arteria hu-
meral, sin que de ella brotasen más de dos ó
tres gotas de sangre miserable, haciéndole la
transfusión directa, de otra pura y robusta que
llevaba calor al pecho y consuelo á las entra-
ñas; y devolviendo por último á un ruin Lázaro,
fresco y lozano á las alegrías del mundo. Tuve
desde entonces una fe profunda en estos mila-
BRENDA 29
^os del arte, que suelen operarse con la misma
exactitud que un trabajo matemático; y de ahí
mi consagración especial á la cirugía, que tan
ilustre ha hecho el nombre de tantos apóstoles
de la ciencia.»
De esta índole eran las conversaciones de Zel-
mar en ciertos días. Henares le escuchaba aten-
tamente, y se vengaba luego disertando sobre
cosas de ingeniería, que le traían preocupado. Los
túneles, canales, vías férreas, puentes flotantes»
aguas corrientes, nivelaciones, caminos reales y
hasta molinos harineros, surgían en fantásticas
creaciones como arterias y protuberancias de otro
organismo, cuyas formas era necesario modificar
en beneficio de nuestras necesidades. La escuela
politécnica desenvolvía gravemente sus planos y
gráficas demostraciones exactas y precisas, como
un contraste á las dudas y vacilaciones que su-
gerían los problemas de la medicina.
A pesar de estimarse mucho ambos amigos,
disentían en modo de ser, y en ideas, á ocasio-
nes, y si bien Zelmar concluía generosamente por
ceder, no lo era antes de recordar á Raúl la
imagen del filósofo espiritualista para aplicarla
al carácter de uno y otro.
— Aunque la comparación es un poco mate-
rial,— decía, — y de ello tiene la culpa el viejo
griego soñador, tú eres el caballo blanco, y yo
el caballo negro, flotando en los aires: símbolo,
de inexplicables anhelos y de ideales vagarosos.
30 E. ACEVEBO DÍAZ
el uno; el otro, emblema de amargas realidades
y de dolores positivos. Sabes que van unidos. En
vano, con las crines revueltas, las narices dilata-
das y el ojo encendido — ¡romántico corcel! — el
blanco puja por lanzarse al infinito, como si fuera
propio perderse en el vacío y servir á nadie de
satélite, sin gloria ni beneficio. El caballo negro
con el ala firme, tendido el cuello, hinchados los
músculos por el esfuerzo — ¡bizarra caballería! — •
puja para abajo, buscando por instinto noble la
corteza en que ha de afirmar los cascos. La cor-
dura de la intención tiene que centuplicar sus
fuerzas, pues raro es el instinto que supera al de
la conservación propia ; y por el hecho, el blanco
ha de ceder á la larga, antes que le sobrevenga
la cinchera, como se dice en veterinaria.
Por esto, agregaba, no me aflige tu obstinación
sobre ciertas cosas, y dejo el éxito al tiempo.
No quieres persuadirte de que en la región de
los ideales y de las utopías, es donde los espíri-
tus más superiores se mueren de. nostalgia. Pero
he de vigilarte siempre, mi querido amigo; tú te
apasionas y te reservas poco. Los puros y blan-
cos ensueños de la fantasía excitada, no están
demás: sirven de velos al pudor, y hasta cierto
punto, educan y morigeran el instinto, suavizán-
dolo por algún tiempo ; mas no me negarás que
al final de los poéticos desvarios. Venus está de-
trás de toda esa muselina, y se transparenta . . . .
La materia hermosa, fuerte y arrogante, llena de
BRENDA 31
fibras templadas y de palpitaciones vigorosas»
constantemente mantenidas por un músculo sano
y robusto, refractario al histérico y á la melan-
colía : ahí tienes mi Prometeo. Puede soportar
sobre su dorso todo el peso de la vida sin do-
blar nunca la cerviz. No entiendo de otro modo
la grandeza moral. Medita, pues, sobre el hipo-
grifo negro: él es la lucha, el valor, la fuerza,
•la audacia, el denuedo, la abnegación, y hasta el
pensamiento, de que lo hizo símbolo el filósofo»
que buscan afrontarse con todas las más opues-
tas pasiones, en la adversidad y en el combate,
aunque queden desgarradas todas las fibras y di-
sipados todos los sueños; que la existencia es,
como debía ser, dada la imperfección de nuestro
organismo, un compuesto de pecados y de pure-
zas que acompañan al hombre, en implacable
brega confundidos, hasta el borde del sepulcro-
No me cansaré de inculcarte que dejes á un lado
juicios hipotéticos, y que no te preocupes mucho
de lo que no se ve ni se palpa, como hacen los
médicos con ciertas enfermedades diabólicas que
penetran sin saberse cómo por un órgano cual-
quiera, y se esparcen á manera de fluido por todo
el sistema, destruyendo nervios y tejidos. Mira:
tu teoría del alma humana me recuerda á un po-
bre cisne enfermo, en cuyo albo cuello vi una
vez enlazadas con apretados anillos, varias víbo-
ras negras. El ave hermosa cuanto infeliz, nivea
como la ilusión de una virgen, habíase quedado
82 E. ACE\'^DO DÍAZ
inerte, con las alas tendidas y el pico abierto,
mirando al cielo! Pon en la balanza los ideales,
las dudas y preocupaciones de nuestro ser, y
compara.
— De otro punto de vista, — añadía, — tu modo
de sentir y tu fe profunda en hechos que ven-
drán, fuera del cálculo positivo, pero que eviden-
temente nunca suceden, deben traer perjuicio á
tu reputación científica. ¿Qué ha de decirse sino,
de un ingeniero que se ocupa simultáneamente
del idilio, de la espiral, de la curva, de una ope-
ración geodésica • cualquiera, y de la trama de un
poema más ó menos dulce y sentimental? ¡Co-
sas de antaño! Es forzoso reaccionar.
Raúl no se disgustaba por esto, á partir de
que su amigo exageraba un poco y lo decía todo
con vehemente sinceridad.
Jamás le interrumpía en tales desahogos ex-
pansivos, á no ser cuando le ponía en el caso
de defender sus actos y resoluciones. De esa ma-
nera conservábase inalterable una amistad que
databa del colegio, y que no había tenido otra
tregua que la de algunos meses de vida militar,
antes de su traslación á París, para seguir los
esudios de ingeniería.
Por lo demás, Zelmar Bafil era un bizarro
joven de veinticuatro años, ojos y cabellos negros,
tez de un ligero color moreno, y mirar inteli-
gente y atrevido. Alto, robusto y bien confor-
mado, unía á su persona ese aire de distinción
BRENDA 33
irreprochable que viene desde la cuna, que no
se compra ni se canjea, que no logra disipar la
misma pobreza vergonzante, y que acrece y da
su sello especial al hombre en contacto frecuente
con la sociedad escogida.
Zelmar se veía diariamente con Raúl.
Caía la tarde de un día caluroso, cuando su
voz alegre y vibrante, y el ruido de su break,
advirtieron al joven ingeniero de su llegada.
II
PASO DEL MOLINO
Encontrábase Raúl Henares inclinado sobre
su mesa de estudio, en el gabinete del fondo,
observando ciertos diseños y dibujos, cuando
Zelmar entró ruidosamente según era su cos-
tumbre, exclamando con una voz de un precioso
timbre claro y vibrante :
— ¡ Te haces más misántropo cada día ! Deja
libros y planos, que la hora de la labor debe
haber pasado ya en tu reloj ; y vamonos á dar
una gira por el camino del puente. La tarde está
espléndida, y no acepto excusas.
84 E. ACEVEDO DÍAZ
Sonrióse Raúl, doblando lentamente un plano
topográfico que había absorbido hasta ese mo-
mento su atención, después de oprimir con fuerza
la mano de su amigo. Levantóse luego y con-
testó;
— No puedo rehusarme, pues á la par que
placer en acompañarte, siento en realidad deseos
de movimiento. ¡ A tus órdenes !
— Seguiré haciéndote presentaciones de simple
vista, y al trote largo del tronco, como quien,
se limita á indicar los detalles resaltantes de
una feria. Ya sabes que nuestros círculos son
reducidos, y que no se trata de recorrer aquellas
avenidas parisienses en que los rostros diferentes
aparecen y se ocultan en un torbellino cada vez
más vertiginoso y creciente, en medio del cual
uno concluye por aturdirse. Aquí, el conjunto,
por seductor que sea, no absorbe los detalles, y
las cabezas encantadoras sobresalen en la con-
fusión, á manera de las altivas copas de palmas
diseminadas á lo largo de los bosques que fes-
tonean nuestros ríos. Las hay tan erguidas, que
para cogerles el fruto, puedo asegurarte que es
necesario atacarlas por la base ó escalar las ci-
mas con riesgo de vértigo.
, — Alguna te obliga á ese criterio.
— Tal vez. No ignoras cuánto me halaga lo
difícil.
El hreak que estaba á la puerta lucía un
tronco de magníficos alazanes, primorosamente
BRENDA 35
enjaezados, que Selim tenía de las riendas, re-
primiendo sus impaciencias y escarceos. Los dos
jóvenes se colocaron en la delantera. Zelmar co-
gió las bridas, agitó el látigo, y la pareja arrancó
veloz sacudiendo con brío las crines.
En poco tiempo recorrieron el trayecto que
separaba la quinta de la calle de la Agraciada,
aun cuando el espacio era considerable. Allí
hubo que moderar el paso, ante un crecido nú-
mero de ginetes, tílburis, landos, cupés y ame-
ricanas que en pintoresco desorden se dirigían
al Paso del Molino.
El hreak se detuvo junto á un lando ocupado
por dos damas, con quienes cambió Zelmar
atento saludo. La una de fisonomía semejante á
muchas, no preocupó la mirada de los jóvenes ;
la otra despertó interés en Raúl por más de un
concepto. Presentaba una carta de introducción
demasiado estimable en su figura.
Era una joven de rostro hermoso y expresivo,
cuya mirada viva y brillante partiendo como
flecha de luz de dos pupilas negras y profundas,
revelaba un pensamiento altivo y una imagina-
ción inquieta; como algo de orgullo y soberbia
su labio inferior un tanto saliente, de un encar-
nado subido, al recogerse para dar paso á al-
guna sonrisa fugaz y fría, que formaba graciosos
hoyuelos en las mejillas tersas de un tinte pu-
rísimo, en notable contraste con las obscuras on-
das de su cabello.
36 E. ACEVEDO DÍAZ
Elegante, airosa y esbelta, de movimientos rá-
pidos y desenvueltos, esta joven parecía deber
atraer, más que por las condiciones de su be-
lleza, por la fuerza y los arranques de su carácter
que se reflejaban en el rostro móvil é inteligente
cual brillos misteriosos en la superficie de
un agua diáfana é insondable. Estas irradiacio
nes externas de un alma ardiente, hacen presen-
tir á veces un exceso de energía en las pasiones.
Imponen ó subyugan.
Cuando el carruaje ya se movía, acercó ella su
mano blanca de afilados dedos al seno alto y
turgente, como para aproximar á su rostro !a
perfumada flor que habíase honrado con tan
delicioso nido; y detuvo sus ojos llenos de refle-
jos en el compañero de Zelmar con aire de
viva curiosidad. En seguida, la visión pasó.
— Interesante mujer, — dijo Raúl. — A juzgar por
su figura, creo que de ella me has hablado al-
guna vez.
— En efecío, — contestó Bafil, azuzando el brioso
tronco. Es Areba Linares, sobrado ingeniosa y
rara para ser muy sensible.
— No lo parece, y tu frase encierra historia.
Concluye el esbozo.
— Siempre que en Areba ha nacido ó albo-
reado siquiera un sentimiento de amor, dícese
que ha hecho intervenir una reflexión fría, y
ahogádole en germen. De ahí que se le consi-
dere como una Medea á su manera, que sofoca
BRENDA M
sin piedad los ensueños ó impulsos de su ser-
Sus íntimos no la extrañan. Has visto que esa
joven es hermosa, atrayente, de luces y sombras
dig^nas de una tela de mérito; debo, por mi parte,
añadir que es espiritual, de gustos artísticos
y capaz de narrar con talento ciertas historias
del centro elegante en que se agita.
— Rasgos de mujer dominante.
— Exactamente. Pero á pesar de todo, ha re-
sistido siempre á la lisonja y al halago, estre-
llándose las pretensiones de muchos admiradores
en su desdén ó indiferencia. Esto ha exacerbado
todos los anhelos y apetitos, como puedes supo-
nerlo, y preparado campañas cuyo éxito nadie
se aventura á presagiar. Ella ríe, y lo hace bien;
la escena del mundo es de máscaras. Bajo ese
aspecto de su carácter, que es el principal, podría
servir de modelo á un literato en libro de sen-
sacióo.
Conoces el dicho de Rabelais: más vale escri-
bir risas que lágrimas, porque lo propio del hom-
bre es la risa.
— Debería serlo; el error está en atribuirle en
propiedad lo que no posee, sino á intervalos,
como la naturaleza sus aromas y colores.
¡Empezó la geometría en el espacio!
— ¿Quién es ése que cabalga en dirección á
nosotros? — preguntó Raúl volviendo la cabeza
hacia un ginete de garbo y brío que sujetaba su
corcel junto á un carruaje, en ese instante.
:38 E. ACEVEDO DÍiZ
— I Ah ! ése es mi conocido el Dr. Lastener de
Selis que cursó en el extranjero y ahora es mé-
dico de moda.
— ¿Cirujano notable?
— No diré yo tanto; la preocupación, más que
la ciencia, suele hacer la fama de un facultativo.
Bien sabes que el hombre de calidades se ve
siempre, aunque no se exhiba; me lo figuro de-
lante de una linterna de Rhumkorff bañado de
arriba abajo por el chorro de luz eléctrica, y á
la muchedumbre en la sombra. Ahí le tienes.
No ignoras tampoco que son muchos comun-
mente los que se acogen á una profesión cual-
quiera, con aptitudes ó no para su ejercicio ó
apostolado ; no siendo pocos los casos en que los
más ineptos llegan á adquirir una posición es-
pectable sobre los idóneos y dignos. Nada sería
esto,' si la patente no exonerara de reproche se-
rio á la insuficiencia, como la bandera neutral
de todo peligro á la mercancía ; y de aquí que
acaezca que con mejores títulos no otorgados en
parte por autoridad falible, véanse algunos en
la necesidad de elevar á la altura del mérito
propio, á otros de haldas largas y poca ciencia.
Y ¿ por qué extrañarlo, si rara vez es la cali-
dad la que se impone? Dicen que en las demo-
cracias la mayoría hace ley; pero el beneficio
común de las instituciones acarrea facilidades
que impiden sobresalir una ó más espigas á las
otra9 en el campo de la labor, al menos sin ajar-
BRENDA 39
las, y éste es el efecto pernicioso del exceso de
virtud que en sí contiene el principio de la
igualdad. Así como es de raro el talento de ini-
ciativa y audacia, es de vulgar la acción osada
de lo mediocre, á quien auxilia un favoritismo
inevitable de circunstancias, ó una blandura ca-
ritativa y piadosa. Recorre sino la escala de las
actividades humanas, desde la política, que se va
haciendo una ciencia lucrativa, hasta la última
profesión útil, y díme si en rigor predomina ó
no en cada una de ellas el elemento que reem-
plaza con el tanteo y la osadía la falta de otros
medios superiores en el combate por la existen-
cia. Y volviendo al caso, puedo asegurarte que
en su profesión, éste de que te hablo, favorecido
en algo por facultades de relativo valor, y en
algo por el error común de apreciación, se ha
visto de repente en el cuadro de luz, y en él se
mantendrá hasta que la novedad de la moda
pase. Es rico y ha ocupado elevados puestos. La
posición equivale á medio talento.
Henares escuchaba al parecer atentamente,
pero en realidad preocupado con algún recuerdo
surgido por las palabras de Zelrtiar. El nombre
de Lastener de Selis se mezclaba en su memo-
ria á algún hecho particular de su vida, antes
de su viaje á París, de una manera vaga y obs-
cura ....
Rodaba el break por un declive cubierto de
arena y conchilla, á lo largo de las quintas y
•i
40 E. ACEVEDO DÍAZ
caprichosos palacios de verano, siguiendo preci-
samente la huella que dejaba el lando de Areba:
Lastener de Selis pasó á largo galope, sujetó
bridas delante del lando y descubrióse, para se-
guir luego su carrera hacia el puente.
— ¿ Inicia también él campaña ? — preguntó
Raúl.
— Por ahora se reserva. Hay quien le atribuye
una pasión vehemente por una bellísima joven
llamada á heredar una gran fortuna, calculada
en millones. Aparece recién y llámase Bren da
Delfor. Te advierto que es huérfana y se halla
bajo la tutela de una anciana viuda que la ha
adoptado como hija.
Es amiga de Areba, aun cuando difieren no-
tablemente en carácter é inclinaciones. En ver-
dad afirmo que no concibo la alianza de un ca-
rácter tan realista con otro sentimental, aun bajo
la forma de simple vínculo amistoso. El hecho
es que se estiman mucho y se quieren en la
misma medida.
— Azuza los caballos, — dijo Raúl, — ya que has
azuzado mi curiosidad. Deseo encontrar nueva-
mente los ojos de esa mujer.
Zelmar movió el látigo, riendo en silencio. Los
fuertes alazanes en soberbio balance tomaron el
gran trote y fueron á detenerse al costado iz-
quierdo del lando.
Ofrecíanse á !a vista por todos lados delicio-
sas perspectivas. Parecían rebosar la animación
BRENDA 41
y el placer en las hermosas casas que convier-
ten en un edén aquellos lugares predilectos.
En medio de la espléndida vegetación, ornada
con las galas primorosas del estío, surgían las
delicadas creaciones del arte en forma de ele-
gantes torrecillas, atrevidas agujas, blancas pi-
lastras, airosos pabellones, columnas y capiteles,
cuyas formas esbeltas doraba el sol poniente, for-
mando en los cristales de los miradores como
enormes planchas de oro con sus fantásticos re-
flejos. Y más altos que las copas de los gran-
des árboles cruzados por una banda de luz, dis-
tinguíanse los mástiles de cien naves adornados
de vistosos gallardetes, meciéndose en suave co-
lumpio sobre las aguas de la bahía.
El antiguo puente del Molino y todas las pró-
ximas avenidas, puntos concéntricos de la cita,
presentaban una animada escena en que se de-
tenían ó cruzaban ginetes, carretelas y victorias
en perpetua agfitación.
El lando de Areba se detuvo breves instantes
en el centro de la bulliciosa escena. Luego siguió
hacia el Prado, llevando á Lastener de Selis junto
á la portezuela. Gran parte de la concurrencia
empezó á afluir hacia aquel sitio, en brillante
oleada.
El break de Zelmar se estacionó á un lado de
la avenida.
— ¿No has observado, — decía el joven, — la
expresión rara de sus ojos cuando en tí se fija-
42 E. ACEVEDO DÍAZ
ron? Paréceme que empiezas á herir el sensorio.
— Me exhibo recién, y por el hecho ha de fa-
vorecérseme con algunas miradas de curiosidad.
Las mujeres están siempre dispuestas á observar
con benevolencia lo desconocido ; y por otra parte
tú has negado á esa joven la facilidad de impre-
sionarse como las demás.
— Así es, — replicó Bafil, encendiendo un cigarro
habano, después de brindar con otro á su amigo.
La novedad tiene su atractivo. Pero, pensando á
veces si Areba sería capaz de alimentar un ideal,
me he contestado que en todo caso lo sería un
hombre como tú.
— Gracias : ¿ volvemos á las singularidades
opuestas ?
— Precisamente, aquí sucedería lo que en los
fenómenos físicos : fuerzas contrarias se atraen.
Lo dudoso sería que, por lo mismo, el estrago
no fuera la consecuencia final.
— Desecha toda inquietud ; el lance parece re-
servado al doctor de Selis.
Al pronunciar estas palabras, Raúl púsose de
pie mirando al extremo de la vía, y añadió:
— Algo grave ocurre allá, pues noto tumulto
y dispersión de carruajes y ginetes.
— ¡De Selis corre junto á un coche desboca-
do! — exclamó Zelmar. — Vas acertando.
— Vienen hacia aquí. Preparémonos.
En el fondo de la avenida, en efecto, se había
producido extraordinario desorden. El lando de
BRENDA 43
Areba, saliendo de la confusión con terrible ce-
leridad, hasta el punto de percibirse apenas los
rayos de las ruedas y las llantas bruñidas que
lanzaban chispas entre una nube de arena, se
precipitaba con furia en la avenida^ arrollándolo
todo al esfuerzo de dos tordillos negros llenos
de espuma y de pavor. El conductor había sido
lanzado violentamente á una orilla del camino,
y rotóse la lanza en su delantera en el choque
contra el poste de hierro de una encrucijada.
El vehículo, fino y elegante, crujía en el furor
de la carrera, á los botes vigorosos de los ca-
ballos, despidiendo astillas. Parecía que iba á
quebrarse por completo á una nueva sacudida,
concluyendo á la vez con la existencia de las dos
damas aterradas, que con los brazos enlazados al
cuello y la cintura, lívidas y temblorosas, espe-
raban el minuto fatal del desastre.
A la derecha del lando abríase un foso algo
profundo, lleno de agua, y de poca extensión,
que precedía á una tapia de escasa altura, cu-
bierta de enredaderas silvestres. Los caballos
asustados y heridos en el pecho por Jas duras as-
tillas del rejón, se dirigieron con ímpetu terrible á
la parte del foso, precipitados por las voces y
galopes de los que venían detrás.
El doctor Lastener de Selis, á fuer de buen
ginete, había logrado por dos veces echar mano
del rendaje del tronco desbocado, desviándolo un
tanto del peligro, y desgarrándose con ol guante
44 E. ACEVEDO DfAZ
la piel; pero en una nueva tentativa, su pala-
frén cogido por las ruedas se encabritó, negán-
dose á la brida y al látigo.
Todos los ojos anhelantes y los labios trému-
los, indicaban la violencia de la emoción. Pre-
sentíase un desenlace desastroso El carruaje ro-
daba sobre los guijarros con espantosa rapidez
y el vuelco era inminente al borde del foso, en
donde el más atlético esfuerzo muscular no se-
ría bastante á detener la furiosa carrera.
La desesperación y el vértigo dominaban ya
á las dos jóvenes. Una ansiedad profunda, de
esas que obligan á velar las pupilas á impulsos
del terror, oprimía todos los ánimos. Parecía que
todo iba á concluir.
De repente Areba desprendió sus brazos del
cuello de su amiga, y arrojó un grito ahogado,
extendiendo las manos crispadas y temblorosas
hacia adelante ....
El break de Zelmar había sido lanzado á es-
cape.
Momentos antes, Raúl había empuñado las
riendas con -vigor, murmurando:
— ¡ Van á sucumbir !
— ¿Y qué piensas hacer?
— Evitarlo de cualquier modo ....
— ¡El choque puede ser funesto!
— Verás que no ... . Fustiga y déjame obrar.
— ¡Me vences por ésta vez! — exclamó Bafil.
Y bien: ¡sea!
BRENDA 45
-— —
Arrojó un grito enérgfico, y descargó el lá-
tigo.
La fogosa pareja arrancó como una centella,
en formidables sacudidas, bajo la fuerte mano de
Raúl, y se dirigió con la violencia de un ariete
sobre el tronco de tordillos negros, cogiéndolo
por un flanco, con los pechos y la lanza, antes
que el lando líegase á la hondonada. El choque
fué terrible : uno de los tordillos se desplomó
ensangrentado, trabando al otro con el correaje,
mientras saltaba en astillas con los bujes y la
loriga la delantera del lando ya detenido, y los
poderosos alazanes rechazados por el choque,
hacían retroceder el break en parte destrozado,
para rodar por el suelo destilando por las nari-
ces una 'espuma de sangre.
La violencia arrancó á los jóvenes de sus
asientos, haciéndoles caer de rodillas sobre la
arena; pero sólo los valerosos tiros sufrieron los
efectos de la fuerte colisión.
Mientras Areba y su amiga recibían oportuno
auxilio, ambos jóvenes pusiéronse de pie, estre-
chándose las manos con cariño. Algunos ligeros
rancajos habían dejado en ellas surcos sangrien-
tos.
. Zelmar pasóse un pañuelo por la frente, y dijo
con gravedad:
— Ahora afirmo que eres recalcitrante.
46 E. ACEVEDO DÍAZ
III
LA. LOSA NEGRA
El dos de Noviembre fué un día hermoso y
apacible. La afluencia considerable de gente que
llenaba por completo las anchas aceras de la calle
1 8 de Julio, en continuo y agitado vaivén, man-
■
tuvo por largas horas una animación inusitada
en los suburbios y en el cementerio central,
punto en que se detenía la concurrencia para
rendir ofrendas á los muertos. El itinerario era
forzoso, en ese día consagrado por la costumbre
popular.
Una cita tácita y solemne reunía en el recinto
fúnebre á pobres y opulentos, alegres y tristes,
humildes y soberbios, honrados y viciosos, cul-
tos é ignorantes, escépticos y creyentes, cual si
todos hubiesen acordado persuadirse una vez más
de la nivelación absoluta que de las grandezas y
pequeneces humanas hace la madre tierra al abrir
sus antros de eterno reposo. A lo largo del tra-
yecto resaltaban los contrastes que luego se disi-
pan al refundirse en el misterio de la nada ; aque-
BKENJ>A
Has extrañas degradaciones de fisonomías y esa
diversidad de trajes que un escritor notaba en
antigua ciudad populosa, y que hacían de cada
trozo de barrio un mundo distinto, y de toda la
zona recorrida una larga escala de costumbres.
Cierto que esto se veía en un teatro más mo-
desto ; pero también lo es que por doquiera que
more el hombre lo acompañan las diferencias de
raza, estado ó destino. La blusa del obrero al-
ternaba con la levita del propietario; el sencillo
vestido ele percal, sin adornos ni crujidos, con el
de rica seda; las lujosas prendas y atavíos de raso
y plumas negras, con los tenues velos y humildes
crespones que cubrían en parte cabezas de jó-
venes frescas y lozanas como flores recién ba-
ñadas por el rocío. No de otro modo alternaban
las coronas tejidas de filigrana de oro y guir-
naldas de finas perlas en panteones de regia
pompa, con las pálidas rosas y jazmines naturales
esparcidos sobre las blancas piedras, dispersos y
ya mustios, sin duración mayor que el perfume
mismo de una vida, disipado á veces con una
ilusión ó esperanza en las borrascas de juventud.
De todas las desigualdades en roce, de todas las
intenciones en contacto, de tan distintas existen-
cias en proximidad sensible, quizás surgía un
pensamiento único y levantado desde el interior
de las almas como expresión del culto que cada
memoria guarda, y que á adquirir forma seme-
jaría al alto ciprés de apiñadas hojas que remonta
48 E. ACEVEDO DÍAZ
en los aires su copa melancólica, como símbolo
de una plegaria eterna que pide para las tumbas
la profunda paz del infinito.
La necrópolis presentaba un aspecto intere-
sante y poético. Por la mañana había caído una
ligera lluvia, cuyas gotas cristalinas pendientes
de las hojas de los robustos coniferos, se desli-
zaban todavía sobre la arena de las sendas en
vividos cambiantes. Numerosas aves pequeñas
mezclaban sus gorjeos en tranquila posesión de
los claveles, rosales y madreselvas; las golondri-
nas rozabnn sus negras alas trinando en las ci-
mas de los árboles, y de todos los ámbitos ve-
nían ecos y cantos, esparciendo alegre concierto
por el fúnebre paisaje. Música menos grave que
la del órgano y el salmo bajo las bóvedas de los
templos; pero sí dulce, espontánea é inocente
con que artistas alados é impecables celebran al
despuntar cada mañana la misa solemne de los
espacios para terminarla en medio de la tristeza
del crepúsculo; hora en que las leyendas le-
vantan á los muertos y bajan en flébil vuelo los
genios invisibles de la noche, á departir con ellos
los problemas, que sella dura é implacable la
piedra del sepulcro.
Esta presencia de las plantas y de los pájaros,
es la sonrisa cariñosa con que la naturaleza
reemplaza el recuerdo y la gratitud ; pues no son
muchos los que conservan de sus ternuras pasa-
das perfume más delicioso y casto, ni en el
BRENDA 49
idioma del corazón frases más suaves y elocuen-
tes que ofrecer como excelso tributo en un canto
funeral. La tierra, conjunto de inmensos despo-
jos de los cuales vivimos, acoge los que la pie-
dad sepulta, y se nutre á su vez. La vil materia,
que al corromperse da vida á la oruga y llena
el aire de emanación mefítica^ da también á la
raíz de las plantas la fecunda savia que produce
embriagante aroma, como si tratase de no re-
pugnar á los vivos perfumando con su espíritu
sutil la atmósfera que rodea su miseria ; y en el
interior de huecos cráneos por donde pasara qui-
zás como un turbión la sangre poderosa y una
llamarada el pensamiento, y se anidasen tempes-
tades, concede asilo al ave tímida, emblema
del ser impecable, que allí celebra tranquila la
noche blanca de sus bodas.
En el día de que hablamos circulaban en nu-
merosas bandas, ó aislados grupos, los pequeños
cantores del aire, convidándose al amor en me-
dio de complicados trinos y susurros ; mas estos
delicados músicos recogiéronse de improviso en
los lugares solitarios, y enmudecieron las arpas
caprichosas, una vez que allí afluyó la concu-
rrencia humana diseminando por todos los ámbi-
tos el rumor extraño de sus dolores, pasiones y
vanidades. Pareció entonces que los muertos se
quedaban solos.
Hasta la caída de la tarde, conservó la cere-
monia su esplendor. Las clases sociales confun-
50 E. ACEVEDO DÍAZ
didas desfilaron delante de las tumbas cubiertas
de galas y ofrendas, á paso mesurado y grave
continente múltiples veces, con la oración en
los labios y algo de vago, confuso y lejano en
el espíritu, que no era sino el fantasma cada día
más incoloro y tenue de existencias extinguidas ;
y con los últimos cánticos sagrados que en gra-
ves notas resonaban bajo la cúpula de la ro-
tunda, fuéronse luego retirando en grandes gru-
pos, hasta dejar desierta la mansión del descanso.
Sobre sus huellas impresas en la arena queda-
ron pétalos, cintas negras y verdes hojas, y en
los mármoles, jaspes, columnas y mausoleos, á
manera de flamantes adornos en un día de fiesta,
un cúmulo de coronas y de flores en que ri-
valizaban la sencillez y el artificio y se confun-
dían laureles, siemprevivas, falsas perlas, doradas
placas, cristales límpidos, fragantes ramos, y suel-
tos nardos y pensamientos, aquí y allá arroja-
dos al pasar, entré lánguidos suspiros. Tras de
los últimos grupos que salían, los guardianes em-
pezaron á recoger las guirnaldas de oro que se
exhibieran por un momento, y á levantar los
paños de terciopelo sembrados de lágrimas de
plata, en los pequeños altares de los ricos pan-
teones.
A las siete, sólo se veían algunas personas re-
zagadas que se movían con lentitud entre los ár-
boles, absortas en la meditación y algún recuerdo
reciente y palpitante.
BRENDA 51
La bella feria había concluido, dejando espacio
y soledad al dolor callado de cercana fecha que
se increpa y subleva ante el olvido, y esclaviza
el ánimo, destemplando una á una todas sus
fibras.
Los postreros rayos solares herían débilmente
las cúspides de las pirámides y conos de piedra,
y á los profusos rumores del día seguíase en una
atmósfera saturada de emanaciones, ese helado si-
lencio que parece surgir de la sombra en que
se destacan inmóviles y rectos los tristes cipre-
ses y álamos gigantes.
Uno de aquellos paseantes solitarios, saliendo
del segundo compartimiento, más sencillo que
el primero en el número y calidad de mármoles
y adornos, — detúvose á examinar con atención las
obras artísticas que dan verdadero realce y sun-
tuoso aspecto á este lugar privilegiado del her-
moso jardín fúnebre. Seguía á treguas su paseo,
observando acaso que todas las grandes pasiones
humanas, como todos los fanatismos, tenían allí
su tipo, su símbolo, su atributo ; el amor, la amis-
tad, la abnegación, el sacrificio, la gloria, el mar-
tirio, como la proeza obscura, las hazañas som-
brías, las memorias siniestras, reproducidas á per-
petuidad en el granito ó en el bronce, antes
de haberse oído y acatado el fallo severo é ina-
pelable de la historia, que es la que funde e
molde de los inmortales.
En medio de este examen minucioso y déte-
52 E. ACEVEDO DÍAZ
nido, llamó especialmente su atención de pronto
un epitafio modesto, grabado en un sepulcro
de basamento negro. I-eíase en la lápida un
nombre y una fecha. Esta última evocaba re-
cuerdos en la mente de todo aquel que hubiese
sido actor en los terribles dramas de las gue-
rras civiles. El paseante parecía hallarse en este
caso ; le impresionó la cifra, pero el nombre nada
dijo á su memoria.
Raúl Henares, — que él era, — no pudo sus-
traerse al leer esa fecha á alguna reflexión pe-
nosa, corno si en realidad el secreto de aquella
tumba se ligara en cierto modo con las aventuras
de sus primeros años juveniles. No pudo menos
que recordar que en fecha igual, hacía ya mucho
tiempo, arrastrado por la corriente de la época
y su entusiasmo generoso, combatía en las filas
de un partido, creyendo con fervor que el medio
violento, como el látigo de Jesús, debía emplearse
siempre contra la demencia en el poder; y si
algún episodio dramático reproducía constante-
mente su memoria en ciertas horas, era el de esa
fecha grabada en el mármol negro, para él, tan
llena de emociones imborrables.
Circuía el sepulcro una verja de hierro, y ha-
llábase al final de una calle de árboles umbríos,
separados de trecho en trecho por esbeltas co-
lumnas blancas. Nadie había puesto allí una flor»
y la pequeña pirámide de jaspe como la lápida
tendida en su base estaban desnudas de todo
BRENDA 53
ornamento. Mansión aislada, en medio de tan-
tas ofrendas tiernas y fastuosos homenajes.
Quizás fuera Raúl el único que allí se hubiese
detenido. Largos instantes permaneció inmóvil y
caviloso, inclinado sobre la verja, con la vista
fija en e\ epitafio. Del sitio al fin se arrancó,
para encaminarse á otra tumba que ya había
visitado una hora antes, y de la cual parecía
querer despedirse al partir.
Apenas cumplido ese deseo, llamaron su aten-
ción, á breve espacio, dos personas que se habían
detenido junto á un ciprés, y que recién pene-
traban en el recinto.
Era una de ellas señora ya anciana, de sem-
blante noble y distinguido, á que daba mayor
realce una cabellera muy blanca, abierta al me-
dio de la frente surcada por los años. Notábase
en sus ojos un cansancio extremo, que su joven
compañera persistía en atenuar con cariñosa so-
licitud, haciéndola aire con un abanico negro,
en tanto que la mantenía de la cintura con su
brazo izquierdo, apoyada en el tronco del ár-
bol.
Aquella joven era muy bella, y singularmente
pálida. Diríase al primer golpe de vista un ob-
servador atento, que reunía en su conjunto to-
dos los perfiles y detalles del tipo más selecto
y del organismo más delicado. La nítida blancura
de su rostro y de sus manos, que hacía resaltar
sobremanera un traje negro de irreprochable ele-
54: E. ACEVEDO DÍAZ
gancia y sencillez, daba un interés especial á su
esbelta figura. Alta y delgada, flexible y donosa,
de un pie pequeño y bien modelado, traía al
recuerdo ciertas pinturas ideales del arte supe-
rior. Tenía el cabello dorado, como el que os-
tentan las vírgenes de los artistas de genio.
Sus hermosas trenzas se descubrían en parte
bajo el crespón ligeramente plegado hacia atrás
con natural coquetería, y caído sobre una de las
sienes.
Sentaba bien esa especie de sombra á las pu-
rísimas líneas de su semblante. Parecían al
principio negros sus ojos, circuidos bajo los pár-
pados inferiores por ligeras ondas obscuras, pero
en realidad eran de un azul sombrío más pro-
fundo que el del zafir, de una dulce é inefable
expresión, velados por sedosas y luengas pesta-
ñas. Notábase sin embargo, en ese rostro, lleno
de serenidades y encantos, como un reflejo de
pasadas amarguras; acaso de esas que en la
historia de los hogares nacen con los supremos
infortunios, y no abandonan sino á largos lapsos
á un alma capaz de afectos profundos y dura-
deros.
Raúl experimentó al contemplarla un estre-
mecimiento extraño, una de esas sensaciones
rápidas cuyo origen no se explica á veces, que
nos dominu por completo en un momento deter-
minado, y que concluyen por introducir en el
ánimo una • preocupación tenaz y persistente.
BRENDA Qi)
Una secreta atracción le impulsó adelante hasta
el punto de aproximarse á pocos pasos del inte-
resante grupo.
La anciana parecía haber sido víctima de un
ataque inesperado, si bien de leves consecuencias,
á juzgar por su aspecto. Tosía con alguna fatiga, y
tenía inclinada la cabeza sobre el seno de la joven.
Raúl se acercó, con el sombrero en la mano,
y ofreció cortesmente su ayuda, un tanto tré-
mulo é indeciso.
Al eco de su voz, suave y simpático, alzó la
joven la mirada sorprendida, fijándola en el ros-
tro de su interlocutor. Algo semejante á un tem-
blor agitó su cuerpo, y destellaron sus grandes
pupilas viva luz.
La conmoción había sicU) recíproca. ¿Unía,
acaso, algún vínculo á aquellos dos seres? Los
dos se contemplaron breves momentos con cierta
ansiedad visible.
Haciendo un esfuerzo para reponerse, la joven
rompió por último el silencio, con un acento en
que se notaba cierta aflicción.
— Esto no es nada, señor. Pronto pasará.
— Advierto, no obstante, quebranto en esta se-
ñora, y quizás pudiera ser útil ....
Ella le miró sonriente, viendo venir la reacción,
y replicó con dulzura:
— Gracias, ya está bien. Padece un poco, y se
empeñó en que viniésemos al cementerio, á pe-
sar de mi resistencia.
56 E. ACEVEDO DÍAZ
Quería que colocáramos juntas una corona en
la tumba de mis padres, — agregó luego, como si
dirigiese la palabra á un amigo.
— j Ah ! Esta señora, entonces ....
Raúl se detuvo turbado. ¿ Con qué derecho in-
quiría cosas íntimas?
— Es mi noble protectora, murmuró la joven
con aire de ingenua confianza, estrechando con-
tra su pecho la cabeza venerable.
Henares dio un paso atrás para retirarse.
Ella, que -le observaba atentamente con esa in-
sistencia singular que revela un interés marcado,
dijo en voz baja y triste:
— ¿Tiene Vd. también sus muertos queridos?
— Es cierto. A ninguno excluye esta casa del
recuerdo.
En ese instante la anciana levantó la cabeza
y aspiró el aire con placer, como si hubiese arro-
jado lejos de sí un peso intolerable. Parecía no
haber escuchado nada. Cuando al divagar sus
ojos, se detuvieron en Raúl, recién se animaron
con un brillo inusitado.
¿Renovó en ella la presencia del joven alguna
impresión de otro tiempo, ó trájole á la memoria
ya debilitada por los años, alguna reminiscencia
importuna ?
Era posible. La impresión había sido en la jo-
ven agradable, casi placentera; pero lo fué en
ella de disgusto y desazón.
Sus labios se removieron como para pronun-
BBEKDA 57
ciar una frase, y sombreóse algo su frente. Todo
fué rápido, disipándose en el momento.
La joven se apresuró á decir:
— El señor se ha acercado á nosotras, madre,
temiendo fuera grave el accidente.
— ¡ Ah! exclamó la señora cogiéndose al brazo
de la niña^ y haciendo á Raúl un leve saludo.
Agradezco mucho, caballero. . . .
Henares inclinóse y se alejó lentamente.
Ningún transeúnte se veía en los senderos, y
empezaban á tenderse las primeras sombras. Raúl
se paró en el extremo de aquella calle silenciosa
que conducía á la puerta de salida, sobre cuya
arcada una campana de bronce enviaba por in-
tervalos al espacio como un eco de oraciones.
Desde allí se volvió para mirar otra vez á las
dos damas y conocer el término de su excursión
solitaria. La joven le miraba también, de pie
junto á una verja.
Como lo había supuesto, sin darse clara razón
de ello, se habían detenido delante del sepulcro,
ante el cual meditara él momentos antes, y en
cuya lápida negra había leído este nombre, junto
á la fecha que tanto le preocupó: Pedro Del-
FOR.
Coincidía este detalle, insignificante al princi-
pio, con otro que acababa de suscitarle viva sos-
pecha. En la corona de aromas y jazmines que
la joven llevaba al brazo, vio inscrito en un corto
lazo de seda negra, este otro nombre : Brenda.
58 E. ACEVEDO DÍAZ
Sabía, pues, lo bastante. Aquella joven debía
ser la amiga de Areba, y la misma de quien le
había hablado Zelmar, en su paseo por el puente
del Molino. Algo más. Imaginábase haberla visto
en rueños; haberla conocido un día. ¿De dónde
provenía esta creencia? Era una alucinación
quizás. Algunos años de ausencia de su país,
en el que aun era desconocido, no le habían de-
jado el derecho de mantener vínculos y afec-
tos duraderos. ¡ Casi todo era extraño y frío para
él! Las memorias de su hogar ya disperso, y de
los primeros años de su juventud, consagrados á
las aulas, y en parte á los azares de la vida mi-
litar, fuera lo único que llevase al extranjero,
para traer en cambio á su regreso un caudal de
ciencia y de ricos sentimientos que le asignasen
un puesto meritorio en la sociedad de su patria.
Su corazón estaba entero; respiraba grandes
alientos. Un carácter firme y enérgico, una vo-
luntad resuelta y tenaz en los propósitos, como
en la acción, lo habían preservado de las gran-
des corrupciones morales y de las costumbres
pervertidas.
Sentíase con aptitudes para dar temple á sus
pasiones, como á un acero que ha de recibir cho-
ques; cualidad nada vulgar que denuncia en el
ánimo una guardia permanente. Así, cuando más
de una vez se le había ocurrido penetrarse y
leerse á sí mismo, mérito raro en todos los tiem-
pos, se halló siempre intacto como espada de fá-
BRENI>A 59
brica que espera la hábil diestra que ha de esgri-
mirla.
En aquellos instantes, bajo una emoción des-
conocida, que podía traducirse efecto de causas
complejas, mediatas y lejanas, en que se delinea-
ban confusos recuerdos junto á nuevas perspec-
tivas para su espíritu, presintió las delicias del
amor, y los azares y vicisitudes de una lucha.
Regocijóse de su fortaleza, que el estudio de las
matemáticas había coronado de sólidas almenas;
sin pretender por esto que él fuese uno de los
tipos más aptos para disputar el triunfo sin con-
trastes en la batalla de la vida. ¿Qué armadura
de carne resiste á ciertos golpes morales, lanza-
das sutiles de la suerte, que penetran en el pe-
cho sin arrancar una gota de sangre? Ninguna,
bien lo sabía. Pero tampoco él ignoraba que la
facultad de descubrir la intención en el pensa-
miento de los que pueden dañarnos, era una co-
raza incontrastable ante la cual tenían que em-
botarse los mejores proyectiles.
Al asaltar, pues, su ánimo aquellos presenti-
mientos, sintió la necesidad de recogerse, de me-
dir nuevamente sus fuerzas y de concentrar una
mirada investigadora en los puntos obscuros ó du-
dosos de la escena que se abría ante sus ojos.
Ibase pensativo, en verdad preocupado.
Cuando subió en su carruaje, notó la presencia
de un lacayo, que se paseaba en la plazuela»
junto á una elegante victoria.
60 E. ACEVEDO DÍAZ
— Pertenece á las señoras que acaban de en-
trar,— dijo Selim, observando su interés.
— Lo presumía. ¡En marcha!
IV
UN PUNTO MATEMÁTICO
Mientras rodaba el carruaje hacia la quinta,
tentado estuvo Raúl en diversas ocasiones de or-
denar á Selim que esperase la victoria para se-
guir su rumbo. Pero, antes de dejar la calle de
Yaguarón, el experto sirviente, adivinando lo que
pasaba por el ánimo del joven á quien había
visto asomarse varias veces por la portezuela, in-
quiriendo algo en el trayecto recorrido, aventuró
una frase.
— La señora de Nerva es vecina del señor, —
dijo, sacudiendo el látigo sobre la pareja de ai-
rosos zainos.
— Bien informado pareces, — repuso Henares
halagado á la par que sorprendido. — Luego ¿es
ésa, la señora viuda de Nerva?
— Sí, señor. Habita con la señorita que la
acompaña, la quinta que está al frente. Son per-
BRENDA 61
•
sonéis solas, pero es mucha la servidumbre. Lo
sé por Zambique, que es de mi relación.
— Me basta el primer dato.
Lo que acababa de comunicársele, era sobrado
interesante, para que no hicieran fuerza en su es-
píritu ciertos incidentes á que no había dado im-
portancia hasta entonces, y que en aquel mo-
mento adquirieron en su imaginación un vivo
colorido. Recordó que á altas horas, en noches
calladas y serenas, había tenido oportunidad de
oir armonías de piano; y que más de una vez
se sintió dulcemente impresionado al escuchar-
las, por la elección de los motivos y la maestría
de la ejecución. ¿Quién podt.i ser el intérprete de
esas piezas escogidas, clásicas <> sentimentales, cu-
yas notas vibraban ahora más que nunca en sus
oídos, sonoras y melodiosas, como si recién bro-
taran del noble instrumento? El nombre de
Branda asomaba á sus labios, no podía ser otra
que ella. Preguntábase entonces por qué él ha-
bía mirado con indiferencia tan distinguida vecin-
dad, y á qué hechos casuales se debía que en
alguna ocasión no hubiese descubierto el nido
encantador, circuido de flores, y casi al alcance
de su mano. Reprochábase este frío retrai-
miento, y se decía: si su alma fuera tan bella
como lo es su gentil figura!. . . . Quien arranca
tales armonías delicadas, haciendo vagar en el
ambiente de la noche los ensueños de Schubert
ó de Bellini dando nueva frescura, por decirlo
62 E. ACEVEDO DÍAZ
así, á sus ideales artísticos, debe tenerla blanca y
pura como una luz de estrella. Suave estrella,
con un nimbo de oro por cabellera y un infinita
azul por esperanzas!
Persistía en su duda. ¿La había visto él brillar
alguna vez?
No sabía por qué; pero á través de los años,,
allá, cuando él era todavía niño, creía ver ei>
el fondo de sus primeros infortunios, ya borrados,,
algo que alumbraba débilmente sus recuerdos y
se vinculaba á sus emociones recientes de una
manera misteriosa.
Era un punto en el espacio.
Sin darse cuenta de ello, mortificábalo el pen-
Sarniento de la amistad estrecha que Zelmar atri-
buía á Areba y Brenda.
La hermosa joven á quien su amigo adornaba
de resaltantes calidades de ingenio y cultura, pero-
también de un fondo de indiferencia, que es la in-
capacidad de amar y de sentir los goces y tor-
mentos de la pasión, se le representaba en la
mente después del último episodio, bajo las fases
rígidas y multiformes de la más complicada figura
geométrica.
¿Qué lazos de profunda simpatía podían exis-
tir entre las dos jóvenes? Imaginábase un lirio in-
clinado sobre la superficie tersa y transparenté de
una laguna insondable; una tímida gacela junto
á una leona nubil; un copo de blanca espuma en
la cresta de una ola inquieta y sombría. Diferían
BRENDA 03
en temperamento y en criterio: frialdad y cálculo
de una parte; de la otra, pasión y sencillez. Al-
gebra y poesía, ecuación é idilio. ¿Qué afecto se-
rio y duradero podían generar estos contrastes,
que no fuese uri vínculo híbrido y deleznable?
Tal vez Zelmar hubiera exagerado respecto de
una y otra; quizás hubiera afirmado también un
hecho cierto. Discrepando en ideas frecuente-
mente, ¿no mantenían ellos una amistad sincera
y firme? La excepción podía extender su bene-
ficio, del mismo modo, á la de Areba y Brenda.
Su amigo le había precedido en los centros de
sociedad escogida, y ese antecedente le daba de-
recho para analizar tendencias, definir hábitos y
clasificar caracteres; al propio tiempo que á in-
dicar el mejor uso á las facultades de su espí-
ritu, en un teatro que resiste todavía al exceso
de refinamientos y desmedidas exigencias de con-
vención, muy distinto en este sentido al de otras
sociedades, cuyo ambiente aristocrático llega á
semejarse á la atmósfera enrarecida, en que los
gases respira bles se restringen y reclaman exce-
lentes condiciones biológicas de cada uno de sus
actores.
Bajo ese aspecto, hacía plena justicia á la so-
ciabilidad de una república que vive del trabajo ;
pero no dejaba de sorprenderle la presencia de
ciertas costumbres extrañas á la sencillez nativa,
que flotaban sin ser asimiladas por el conjunto.
De regreso del extranjero, en donde propia-
64 E. ACEVEDO DÍAZ
mente se había formado, sin que á su vez asimi-
lase las preocupaciones y defectos que en medio
de su cultura caracterizan á las grandes socie-
dades^ encontrábase en el caso ahora, de conceder
por el momento á los juicios y opiniones de Zel-
mar un grado de autoridad indispensable, para
entrar con su apoyo en un terreno desconocido.
Creía, sin embargo, que en el asunto que le
preocupaba, su amigo podía haberse engañado de
buena fe. Las ideas positivistas de Zelmar no ex-
cluían una sinceridad profunda: pensaba y obraba
con firmeza, por inspiración propia, y con claro
conocimiento de la naturaleza humana, que había
estudiado en la teoría y en la práctica por la ín-
dole propia de la profesión á que pensaba con-
sagrarse. Pero su misma severidad de criterio
para sondar conciencias, debía hacerle incurrir
más de una vez en error.
Resistíase el joven á creer que una mujer de
atractivos seductores, rebosante de vida y vigor
moral, para quien cada sentimiento pudiera ser
un poema en acción, se amparase en el instante
mismo de las grandes emociones á una lógica
triste, glacial, estéril, en pugna con todo arran-
que apasionado, más próxima á la misantropía
que al buen sentido, especie de Valkiria para el
amor sexual, ó de planta marina espléndida y
sin perfume. En verdad que este interés sobre
la personalidad incomprensible de Areba, sólo
era en Raúl relativo, en cuanto ella podía ligarse
BRENDA 65
con Brenda Delfor; presentía que iba á encon-
trarla en su camino, y que al final hallaría algo
bien diferente á un prisma de muchas caras, ó
á una máscara de piedra, ó á un caso patológico
común.
Momentos hacía que había dado otro giro á
sus reflexiones, cuando el carruaje se detuvo á
la puerta de la casa-quinta, ya entrada la noche.
Una escalinata de mármol conducía al vestí-
bulo, elegantemente enlosado y guarnecido de
distintas plantas. A la derecha estaba la sala de
recibo, adornada de buenas telas y un hermoso
mobiliario, con ventanas ojiv^ales frente á las
columnas del pasaje, y por lejanas perspectivas,
las playas y las ondas. Seguía el dormitorio, em-
bellecido en sus detalles por diversos objetos de
gusto delicado; luego el comedor, en que des-
collaban ricos bronces, y dos grandes jarrones
llenos de magníficas flores; y por último, cua-
drando el patio provisto de árboles é ilumi-
nado en su punto céntrico, en que se ele-
vaba una pequeña fuente de mármol jaspeado
con dos surtidores, una pieza de estudio, con
ventana al campo y vistas á la quinta de Nerva.
Delante de esta ventana, hacia la izquierda, brin-
dando grata sombra, elevaba su copa un ombú
frondoso y gigante, al pie de cuyo tronco aso-
maban las raíces á flor de tierra, á manera de
formidables culebras que sepultasen sus cabezas
en los enormes huecos de su base carcomida.
66 E. ACEVEDO DÍAZ
Entre otras dependencias, á la parte lateral, no-
tábase una cochera, con gran portada, por donde
Selim hizo penetrar luego su vehículo.
Raúl bajó junto á la verja, subió la escalinata
y atravesó lentamente las habitaciones, sentán-
dose á la mesa, que le esperaba servida, siempre
silencioso y meditabundo.
Media hora después, pasaba á su salón de es-
tudio. Estaba inquieto y desasosegado.
Una vez aUí, cogió maquinalmente diversos
periódicos que se veían esparcidos sobre la mesa
y que ya había leído por la mañana. Contenían
referencias y detalles de la aventura del Paso
del Molino, más ó menos exagerados por la fan-
tasía de los cronistas, y descritos con curiosas
variantes. Dos diarios serios la narraban con es-
tricta verdad. Al parecer el hecho había encon-
trado repercusión; Raúl, especialmente, había sido
objeto de honrosas demostraciones por parte de
las familias interesadas. Se creía en el principio
de un romance; pues era inverosímil hasta la
misma sospecha de un supremo desprendimiento.
¿Cómo suponer que nadie exponga su vida por
una mujer joven, hermosa y opulenta, sin que
haya mediado el móvil propulsor de una recom-
pensa proporcionada al sacrificio ? Esta hipótesis
parecía la más fundada, á partir de las circuns-
tancias especiales que precedieron, al suceso, y
de la calidad de los personajes que en él desem-
peñaron un papel trascendente.
BRENDA GT
Recogiendo tales impresiones en una nueva
lectura de los periódicos, no dejaba de felicitarse
el joven de aquel acto generoso, que sin haber
sido sugerido por la intención divulgada á ca-
pricho, venía á realzar su personalidad descono-
cida y á esparcir en su modesto retraimiento
como un aroma de dulces afectos y simpatías.
Pero esta satisfacción sólo halagaba al amor pro-
pio. No era en rigor el hecho sensacional que
semejantes efectos produjera, el que absorbía su
ánimo ; otros más modestos, obscuros y hasta pue-
riles, que rozaban no obstante sus fibras íntimas,
sin conexión alguna con el episodio, habían
puesto á prueba su memoria, lanzándola á bus-
car como un punto matemático preciso en la
confusión de líneas del pasado, el origen ó an-
tecedente necesario de las raras emociones de
aquel día. Estaba persuadido de que ellas se li-
gaban con el recuerdo, eslabones de una cadena
interrumpida en su principio, que se reanudaban
por una causa ocasional, para concluir tal vez
en una pasión profunda. Aquel punto lejano que
lucía en su memoria le recordaba en su influen-
cia sensible, los fenómenos de aberración produ-
cidos por la refrangibilidad de una luz blanca.
Parecíale á veces que esta luz blanca adquiría
las formas de Brenda, más niña y más infeliz ....
Largos instantes permaneció inmóvil, con la
mirada vaga y perdida, ora deteniéndola en las
nutridas columnas de los periódicos, ya en el
68 E. AC^VEDO DÍáZ
espacio de cielo que se extendía al frente limi-
tado por la ventana y* cubierto de vapores. Ardía
sobre la mesa de mármol una lámpara con pan-
talla de tela azul, que irradiaba sobre las pare-
des del gabinete una luz violácea, y hacia afuera
algunos rayos débiles. De repente el joven arrojó
con viveza los diarios que había conservado en
la mano, y se levantó, llevándola á la sien
como iluminado por una revelación súbita. A
pasos lentos dirigióse en seguida á la ventana,
cuya celosía acabó de descorrer, y clavó sus
ojos en la quinta vecina, que dibujaba en las
sombras sus grandes árboles, á manera de mu-
dos y trémulos fantasmas.
¿Qué pretendía descubrir allí?
Reinaba un viento tempestuoso de la parte
del mar, y deformes nubes negras interceptaban
la difusa claridad de las alturas: nada podía, pues,
percibirse en el fondo tenebroso ; pero en la mente
de Raúl, obscura también hasta entonces, cruzó
alguna aparición blanca y serena, tan visible y
fugaz como una estrella errante. El hecho es que
él extendió la mano hacia aquel sitio solitario,
y murmuró sonriendo de una manera singular:
— ¡ Ella era!
BR£NI>A (K)
TEMAS ÍNTIMOS
En la tarde del día siguiente, Zelmar entraba
al gabinete de estudio de Henares, á quien no
había visto desde aquel día en que ocurriera el
lance, tema obligado de todas las conversaciones.
Como era natural, la de los dos jóvenes versó
sobre el hecho. Zelmar se hallaba de vena, y el
comentario fué detenido.
— Debí empezar por pedirte mil disculpas, —
dijo Raúl, abriendo un paréntesis al diálogo. — Co-
nozco que expuse tu vida, y contrarié acaso ....
— Nada de eso. Los hombres son hijos de las
circunstancias, y por esa vez me venciste; he
quedado envuelto simplemente en un episodio
romancesco, cuyas consecuencias sólo á tí en el
fondo favorecen. Fui héroe por fuerza.
— Bien sé que en tu corazón honrado jamás
prevtilecen las tendencias egoístas, y que sin
necesidad de mi iniciativa habrías acometido solo
empresa más ardua.
70 E. ACEVEDO DÍAZ
Zelmar hizo un movimiento de hombros, y sa-
cándose sus guantes de hilo color Ula, observó :
— No vives en tu época, y por lo mismo tú
tocas siempre los extremos. Tienes la rigidez de
la secante, que en algo se asemeja á un lanzón
de caballero.
Apoyó Raúl con suavidad y sonriendo, la
diestra en el brazo de su amigo.
— Defectos de temperamento en todo caso, —
dijo. — Aparte de eso, ¿no crees que alguna coo-
peración prestan á nuestro carácter los hábitos,
la educación, el clima, la índole propia del país
en que uno ha nacido? La hidromiel del uso,
de la tradición y de los instintos locales, vale
tanto en la formación del hombre como la leche
de la nodriza. Uno empieza á alimentarse desde
niño con entusiasmos y pasiones ardientes, cuyo
calor rodeii la misma cuna, dejándose después
poco espacio á los cálculos y egoísmos de esa
cultura refinada, que apenas despunta en nuestras
sociedades incipientes.
— Mucho de verdad hay en eso, — repuso Bafil
con acento reposado ; — pero, ni el suelo, ni los
antecedentes dé raza, ni las preocupaciones cons-
tantes que tanto influyen en el desarrollo de
los caracteres, son parte á evitar que las nuevas
corrientes reemplacen los instintos de que hablas
con un criterio frío y positivo, ni á inhibir á un
hombre de calidades que amolde su conducta al
espíritu de la época. Precisamente lo que nece-
BREKDA 71
sitamos es esa segunda cultura del buen sentido
que viene detrás de las pasiones extremas, como
iba Sancho en pos del pobre caballero, para
mezclarla á la de origen y contener los excesos
<ie energía, de ambición ó de fiereza que des-
bordan como espumas de nuestra sangre. Su-
pongo no pretendes que siga siendo nuestro
alimento espiritual, el vicio de herencia, exacta-
mente lo mismo que el tuétano de leones y
panteras para los héroes antiguos.
— De ninguna manera. Tú en cambio, tendrás
que convenir en que si algo se pierde de la esencia
primitiva, mucho queda; y esto es lo que forma
-el fondo del carácter de las sociedades. Los ele-
mentos que en lo sucesivo se le incorporan pue-
den modificarlo, pero no extinguir el tipo origi-
nario. Los que hemos permanecido algunos años
•en el extranjero podríamos servir siempre de
agentes intermediarios de las costumbres que
andan, vagan y se radican al fin ; pero, lo que
<ie la patria hemos llevado en el corazón y en
-el alma, jamás se cambia, ni se da ni se altera.
La ley que preside la evolución fatal no destruye
propiamente, ni mutila: conserva y perfecciona.
Por eso nuestra sociedad, pasible como todas, de
fenómenos extraños y transformistas, cuya gesta-
ción laboriosa apenas trasciende, no ha perdido
todavía en el fondo y en la vida exterior, ese
sello especial de sencillez que la distingue y la
hace amable aun al extranjero.
6
72 E. ACEVEDO DÍAZ
— Por lo que á mí afecta, he renunciado hace
mucho á la salsa negra.
— Así que la sustituyeron los espartanos por
el manjar del sibarita, perdieron el músculo; y
con él, los triunfos de la firmeza y de la auda-
cia. Entre nosotros, casi todos la saborean, sin
darse cuenta de ello. Los hábitos son modestos,
como la esfera en que vivimos; satisfacemos sin
lujo nuestras necesidades, y nos atraemos ele-
mentos extraños, más por lo que ellos puedan
servir á robustecer una sociabilidad inconsistente
y á conservar lo ya adquirido, que por lo selecto
de su calidad : elementos ganados para la lucha
y no para el deleite, que fortalecen el músculo
brutal del trabajo como una corriente de sangre,
más que la oculta fibra de los goces delicados
y de los anhelos artísticos.
Tan sencillo se presenta el conjunto, que ape-
nas se bosquejan las grandes vanidades, signos
evidentes de los estragos del gusto. De mí sé
decir que en mi corto tiempo de permanencia,
no me he hallado ante un poliedro, al dete-
ner una mirada reflexiva sobre el cuadro. La vi-
sual ha resbalado en líneas y perspectivas risue-
ñas, y detenídose muchas veces en ojos de ex-
presión franca y comunicativa, en sonrisas dulces
y gratas, en rostros hermosos llenos de claridad,
en cuerpos graciosos y gentiles, en mujeres de una
belleza seductora que esparcen á su paso como un
perfume de poesía, y en las que imposible fuera
BRENDA
no palpitasen los sentimientos adorables, que
creen casi desterrados el moralista y el sociólogo
en los grandes focos sociales. Esa sencillez de
que te hablo, parece preservarlas; la sencillez á
que se atribuye con razón el mérito de salvar
los rasgos más puros de la naturaleza humana
y los tonos elevados de la pasión, sin mezcla ni
conflictos, y que hace resurgir de nuestra vida
interna y de familia, todo lo noble y delicado
que mantiene intacto el secreto del asilo.
Pues bien: eii hechos de esta índole me fundo
para avanzar que entre nosotros poco ha abdi-
cado el corazón de sus bellas y naturales pro-
pensiones, y que hay algo en lo íntimo de nues-
tro ser que nos es peculiar, ingénito, propio, cu-
yos impulsos genera y estimula una ley de raza
y de herencia.
¿Persistirías en negar entonces, esta esponta-
neidad singular de nuestro carácter, en arran-
ques por lo mismo sinceros, — del género de
aquel en que tú y yo expusimos la vida?
Zelmar, que en ese momento modulaba con se-
riedad un aire de ópera en la ventana, con las
manos en los bolsillos, se volvió con rapidez
diciendo:
— Vas ahondando mucho el tema, á fe mía; y
ahora te encuentras en el peristilo, temo que en
breve me lleves en el ascensor á un corona-
miento ideal inesperado. Pero no me disgusta un
encaje como promedio, que dé realce á la aven-
74 E. ACEVEDO DÍAZ
tura; al final, presiento, concluiremos por colo-
car como adorno en lo más alto la estatua de
Areba, esculpida en mármol, helada, severa, pero
hermosa y correcta. Objetaré, ahora; y al ha-
cerlo, has de permitirme que mi pensamiento
discurra libremente y varíe de formas é inten-
ción, según convenga; le daré así en sus fases
cierta similitud con los dibujos y flores capricho-
sas y raras que deben adornar un frontis de edi-
ficio ideal, que uno así es el que tú levantas
con manifiesto abuso de tu habilidad de inge-
niero.
Desde luego, para completar tus juicios, has
debido añadir que no hay virtud que por exceso
no genere hábitos perniciosos. Virtudes y vicios
pasan sucesivamente, por orden lógico, del aduar
á la aldea, de la aldea á l^ villa, de la villa al
pueblo, del pueblo á la ciudad, con todos los
buenos ó malos sabores del terruño, y la parti-
cularidad de que en toda capital ó metrópoli de
la importancia que sea, las virtudes merman y
los vicios acrecen en proporción geométrica á
medida que la vida regalada se difunde, se pro-
paga el lujo y la austeridad de carácter afloja y
se disuelve como la sal en el líquido. Es el pro-
ceso serio y gradual de la transformación interna.
Las necesidades psíquicas que un nuevo estado
provoca, reclaman satisfacciones distintas y au-
mentan las tendencias malsanas. La faz social
primitiva entonces se va borrando y desapare-
ciendo bajo una nueva levadura; á la ingenui-
dad de un periodo pasajero se sucede la inten-
ción sagaz, pomposas ostentaciones á las formas
sobrias, un patriotismo irresoluto á la pasión vir-
gen y estoica del sacrificio; y como las virtu-
des privadas dan su oxígeno á las virtudes
cívicas, del mismo modo que el aire puro
al pulmón robusto, lógico es pensar que viciada
la fuente, tiene que difundirse por todo el cuerpo
colectivo una vida menguada y enfermiza. Por
eso, yo no me sorprendo de que en sociedades que
pasan estas crisis, y donde se logra derribar un
Régulo,' por raro capricho de circunstancias,
la parte sana se procure otro, prefiriendo la per-
versión de uno solo al vicio de los más. ¿Será
que, según lo afirmaba un publicista, el buen
sentido, la razón, estén siempre de parte de las
minorías ?
Pero, me llamo al punto de partida, para for-
mular opiniones concretas. Apelo á tu memoria.
Alguna vez en las capitales europeas, de por
sí pequeñas naciones de fábricas, palacios y tu-
gurios, donde todo ha pasado por el crisol de
más subidos refinamientos, ¿te asombraste acaso
de aprender á no extrañar ciertos fenómenos in-
creíbles, efectos de una moral desconocida y de
dramas psicológicos sombríos que destruían en
una hora toda una herencia de virtud y de ho-
nor:— conjunto de deslices fatales, tristes infide*
lidades, profundas caídas, sangrientas censuras^
76 í:. acevedo díaz
amargas injusticias, lúbricas torpezas dignas de
la fusta de Rabelais, el más terrible de los bu-
fones; ó del anatema rígido de Hugo, el inco-
rruptible apóstol de los poetas? ¿Te sorprendiste
de la fragilidad de convicciones, de lo accesible
de las conciencias, de los triunfos del impudor,
del servilismo empedernido y de las bajezas del
talento, esclavo de los apetitos sensuales? ¿Te
espantó la llaga cancerosa de la miseria y del
vicio, junto á los placeres y delicias de las cla-
ses elevadas, el predominio absoluto de errores
seculares sobre las almas del enjambre y el im-
perio permanente de la fuerza que debilita la
energía del trabajo, y se sustenta no obstante
de sus sudores? ¿Llegó á hacerte estremecer la
monstruosidad de ciertos delitos infando'^, la
usurpación de las fortunas privadas, las enormes
quiebras fraudulentas, las lúgubres tragedias del
amor y el adulterio, las pasiones absorbentes del
lujo, del juego y de la orgía? Pues, lo que allí
sucede no puede extrañarte que ocurra en todas
partes, en mayor ó menor escala. La naturaleza
humana no varía, y sí apenas se escuda; el mismo
apetito virgen suele alcanzar los extremos de
apetito estragado, y si á esto agregas los gustos
de relajación que se importan á manera de un
virus ó sobrevienen por acto espontáneo con
la decadencia de las costumbres, te convencerás
de que actualmente no existe sociedad alguna
sencilla que no haya sido presa de lo ilícito y
BR£KDA 77
corruptor. Basta en el organismo invadido, un
bacillus para el contagio, un esporo para la re-
producción. No hay atmósfera social que no esté
cargada de corpúsculos, ni generación nueva que
no los absorba febril y delirante, con todo el
fuego de la sangre y la impetuosidad de los de-
seos, en tanto baja la antigua los últimos pel-
daños con el rostro ajado y las piernas temblo-
rosas, llena de hastío y desencanto.
No por otras causas se observa en los centros
selectos de las mismas sociedades limitadas, en
estrecho contacto con las viejas, esa fría política
que encubre todos los móviles desde la vanidad
más pueril hasta el más cruel egoísmo ; círculos
donde debe penetrarse por lo mismo, con el co-
razón preparado para el amor como para el pe-
sar. Cierta propensión imitativa, que su índole
cosmopolita entraña, hace suyos las tendencias,
debilidades y defectos cuya faz externa brilla y
ofusca á la distancia. Así, distraídas de su natu-
ral crecimiento las fuerzas propias de la tierruca,
se injerta en nuestro organismo la savia que ha
de producir la variedad ó el sub-género consi-
guiente: una sociedad americana vestida á la
europea.
¿No son ellas^ acaso, superiores á la doncella
que el buen escudero criaba para condesa?
La nuestra no es ninguna Cenicienta, en la fa-
milia de las repúblicas. ¡ Oh ! que asoman las gran-
des vanidades, no lo dudes; y que las acciones
78 E. ACEVEDO DÍAZ
caballerescas encuentran espíritus prevenidos con-
tra el móvil, menos puedes desconocerlo. Se vive
ya de lo real. Lo sublime andante, provoca iro-
nías. ¿ Creerás que no ha faltado quien te critique
por la aventura ? La belleza unida á los millones^
— se ha dicho, — bien vale un lance peligroso; y
por la puerta de la gratitud salen los favores. ¡ Por
ahí anda un caballero que busca radicarse ! .... Y
se entra en tu conciencia sin escrúpulos, se habla
se comenta, se exagera, se prejuzga, se absuelve
y se censura; cosas todas de tu sociedad sencilla^
que no lo es tanto para torcer los móviles, des-
naturalizar la intención, y difundir, bien urdida, la
sospecha.
Raúl, que había escuchado á su amigo sin des-
plegar los labios, observó impasible :
— Creo eso muy natural. Una sociedad modesta^
de toques y perfiles hermosos, en mi opinión, á
pesar de la tuya tan franca y sinceramente emi-
tida, daría prueba de exiguo gusto é indiferencia,
si no la preocupase la novedad. De ella hacen
vida el espíritu, y juegos de elegantes frases los
salones. Debo con todo presumir que Areba Li-
nares, — esa interesante mujer que parece una ex-
cepción en nuestro medio, á juzgar por tus infor-
mes, — aprecie bajo otros aspectos un acto en el
cual has compartido el riesgo .... Tal vez es-
perase con algún derecho de tí, la iniciativa y
las consecuencias.
— Se sabe que la arrojada acción te corres-
BRENDA 79
ponde, pues yo mismo te he discernido el mérito.
Areba es una personalidad excéntrica, con su
cortejo de adoradores, que ella alimenta con mi-
radas y sonrisas ; pero dudo que su corazón haya
dejado de pertenecerle. Puedes creer que no hay
ningiin preferido, y que por mi parte no he aven-
turado empresa contra un cristal de roca.
— En verdad, — repuso Raúl entre sonriente y
caviloso, — concibo claramente á una mujer im-
bécil, de físico admirable, realzado por galas so-
berbias, que interprete una frase galante por in-
juria y la gracia más espiritual por ironía, que
viva encastillada en pueriles pensamientos y en
el más obcecado amor propio, sin perspicacia
bastante para distinguir el mérito ni valorar los
efectos de su amistad ó simpatía ; y la concibo
como un nido de vulgar sensualismo, en que sólo
se mueven los vibriones de una existencia mór-
bida, obscura é infeliz. Pero no puedo explicarme
todavía, como otra de las cualidades de Areba,
juegue un papel pasivo en los torneos de amor,
cuando debiera figurar en el número limitado de
sus reinas escogidas.
— Es un carácter. A un entendimiento delicado
reúne un poder de dominio sobre sí misma que le
es peculiar, mezcla de orgullo y de superioridad,
de sombra y de luz, semejante á una planta er-
guida en el valle obscuro, cuya copa sola dora el
sol. Nadie le ha conocido preferencias definidas:
su idiosincrasia la preserva. De esta disposición
80 E. ACEVEDO DÍAZ
particular juzgarás alguna vez, si, como imagino,
hallas de tu agrado el deseo, que ella no disi-
mula^ de cultivar tu amistad.
— No tengo mayor interés, — dijo Raúl fría-
mente,— en precipitar esa aproximación. La de-
jaremos al tiempo.
— Querría, sin embargo, por mi parte, que te
acercases á ella, — replicó Bafil, con cierto tono
singular; — y la oportunidad ha de ofrecerse en
estos días. La temporada de campo ha reunido
como de costumbre en la zona de Atahualpa y
Paso del Molino, gran número de familias con la
mejor porción del bello sexo, dignas de hacer
competencia á las más frescas corolas, y con este
motivo se anuncian saraos en la casa-quinta del
señor Samuel Stwart, miembro espectable del
comercio, y aquí establecido desde muy joven,
en que abandonó New-York. Su familia, ligada
á las principales de Montevideo, cuenta á la
de Areba entre las de mayor intimidad. La oca-
sión no puede ser, pues, más propicia, y me re-
servaré allanarte el camino, aunque tú no necesitas
batidores. . . . Conque, ¿aceptas y vendrás conmigo ?
— No debes dudarlo.
— Tienes valor en plaza, y to inicias con el
atractivo de esa novedad á que te has referido.
Se diluirán sobre tí miradas de luz, se han de di-
bujar ante tus ojos cien sonrisas provocativas, y
llegarán á tus oídos palabras y voces vagas, un
tanto confusas, pero, de clara intención. En reali-
BltENDA 81
dad, un objeto á la moda tiene fases y relieves
que nadie ha percibido antes, y que aun cuando
se hayan antes percibido, se notan ahora con
asombro. . . . Estos ingresos inesperados á la es-
cena, absorben todos los espíritus, si ella es limi-
tada; y su prestigio opera comunmente el fenó-
meno de suplantar en el acto y sin violencia, unas
personalidades por otras.
— Bien sabes que no buscaré el éxito, ni el
entusiasmo de que hablas, y cuya corta duración
sé estimar.
— No importa: eso no privará que seas el blanco
de todas las apreciaciones sensatas ó de todos
los comentarios pueriles. Areba será el intérprete
del criterio general. Por mi parte, he declinado
un honor que no merezco, pues fué tuya la ini-
ciativa, sin que esto importe declarar á la dama
indigna del sacrificio. ¡Sea todo por ella!
Pero, á fuer de leal y franco, debo confesar
que no lo habría hecho por la compañera, aquella
joven de busto especial, cuello largo y facciones
salientes, de una tez morena subida, ojos redon-
dos, vivaces y pobladas cejas negras, con la ca-
bellera crespa y amotinada sobre la frente comba,
y un lunar color café cerca del labio inferior
grueso, colgante y encendido, á manera de casco
de granada madura. Te lo aseguro, á fe mía :
tengo mejor gusto estético.
Me recordó un caballo de ajedrez en medio del
tablero revuelto, en actitud de jaque doble. ¡ Tam-
bién heroína de por fuerza como tantas !
82 E. ACEVEDO DÍAZ
Debes creerme : me subleva la presunción del
jaque.
No pudo menos Raúl de reir sin escrúpulo,
ante esta ocurrencia genial de su amigo, pues la
pincelada había sido de mano maestra, á juzgar
por sus reminiscencias sobre la persona á que
Zelmar aludía.
— Areba, ya es cosa distinta, — continuó éste;
una diva bien vale que dos hombres se expongan
ciegamente y rueden por la arena, siquiera sea
por capricho ó lujo de valor; pero lo que es
por aquel hipocampo, el asunto habría tenido
ecos lamentables en la crónica.
Para mayor calamidad, somos vecinos. ¡ Es el
colmo !
— Fuerte prevención parece que le tienes.
— ¡Calla, un ídolo egipcio junto á una diosa
de Fidias, ó si quieres una garza mora, irguién-
dose al lado de un cisne blanco y elegante! Lo
peor no es eso y conviene que te instruyas. Ju-
lieta, considerada del punto de vista de la moral
social, es una de las tantas intérpretes correctas
de la censura agria, ó de la hipocresía gazmo-
ñera, el cant del setentrión, que derrama cal viva
ó llanto de saurio sobre las faltas expiables, ó
el infortunio simple, según la naturaleza del caso.
Representa una de las formas ocultas de tu so-
ciedad ingenua é inocente, como si dijéramos la
malicia vigilante y erguida, á manera de sierpe
atenta al rumor. Pero no la quiero mal, aunque
BRENDA 8B
siempre riñamos. Es traviesa, suspicaz, cuculina
y vanidosa; me entretiene, y parece que ella se
solaza escaramuzando conmigo. Su señor padre,
el abogado don Matías Camandria, la exhibe en
todas partes como un dije primoroso ; y pues con-
viene que te instruyas, he de informarte de algo
sobre este caballero.
Don Matías, en su treintena, fué un hombre
de buena talla, ancho de espalda y de cuello, de
gravedad abdominal, barba negra, ya bastante
calvo, estudiante de los irltimos bancos, y letrado,
con un punto de mayoría, después de dos pos-
tergaciones injustas, en su sentir! Con esto, ya
digo que no era un jurisconsulto, ni un abogado
inteligente, como tantos que honran su título y
constituyen altas promesas entre nosotros; pero^
ahí verás. Apenas se caló mi hombre el bonete
académico, y púsose tieso y rígido, — que no con-
venían aires torcidos á un intérprete del derecho,
— cuando ocurriósele mandar grabar en sus cha-
pas de bronce la pequeña inscripción, cuyo texto
auténtico vas á oir: Doctor Matías E, Camandria
— Abogado de la matricula, — Se halla en actttu-
des, por sus profundos estudios, y su diploma, de
desempeñar con la misma competencia y acopio de
erudición, desde el cargo de Teniente Alcalde hasta
el de Presidente de la República inclusive ; sin
excluir el de consejero por vida, en el Estado, Con*
gresos interfiacionales, Academias y Liceos, —
Tiene estudio abierto, en el barrio aristocrático de
S4 E. ACEVEDO DÍAZ
la ciudad, junto d los tribunales, al habla directa
por teléfono con los Jueces inferiores y superiores,
que muchas veces necesitan de sus luces y sabidu-
ría para dirimir los más gravísimos conflictos so-
bre estatutos Real y Personal, — Consultas gratis
d los pobres. — Las mujeres litigantes deberán ve-
nir munidas de memorándum,
— Te chanceas.
— Nada de eso: he tenido el original en mi
poder. Pero don Matías es hombre de suerte, y
no faltó quien lo. disuadiera de semejante ocu-
rrencia. No transcurrió mucho tiempo sin que su
posición mejorase, y hoy es un magistrado de
nota, entre los que sólo ven las exterioridades;
de ahí que se permita decir que su aventajada
hija merece por compañero algo más que un
abogadillo ramplón ó doctorzuelo menesteroso,
todavía sin levadura de ley, de los que pululan
al rededor del gran banquete público en busca de
una silla desocupada, en defecto de pleitos, de
competencia y de dignidad. Y observa que
esto dice quien dejó que las dictaduras le usur-
pasen su oficio más de una vez, á pretexto de
que así era más cómoda y barata la justicia.
La hija se considera copartícipe de la repu-
tación equívoca del padre; y por su propia ini-
ciativa bocinera, aparece como versada en cien-
cias y conocimientos arduos, capaz de mantener
el contrapunto en cualquier debate de trascen-
dencia. Para mí tengo, sin embargo, que esos
KKENDA 85
estudios profundos han de ser un pozo artesiano '
de ilusiones perdidas.
— La tratas con crueldad.
— Es lo real y verídico; no puedo yo hacer á
Julieta de otro modo, sin corregir la naturaleza.
Las tareas en la sala de disecciones, me han de-
jado la maña de descarnar. No creas que ella
renuncie á vengarse bien: ya la has visto al lado
de Areba con sus aires de buen tono, partici-
pando en cierto modo de los triunfos de su amiga,
y lo que es más intolerable, mezclada por el su-
ceso á un principio de romance. ¡Ya la tienes
buena !
Raúl extendió el brazo, sonriendo, hacia un
jarrón, y dijo :
— Por lo pronto me aproxima á tu Julieta ese
espléndido ramo de jazmines que ves ahí, de cuya
ofrenda debes participar.
— Muchas gracias. Ya me lo presumía. ¡Qué
iniquidad !
Bafil aproximó la nariz al perfume, y la retiró
con gesto displicente. Miró en seguida el reloj,
añadiendo con viveza :
— ¡Las siete en punto! Tengo compromiso á
esta hora, y te abandono. Adiós. Te avisaré el
día.
Estrechó luego la mano de su amigo, y dijo
al salir:
— Observa bien el interior de esas flores, Raúl,
no sea que alguna culebrilla negra se agite
dentro.
86 E. ACEVBDO DÍAZ
VI
SONÁMBULA
Largos momentos permaneció Raúl pensativo,
de pie frente á la ventana, sintiendo tal vez no
haber revelado á su amigo sus impresiones del
día anterior, en grata confidencia. Silencioso y
meditabundo siempre, descendió al jardín y en-
caminó sus pasos por una alameda que termi-
naba en un soto de matas y malezas, línea di-
visoria de la propiedad de Nerva. Sentíase con
disposición de aspirar buenas ráfagas de la fresca
brisa que soplaba de las playas, trayendo el ru-
mor de las olas.
¿Acaso, con fuerza superior á sus hábitos, al-
gún impulso secreto le arrastraba á esos sitios
solitarios, de donde partían en esa hora armo-
nías de piano, vibrando todas las noches á la
distancia de una manera dulce y encantadora?
Era posible. Nunca le había parecido aquella
soledad tan llena de seducciones, ni sus menores
detalles tan conmovedores y bellos. En esos ins-
BBENDA 87
tantes, la naturaleza se exhibía poética y solemne
al reclinarse majestuosa en su lecho de sombras.
La brisa producía en las hojas su concierto
de murmullos, harto leves para dudarse de la
suavidad de sus besos ; no resonaba el monótono
canto que brota de las lagunas como una queja
de la, creación que vive bajo el limo, ni los
tristes aullidos que se alzan en las huertas al
son de las cadenas : la calma era profunda. Dis-
traíase á veces la mirada en el fondo de los
cielos, cuando surgía una chispa de oro para per-
derse sin ruido en el mar inmenso, donde navega
la duda en bajel sin brújula; ó en los puntos lu-
cientes de la tierra, caprichosos grupos de luciérna-
gas, que vagaban en fantásticos juegos formando
grandes columpios de luz amarillenta, ó se cer-
nían en rápidos volteos y pálidos nimbus sobre las
cimas de los árboles. En las higueras obscuras y
espinosos agaves habían ya escondido sus cabe-
zas bajo el ala los negros tordos, y sólo algún ave
nocturna de pluma blanda, fina y callado vuelo,
lanzaba sus resoplidos lúgubres, manteniéndose
en la altura con las alas en perpetuo movimiento,
enclavada en un punto del espacio, como un
pensamiento triste palpitando en el vacío.
A medida que Raúl avanzaba, aumentaba la
dulce emoción que no había pretendido sofocar
en su pecho ; una irresistible simpatía señalábale
el asilo discreto, oculto entre los grandes árboles,
como punto céntrico de sus actuales preocupa-
88 E. ACBVEDO DÍAZ
dones y acaso de sus futuros afectos. Creía sen-
tir ahora en aquellos lugares una atmósfera
amable, perfumes desconocidus y ecos interesan-
tes que parecían promesas de palabras ardientes
y ternuras delicadas.
Sonreíase ante la ilusión de un camino sem-
brado de rosas deshechas; de un ambiente sin
rumores discordantes; y de un amor puro y se-
reno sin el pecado de los excesos sensualistas,
ni el exceso de idealismo, que desprende al án-
gel de la carne.
Quería para su amor una levadura humana, y
no un misticismo vaporoso ; el amor que sueña,,
que alienta, que encariña, que enternece, que
conmueve lo íntimo con la sensación del beso»
que suaviza las rudezas del arranque, que calma
el instinto exasperado, que ríe ó solloza en las
horas de paz ó de duelo, que conserva las ilu-
siones caras ó engendra otras nuevas, que aduna
el deleite frágil al goce moral, las fruiciones psí-
quicas á un ideal permanente del espíritu ; an-
siaba un amor así, que acompaña y estimula,
que no mutila otros amores como él profundos»
no fruto de los sentidos, ni tampoco forma intan-
gible de un éxtasis ó de una abstracción ; río
providente cuyo origen puede ignorarse, pero
que fecunde siempre, aunque el cauce enjuto al-
guna vez y abrasado reciba sólo á intervalos la
sed de vida de su limo misterioso. Amor senci-
llo y verdadero, fuerte vínculo de naturaleza.
BRENBA 89
honda afinidad de sentimientos llamados á con-
fundirse y formar un solo fiel de dos vidas, equi-
librando las purezas y debilidades del hombre,
de manera que la carne no pese más que el
espíritu, y que la razón no calle cuando se in-
crepe el instinto en pos de una ilusión que muere.
Y sonreía, ante la perspectiva de una pasión
semejante, pensando que, tal vez, siendo posible
y adecuada á la capacidad del sentimiento,
propia de un anhelo mesurado, armónica con el
criterio severo de lo real, no tuviese en rigor
más brillo ni duración que tantos afanes y ener-
gías que ponen á prueba el temple de un ca-
rácter firme y noble, sin más efecto que arreba-
tarle en estériles luchas la esencia de su vigor.
Con todo, no era ésta sino una mera presunción
sugerida por la sospecha de perversiones mora-
les, que no había palpado, y que él reducía á un
círculo estrecho, en la sociedad en que vivía.
¿ Por qué negarse al placer de acariciar el pen-
samiento de una felicidad, que humanamente
debe incluirse en el secreto de nuestro destino,
y buscarse á través de las crudezas de la vida,
como se busca en medio de las arenas ardientes
el agua refi*igerante en el oasis de reposo ?
Si es verdad que las pasiones muy raras veces
dejan de hacerse la aridez por delante, cuando
no el vacío que engendra el hastío ó la indife-
rencia, no es menos cierto que, una, fertiliza,
genera y triunfa casi siempre: el amor de lo
90 E. A0£V£S>O DÍAZ
humano — contenido en los límites de la realidad
palpitante, sin negarle raptos sublimes ó embe-
lesos superiores al fugaz deleite de la fruición
sensual. Sin este sentimiento, delicadamente pu-
lido por la educación, el culto del bien, de lo
bello y de la gloria, carecería del fervor que
acompaña á esa fe luminosa, cuyo plácido rayo
nos viene á través de la mujer. Y así como ese
amor existe en plena armonía con nuestras fa-
cultades y deseos, sin que pueda confundirse en
ningún caso con los delirios del vicio, debe haber
entonces para él una humanidad sensible y pen-
sadora, muy diferente á la porción que refina en
cierto modo los apetitos de la bestia, para re-
volverse y hozar en su propio fango deletéreo.
Acariciaba Raúl la idea de que esta dicha re-
lativa no era un imposible, especialmente en la
sociedad de su país, nueva, lozana y robusta,
donde el rudo embate de pasiones funestas no
había logrado aniquilar en los hogares las vir-
tudes austeras y los delicados anhelos del espí-
ritu. Por natural asociación de ideas, traía
andando á su mente las imágenes de dos mu-
jeres, que se diseñaban bajo formas é impresio-
nes distintas y qué parecían resumir dos fases
de la sociabilidad de su patria. La una Areba,
que representaba á sus ojos el elemento varia-
ble que crece y se desarrolla dentro de los gus-
tos é inclinaciones de las clases laboriosas
venidas de otros climas, que se vinculan á nuestro
BRENDA 01
suelo y van alejándose de sus fuentes primitivas
en proporción al grado de influencias locales.
Esta bella rosa mosqueta, no dejaba, sin embargo,
de deberlo todo al sol de la tierra.
La otra, Brenda, presentábasele como una
expresión pura y correcta de la familia antigua,
sin otros lazos de cohesión con la nueva, que
los formados lentamente por comunes ideales y
aspiraciones. Con dificultad podría escogerse en-
tre el derivado y el tipo primitivo en cuanto á
belleza, como discernirse en plantas de selección
natural é inconsciente el premio á la mosqueta
6 á la rosa pálida!. . Pero el orgullo debía
ser en una el complemento de lo extemo; en la
otra la sencillez adorable. ¿Sería, en efecto, aquella
alma algo de extraño y fantástico cual una
armonía de Wagner; sería ésta algo de dulce
y tierno como una trova melodiosa?
En esos momentos sonó un aire de Sonámbula.
Raúl, poniendo atención á las melodías que
escapaban del teclado bajo la presión de una
mano maestra, volvióse á sonreír, como si en
realidad hubiesen sido aquéllas una contestación
precisa y adecuada á la fórmula de su soliloquio.
Fuese acercando lentamente hasta llegar al
cerco formado de arbustos entrelazados por
alambres. Percibíase en el centro de la quinta,
en parte oculta por el tupido follaje de grandes
manzanos, una glorieta cubierta de madreselva,
con dos entradas, de doxide partían sendeoros de
92 E. ACEVEDO DÍAZ
fina arena. Destacábanse á los flancos hermosos
medallones, verdaderos criaderos de flores escogi-
das que embalsamaban fuertemente el aire. Una
fuente de piedra rústica sin pulimento, dejaba es-
capar de la boca de un pez de conchilla y greda
un hilo de agua cristalina, semejante á un arco de
acero á la luz lunar, que caía con un murmurio
leve en su taza de granito.
Aunque próximo, no se alcanzaba á dominar
el edificio desde aquel sitio á causa del ramaje ;
pero la claridad que sah'a de una ventana de la
fachada principal permitía distinguir la verja de
hierro sostenida por pilares, y en gran parte
invadida por plantas trepadoras. Nada de pompa
en aquella mansión de campo : todo parecía res-
pirar el mismo gusto sencillo de los jardines la-
terales. Apenas les servían de adornos algunas
estatuas de caprichosos minerales del país, dis-
persas entre los árboles, asomando en el follaje
sus cabezas y bustos á manera de furtivos pasean-
tes que se hubieran detenido y quedado inmó-
viles, al sentir el rumor de sus propios pasos.
x\poyado en el seto escuchó Raúl hasta su
conclusión el trozo de ópera; y por algún tiempo
se mantuvo allí, extinguida ya la última nota,
como embargado por una dulce atracción. Caía
sobre él toda la sombra proyectada por varios
árboles sin frutos, que por lo mismo parecían
haber hecho alianza sólida y estrecha confun-
diendo sus torcidos brazos en apretados anillos
BRENDA 93
y enmarañada trama. Al observar esta red singu-
lar, el joven, que tenía su pensamiento en los
obstáculos secretos del futuro, creyó ver en esa
alianza de los árboles estériles el fiel trasunto de
la que celebrarían contra él, tal vez muy pronto,
los espíritus sólo aptos para el enredo y la
intriga en los bastidores de la comedia social.
Asaltáronle presentimientos vagos ; á su influjo
pensó en el regreso, y decidióse á hacerlo, cuando
de súbito el ligero roce de una falda sobre la
arena del sendero .cercano le retuvo en su sitio.
Perfectamente encubierto c<>mo lo estaba, no
hesitó en observar, avistando bien luego en la
callecita de arena una sonii)ra blanca que se
dirigría á la glorieta á pasos retardados.
Una vez en el centro del claro que formaba
la luna, esa sombra se detuvo irresoluta; y pudo
entonces Raúl reconocer á Brenda, en poético
descuido, con los ojos inclinados y sueltos los
dorados cabellos. Breves instantes permaneció
ella así: echó luego atrás su hermosa cabeza
como para aspirar mejor el aire puro de la noche,
y en esa actitud que descubría una garganta
admirable, la claridad plateada iluminó aquel
rostro de azucena, que Raúl soñara haber visto
en otros tiempos.
La joven entró á la glorieta. Encaminóse de
repente al cercado, hacia el sitio en que se en-
contraba Raúl, y deteniéndose á pocas varas de
él, extendió sus lindas manos, separando las ra-
94 E. ACEVEDO DÍAZ
mas con sigilo; Felizmente aquel lugar era de-
masiado sombrío y no podía ser visto. La red
protectora encubría, sus menores estremecimien-
tos. Estaba más cerca de lo que él hubiera ima-
ginado, momentos antes, la causa de sus emo-
ciones !
Brenda asomó por entre dos arbustos su bella
cabeza, con rapidez, temerosa de la obscuridad, y
en actitud de volver pronto sobre' sus pasos.
Desde allí no podía distinguirse más que la
casa de Raúl. ¿Dirigía á ella su mirada? La lám-
para ardía en el gabinete de trabajo, y un pálido
rayo de luz teñía las ramas salientes del ombú
y se dilataba hacia el campo.
Allí tenía puestos sus ojos. . . .
Conservó algunos instantes, trémula y agitada,
los gajos entre sus dedos, y arrancóse de impro-
viso á su contemplación, alejándose con presteza
á lo largo de la arboleda.
Viola Raúl cruzar frente al pabellón, sin ruido,,
ligera y vaporosa, y perderse en el bosquecillo,.
entre aquellas imágenes de piedra que asomaban
sus cabezas con aire de grave misterio veladas-
por guirnaldas y espirales de yedras.
Reprodújose entonces en su memoria la de una
niña que vestía luto, entrevista en una noche de
bruma á altas horas, á la puerta de un cónsul*
torio, donde implorara en vano el auxilio de la
ciencia para la amada madre, que como la de él
sucumbía Algunos años habían transcurrido
BRS39DA i.»5
desde el doble deceso, y aquel vínculo de común
desgracia parecía reanudarse á la distancia para
servir de precedente necesario á una * profunda
simpatía.
VII
ESTRELLA DE MAR
Cuando Zelmar dejó á Raúl, bajó preocupado
las gradas del vestíbulo, puso un pie en el estribo
de su carruaje, y antes de subir hizo una seña
al cochero, que se acercó para recibir ciertas
instrucciones en voz baja. En seguida el vehí-
culo arrancó, rodando sin estrépito sobre un suelo
de tierra firme.
Empezaban á cubrir todos los objetos las pri-
meras sombras. El carruaje siguió por la calle de
Cebollatí, vía despoblada y solitaria, apenas
favorecida por algunos setos y ombúes ramonea-
dosy hasta la de Santa Lucía, no menos triste y
obscura, llena de huecos y sotos, terrenos incultos
y altas yerbas secas y amarillas. A lo lejos
veíase una que otra luz oscilante de coches que
cruzaban por caminos más frecuentados, ó el ful-
9G E. ACEVEDO DÍAZ
gor color sangre de las linternas convexas de los
tranvías.
Una vez en la calle de Santa Lucía, dobló á
la derecha y prosiguió su rápida marcha pi)r la
de Isla de Flores, de manzanas retaceadas y fa-
roles dispersos, á manera de escuchas, especial-
mente en las proximidades del cementerio Cen-
tral, que parecía trasmitir á aquellos barrios si-
lenciosos de una tranquilidad profunda, como una
sombra fría y funeraria.
Se deslizó por esa calle largo trecho sobre un
afirmado enriscado y difícil, propio para tumbos
y vaivenes, hasta llegar á la de Andes, que re-
corrió breve espacio. En la usina del gas brilla-
ban vivas luces que esparcían en redor una cla-
ridad blanca y extensa, en tanto que de lo alto
de su chimenea, prolongada pirámide perdida en
las tinieblas, se desprendían otras de tinte rojizo
entre una pequeña humaza azulada.
El carruaje se detuvo en la callecita de Va-
lles, estrecha y reducida. Esta forma, con la de
Miní, sobre un terreno mal repartido, ocho rec-
tángulos con edificios desiguales y angostos en
su mayor parte, y ambas corren paralelas á la
de Isla de Flores hasta el pequeño cabo ó punta
de tierra en que concluye la tortuosa calle de
Cindadela, divisoria de la ciudad. Las dos calle-
juelas tienen entrada por la calle de los Andes,
y salida hacia la costa por los claros de la de
Ciudadela, formando con las adyacentes un án-
gulo casi recto.
BRENDA 97
Se notaba en la de Valles á esa hora, poco
movimiento. Uno que otro transeúnte, cruzando
las aceras, y algún organillo haciendo oir en la
esquina desapacibles sones^ constituían toda su
animación. Por la de Andes solían atravesar cua-
drillas de obreros con las blusas al hombro para
soportar mejor el peso del pico ó la pala, los
sombreros raídos en las nucas, callados y sudoro-
sos, dirigiéndose á paso lento y uniforme hacia las
posadas favoritas, donde formar mesa redonda, y
escanciarse el grueso vino tinto, propio para lle-
nar de vapores densos el cerebro y matar la pena
más gruesa aún de la jornada.
Zelmar bajó rápidamente del coche, y dijo sin
detenerse :
— Puedes regresar.
Mañana á las seis ven á esperarme en este
mismo sitio.
En seguida, desandando parte del trayecto, en-
caminóse hacia la costa, deslizóse por la rampa^ y
volviendo sobre la izquierda, se detuvo á corta dis-
tancia, ante una casa modesta, con frente y venta-
nas ai río.
Toda esa costa al este, y en su prolongación
hacia el sud, resguardada al final de los declives
por murallones provistos de mesillas y peldaños
de gneiss, que terminan en el terreno peñascoso
de la orilla, marca el estuario ó constituye verda-
deramente el litoral sinuoso en que se percibe de
una manera sensible el doble movimiento de las
98 E. ACBVEDO DÍAZ
aguas marinas. El caudaloso río no mantiene ya
allí con el océano la porfiada lucha, y su co-
rriente marcha con el paso tardo é inseguro del
paladín abrumado por la fatiga de muchas horas
de combate rudo. La extensión acuosa empieza á
dilatarse á todos rumbos gradualmente ; y el do-
rado de los fondos dulces retrocede en sus excur-
siones atrevidas, apenas siente el sabor amargo
del líquido en que sobrenadan las medusas y to-
ninas, apuntan rudimentos de algáceas y corali-
nas, y asoman más adelante, cerca del cabo, las
aletas dorsales de algunos escualos vagabundos.
En días de tormenta las verdosas olas, encrespa-
das y buUentes, levantando ó sumergiendo como
frágiles corchos las barcas de los pescadores, en
sus lomos indomables y en sus movibles curvas,
parecen reclamar los derechos del océano al rom-
perse con imponente furia en las rocas del lito-
ral, cuyas eminencias rasan y salvan en masas de
brillante espuma.
La casa frente á la que se detuvo Zelmar do-
minaba desde sus ventanas la líquida llanura, y
grandes grupos de peñascos, hacinados, que for-
maban una costra consistente, cubierta de protu-
berancias deformes, negras y erizadas.
Era ya entrada la noche, cuando el joven llamó
suavemente á la puerta.
— ¿El señor Bafil? — preguntó alguien con
acento quedo, entreabriéndola con lentitud.
- El mismo, Gertrudis.
BSBüflIA 09
¿Ocurre novedad?
— Ninguna, — respondió una ni ujer, dejándole
el paso libre, y cerrando tras él la hoja.
La pobrecilla sentía impaciencia, y me ha in-
terrogado por Vd. varias veces.
Un reverbero alumbraba desde el fondo del za-
guán esta escena.
La llamada Gertrudis era una persona de cua-
renta años, más ó menos; fisonomía colorada y
llena, pelo de un rubio deslustrado, boca lasciva,
desprovista de algunos dientes, ojos redondos y
perspicaces, con cejas ralas y casi blancas; nariz
de vómer muy hundido, anchas fosas y sin duda
de olfato fino, y frente de piel rugosa con hue-
llas de paño.
Medida, reposada, discreta en sus modales y
expresiones, tenía el aire marcadísimo de un tro-
taconventos. Debía ser hábil para llenar las for-
mas, husmear los desfallecimientos de la inocen-
cia y tentar al candor en cierto cuarto de hora
en que la mirada está absorta en el abismo.
Respiraba esencia de romero. Vestía decente-
mente traje de seda negra, con escote, y lucía en
su cuello grueso y algo escoriado, una cadenilla
de oro con relicario.
Aunque se había dado escofina, nada disimu-
laba lo tosco y grotesco de su persona. El polvo
aplicado á su rostro y cuello formaba lincas
blanquizcas en las sajaduras, dejando al descu-
bierto las partes rojas y amoratadas, semejantes
10() E. ACBVEIK) DÍAZ
á verdugones rehacios al emplasto y al colorete.
En la diestra ostentaba una sortija con piedra
de ágata, en que se leía la palabra Recuerdo.
Dábase aire con un abanico adornado de plumas
de flamenco y cisne, y conversaba encima del
oído manteniendo con la mano izquierda levan-
tada la falda, en actitud de la que cree que aun
conserva tesoros codiciables.
Zelmar miró su reloj, y dijo:
— En verdad me he retrasado, y lo siento; pero
estoy en tiempo de reparar la falta.
— La mesa está dispuesta, y ella aguarda.
Puede Vd. entrar.
Gertrudis acompañó á Zelmar á través de una
salita y un retrete, que se encontraban en tinie-
blas, y se detuvo ante una puerta, diciéndole
siempre en su voz baja y meliflua:
— Ahí está la hermosa.
Me vuelvo y dejo á Vd. libre.
Y aquella mujer, en cuyo acento se conocía un
origen extranjero, empujó dulcemente al joven,
desapareciendo luego sin ruido en las sombras.
Apenas puso Zelmar su mano en el pestillo,
abrióse de súbito la puerta, demasiado tiempo
cerrada á la impaciencia del amor, y una joven
se arrojó en sus brazos, estrechándole con ar-
diente cariño.
— ¿Por qué has venido tan tarde? — preguntó
con solicitud extrema, volviendo á enlazar el
cuello de su amante.
BRENDA 101
i Cuántos días hace que no nos vemos!
El la besó en la boca diciendo:
— Perdóname, pues que me reconozco culpable.
Pero si no hubiese demorado, r tendrías esta oca-
sión de reprocharme, y yo de prodigarte mayor
afecto, si posible fuere?
— ¡Oh, sí! Yo lo quiero todo. Estoy temblando
no sé por qué, y ahora que tú has llegado, siento
más grande este temblor ....
Vamos á cenar.
— Perfectamente, — dijo Zelmar arrojando su
sombrero; — el amor no excluye el apetito, y es
regla higiénica no dejar transcurrir la hora. De-
secha ideas tristes. Cantarela, pues me duele esa
zozobra, y siéntate aquí, á mi lado, alegre y ex-
pansiva como en otras horas, para probar del
mismo manjar y libar de la misma copa.
La joven sonrióse y tomó asiento, abando-
nando una mano entre las de su querido.
— Quisiera estar así para agradarte, — repuso
luego; — ¡pobre de mí! Tengo miedo al pensar
en la vuelta de mi padre y de Gerardo, que le
acompaña, y á quien él me quiere dar por ma-
rido.
Ciñó con sus manos, al decir esto, la cabeza
del joven, mirándole en los ojos con ternura.
Zelmar, que se había quedado un momento
pensativo, la atrajo hacia sí suavemente, hasta
unir su rostro al de ella.
— ¿Será muy pronta esa vuelta? — preguntó.
Ilf2 E. ACBVEDO DÍAZ
— Hace mucho que se fueron á la pesca
de lobos, pues necesitaban de su trabajo con ese
motivo en la isla; y por otro lado, daban poco
entonces las pesqueras de la costa. Esto los de-
cidió y se dieron contentos á Li vela.
Mi padre me recomendó sus redajas y la red
grande de jorrar, cuyas mallas yo componía
siempre tendiéndola en las toscas bajas de la
playa ....
En eso estaba una tarde, cuando me conociste.
Y retiró lentamente la joven, cabeza y manos,
fijando otra vez en su amante unos ojos negros,
rasgados y expresivos, de pobladas pestañas y
cejas de crespón, llenos de ese brillo y fuerza
misteriosa que revelan la voluntad y pasión ar-
diente.
Tenía Cantarela la tez morena, pequeña la
boca, rojo subido el labio y muy blancos los
dientes; una nariz fina, una ligera sombra sobre
el labio superior formada por un vello diminuto,
sedoso y suave, y fugaces tintas de rosa, espar-
cidas en las mejillas, que eran como otros tantos
besos de la brisa de las playas, daban al con-
junto esa gracia é interés que aumenta el en-
canto de la juventud y del amor. Su hermosa
melena negra, caída en onda sobre la frente, y
recogida por detrás en gruesas trenzas, podía ser-
virle de manto. La cintura delgada, la espalda
algo estrecha y el seno saliente y mórbido, com-
pletaban las formas de esta ondina, arrancada á
BRENDA 103
SU elemento amargo por el prestigio de la ilu-
sión. El sol y el viento de la ribera habían
rasado su piel, sin dejar en ella rastro sensible;
pero en cambio los peces al saltar veloces de la
barredera á la barca ó á la arena, habían hin-
cado más de una vez las punzas de las aletas
en sus manos dejándoles ligeras huellas. Con
todo, aquellos dedos que sabían arrancar bran-
quias y tejer redes, eran hábiles también para
improvisar bucles en la cabellera de su querido.
Amaba con vehemencia, sin reserva, sin es-
crúpulos, sin cálculos, con todo el corazón. Y
así quería ser querida ! Entregarse sin interés, cre-
yendo en la sinceridad ajena como en la propia,
era par% ella lo natural; aquel elegante y gallardo
mancebo se sentía satisfecho de sus caricias, y
como ella debía ser siempre la misma, nada más
embriagador que ese eterno delirio!
Zehnar volvió á oprimir su mano.
— ¿Por qué sospechas tan mal de mí? — con-
testó en tono insinuante y persuasivo. — Desde el
día que recuerdas reinas en mi corazón, que pa-
reces haber envuelto en sal marina para reser-
vártelo todo entero ; ingrato sería si no com-
pensara tu amor con otro idéntico, y ofreciese á
tus deseos más mínimos dulce satisfacción. ¿ No
estás contenta en este asilo? ¿Temes el regreso
de los ausentes? ¿Te es ya, acaso, odioso el sitio
en que nos vimos y donde empezamos á amar-
nos? Si así fuera, pronuncia una sola palabra, y
8
104 E. ACEVEDO DÍAZ
tendrás todo, que yo no he de abandonarte. Y
ahora, ¡un beso en ese labio de coral!
— Uno, no. . . .
— ¡Entonces muchos!
En la tarde vine con la cabeza que me ar-
día ; y era porque al pasar me miraban con
mal gesto los hombres de la orilla, como si en-
contraran alguna vergüenza negra; y al pensar
que pronto no me querrías, sentía andando, una
pena que me hincaba el pecho como un cuchillo.
— Nádate importen esas gaviotas grises, amán-
dote yo, y no recuerdes que bajaron á tu estela,
lanzando sus roncas quejas. Acerca bien tu silla
y cenemos.
La joven pasóse la mano por los ojos, como
para ahuyentar amargas preocupaciones, y que-
dóse silenciosa.
Aromadas flores de vivos matices rodeaban en
artística guirnalda la mesa.
La atmósfera saturada de perfumes contribuyó
con los líquidos generosos á excitar la fantasía,
á medida que, la cena tocaba á su término, y mil
palabras dulces se cruzaron envueltas en ternezas.
Relegáronse al olvido, sin mucho esfuerzo, las
dudas y presentimientos que habían embargado
el ánimo, y empezaron á germinar las ideas in-
coherentes, entre frases sentidas y apasionadas.
De una misma copa bebieron los amantes,
echando cada uno en ella su porción de dicha,
para saber quién se la libaría toda; y disputa-
BRENDA 105
ronse la copa, besándose en los labios, hasta
que sorbió al fin Cantarela su último resto.
Reía y parecía feliz. Sus ojos estaban húme-
dos y lucientes, el seno palpitante y entreabierta
la boca, ornada de perlas.
— ¡ Cómo bramaba anoche la tormenta ! — ex-
clamó de súbito, y parecieron velarse aquéllos
con una sombra.
¡Pobres de los que andaban en el mar! — Tú
no sabes eso .... se piensa entonces en la Vir-
gen, y se reza ....
No quiero pensar; hay aquí mucho veneno
— I^as flores embriagan sin sentirlo, — dijo Zel-
mar enlazando su cintura con el brazo izquierdo,
mientras libaba con la diestra una copa de cham-
pagne.
Los ojos de Cantarela brillaron con un fulgor
sombrío, y sin contestar nada, arrastró á su
amante al retrete, que se conservaba en tinieblas.
Zelmar cedió sin resistencia, empeñado en cantar
una romanza cuya letra había olvidado en ese
momento.
Dirigfióse á la ventana, con paso firme, y la
abrió por completo. Zelmar volvió á enlazar su
talle, atrayéndola con dulzura, y ella dejó caer
la cabeza en su hombro, aspirando con fuerza el
aire fresco y puro de la ribera.
La noche estaba estrellada y tranquila.
Percibíase apenas el escarceo de las olas al
lamer mansamente las peñas de la costa, deste-
106 E. ACEVEDO DÍAZ
liando pálidos reflejos ; y á la distancia, en el
fondo obscuro del horizonte, las luces rojas ó azu-
les de algunas naves que entraban á marcha
lenta en la bahía.
Mecíanse varias barcas en suave cabeceo en las
pequeñas abras de la costa, ceñido el paño, y su-
jetas á la maroma ; en tanto que otras, haladas
sobre terrenos areniscos, semejaban extraños ce-
táceos muertos, depositados allí por la marea.
De improviso hizo resaltar la solemnidad de
este silencio un canto lejano modulado con un
tono acompasado y melodioso, cuyas voces eran
claras, vibrantes y bien distribuidas, extendiéndose
á lo largo de la orilla como una plegaria llena
de fe.
Cantarela se estremeció, alargando su brazo
hacia afuera con un movimiento rápido y ner-
vioso.
Era un coro de pescadores.
Una de esas barcarolas ó playeras graves y
profundas, en que suelen descollar voces de un
timbre soberbio, mezcladas á las bajas notas de
pechos enérgicos y cavernosos parecidas á ru-
mores de ondas, himnos del mar inspirados por la
tristeza de las playas, la majestad de las aguas, la
magnitud del peligiK), la aridez de las rocas, el ca-
lor de las arenas, la fosforescencia de las espumas,
la placidez de la bonanza, ó la furia de las tormen-
tas; y cantadas con sentimiento que conmueve, en
la hora silenciosa del descanso, sobre las peñas,
BRENDA 107
con la mirada perdida en la linea de las dos in-
mensidades, sin otra música que el monótono
son de la marea y el columpio de las barcas al
impulso de la brisa; cánticos sencillos y sono-
ros que arranca el cansancio de la lucha, y que
consuelan y retemplan para la lucha de mañana,
en que se levará al nacer el sol el ancla, con una
esperanza nueva.
Sobresalía entre aquellas voces una argenbna y
melodiosa, de una frescura y vigor admirables, á
través de la distancia, que daba al coro melancó-
lico encanto.
La pescadora se había quedado inmóvil, casi
anhelante^ con el oído hacia la ribera.
— i Esa voz! — murmuró, — ¿no la conoces?
— Podrá ser: es muy simpática. Pero dudo que
alcance al do sobreagudo.
— No me siento bien aquí.
— ¿Hay también veneno en la brisa de las pla-
yas ? — preguntó Zelmar. riendo y cerrando la
ventana.
No le daremos entonces paso; y ven á mí sin
angustia, mi más caro afecto. Al pasar, la habré
oído tal vez, pero todos mis sentidos estaban segu-
ramente concentrados en otra parte, y era en
aquella donde vivía la más linda mujer, en todo
el largo de las costas, oculta como una concha
delicada. La amé, y la ofrecí todo un tesoro «de
sentimientos que ella aceptó, dejando entre las
toscas redes los míseros ensueños de una exis-
tencia obscura.
108 E. ACEVEDO DÍAZ
¿Te has arrepentido, acaso?
— iOh, no!....
Puso ella la mano en la boca del joven, y
por un momento permanecieron estrechados, en
voluptuoso deliquio.
Ya no hablaron más.
Media hora después un silencio profundo rei-
naba en la cámara obscura.
Oíase, en tanto, á lo lejos, el canto de los pes-
cadores, menos alto y sonoro, pero más triste y
sentido, dilatándose en monótonas cadencias por
la soledad del mar.
VIII
RAYOS DORADOS
En la mañana siguiente, entre risueño y pen-
sativo, el joven tomó asiento en su carruaje, que
le esperaba en el sitio designado.
Pensativo, decimos, porque las impresiones de
la noche, en su sentir, diferían un poco de tan-
tas otras análogas por él experimentadas, y de
las que no había conservado muy prolija me-
moria. Era ya esto un motivo de preocupación ;
BRENDA 109
ciertas aventuras suelen concluir en drama. En
sus gustos, — según él los calificaba, — había con-
sultado siempre la « variedad » sin comprometer
la energía de sus pasiones en luchas decisivas,
aun cuando fuera de su agrado consumir en su
misma raíz las ajenas, por completo. Conser-
varse entero, conmover, sin sentir fuertes emo-
ciones en realidad, importaba una resolución de
conciencia difícil de sufrir quebranto. Creía ga-
rantirse ó por lo menos preservarse, con su se-
gunda educación, de las traiciones del senti-
miento.
Por esta vez, sin embargo, temía haber ido
más allá, en los entusiasmos de su amorío, y
no dejaba de inquietarle la sospecha de compli-
caciones futuras, muy posibles, dado el carácter
de la pasión que había inspirado. A pesar de
eso le halagaba su conquista, y se decía con
cierta complacencia que Cantarela era quizás
«la única playera que no olía á pescado », aun-
que hubiese crecido entre redes, ó sepultádose
muchas veces entre espumas de salobres ondas.
En estos amores ligeros, de cariño áspero, de
afanes mal disimulados, de exigencias sin me-
sura, en que por una parte se da todo, como
único medio de llenar la capacidad de una pa-
sión ingenua, y por la otra no se impone tributo
sino á la fantasía, para mantener una temporada
de celo y de apetito no bien repleto; en esos
poemas de último orden, por decirlo así, en que
lio E. ACEVEDO DÍAZ
la correspondencia es nula en el fondo, y apenas
creíble en la forma, como tantos vínculos vul-
gares á que se da importancia en la vida de
ella careciendo, suele suceder que el corazón
apasionado concluya por dominar al que no lo
está; que la amante eleve al seductor hasta su
nivel, y que de una manera insensible destruya
su superioridad y le haga siervo de su propia
ligereza, más por los escrúpulos que la preocu-
pación social suscitaría en un espíritu, de suyo
escéptico en otro género de lances, que por el
amor de la carne, la diver»ón de les sencidos 6
la fiebre del placer. Aun en los caracteres cí-
nicos nótase el fenómeno de una sensación do-
lorosa ante la fuerza del reproche, si bien pro-
venga con frecuencia de otros más dignos de
él, lo mismo que puede producirla el escalpelo
al penetrar en un órgano lesionado Y es porque
hay algo parecido á una violencia moral en el ca-
riño que no se retribuye, el que cuando no logra
atar con cadenas de oro, tiene en su apoyo las
mismas preocupaciones y temores del que lo ha
provocado.
Zelmar recordaba aquellas palabras de Gabriel
Riquetti, de tan clara verdad, en sus cartas á
Sofía: — Cuando una mujer se entrega por com-
pleto á un amante, debe haber conocido bien al
hombre que su amor le ofrecía. El don de su
aprecio y su confianza han precedido necesaria-
mente al de su corazón.
BRENDA 111
Ya es mucho que la mujer penetre en las re-
cámaras y circunvalaciones del pensamiento del
hombre á quien se prodiga, y vaya allí mismo á
sorprender los planes del futuro y las infidencias
del presente, armada de esa pasión celosa y vi-
gilante que todo atisba y nada perdona, en ob-
sequio á su natural egoísmo.
En estos y otros pensamientos semejantes, iba
absorto, cuando vino á apartarle de ellos un in-
cidente pa^ajerb.
El coche, que había rodado por la calle de
Andes, detúvose 4e pfonto al llegar á la del 1 8
de Julio, para dar paso á un elegante cupé que
conducía á una dama. El encuentro fué inespe-
rado y de sensación.
Zelmar se apresuró á asomar la cabeza, des-
cubriéndose con respetuoso afecto.
En seguida pensó:
Viene de misa. ¿Adonde irá?
La dama, que era Areba Linares, al contestar
aquel saludo con una sonrisa graciosa, conclu-
yendo de ajustarse un guante, reiteró alguna
orden á su cochero.
Mientras el carruaje de Zelmar seguía su mar-
cha al centro, el cupé continuó hacia el este por
los rieles de la ferrovía, cruzó por delante del ce-
menterio inglés, y cambió en Médanos de rumbo.
A breve trayecto por esta calle, prosiguió veloz-
mente por la de Estanzuela, en dirección á la
quinta de Orfila de Nerva.
112 E. ACEVEDO DÍAZ
Los sitios que el cupé recorría han sufrido
transformaciones notables de algunos años atrás,
especialmente los comprendidos en la zona ribe-
reña, hasta el Buceo.
Estos lugares, que conoció Azara, y que alum-
braron los vivaos de las tropas británicas, des-
pués de gloriosos combates, eran á principios
del siglo terrenos agrestes é , incultos, de pinto-
rescas colinas, cubiertos de médanos y mato-
rrales sombríos, en los que apenas se alzaban,
bajo tiro de cañón de la ciudadela, algunos edi-
ficios dispersos de irregulares proporciones. De
una parte hacia el levante, casas aisladas, la es-
cuela práctica, el horno de Viana y el matadero
de Sierra ; hacia el mediodía el cuartel de Blan-
dengues y corrales de Silva, y más al este los
de Martínez y de Pérez, y el cuartel de los In-
dios, con una que otra población solitaria de pe-
sada arquitectura, en sus cercanías.
El tiempo ha pasado su mano sobre esas
construcciones de una sociedad vieja, dejando
apenas en pie, como vestigio melancólico, alguna
obra ruinosa, de aspecto conventual, con sus pa-
lomares de antaño, sus corredores húmedos y
obscuros, sus enrejados de presidio, sus paredes
de caserna de una solidez extraordinaria, y sus
chimeneas rectas y macizas, por donde parece
aún escaparse el humo de las veladas coloniales.
Bajo la acción del progreso y del cambio que
corrige ideas y costumbres, el panorama ofrece
BRENDA 113
hoy muy diversas perspectivas y paisajes deli-
ciosos. Han desaparecido con los lugares desier-
tos esos edificios negros y tnstes, diseminados
en las alturas, á manera de centinelas de piedra
de la tradición, vigilantes y fieles á la consigna,
hasta caer á fragmentos bajo el pico del obrero.
El gas alumbra los antiguos matorrales conver-
tidos en paseos; el riel de acero trepa las co-
linas y se desliza por las pendientes ; blancas y
alegres moradas se elevan en la espesura de ve-
getaciones lujuriosas, con toda la belleza y ga-
llardía del arte; fábricas y escuelas se levantan
junto á las capillas y monasterios de moderna
arquitectura, como indicando que hay una acti-
vidad febril y creadora capaz de absorber las
fuerzas que la preocupación ó la inercia des-
vían y esterilizan por el momento ; el buen
gusto se ha difundido con la vida regalada, y ha
impreso su sello en las casas de campo, jar-
dines, avenidas, sitios de recreo, formando vías
de comunicación fácil y estrecha con la ciu-
dad antigua, cuya traza incorrecta y tortuosa,
contrasta singularmente con. el plano topográfico
de una parte de la nueva, y cuyas escasas con-
diciones higiénicas impulsan á las familias de
regular fortuna á buscar más puro ambiente en
los suburbios en la temporada ardorosa del estío.
La casa- quinta de la señora Orfila de Nerva,
como la que habitaba Raúl, reunían en su con-
junto sencillo y elegante, todos los encantos y
114 K. ACEVEDO DÍAZ
alicientes propios para una temporada festival,
cerca de la costa, y perpetuamente acariciadas
por la brisa marina. El retiro era allí solitario,
agradable y tranquilo; verdaderas mansiones
campestres, sin el bullicio ensordecedor de la
ciudad, y sin la soledad monótona del desierto.
Como de costumbre, hallábase Brenda de pie
desde muy temprano esa mañana.
Recorría Ja quinta con un gajo de nardo lleno
de flores en la mano, y un sombrero de pajilla
de anchas alas, suspendido del brazo con una
cinta de moaré, cuando le anunciaron la visita
de su amiga.
Corrió en el acto á su encuentro con el rostro
radiante de placer. Era para ella muy grata la
presencia de Areba, á quien la ligaba esa dulce
é interesante amistad que tanto embellece y tiñe
de brillantes colores las horas de la mujer, po-
niendo de relieve sus sentimientos tiernos y acen-
drados, mientras la sombra de pasiones absor-
bentes no empaña el cristal de sus purezas, ó
marchita la edad la fe del corazón.
Prodigáronse caricias, y muchos de esos besos
armoniosos que las mujeres lindas se dan en los
labios, sin reserva, y con naturalidad encantadora.
— Vengo á pasar contigo el día, — dijo Areba.
— ¿Me aceptas?
— Debiera decirte que no, para que no te se
ocurran esas cosas. Sabes cuánto gozo con tu
presencia, y qué agradables momentos nos pro-
BRENDA 115
porcionas. Verás qué contento el de mi madre,
que no te esperaba hoy ciertamente.
— Me agradan las sorpresas: ¿sigue bien?
Brenda hizo un gesto de disgusto.
— Se ha restablecido de sus últimos quebran-
tos,— contestó luego, con acento en que se tras-
lucía alguna pena; -— »pero ha quedado bastante
débil y abatida ....
— Eso es natural al salir dé una dolencia, y no
veo motivo de alarma. Tú estás bien siempre,
querida amiga : ¡ cada día más bella !
Brenda se puso encendida, y sonrióse.
— ¿Será porque te regale esta flor, Areba? La
pondré en tu seno, y verás como aparece menos
linda que tu rostro.
Y arrancando del gajo un nardo lleno de
aroma y de frescura, lo colocó en el pecho de
su amiga, poniéndose delante de ella, y buscando
con los suyos los bermejos labios de aquella
hermosura altiva, que sólo parecía enternecerse
al suave halago de una amistad profundamente
sincera y delicada.
— ¡Aduladora! nada me dejas que decirte, —
repuso Areba con voz blanda y cariñosa, levan-
tándose el velo blanco que cubría sus ojos de
grandes y profundas pupilas, para fijarlos mejor
en el célico semblante de Brenda.
Luego puso sus manos en los hombros de la
joven, y agregó con un suspiro :
— Hoy tocarás el piano, y yo cantaré: ¿te
IIG E. ACBVEDO DÍAZ
parece bien ? Escogeremos la música de Schubert
y de Weber, que tanto te gusta, y que impre-
siona á tu noble protectora ; esa música que
nunca envejece y que subyuga siempre. . . .
— ¡Oh, sí! la elección no puede ser más acer-
tada y ella prueba tu buen gusto. ¡Qué hermo-
sos momentos vamos á pasar! Recorreremos el
jardín y toda la quinta, la choza de Zarnbique,
el estanque, la huerta ; y después iremos á la
costa para conversar con los pescadores, y recci-
ger conchillas y piedrecitas de colores en la
playa ....
— No tendré tal vez tiempo para tanto, mi
amada Brenda; pero algunas de mis horas te
pertenecen. Hablaremos de tí, de tus sueños, de
tus esperanzas, de tus dichas ....
— Y tú me narrarás con más reposo que la
última vez el episodio del paso del Molino, en
que tan expuesta estuvo tu vida, y del que aún
se habla como de un tema preferente.
— ¿Por qué no? — dijo Areba, tratando de di-
simular una emoción.— -No olvidaré el menor de-
talle de aquellos que haya podido dominar con
mi vista, y que conserva fielmente mi memoria.
¡Bien hiciste en no acompañarme aquel día!
Bien. . . .¿dije?
Y Areba quedó un instante en suspenso.
Pero, muy pronto añadió entre risas armo
niosas :
— La pobre Julieta hubo de ser también víc-
HRENDA 117
tima de aquel suceso; no puedes imagfinarte
cuánto sufrió en los momentos críticos ; y aún,
mucho después, parecía que le habían puesto
apagadores en la voz . . . . ¡ Pero luego conversa-
remos de esto! Llévame ahora adonde está la
buena anciana, que ansio verla.
- i Vamos allá!
Y las jóvenes, cogidas del brazo, atravesaron
con rapidez el espacio que las separaba del ves-
tíbulo, enlosado primorosamente, penetrando en
seguida en un gran patio rodeado de corredores,
sostenidos por finas columnas estucadas, como
las paredes. Cubrían el suelo, en caprichosas
formas, gran número de plantas de mérito, cir-
cuidas de boj ; en el centro una fuente con ba-
samento de mármol estriado despedía dos cho-
rros de agua, á los dos flancos; y trepaban las
madreselvas y enredaderas de coral por las co-
lumnas, en pintoresca confusión con otras de flo-
recillas azules y encarnadas. Un gran globo de
vidrio color violeta, pendía de la airosa arcada
del medio, y á los lados dos canastillos capri-
chosos, figurando largos nidos de colibríes, llenos
de claveles del aire.
Oíase canto de canarios, prisioneros en precio-
sas jaulas de formas chinescas que colgaban de
los arcos, rozándose con el follaje terso y verde
de los naranjos ; y uníanse á sus gorjeos seduc-
tores las notas de barítono de un cardenal blanco
con penacho rojo, que hinchaba su garganta,
118 E. ACEVEDO Df.4Z
firme en un palillo, allá en el extremo opuesto,
como escuchándose ufano y satisfecho, á pesar
de los trinos melodiosos que encantaban el
espacio.
— j Cuántos como ése pululan por ahí! exclamó
Areba, que no pudo menos de fijar su atención
en la petulancia del cantor mediocre.
—¿Has visto? — dijo Brenda, riendo con albo-
rozo.— Es lomas engreído; pero se ha hecho
querer, y hay que dispensarle los mimos.
Las plantas, en su colocación, formaban un
exágono regular, con senderos de arena y con-
chilla. Uno de éstos partía del extremo del
zaguán, en línea recta, y terminaba al pie de la
arcada opuesta, en cuyo fondo una gran puerta
daba salida á la quinta. Dos de los arcos de
las galerías, situado el uno frente á la sala de
recibo, y el otro al comedor, aparecían cubiertos
en parte y sustentaban en serie de lozanas y
verdes coronas, multitud de guías de plantas
trepadoras, cuajadas de flores, en cuyo seno se
veían dos lámparas con bombas de cristal, color
rosa y celeste.
Pasadas eran ya las siete de la mañana,
cuando las dos jóvenes, con demostraciones de
dulce regocijo, entraban en el dormitorio de la
señora de Nerva, cuyo sueño había concluido.
Fué como una entrada triunfal, que llenó de
júbilo á la anciana; y por largos momentos la
asediaron aquellas dos primaveras, hablándole de
BRENDA 119
todo, y comunicándole en cierta manera, con sus
parloteos y alegrías, algo de ese entusiasmo de
juventud que remueve fibras ya insensibles en
los últimos lustros de la existencia.
IX
PRIMEROS CELAJES*
La señora Orfila de Nerva, viuda de un hom-
bre distinguido, vióse á la muerte de su esposo
sin familia y poseedora de una importante for-
tuna. Aunque retirada desde entonces de los
círculos sociales en que había sido objeto de
merecidas simpatías, conservaba sin embargo el
grado de consideración que se conquista una
mujer de virtudes, reapareciendo en aquéllos de
vez en cuando para recibir las mismas elocuentes
pruebas de aprecio. Si bien esto era un consuelo
á su soledad, lo fué más la compañía de Brenda,
en quien concentró sus mayores afectos. Había
vinculado al principio á su existencia á la niña
huérfana, inspirada por sentimientos de piadosa
filantropía y como un tributo á la memoria del
padre, de quien su esposo recibiera nobilísimos
120 E. ACEVEDO DÍAZ
servicios, propios de una amistad leal y sincera;
pero, á medida que avanzó el tiempo, lo que
sólo había sido objeto de un acto de conciencia,
convirtióse en verdadera pasión. Un cariño acen-
drado reemplazó al vacío del aislamiento. El ge-
neroso corazón de la anciana pudo compensarse
sin esfuerzos de las horas amargas de pasados
duelos. Brenda reunía todas las preciosas cali-
dades de esas almas, tanto más elevadas y aus-
teras, cuanto han conseguido salir ilesas del seno
del dolor y la desgracia, en pos de una lucha
tenaz y ruda.» ¡Raro ejemplo! Pero no es sólo el
brillante el que soporta la prueba del fuego: hay
joyas de carne de mayor valía, que la tentación
acosa y rodea en medio de la miseria y de la
noche, sin lograr que su virtud flaquee ó em-
palidezca su brillo. Han nacido como la» perla
solitaria, y en su crecimiento noble se mantienen
ocultas y adheridas, en el interior de su alcázar
de nácar, donde resisten el olaje de las pasiones
y la presión fatal de fuerzas ciegas para lucir
más tarde puras y hermosas en las guirnaldas
del amor y de la dicha. Brenda pertenecía á esas
naturalezas exquisitas y delicadas, cuya sensibi-
lidad profunda ofrece á la vejez doUente, la lum-
bre y el calor vital que amengua el frío de sus
años. Su cariño entibiaba y removía las fibras
como un aliento de primavera: había adquirido
el hábito de amar más en la hora del rigor de la
suerte, que en los días plácidos y serenos, y nunca
BRENDA 121
se había preocupado de sí, sin pensar á la vez en
el deber de conservar entero el culto á su noble
protectora. ¡No conocía todavía ningún drama
íntimo de conflicto de deberes ! Era amada con
pasión entrañable. Orfila de Nerva había sabido
concentrar en su corazón recogido y envuelto
entre los pliegues del recuerdo, el caudal de
ternuras no ] prodigadas por sino de la suerte, y
que ella debía gozar más tarde sin reservas. Por
esto mismo, sin duda en el exceso de su cariño
y creyendo reinar sin rival en aquella alma
joven é ingenua, la anciana se proponía la feli-
cidad de su pupila sobre la base de una obe-
diencia respetuosa que Brenda no desmintió en
sus días tranquilos. Pensaba no proceder con
egoísmo de esta manera. Una niña honesta, según
las reglas de las antiguas costumbres y de la
educación de otras épocas, tenía asignada en los
proyectos de la potestad doméstica la elección
casi irrevocable de su destino. Lógica inflexible
la de aquel corazón viejo, y en el fondo tiemí-
simo; no recordaba quizás que también tuvo
pasiones vehementes y espontáneas; y por eso,
hablando más en ella la dura práctica del tiempo,
parecía dispuesta á reñir los ideales juveniles, á
burlarse mansamente del ensueño y hacer gesto
desdeñoso á la ilusión dorada. Algo de positivismo
frío y severo se mezclaba al cariño inefable, el
último tal vez que le hacía grata la vida; y al
prodigarlo sin reserva, le agregaba un poco del
122 E. ACEVEDO DÍAZ
criterio suspicaz del desengaño de que hiciera en
'el mundo abundante cosecha. Imaginábase así que
podía indicar la fórmula de la ventura posible
y evitar á la joven las asperezas y dificultades
del problema, sin tener presente que toda natu-
raleza virgen debe á la prueba del dolor su tri-
buto, aunque fuere dejando la mayor parte de
sus bellos ideales á lo largo del camino. ¡Cuan
difícil, sin embargo, podría ser una transición
suave de la actual dicha apacible á una felicidad
futura, sin pesares, sin obstáculos, sin fantasías
peligrosas.
Brenda había sido instruida y educada con
esmero. La solicitud de su protectora siguió siendo
extrema á este respecto. Inteligente, juiciosa y
contraída, la joven pudo alcanzar ese grado de
instrucción que no sería impropio calificar de
sólida y eficiente, dados los horizontes que por
lo común se asignan al desarrollo intelectual de la
mujer en otras partes, y que hanse ensanchado
en Montevideo hasta el punto de ofrecer una
carrera honrosa al sexo débil. La señora de Nerva
no la proporcionó sino en parte esta educación
que ella traía ya de su primer hogar; pero en
cambio, al contemplarla, adunó á sus beneficios
la de los sentimientos morales y estéticos. Brenda
cultivó la música y la pintura, inclinándose más
á aquélla que parecía guardar mejor armonía
con su espíritu.
El mágico arte constituyó uno de sus placeres
BRENDA 123
predilectos, á la vez que el grato solaz de la
anciana. Cuando acompañaba á Areba en el piano,
y se confundían en deliciosa conjunción formando
un solo idioma indefinible los sonidos de las
teclas, bajo dulce ó vigorosa pulsación, y las
notas arrebatadoras del canto entonado con una
voz fresca, llena y melodiosa, la señora de Nerva
caía en embeleso como si los ecos de aquel li-
rismo seductor esparcieran en la atmósfera miles
de átomos impalpables del recuerdo. Recién en-
tonces surgían en su memoria, pálidos, los muer-
tos ideales de juventud.
De las predilecciones de Brenda, nada se sabía;
pero era notorio que la señora de Nerva consi-
deraba digno y ventajoso su enlace con el doctor
Lastener de Selis, que había logrado de tiempo
atrás cierto ascendiente en su espíritu, en su ca-
lidad de médico de cabecera y de antiguo amigo»
No se ignoraba tampoco que Brenda había
respondido á las reiteradas insinuaciones, con
estas simples palabras:
— Sabes que soy dichosa: ¿por qué quieres
arrancarme de tu lado? Tiempo hay de pensar
en lo otro, cuya necesidad no siento, y cuyos-
desconocidos goces no cambiaría por los actuales.
Y el tiempo había pasado sin que la joven se
manifestase abiertamente, y sin que la señora de
Nerva, por su parte, insistiera en sus maternales
exhortaciones. No era dudoso, sin embargo, qu&
en la época á que nos referimos se hubiesen.
124 E. ACEVEDO DÍAZ
renovado con alguna exigencia. Brenda tenía sus
momentos de melancólico retraimiento, como si
algo de grave y solemne inclinara su espíritu á
la meditación.
^ ¿Qué de extraño,- - recordando los beneficios
pasados, y reconocida al favor del presente, —
que la joven sostuviera una lucha quizás superior
á sus fuerzas entre los designios formales de su
protectora y los secretos impuleos de su propio
corazón ?
Esto era posible, como posible es que de cau-
sas en apariencia ínfimas y pequeñas, cuando no
desconocidas, nazca el infortunio, sobrevenga el
drama y se perturbe la paz de la familia.
De una existencia cómoda, la joven, todavía
niña, había pasado á la orfandad y al aislamiento;
y de esta amarga situación, á una vida de opu-
lencia en que un amor extraño, pero sincero y
profundo, reemplazaba bien los halagos del pri-
mer hogar. En este último período era que había
fijado recién sus ojos en el mundo, que le ofrecía
sinnúmero de encantos y misteriosos deleites, y
comprendido que su deuda de corazón sólo po-
día ser cubierta por excesos de ternura y de res-
peto. Explicábase, pues, la tribulación de su es-
píritu, que ella ahogaba en la más discreta re-
serva, y en un absoluto silencio.
En la mañana de que hablamos, on instantes
en que Brenda no se hallaba presente, la señora
de Nerva dirigiéndose á Areba, díjole en tono de
afectuosa confianza:
BRENDA 125
— Bien sé que Vd. anhela como yo la felicidad
<le mi pupila, y no ignora que ella aun se mues-
tra irresoluta. Conoce Vd. mis propósitos, á cuya
realización nada se opone, y en los que á mi jui-
cio se funda el futuro bienestar de Brenda. Esta
dolencia que me aqueja y no me abandona, me
hace pensar seriamente en esas cosas, y cuento
para el éxito con la excelente intervención de Vd.
!Ella es dócil y accesible, y su amistad mucho
puede. Sueño con esta criatura, Areba; es mi
único afán, mi sola preocupación y mi último ca-
riño. Sus escrúpulos de niña serán disipados fá-
cilmente al menor esfuerzo de su parte, y espero
de Vd. tan señalada bondad.
Areba escuchaba entre atenta y pensativa, pa-
sando entre sus dedos la borlilla del abanico.
Pareció animarse, cuando la anciana aproxi-
mándose bien á ella, añadió en voz muy baja,
como temiendo ser oída:
— He notado que algo de nuevo pasa por el
ánimo de Brenda, y mucho me aflige que no sea
eso efecto exclusivo de mis cariñosos consejos,
j Quizás yo me engañe, y dichosa serial Pero al-
gunas cosas han pasado que me tienen inquieta,
y tiemblo á la idea de un amor. . . .
Interrumpióse, y se volvió con presteza para
cerciorarse de que estaban solas, con el índice en
los labios, y el gesto especial de quien titubea
en revelar un secreto.
Brilló la mirada de Areba, que murmuró solí-
cita é impaciente :
126 E. ACaEVEDO DÍAZ
— De un amor, decía Vd. ...
— Sí: ¡de un amor imposible!
— Es grave.
— Lo considero así, y por eso me apresuro á
prevenir las ocurrencias. ¿Puedo contar con el
prestigio de su afecto?
En ese momento apareció Brenda en el um-
bral, abriendo y cerrando un quitasol de raso ce-
leste.
— Ya estoy pronta, querida amiga, — exclama
con alborozo, — para una gira por la quinta. An-
daremos entre los árboles, mientras el sol no-
queme; de aquí hasta la choza de Zambique, y
de allí el regreso : ahí tienes mi itinerario. ¿ Ver-
dad que es bastante, madre, para lo que resta de
la mañana?
— Así es, — contestó la anciana sonriendo; —
pero tengan cuidado con Ja cachimba, y no se
aproximen demasiado al estanque grande del
fondo. . . .
— Iremos con juicio, — dijo Areba levantándose^
y arreglando ligeramente su tocado. — Está tan
puro el aire de la mañana, que invita de veras al
ejercicio.
La señora de Nerva las acompañó hasta la ar-
cada, é hizo allí una seña expresiva á Areba, al
dejarlas.
Las jóvenes se internaron en la quinta, por una
calle de árboles frutales, hojosos y sombríos.
— ¿Son agradables las vistas vecinas? — pre-
BRENDA 127
gnntó Areba con aire distraído. — Nada me has
dicho sobre el particular, y éste es un detalle muy
importante para la que como tú pasa todo el ve-
rano en el campo.
— Todas las vistas son muy bellas, — respondió
Brenda, cuyo semblante se tiñó de un fugaz car-
mín;— y difícilmente podría indicarte preferencias.
Aparte de las colinas y médanos que se extienden
más allá del estanque, que se encuentra al fondo,
todos los alrededores están llenos de quintas y
chacras muy bien cultivadas. Después, la costa,
que es tan pintoresca. ¿No te gustan las olas,
y el aire de la playa?
— Sí, — repuso Areba meditabunda; — todo eso
rae halaga por momentos. La naturaleza es como
una persona á quien hemos visto desde muy ni-
ños, y que se conserva á nuestros ojos casi inal-
terable con singular artificio, á pesar del tiempo
que ha destruido nuestras ilusiones, sin convertir
en calva su cabeza, ni en caverna su boca. Esta
especie de Fausto se hace monótono, á semejanza
del solterón empedernido cuyas gracias pasan de
moda ; y es preciso refugiarse en la soledad, con
nuestras tristezas profundas, para encontrar algo
de nuevo en el cuadro de todos los días, y en los
contrastes de todas las horas. En medio de la
alegría, ó por lo menos de satisfacciones natura-
les que nos rodean, en sociedad ó en familia, el
espíritu se preocupa más de lo que le afecta de
cerca y ha de constituir su contentamiento más
128 E. ACEVEJX) DÍAZ
duradero; así acaece que se busque en lo real lo
que resalta y proviene del refinamiento de gusto,
y puede identificarse con nuestro ser . . . Díme :
¿No se te ha ocurrido cosa semejante, al pen-
sar en un hombre, que es encarnación y no som-
bra, que has visto, que has hablado, cuya mano
has estrechado tal vez, sin notar en ella el hielo
del mármol, sino el dulce calor de la sangre que
comunica otra vida á las venas, y despierta emo-
ciones desconocidas hasta entonces?
Al decir esto, la joven fijó en su amiga una
mirada penetrante y extraña, que produjo en ésta
alguna turbación.
--Parece que hubieras amado mucho, Areba, —
respondió Brenda estrechándole la cintura con su
brazo con fuerza nerviosa, mientras hacía girar
en el aire con el izquierdo la sombrilla.
— Sabes que me consideran indiferente, ó por
lo menos demasiado vanidosa, para entregar sin
lucha mi corazón. Las grandes comodidades que
me rodean, no bastan á desviar la sospecha in-
digna de que uso balanza en amores que aún
no he sentido, pero que me han atribuido siem-
pre, pretendiéndose haber sondeado mis senti-
mientos íntimos; y pienso á veces que se desea
que yo represente el papel que se me asigna, y
que mucho temo concluya por agradarme. Pero
no se trata ahora de esas cosas. Hablemos de tí,
pues á ello consagro estos instantes. No has con-
testado todavía á mi pregunta.
BRENDA. 129
Guardó Brenda un breve silencio, y luego dijo
con acento tembloroso:
— Allí cerca del seto hay un banco de piedra,
cubierto ahora por la sombra de altos naranjos.
Si quieres nos sentaremos en él, y conversaremos
sin fatiga, antes de ir á la choza. Lo único que
puede molestamos es la marímbula de Zambique,
pero tal vez no esté hoy tan filarmónico.
— ¿Qué es eso?
— El instrumento músico del viejo negro, que
tú no sabes es casi todo su idioma, pues él habla
poco ó casi nada, hasta el punto de entenderle
nosotras solas.
— Bien: iremos al banco de piedra.
¡ Qué hermosos árboles ! Se siente uno con pla-
cer aquí.
¿El seto adonde vamos, mira hacia el mar?
— - Sí ... . pero hay otra quinta por medio, que
sin embargo no priva por completo de la vista.
— ¡Ah! Y ¿qué familia ocupa esa quinta?
— Familia. . . . ninguna. Parece ser un hombre
solo.
— ¿Joven?
-Sí.
— ¡Qué vida solitaria!
Debe pasar horas muy melancólicas ese joven,
querida amiga, aun cuando el romanticismo le
absorba.
— Tal vez. . . .
Sonrojóse Brenda al pronunciar esta frase.
130 E. ACEVEDO DÍAZ
Una leve sonrisa entreabrió los labios de su
amiga, quien mudando de tono, se apresuró á de-
cir alegremente:
— Desde aquí veo una parte del seto, y algu-
nos pitacos gigantescos que mucho me agradan
porque reúnen colibríes en sus flores amarillas.
¡Lleguemos cuanto antes!
Precipitaron ambas el paso, y en pocos mo-
mentos estuvieron junto al sitial de piedra; pero
apenas acababan de sentarse, cuando resonó á
cierta distancia una detonación, seguida de un
silbido suave y de un ruidoso aleteo, como de
ave de vuelo tardo y pesado.
Segundos después, una hermosa perdiz salvaba
el seto con las alas tendidas, que arrolló bien
presto, para caer verticalmente sobre el musgo
delante de las jóvenes, destilando sangre por el
pico.
Recogióla Brenda en el acto, y pasó con ca-
riño su mano por el sedoso plumaje, levantando
la vista hacia el seto, trémula y afligida.
— ¡Pobrecilla! — prorrumpió Areba con su aire
abstraído. — ¡La. han herido en la entraña!
BRBNDA 131
X
LOS ESTEROS DE CARRASCO
A algunos kilómetros de Montevideo, hacia el
críente, los campos presentan una sucesión de
oteros más ó menos elevados, que domina el
brazo del agrónomo. El cultivo de la costra ara-
ble, á todos rumbos, ha reemplazado la dehesa del
pastoreo; las pacíficas vacas lecheras al ganado
arisco; y regadas vegas, caseríos y villorrios, á las
antiguas propiedades de riqueza pecuaria. La se-
milla y el grano, la verde gramínea y la espiga
dorada, germinan, brotan y se elevan donde antes
crecían el trébol, la gramilla y el árido cardo de
penachos azules; surgfiendo á la vez con la agri-
cultura que todo lo suaviza, -empezando por la
dura costra que reposa sobre el limón pam-
peano,— las pequeñas industrias productivas, que
atraen nuevos agentes, y útiles más perfectos á la
labor fecunda.
En los contomos de los esteros de Carrasco,
nótase ese aspecto risueño de vida y de trabajo.
Estos sitios fueron en otros años los predilectos
132 E. ACEVEDO DÍAZ
de los buenos cazadores, y por entonces, los
perdigueros levantaban fácilmente de los altos
pastizales excelentes piezas de caza menor y po-
blaban las ciénagas numerosas becasinas. Pero,
en la época á que nos referimos, el monte no
presentaba sino anchas brechas; y el álveo del
arroyo no escondía sus ondulaciones de culebra
entre el doble festón de producción arbórea, que
el hacha del leñador ha ido talando lentamente.
Solían, sin embargo, bajar alh' retozando los pa-
tos silvestres, y otras aves, codiciadas siempre
por su hermoso plumaje. Esta circunstancia es-
timuló á Raúl á trasladarse al sitio, antes de
apuntar el alba de aquel día.
Era la caza una de sus pasiones favoritas, y ha-
cía periódicamente excursiones lejanas, en busca
de campos abundantes en perdices y piezas ma-
yores.
Esta vez había limitado hasta allí su paseo, y
escogido la parte menos frecuentada de la orilla,
— parajes que visitaran poco los numerosos ca-
zadores que usaban todavía las viejas armas de
baqueta y pistón, el cuerno de la pólvora g^ruesa
y el largo municionero de resorte y piel de ca-
bra, señalando su trayecto con un reguero de
humeantes tacos sobre las secas yerbas. — Como
su objeto no era, á semejanza de muchos de es-
tos aficionados, cazar con perdigones de plata, se
esforzó en recorrer los sitios más solitarios á la
par que pantanosos, propicios á las aves, cubier-
tos de juncos ó de nutridas masiegas.
BRENDA 133
No se explicaba él, bien claro, el motivo de ha-
ber limitado hasta aquellos esteros su excursión;
pero la verdad es que temía alejarse demasiado
del lugar de su residencia, quo ofrecíale encan-
tos mayores, y oportunidad quizás al regreso de
pasear sus vistas por los vecinos jardines.
En tales lugares sorprendióle la aurora; una
aurora de estío, fulgurante, tibia y serena, con
nubecillas de coral sobre un fondo de zafir.
Habíase sentado al pie de unos talas, al ace-
cho de los patos que pasaban de vez en cuando,
en parejas ó en grupos sobre el arroyo, con las
alas arqueadas, en engañosa actitud de descen-
der, lanzando roncas notas, al dirigir el movible
cuello á uno y otro ribazo con manifiesta in-
quietud.
En vuelo lento y majestuoso, que contrastaba
con la rapidez de estos palmípedos, solía venir
entre ellos alguna cigüeña blanca de manchas
negras y dentado pico; ó algún fenicóptero de
alas color de fuego y pecho albo -rosa flotando
en el espacio como suspendidas por el aire, á
manera de enormes pandorgas teñidas de brillan-
tes colores.
Agitábase todo en derredor, cual si al aparecer
la aurora, una onda prodigiosa de vida se hu-
biese desprendido del horizonte, bañando los
paisajes en oxígeno y luz nueva. Era un des-
pertar risueño y seductor, con cuadros llenos
de variedad é interés.
134 E. ACEVEDO DÍAZ
En un árbol partido por su cúspide, en forma
de cilindro oblicuo, y provisto aún de algunas
ramas de escasas hojas, veíanse dos nidos de
lodo, á poca distancia el uno del otro; moradas
ingeniosas que los pequeños arquitectos conso-
lidan con cerdas y hebras vegetales, con un ta-
bique que resguarda los huevos de la hembra y
separa los compartimientos destinados al sueño
de los esposos.
Las puertas de estas viviendas singulares,
rara vez miran al oriente : ya se fabriquen sobre
las ruinas, ó en el extremo de los troncos ver-
ticales, ó en la horqueta del sauce melancólico,
ó en el robusto brazo del pitaco adornado de
ramilletes dorados, tan parecidos á charreteras
flamantes sobre un paño verde -obscuro,
— ¿ Temen acaso los horneros rojos la lluvia
de rayos de fuego, durante las primeras horas
del día? Hacíase Raúl con interés esta pregunta,
sin encontrarle respuesta satisfactoria, mientras
salían en doble pareja los horneros, y se colo-
caban sobre el cieno endurecido para saludar de
consuno la mañana, con esos agudos cantos que
tan bien remedan irónicas y nerviosas carcajadas.
Algo más lejos, y sin preocuparse de aquel
concierto bullicioso, otra ave cogida con sus
largas uñas á la corteza, en posición vertical,
con las alas flojas y la cola abierta en forma de
tijera, horadaba con su duro pico el tronco de
un sauce, — ejemplar hermoso, que deslizaba las
BRENDA . 135
guedejas de su verde cabellera hasta la superfi-
cie tranquila del agua en lánguido desmayo. —
El ave buscaba el corazón del árbol, para bifur-
car luego el camino hacia abajo, y construir allí
su nido, como un perito hábil que mide exacta-
mente un ángulo recto, curioso detalle que hizo
sonreír al joven, pensando que de todos los se-
res alados, fuera éste quizás el único que no
•empleara Ja curva.
Ocurría, en tanto, una escena pintoresca en un
grupo de árboles, que formaban isleta, sobre la
ribera.
Dos ó tres criaturas descalzas, traviesas y ma-
drugadoras como las aves, que habían salido
poco antes de un cobertizo próximo con las ro-
dillas á la vista, las greñas secas y enmarañadas
sobre las sienes, el codo al aire, la blusa pren-
dida con un botón encima de la carne, y el
semblante lleno de polvo, pero alegres y robustos,
se entretenían en coger pichones de loros, pren-
didos á las ramas de los espinillos ; en cuya
operación se servían de largos gajos provistos
«n las extremidades de un pequeño escobillón
de lana, recogida en los zarzales, que introducían
con la mayor algazara en los nidos colgantes y
guarnecidos de punzas y espinas. Los loros se
aferraban con sus largas garras al escobillón, y
salían entre rabiosos chillidos, atrayendo á los
grandes, que revoloteaban coléricos á poca al-
tura, en movible banda de esmeralda de preciosos
y metálicos reflejos.
10
136 E. ACEVEDO DÍAZ
Muy cerca de allí otro de los niños daba fuego
con un yesquero á un haz de ramas secas, colo-
cado debajo de un camuatí, á fin de espé^ntar
las avispas y atraparse los panales.
El humo que subía en gruesas volutas, Jlegó
á las narices de algunos loros, que vinieron á
estornudar ruidosamente cerca del cazador, en el
viejo tronco de los horneros.
La violación del domicilio produjo una pro-
testa airada, que fué desoída ; y con este motivo,
trabóse la lucha á pico y garra sobre los nidos ;
intervino en ella el carpintero creyéndose agre-
dido, ó por el solo prurito de bregar, dejando
algunas plumas en el combate ; y quedaron por
el momento victoriosos los monos emplumados,
concluyendo en paz sus interrumpidos estornudos.
Mas, á poco volvieron los horneros con refuerzo,
animóse el carpintero magullado, y recomenzaba
la lucha encarnizada, formándose en el aire un
grupo compacto, en pintoresco entrevero de plu-
majes y colores, cuando un guijarro diestramente
lanzado de la honda por uno de los pequeños va-
gabundos derribó maltrechos varios de los com-
batientes, dando fin á la batalla.
Raúl, que se había puesto de pie, apoyado en
el cañón de su escopeta de fábrica inglesa,
tendió una mirada á lo largo del ribazo, en
busca de algo más interesante para él. Fuera de
algún cauno chavaría que vagaba pesadamente,
hundiendo en el lodo sus piernas encarnadas.
BRENDA 137
huesosas y torcidas, ninguna pieza de caza se
veía entre las plantas acuáticas, donde retozaban
las gallaretas negras en amena conversación, co-
mo buenas comadreras de los lugares bajos á
quienes nunca falta asunto que tratar en asam-
blea.
Percibíase en la orilla opuesta, una garza
blanca que parecía espuma de leche, íirme so-
bre una de las zancas, y la que, satisfecha ya
sin duda, ocultaba el cuello entre las dos alas,
para volverlo á estirar de vez en cuando, y for-
mar una curva de alabastro, al hundir su afilado
pico amarillo en el plumaje, y poner en fuga
los avisugos.
Hacíale compañía una espátula elegante, de
rosada vestidura, que á su vez sumergía en el
cieno su verdoso pico de cuchara, agitada y ner-
viosa, sin dejar de dirigir á cada momento sus
ojos coralinos á la sospechosa vecindad.
En complemento del paisaje, multitud de ave-
cillas oscuras y humildes, con bullicioso contento,
picoteaban los insectos aglomerados sobre los
hongos que nacen y crecen en los troncos caí-
dos.
Se .elevaba el sol en el horizonte entre rojizos
velos, empezaban á zumbar sordamente el tábano
y el estro ; y los ictinos voraces, brotando en le-
giones de los sitios blandos y húmedos, se de-
tenían delante de las dulces flores agrestes, tré-
mulas las alas, color del hielo de los pantanos.
138 E. ACEVEDO DÍAZ
El aire se hacía denso; y ya era hora de re-
gresar.
Ante la hermosa túnica de ilusión de la espá-
tula, — á falta de piezas nobles, — Raúl se sintió
con deseos de satisfacer los instintos de cazador,
y por dos veces levantó el arma con móvil si-
niestro.
Pero, de improviso, una bandada de patos pi-
cazos se abatió tumultuosamente en eLagua en
compacto regimiento ; algunos humedecieron ape-
nas las puntas de las plumas, advertidos del pe-
ligro, y levantáronse los otros en línea vertical,
graznando con pavor.
La evolución fué tardía, porque el cazador se
había echado ya la escopeta á la cara. Resonaron
dos descargas con breve intervalo, dirigida la
una á la superficie del arroyo, y la otra al
vuelo, quedando numerosas víctimas removién-
dose temblorosas en las aguas, teñidas de gra-
nate.
Todavía, al revolverse en las alturas, veloces
y azorados, sin tino ni rumbo, dos de los pal-
mípedos que llevaban granos de plomo en las
entrañas, doblaron de súbito la cabeza hacia
abajo, como tirados de un lazo de acero, cayendo
en línea recta con sordo golpe sobre el campo.
Raúl extrajo las cápsulas, y volvióse, al con-
cluir de colocar nuevos cartuchos en las recá-
maras de su escopeta.
A pocos pasos de él, con los dos patos en la
BBENDA 139
mano, encontrábase uno de aquellos diablillos
que habían librado batalla con los loros y avis-
pones, y que acababa de acudir presuroso al
ruido de los disparos.
— Gracias, — dijo Raúl, — cogiendo las piezas
que le alargaba el oficioso recién venido, y co-
locándolas en su saco de caza.
¿ Cómo te llamas ?
— Roberto me llamo, para servir á Vd.
-De ello ya tengo prueba. ¿Sabes nadar?
— Un poco.
Ese es un remanso, y hay hondura.
Dijo esto Roberto con un mohín expresivo, que
indicaba no serle desconocido el arte, acercán-
dose al ribazo, donde se detuvo, rascándose con
el dedo mayor de un pie el tarso del otro, y con
la diestra la mollera.
Sonrióse Raúl, mirando con fijeza el semblante
abierto y despejado del pequeño sagaz, y añadió:
— Medio real cuesta cada pato, y allí hay
ocho.
— ¡No es por interés, señor! ¡Aquí hubo de
irse al fondo uno no hace mucho ! Pero voy á
probar. Los patos son diez ....
Y así hablando, tiró de la blusa y del calzón
deshilachado, en un momento ; dio un salto hasta
el borde del arroyo, humedeció dos de sus de-
dos, — con los que se hizo en la cara la señal
de la cruz, — echóse en el pecho un poco de
agua y se arrojó de cabeza, escurriéndose bajo-
140 E. ACEVEDO DÍAZ
la superficie como un pejerrey, — en balance flexi-
ble y gracioso, — hasta asomar sus mojadas re-
negridas greñas por entre las anchas hojas de
un camalote. Pronto entró al remanso, y minutos
después, él y las piezas estaban en la orilla.
Raúl cumplió la promesa con usura.
— Tus medios reales han ganado interés, sim-
pático Roberto, — le dijo ; — pues has tenido que
perseguir hasta entre dos aguas á los heridos.
Aquí tienes el premio.
Roberto, — que se había escurrido á dos manos
el cabello, y puéstose las ropas con la misma
facilidad con que se desvistiera, — recogió el di-
nero sin escrúpulo.
Luego repuso con la mayor ingenuidad:
— Para que vea Vd. Suelo deslizarme así,
entre dos semanas, sin encontrarme con un vin-
tén. Hoy es distinto. ¡ Había habido hueva en el
remanso !
Ri:se Raúl de la ocurrencia, echóse la esco-
peta al hombro y se alejó diciendo :
— Adiós Roberto. Espero que nos volveremos
á ver.
Encaminóse en seguida á pasos largos, con el
morral pendiente de un costado, á una colina
próxima. Pocas cuadras más allá encontrábase
Selim con el carruaje. Raúl hízole una seña.
Selim era un cambujo vigoroso de veinte años,
en cuyo rostro resaltaban los rasgos del indio so
bre los del negro, acentuados y enérgicos, con sus
BRENDA 141
pómulos salientes, los labios delgados, el hueso
frontal un poco hendido en su parte superior y
enarcado de una manera notable sobre las cuen-
cas ; ojos negros, pequeños y brillantes, de mirar
rápido y vivo, bigote ralo, crespo y retorcido, y
cuello ancho y robusto bien plantado en un
tronco formidable por lo macizo del esqueleto y
del músculo. Difícilmente se encontraría mejor
conductor de cuadriga en un juego olímpico, ni
.^.uriga más diestro en una confusión de vehículos
de plaza. Sabía afirmarse bien en los lomos de
un redomón, y sujetar por el bocado un tronco
rebelde, y aun correrse por la lanza, hasta ceñir
con sus dedos cortos y fornidos, á manera de
tenazas, las narices de los potros, que al fin
daban con ellas en los guijarros, llenos de roja
espuma. Había nacido en medio de las sierras
de los Tambores, en una de aquellas habitaciones
pajizas levantadas sobre algunas rocas de las
vertientes, colgantes del abismo, sacudidas por
las rachas de los ventisqueros, como iin nido
de buitre; y aunque habíase trasladado desde
muy joven á Montevideo, contrayendo otros há-
bitos y costumbres, conservaba algo de las ener-
gías indómitas, propias de la savia semisalvaje
que circulaba por sus venas.
Astuto, leal y entendido, granjeóse desde el
principio la simpatía de Raúl, por quien él sen*
tía respeto y afecto profundo.
Acudió en el acto al llamado, guiando un li-
142 E. ACEVEDO DÍAZ
gero breaky á propósito para excursiones de este
género.
Raúl le dio el morral.
— Pesa, —dijo Selim.
— ^Muy poco, apenas una docena de patos.
Sólo he hecho dos disparos.
— Eso dije yo, señor. El monte va perdiendo
hasta los escondrijos, y la caza está huida; si
quedan nutrias y aves viajeras, ya es mucho-
aventurar. Perdices, ¡ ni el rastro !
— Así es. De becasinas, ni una pluma.
El cambujo se refregó sus anchas narices^
arreglando el rendaje, y añadió con un cierto
aire de malicia:
—7 En el baldío de Zambique, del lado acá de
la quinta, en donde abundan los rastrojos, suelen
silbar perdigones.
— Déjame allí, — repuso secamente Raúl.
Selim dirigió con la mayor gravedad á los
caballos una palabra imperiosa, y el break arrancó
con rapidez.
Eran ya cerca de las ocho cuando llegaron
al sitio. Bajóse Raúl con su escopeta y morral
vacío, ordenando á Selim que se fuese por un
camino vecinal ; y él se entró al baldío, salvando
de un salto una zanja estrecha, y ya casi ce-
gada por los aluviones.
Por allí vagó algunos minutos, hallando en
efecto regular número de perdices entre muy
viejos rastrojos, pues hacía meses que nadie cul-
BREKDA 148
tivaba aquel terreno. Fué bastante afortunado
para apoderarse de todas ellas, y recorría todavía
los extremos, cuando sintió cansancio y sed.
A fin de aplacarla, antes de efectuar el re-
greso, á lo largo del seto, — camino el más corto
para llegar á su morada, — buscó con la vista
en rededor, algún edificio. Había uno cercano,
seto por medio, y dirigióse á él, resueltamente,
trasponiendo los agaves por un portillo angosto,
que daba entrada á una huerta espaciosa y
atendida con esmero, á juzgar por su aspecto
halagador.
XI
ZAMBIQUE
En la parte este de la quinta de Nerva se al-
zaba una especie de choza africana, de forma có-
nica y paredes de adobe, coronada por una cús-
pide pajiza. Constaba de una sola pieza, con una
puerta tosca y una ventanilla de dos vidrios azu-
les, encuadrados en un marco de pino blanco sin
postigo. Algunos medallones de flores silvestres
arreglados con cierta simetría, y cinco ó seis sau-
144 E. ACEVEDO DÍAZ
ees rodeaban esta choza. Las enredaderas comu-
nes en los cercos serpenteaban en el frente y cu-
brían la entrada, formando una bóveda capri-
chosa de la cual pendían moradas campanillas,
en cuyo hojoso centro fabricaban los colibríes
sus complicados nidos, semejantes á delicadas es-
carcelas que guardasen finísimas perlas.
El interior presentaba un aspecto pintoresco.
En un extremo veíase un lecho singular, consis-
tente en una piel vacuna bien extendida y su-
jeta en cuatro estacones de guayabo, á medio
metro del suelo, un colchón delgado de paja, y
un cobertor de algodón de fuertes colores, con
borlillas negras. Había junto á esta cama una
mesa llena de extraños objetos y utensilios, yer-
bas, al parecer medicinales, márcela hembra y
apio cimarrón, separadas en pequeños manojos,
vajilla de latón, ollas de tierra cocida, y ejem-
plares dispersos de periódicos é ilustraciones, en
curiosa mezcla y desorden.
En el medio, y contorneando el grueso madero
que sustentaba el peso de la choza, una banqueta
circular que servía sin duda de asiento perma-
nente; del madero pendían diversos objetos: so-
gas, cañas de gramíneas, diferentes clases de ma-
tes de retorcidos picos, sombreros viejos, bolsas
de lona, espuelas de grandes rodajas, y hasta un
par de botas de media caña, con las punteras
abiertas y el hilo formando arco dentario, á ma-
nera de fauces de un pez hambriento. En este
BRENDA 145
raro museo, las arañas tejían vastas telas con-
céntricas.
Pero, lo más curioso del ajuar consistía en un
instrumento, — convenientemente colocado bajo
el ventanillo, — que va desapareciendo ya con la
generación importada en otras épocas de las ri-
beras africanas, y que constituía, por decirlo así,
toda la delicia del arte musical congo ó cafre,
para el canto y la danza. Tal instrumento, con
sus monótonos sones, trasladaba la mente del ne-
gro á los climas del trópico, bajo la sombra del
baobab y de los datileros del oasis: cual si re-
medara en cierto modo los rugidos de los leones
en el cardizal ardiente y en la estepa desolada,
ó las broncas quejas de la pantera en sus no-
ches de amor y celo entre los juncos, á la ori-
lla de aquellos grandes ríos inmóviles plateados
por la luz de las estrellas, que se perdían en la
inmensidad del desierto en curvas gigantescas
como fiel trasunto del destino incierto, oscuro
y vago de una raza infeliz. Sus ecos parecían
recordarle así los aires de la tierra, rumores del
edén salvaje donde se desenvuelven los dramas
de la sociedad primitiva, ó roncos lamentos de
esas pasiones sensuales que marcan el límite in-
termedio del instinto y de los nobles anhelos del
ideal humano.
Los primeros esclavos y los viejos libertos no
conocían otra música más agradable á sus oídos,
y conservaron por largos años una costumbre
que parecía suavizar el rigor de la nostalgia.
146 E. ACEVEDO DÍAZ
Ese instrumento tosco y grosero era la ma-
rimba.
Consistía aquélla de que hablamos, en una olla
de hierro de regulares dimensiones, vieja y car-
comida, con un pie de menos, si bien reempla-
zado por otro de espinillo; y cubierta perfecta-
mente con piel de carnero curtida, estirada de
modo que no hiciera arrugas, y ceñida al ancho
cuello de la marmita con los tientos 'que se usan
en el campo para trenzas de apero, y que en esta
última forma resisten en la extremidad del lazo
toda la pujanza soberbia de un toro. Muchas ve-
ces habíanse posado allí las manos del tocador,
á juzgar por las huellas que se notaban en la
piel y cierto detrimento en el medio, donde pre-
cisamente debían apoyarse los pulgares y el ín-
dice con más vigor y consistencia. La marimba
parecía contar algunos años según el aspecto.
El habitante de esta choza, y el dueño de este
extraño tambor era un negro senil, llamado Zam-
bique.
Ninguno tan curioso como este ejemplar de la
raza africana, ni nada más tristemente oscuro que
su historia. Arrebatado de su patria en edad
adulta, y en época en que la mercancía humana
se estimaba á trescientos duros por cabeza, ha-
bía sido esclavo por muchos años de la familia
de Nerva. Siguiendo la suerte de los libertos, á
quienes se impuso luego una contribución de san-
gre y de servicios que no difería mucho del ex
BRENDA 147
tributo del trabajo ímprobo, batióse en largas
guerras, de las que conservaba como recuerdo
una tercerola de pedernal, tan pesada como una
culebrina, y algunas cicatrices profundas en su
piel; y concluyó por volver á buscar apoyo en
los que más que amos, habían sido sus bienhe-
chores, con esa gratitud singular que absorbe
todos los sentimientos y se constituye en inspi-
radora y consejera permanente en el fondo de las
almas atormentadas, para quienes el mundo es
tan pequeño, que no tiene para ellas sitio dispo-
nible.
Zambique no podía dar razón de la fecha de
su nacimiento; pero afirmaba que él no era de
este siglo.
Se le veía con frecuencia cruzar cerca de la
playa, adonde recurría en busca de pescado fresco,
vestido de calzón corto, — pues no le llegaba al
tobillo, — y pie desnudo ; camisa rayada á listas
rojas, levita negra de doble botonadura, legado
de sus señores, y sombrero alto de felpa en forma
de tubo, de ala estrecha, cuya data era dudosa
é imposible de constatar. Un aro de plata en la
oreja izquierda, era el único lujo que se permitía.
Observábase en su fisonomía una expresión cons-
tante de extrema mansedumbre y de triste hu-
mildad. Llevaba con donaire el sombrero de felpa
sobre una cabeza ancha, de occipucio lleno de
prominencias y deprimido en el frontal, provista
todavía de algunos mechones lanudos color ce-
148 E. ACEVEDO DÍAZ
niza esparcidos acá y acullá en el cráneo relu-
ciente, á manera de yerbas de la piedra en una.
toscci ennegrecida. Ángulo facial, sesenta y
ocho grados. Su mirada, casi sin brillo, ani-
maba apenas dos pupilas color de plomo, ro-
deadas de un velo rojizo que simulaba en la cór-
nea amarillenta una lágrima de sangre inyectada,
y expandida; pero era dulce y bonancible, sin
reflejos siniestros. Algo peculiar le distinguía de
los demás de su clase, que no eran por cierto las
sajadura de su rostro en . ambas mejillas, hechas
á navaja, verdaderas huellas de barbarie que las
razas desgraciadas llevan hasta el sepulcro. El
detalle consistía en cuatro ó cinco verrugas, que
de mayor á menor bajaban una en pos de otra
desde el nacimiento de la frente hasta el de su
aplastada nariz, de anchas fosas, remedo de un
rosario de bellotas ó de cuentas negras de muy
regulares formas y magnitud decreciente en pro-
porción, hasta alcanzar la última el tamaño de
un guisante.
Este archipiélago de excrecencias notables
daba extraña singularidad á la fisonomía de Zam-
bique, especialmente cuando una sonrisa dilataba
sus grandes labios y le obligaba á descubrir un
diente y dos colmillos de una blancura extraor-
dinaria.
Al apuntar el alba, y después de medio día,
bajo el sol ardiente, cuando sólo se escuchaba
el canto de la cigarra ó el zumbido de las lan-
BRENDA 149
gestas en las espigas y cardos, Zambique ha-
cía oir su tambor, acompañando el movimiento
de sus dedos, tardo y monótono, con cierta can-
tinela ahuecada y bronca. Si se hubiesen escrito
las palabras de este guirigay, no hubieran sido
más descifrables que un jeroglífico casi borrado.'
Difícilmente un concierto de los tipos gruñones
de que habla I.andois, producido con toda la fuerza
de sus ancas, élitros y antenas, podría dar idea de
los ecos de la marimba de Zambique. Tenían algo
del trueno en lontananza, y del fuego graneado
por hileras.
La primera vez que percibió Raúl aquel ruido
ó música cafre, preguntó á Selim de dónde pro-
venía.
- Del fondo vecino, señor, — dijo el doméstico.
— Es el viejo gorila que golpea el tamboril.
Raúl veía siempre pasar á Zambique por de-
lante de sus ventanas, hablando solo, y mirando
con fijeza el suelo, encorvado y abatido, como
un ente que considera estar de más en la colmena,
y que aun resiste á la dura ley de la lucha, por
algún vínculo superior al egoísmo del último
descanso. Según la versión de Sclim, sucedíale
con frecuencia cosa distinta, una vez dentro del
seto de la quinta, cuando tropezaba en el sendero
de su choza con una joven pálida y bella, que
era sin duda la reina de aquellos sitios. Zambi-
que descubríase entonces con respetuoso cariño,
balbuceaba las más sonoras palabras que apren-
150 E. ACEVEDO DÍAZ
diera del idioma nacional, se sonreía, y arrancaba
solícito hermosas margaritas y florecillas celestes
para obsequiar á la paseante solitaria. Selim creía
que esta joven era á quien él veneraba más en
la tierra, con todo el fervor supersticioso de su
raza.
Parece que ya se extinguió con la antigua ser-
vidumbre ese género de lealtad noble y conse-
cuente, muy distinta á la obediencia muda im-
puesta por el rigor de la cadena, y que nacía
para perpetuarse al calor de los hogares lo mismo
que la planta invariable cuyo verde risueño no
empalidece al soplo de los tiempos. En el alma
del viejo negro había una siempre verde: la gra-
titud, que engendra al amor, la abnegación y el
sacrificio.
XII
LA PIEZA DE MÉRITO
El extraño edificio á que se acercara Raúl,
era la choza de Zambique, en terreno de Nerva.
El viejo negro se encontraba á algunas varas
de la puerta, sentado en una osamenta de buey
BREKDA 151
de que él había improvisado una banca; despojo
arrancado á algpin médano, ó terreno de aluvión,
notablemente aumentado de volumen por la
acción de la humedad ó de las sustancias terreas,
y desprovisto de cornamenta, que algún sabio de
afición habría confundido fácilmente, — como ya
ha sucedido, — con la cabeza de algún ejemplar
de raza prehistórica.
Zambique hacía ramojos con todo afán y es-
mero. Ceñía su frente un pañuelo encarnado, que
sin cubrirle por completo la cabeza, dejaba ver
en el cráneo varios rulillos cortos y plomizos. Con
la vista baja y fija en su obra, no advirtió la en-
trada del joven.
Dirigióle éste la palabra, parándose á poca dis-
tancia.
Al sonido de aquella voz, Zambique pareció
conmoverse, arrojó el ramojo y púsose de pie.
En seguida acercó la mano trémula y callosa
á sus ojos fatigados, para formar visera, y miró
al rostro de su interlocutor con curiosidad.
Raúl estaba apoyado en la escopeta, y á su
vez lo miraba con aire de dulce benevolencia.
Removiéronse los labios de Zambique para bal-
bucear algunas frases ininteligibles, en las que se
mezclaban palabras claras á otras de un dialecto
extraño.
Raúl sólo entendió al principio, las de su mer-
ced y capitán, pronunciadas y repetidas con hu-
mildad, como títulos aplicados en prueba de re-
II
152 E. ACEVEDO DÍAZ
conocimiento y gratitud por hechos pasados, á.
los que se ligaba indudablemente la personalidad
del joven.
Empezando á interesarle los guiños, momos y
visajes que usaba el negro decrépito, — verdade-
ras muestras de afecto expresadas con una viveza
de movimientos en él inusitada, — Raúl empleó
medios ingeniosos para hacerlo explicar con cla-
ridad, consiguiendo al fin que se manifestase de
una manera comprensible. Zanibique parecía sor-
prendido, cual si su memoria ya muerta para toda
recuerdo que no fuese el de beneficios recibidos^
hablara súbitamente á su conciencia de una deuda
que nunca se prescribe, y que va ganando inte-
reses hasta el último momento de la vida.
Sus amoricones eran tan expresivos como elo-
cuentes, y con una verbosidad pasmosa habló va-
rias veces de una batalla, en medio de cuyas pe-
ripecias su caballo había caído en la hondonada.
— ¡Ah! — exclamó Raúl al oir este detalle, y
fijándose con mayor atención en las curiosas fac-
ciones del negro, — ya recuerdo . . . . | Hace años
de eso!
Zambique se amorró, contando con los dedos.
Luego levantó la mano, y con una sonrisa seme-
jante á una mueca, que enseñaba sus tres dien-
tes firmes y muy blancos todavía, murmuró en
voz bronca y apagada:
— El capitán ^ra niño; pero de á caballo y
guapo.
BBENDA 153
Tras de estas palabras, dirigióse con pasos in-
seguros hacia el montón de ramojos, recogió del
suelo una cuchilla corta y la esgrimió nerviosa-
mente, como amagando con ella á algún vencido
imaginario, que estuviese imposibilitado de defen-
derse.
Sonrióse Raúl, y dijo:
— Fué un mal trance el de aquel día, en que
tuve la suerte de auxiliarte. Veo que eres agra-
decido, y eso me place. — Por única retribución
te pido ahora un poco del agua de tu cachimba.
Zambique arrojó el arma con presteza y se en-
tró en la choza sin decir palabra. A poco volvió
á aparecer con una vasija de barro, piporro ó bo-
tijo de asa y pico, y se encaminó siempre callado
y trémulo sin mirar al joven, hacia el fondo del
jardincillo.
Raúl le siguió, sintiendo agolparse á su me-
moria en impetuoso tumulto, episodios de otro
tiempo que habían reposado en sus recónditos, y
que aquel encuentro removiera, como una piedra
caída sin saberse de dónde en la laguna tran-
quila.
Cachimba se llama en Cuba á la pipa de fu-
mar, y entre nosotros sabido es que se denomina
así á un pozo vertical, á flor de tierra, bordeado en
su boca por trozos de gneis malamente unidos,
y cuya agua, un tanto transparente, de un color
de caña, tiene un sabor peculiar amargo y sali-
troso, pero de una frescura propia de los manan-
154 E. ACEVEDO DÍAZ
tiales. En los lugares solitarios de los alrededo-
res de Montevideo, se ven todavía algunas de
estas cachimbas, formadas muchas veces por la
filtración subterránea de las aguas de los arro-
yuelos en los esteros, junto á los albardones y
terrenos arenosos.
Zambique sumergió la vasija en el pozo sin
brocal, y la brindó con respeto al joven, con
mano convulsa, la mirada baja y cierto aire de
contento íntimo, unido á esa actitud propia del
que trata con un superior y ha adquirido el pe-
noso hábito de creerse sin derechos.
Raúl bebió con gusto, y devolvió la vasija di-
ciendo :
— Mucho celebro, Zambique, este encuentro, y
más aún el grato recuerdo que de mí has con-
servado tanto tiempo. Eso prueba tu excelente
corazón. — ¿Eres aquí feliz?
— Siempre viví tranquilo. Ahora está enferma
el ama, y la niña triste.
Al expresarse así nubláronse los ojos del li-
berto bajo una emoción de pena. El joven lo sa-
ludó con cariño, y se preocupó á su vez. Aquellas
palabras lo pusieron sombrío.
Cuando salía, ciertos pensamientos y reminis-
cencias acudieron en tropel á su cerebro. La agra-
dable sorpresa experimentada por una demostra-
ción de reconocimiento que estaba él lejos de es-
perar, fruto de uno de tantos gérmenes del bien
arrojados sin cálculo ni egoísmo en el camino de
BBENDA 155
la vida, desvanecióse bien pronto para ceder su
puesto en el ánimo á otro género de impresiones.
Al hablar consigo mismo, caminando á paso
lento por la orilla del seto, reproducía en su me-
moria las escenas angustiosas y terribles en que
se produjo el hecho á que había aludido Zambi-
que. Algo, en efecto, hizo entonces por él. Pero
este recuerdo se enlazaba con el de otro incidente
grave del mismo día, que levantaba como un
fantasma en su imaginación herida, la figura de
un bizarro caudillo, muerto en combate singu-
lar.... ¡ Pocos recuerdos tan claros y de tan fuerte
colorido ! . . . . Bien plantado en la montura, altivo
y ceñudo, cabeza de león sobre un tronco de
atleta, blanco el rostro adornado de barba negra,
mirada dominante é imperiosa, brazo enérgico, y
palabra dura y breve como punta de puñal.
No supo él nunca el nombre de este adversario
vencido; mas de vez en cuando venía su som-
bra á interponerse, como en el momento actual,
oscureciendo las risueñas perspectivas de una
existencia serena y henchida de esperanzas.
Había recorrido largo trecho con la escopeta
al hombro, bajo la influencia de estas impresio-
nes morales, cuando vino á distraerle la presen-
cia de una hermosa perdiz entre las yerbas, rea-
vivando sus entusiasmos de cazador.
El ave huía con la celeridad de un reptil en
medio de caprichosas ondulaciones, lanzando un
silbido flébil y continuado, é irguiendo á veces
156 . E. ACEVEDO DfAZ
SU elegante cabeza entre el césped, después de
echarse azorada por breve instante, creyéndose
bien oculta detrás de ligeras matas ó endebles
tréboles, para incorporarse de nuevo á la proxi-
midad del peligro, y proseguir agazapándose, su
curiosa fuga, enhiesto el movible cuello, por
los sitios más cubiertos. El silbido, los movimien-
tos serpentales, las rastrerías de la fuga de esta
culebra con plumas, según la hipótesis de Dar-
win, tan verosímil quizás como la que se refiere
á la metamorfosis de la magnolia en cisne, — ex-
citaron el ardor del cazador, que obligó á la pieza
á levantarse para dispararle al vuelo. Sucedió así,
si bien el ave herida no cayó, prolongando sus
volidos regular distancia hasta cambiar de rumbo
y atravesar el seto, en donde fué á desfallecer —
descendiendo de súbito, al voltear á plomo la ca-
beza.
La juzgó Raúl perdi¡da, y siguió su marcha sin
detenerse, aunque lamentando que la pieza que
él reputaba de mérito, como real el tiro, dado
el lugar del episodio, no hubiese caído á su frente.
Ya sabemos en qué manos se había refugiado,
moribunda.
Avanzaba la mañana, y con ella el deseo del
pronto regreso. Apresuróse el joven, atravesando
la distancia en línea recta, á pesar de los peque-
ños charcos del tránsito, que podía desafiar im-
punemente con sus largas botas color ante, de
vivo contraste con el azul marino del traje que
había escogido para su excursión.
BBENDÁ 157
Iba á pocos pasos de la línea de pitas que á
aquella altura dividía las dos propiedades, sin se-
parar la vista de la quinta colindante, por atrac-
ción más fuerte que su voluntad.
Al tropezar sus ojos con el bellísimo grupo que
formaban las dos jóvenes, junto al banco de pie-
dra, no pudo menos de experimentar un senti-
miento de placer, tan vivo, cuanto era de inespe-
rado.
Vio á Brenda de pie, con la perdiz herida en-
tre sus manos, y conservando todavía en su acti-
tud la aflicción del primer momento; de Areba
sólo percibía el busto.
Este cuadro encerraba para él un interés pro-
fundo, y pudo deleitarse muy de cerca, hasta con
sus menores detalles; — pues tan selecta era la
cantidad como la calidad de las bellezas allí reu-
nidas, que el acaso le ponía delante en un mi-
nuto feliz.
¡El clavel del aire, al borde de un abismo lleno
de poético misterio!
Brenda estaba pálida, inmóvil, con los ojos fijos,
reflejando en su semblante una emoción conte-
nida, y haciendo resbalar suavemente su mano
por el plumaje del ave. A la vista de Raúl hizo
un movimiento como para arrojarla, que reprimió
en seguida.
— Actitud de compasión y pena, — se dijo el
joven. — ¡Pero á ella se ha sucedido una dulce ex-
presión de simpatía!
158 £. AGEVEDO DÍAZ
T^ cabeza de Areba se erguía sobre el seto,
firme y altanera, mirándole con insistencia. Al
verla en esa posición, llena de orgullo y de re-
serva, fría y severa, parecióle que alguien ace-
chaba verdaderamente, al paso, su destino. Pre-
sintió fuerza y soberbia. Por primera vez la en-
contraba después de la aventura, y creía hallarla
en rebeldía con el peso de la gratitud.
— El ángulo facial de esa cabeza, — pensó ex-
tremeciéndose, — alcanza bien á las reglas consa-
gradas por la estatuaria antigua!
Un saludo mesurado y respetuoso había acom-
pañado á estas rápidas reflexiones.
Cuando el joven pasó, Areba volvió su mirada
incisiva y penetrante como aguja pasada al fuego,
hacia su amiga, en momentos en que ésta le-
vantaba los párpados ornados de largas hebras
de oro, para dirigirla otra tímida y suave, como
una luz serena y azulada.
Brenda la apartó, dando un suspiro ; y la per-
diz cayó muerta de sus manos.
BRBNDA 159
XIII
CREPÚSCULO DE LA TARDE
Desde algunos años atrás llamaba la atención
en la sociedad de Montevideo cierto médico, á
quien habían dado fama algunos triunfos relativos
á su profesión. Se le concedían cualidades su-
periores, y esto era bastante para asignársele un
puesto distinguido en los buenos círculos socia-
les, que en realidad ocupaba, con el brillo pro-
pio de quien había venido con diploma de Eu-
ropa y escuchado en la cátedra la palabra de
Brocea y otros sabios notables, y recibido de
ellos elogios y frases de aliento. En verdad, el
doctor Lastener de Selis era un hombre feliz: lo
que Juvenal llamaría hijo de gallina blanca.
Al principio había vivido obscuro, en medio de
esas medias tintas del retraimiento que parecen
favorecer el desarrollo gradual y paulatino de
los gérmenes de ambición y profundos anhelos,
especie de bómbices laboriosos que en el silen-
cio y la sombra van fabricando lentamente, y
sirviéndose hasta de la misma retama, sus ad-
160 E. ACEVEDO DÍAZ
mirables capullos color de oro. Nada se decía
de ese período más ó menos largo de su primer
profesorado, y la novedad debió empezar desde
su iniciación en los centros de buen tono, que
no acostumbran á indagar el pasado cuando les
interesa ó seduce el esplendor del momento. De
Selis sabía que el desliz ó la caída una vez des-
vanecido el prestigio, es lo único que puede in-
ducirles á mirar atrás para recoger lo que de
ilícito ó reprochable se ha sembrado en el ca-
mino, y acumularlo sin piedad sobre el que ha
decaído en el favor. El criterio común suele así
fascinarse ó sentirse deslumhrado ante lo que
cree una fuerza en acción, un poder prestigioso,
una superioridad consagrada; sella el labio en
presencia del mérito que se le impone sin es-
fuerzo, y sólo lo despliega azuzado por los ému-
los y por el goce del instinto maligno que ve-
geta en el fondo de la naturaleza humana, así
que el hechizo se evapora, el talento se humilla
y el carácter se quiebra. ¡ Recién entonces se
recuerda, se comenta y se ríe con franca ironía !
El doctor de Selis, personaje obligado, estaba
tranquilo á este respecto, persiguiendo con há-
biles combinaciones el medio eficiente de con-
servar la supremacía conquistada, por un enlace
ventajoso y envidiable que diera mayor solidez
á su posición social. De este criterio frío y po-
sitivo, sin atmósfera de ilusiones pueriles, pro-
metíase resultados matemáticos ; nada había para
BRENDA 161
^
él como la realidad de las cosas, es decir, lo que
se ve y se palpa, ni método más acertado que
el experimental, partiendo del concepto de que
basta un buen procedimiento científico para ren-
dir un corazón, pasando por encima de sus ino-
centes ensueños y de sus ideales candorosos.
Para encontrar la verdad, como el amor, el
sistema era infalible, aun cuando había que pro-
ceder conforme á reglas y leyes, por medios de-
licados y tacto exquisito, especialmente en el úl-
timo caso, á fin de no comprometer el éxito, es-
tudiar el carácter, los sentimientos, los deseos,
avanzando como en la disección que descubre
poco á poco la estructura de un organismo, sus
partes constitutivas, el secreto de sus relaciones
recíprocas y el de las circunstancias diversas que
se vinculan á la vida fisiológica; y ceñir al re-
sultado sus pruebas ingeniosas de amante, lo
mismo que ajustaba su habilidad facultativa á
los preceptos anatómicos teórico-prácticos al son-
dar la fuente misteriosa de los males. La pana-
cea aplicada á un caso patológico, debía con-
cordar moralmente, según su sistema, con el
medio de vencer repugnancias y escrúpulos pue-
riles. El corazón de una mujer virgen, dulce y sen-
cilla no podía ofrecer al doctor de Selis más re-
sistencia que la de un músculo; las grandes
palpitaciones del sentimiento no eran sino mo-
vimientos más ó menos acelerados de la sangre,
que podían regularse fácilmente ; los blancos en-
162 E. ACEYEDO DÍAZ
sueños que todo lo llenan en las profundidades
del alma, y fuera de ella, en la atmósfera satu-
rada de aromas que rodea la cabeza poética de
una bella enamorada, eran entusiasmos de la
imaginación que recién empieza á sentir las en-
gañosas caricias exteriores, sin deleite más ver-
dadero que el de la flor de nieve en cuyo cáliz
se anida por vez primera un rayo de sol prima-
veral; la voluntad de querer, la elección en el
amar, esa fuerza de irresistible simpatía que arras-
tra un corazón á entregarse á un dueño soñado
y apetecido con toda la ternura extrema que ha
aumentado la ilusión, era una facultad ficticia
que cedería por sugestión al desvanecerse los mi-
rajes de la fantasía inocente y sobrevenir la amarga
realidad del mundo por una de las puertas se-
cretas del desencanto.
Una hipnotización recíproca: ¡tal vez eso sea
el amor ! Pero, en el fenómeno no entra por nada
el fluido de unos ojos cuya expresión no se busca
ó es indiferente; ni suplanta el yo frío y apá-
tico del que calcula á la fuerza irresistible del
que siente, ni alumbra otra lámpara de magne-
sio que la que arde en el altar de dos almas
apasionadas, invisible para todos menos para
aquellos que se buscan entre la muchedumbre y
se creen solos, confundiendo al mirarse en un
solo hilo de luz sus vínculos de atracción, — por
donde se envían latidos, ternuras, cariños, adio-
ses inefables, en raudo vuelo, más trémulos y
ardientes que los átomos del aire.
BRENDA 163
El doctor de Selis tenía buen cuidado de no di-
vulgar sus teorías sobre el amor, resguardándose
de toda sospecha con ese aspecto grave y repo-
sado que caracteriza á casi todas las profesiones
liberales, y que no excluía én sus maneras la
distinción peculiar que interesa, ni el decir inge-
nioso que seduce. Era hombre de escuela, ó de
sistema, si se quiere, diestro en dominar situa-
ciones y en hallar la solución airosa en los ca-
sos difíciles. Un raciocinio maduro precedía to-
dos sus actos de importancia, y aparentaba con-
vicciones que estaba lejos de abrigar, sobre todo
en política, escollo de los médicos que no han
estudiado nunca ninguna enfermedad social, y
que difícilmente encuentran alteración en el pulso
del ente colectivo, aunque la fiebre pase de cua-
renta grados. No se daba cuenta de que el anfiteatro
era distinto, que el enfermo era invisible, y el
remedio una idea, más ó menos oportuna y feliz.
La idea en acción contra otras ideas, también es
una medicina eficiente en casos determinados!
Esto no privaba que el doctor de Selis ocupase
una senaturía y salvara el decoro del gremio,
manteniéndose serio é inconmovible en medio de
todos los cambios de situación que él atribuía á
las pasiones malsanas, demagógicas ó guerreras,
naturales en un temperamento nacional rehacio á
la disciplina, cuya modificación en sentido favo-
rable, esperaba de los gobiernos paternales que
suprimen toda libertad para salvar mejor los de-
164 E. AC3BYSDO DÍAZ
rechos del hombre, y toda ley tutelar, para sal-
var sus principios genitores.
En política, salvo excepciones, estos médicos
no curan. Son los médicos que enferman. Su cien-
cia desaparece ante los espasmos ó delirios de la
opinión, que ellos consideraban como una bur-
buja de lucientes colores, antes de conocerla y
experimentar el vigor de sus aplausos ó protestas.
El doctor Lastener de Selis frisaba en los treinta
años, estatura regular, cabello castaño, rostro de
piel blanca y tersa, un tanto espartano de bigote,
nariz de noble curvatura, y ojos pardos, vivaces
y penetrantes. Tenía el defecto de contemplarse
mucho en sus frases y opiniones, creyendo que
era condición precisa de su profesión el abusar
en cierto grado de conocimientos poco vulgares.
Su boca de labios finos y delgados, recogida en
sus extremos, en forma de abrazadera musical,
denotaba esa expresión volteriana, que en deter-
minadas y análogas entidades parece manifestarse
con una especie de silbido tenue por las peque-
ñas y cerradas curvas de los lados, cuando con-
versan y sonríen nerviosamente. Diñase á veces,
que por esas válvulas estrechas se escapa un
aire envenenado. En cambio, el conjunto de sus
dotes, la elocuencia del concepto y el arte de
agradar, disimulaban bien las cualidades poco
simpáticas de su carácter ó de su físico.
Era este caballero el que, en la tarde del mismo
día en que Raúl hiciera su excursión á los es-
BKENBA 165
teros, se encontraba en la quinta de la señora de
Nerva, en compañía de las dos jóvenes, y en el
mismo sitio en que las dejamos por la mañana.
Después de su concierto de piano y canto, y de
alg-unos desahogos expansivos, las dos amigas ha-
bían resuelto pasear por la quinta, recorrer sus
sitios más pintorescos y la choza de Zambique,
eligiendo á su regreso como punto de descanso
el del banco de piedra. El doctor de Selis, que
había reconocido á su enferma y dispuesto lo
conveniente á su estado actual» se sintió con ex-
celentes disposiciones para el paseo á que fuera
invitado, y del que se prometió agradables re-
sultados.
Habíase formado grupo junto á los naranjos.
Brenda estaba cavilosa y seria, y entretenía
sus lindas manos modificando á capricho una
piocha de plumas de garza.
Areba debatía con el doctor de Selis la pro-
cedencia de unos huevos de diferentes formas y
tamaños, distribuidos en un collar curioso, regalo
de Zambique, de matices muy hermosos y ex-
traños. Los había esféricos, ovales, ovados y ovi-
cónicos, percibiéndose apenas el paso de la he-
bra.
— Parece un rosario de bruja, — decía Areba. —
Ya sé que éste es de perdiz; tal vez de una que
hemos visto morir esta mañana, y que causó á
Brenda mucha pena. Diga Vd., doctor, ¿de qué
ave será éste, oval? Parece que fuera de pájaro
selvático ....
166 £. ACEVEDO DÍAZ
— Es de gavilán, señorita.
— Poco simpática es esa especie, — repuso Areba
con sorna; — nunca dejan en paz á las palomas
más jóvenes. Vea usted este globular . . , , y este
otro de tinte rosado.
— Más bello es ese pequeñito, que se pierde
en el conjunto como una perla oblonga. Si lo
coloca Vd. en el hueco de su mano, producirá
la ilusión completa, pareciéndonos verla en su
concha de nácar, recogida.
— Gracias por el molusco, doctor; que el ná-
car nada gana. Es de colibrí.
Brenda puso á un lado la piocha, y mirando
al caballero, preguntó con aire candoroso:
— ¿Y qué es una ilusión?
El doctor de Selis se puso sobre sí, un tanto
contrariado, y preparábase á contestar, cuando
Brenda se levantó de pronto y corrió hacia el
seto, exclamando con infantil regocijo :
— ¡Mira Areba, qué bellas mariposas! ¡Nunca
he podido hacerme dueña de una celeste! ....
Pero esta vez no escapará • . .
En ese instante habían cruzado, en efecto, en
graciosos volteos por el aire, juguetonas ó irri-
tadas, confundiendo sus diminutos cuerpos en
estrechos abrazos, una dañáis color café con
manchas rojas y blancas en el festón, y otra del
género morfo de un celeste suave y delicado.
Rióse Areba sin escrúpulo y murmuró :
— ¡Rara coincidencia!
BRENDA 167
Sin esperar la respuesta del doctor de Selis,
Brendd. se lanzó tras ellas llena de entusiasmo;
los brillantes lepidópteros se separaron, quedando
sólo la dañáis al alcance de la joven. La mari-
posa hacía esfuerzos rápidos y violentos para
huir, ora ondulando hacia arriba, ora descen-
diendo en desesperados volteos,, hasta rozarse con
las altas yerbas que bordeaban el seto; pero al
fin, ya fatigada y rendida, fué presa de sus tem-
blorosas manos, merced á una red tendida con
el tul. Volvióse Brenda jadeante y encendida,
con el sombrerillo de paja casi suspendido de sus
doradas crenchas en desorden ; mas, al mirar por
•entre sus dedos de marfil el extremo de un ala,
ya sin el destellante polvo que constituía su pri-
mitivo encanto, escapó á sus rojos labios una ex-
presión entre alegre y pesarosa :
— ¡Ay, qué mustia está!
— ¿Cuál fué la víctima? — preguntó Areba
riendo todavía, pero de una manera extraña.
— La de color café, que yo no quería.
£1 doctor de Selis, que se había avanzado unos
pasos al encuentro de la joven, pareció satisfe-
■cho del desengaño, y dijo con acento sentencioso,
^n el que iba envuelto el amor propio herido :
— ¿No quería Vd., señorita, saber lo que era
una ilusión? La respuesta es elocuente, y de-
cirse puede que palpa Vd. la realidad.
Brenda volvió á mirar con tristeza á la pobre
prisionera, y levantando el brazo la lanzó con
u
168 E. ACEVEDO DÍAZ
fuerza al espacio. Como azorado de su corta es-
clavitud, el lepidóptero se remontó á grande al-
tura en prolongada espiral, perdiéndose entre la.
arboleda.
La joven se frotó las manos con suavidad, ele-
vando sus ojos al doctor de Selis.
— ¿Esa es una ilusión? — preguntó con voz me-
surada y grave.
— Al menos, de las que menos viven.
Brenda volvió lentamente su cabeza encanta-
dora hacia la morada de Raúl, como si buscara
el azul del mar, y moviéndola con una gracia^
que no se define, dijo dando un golpecito coi>
su menudo pie en el césped:
— ¡Ah, no!
El doctor de Selis aventuró una sonrisa.
Areba sintió una punzada en medio del pecho.
Caía ya la tarde, llena de lejanos y confusos
rumores, una de esas tardes melancólicas de
sombras vagas y flotantes, y uno que otro canta
alegre en medio de las oscilaciones de la luz.
moribunda.
Los árboles duplicaban en el suelo su gigan-
tesca estatura, en fantásticas siluetas; plegaban
sus corolas las moradas campanillas de las tre-
padoras del seto ; y en lo alto de las pitas, in-
móvil y esponjado, el chingólo solitario repetía
sus monótonas notas, como una oración del cre-
púsculo.
Areba dijo:
BRENDA 169
— Ya es hora. ¿Volveremos?
El doctor de Selis se inclinó.
— Como gustes, — contestó Brenda. — Si parece
á Vds, bien, daremos la vuelta al estanque, ese
sitio que tanto te ha agradado, Areba.
— Convenido, querida amiga. Suplico el favor
de su brazo, doctor, pues la falta de costumbre
me hace fatigoso el ejercicio.
— Entonces no ... .
— Al contrario : quiero adquirir el hábito.
— Excelente resolución, — repuso el doctor de
Selis, ofreciendo galantemente su brazo á la
joven. — Eso hará á Vd. bien, en definitiva. Puede
Vd. observarlo en Brenda, que en este momento
nos da una nueva prueba de su actividad infa-
tigable.
— Así es, — dijo Areba con gesto risueño,
viendo á la joven alejarse un poco, en pos de
algún brillante insecto alado.
Conserva aún sus aficiones de niña.
— Algo, sin embargo, denuncia ya sus graves
preocupaciones de mujer, — replicó de Selis pen-
sativo.
— ¿Lo ha advertido Vd. ? Paréceme que eso
tiene mucho de cierto.
— Feliz del que pudiera- penetrar sus secretos
sin pecar de imprudente.
— No es tan difícil. Hay cosas que se denun-
cian por sí mismas, como Vd. lo ha observado.
— ¿Será que ella sienta amor?
170 E. ACEVEDO DÍAZ
— Quizás. La habilidad estaría en cortar la
corriente antes que desborde.
Areba sintió un rápido temblor en el brazo
de su caballero.
— Entonces ¿hay un principio de vida nueva
cuyo origen podría buscarse • fuera de las rela-
ciones de familia?
— Eso creo. Un ingeniero ha tendido sus hilos
telefónicos por estas cercanías, y entiendo que
no es de los que quedarían rezagados para echar
un puente sobre el abismo.
— Lo presumía, sin atreverme á manifestarlo.
— El amor con ayudk de la ciencia se hace
muy refinado é ingenioso, según he oído decir á
Vd. , y es el caso que el rival no ha hecho otra
cosa que aguzar el ingenio toda su vida. Esto
duplica en mi opinión la potencia y justifica de
la otra parte una alianza que mantenga el equi-
librio de la lucha, con la igualdad de condiciones.
— Estoy dispuesto á sellarla, si la potencia
amiga ha de ser Vd.
— No veo inconveniente en que la concerte-
mos,— repuso Areba con una sonrisa forzada, y
sintiendo en el fondo una angustia indecible. —
Pero parta Vd. del concepto de que no se van
á contrariar simples devaneos juveniles, y que
es preciso tomar en cuenta el corazón, cuyos
impulsos no se aquilatan, ni se miden en su in-
tensidad profunda, por más que los que piensan
como Vd. no crean en las pasiones insondables
y durad^as.
BRENIiA 171
— Empezaré por modificar mis ideas al res-
pecto, como una concesión al aliado.
Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de
la joven.
— ¡ Siempre el cálculo en el fondo !— se dijo. La
mano descamada oculta bien sus dedos armados
de ventosas bajo el guante, y el ojo, el fulgor
de la ambición en la retina.
Luego, con la vista fija en Brenda, que se
acercaba, agregó con firmeza:
— Concesión á la verdad.
— Sea.
Aproximóse Brenda radiante de placer, y apar-
tándose las guedejas de la frente húmeda:
— ¡ Me burlan las mariposas ! — exclamó, res-
pirando buena porción de perfumado ambiente,
de modo que al entreabrir su boca deliciosa,
quedó al descubierto un correcto arco dentario,
de una blancura que hacía resaltar aún más el
coral de sus encías.
Cogióla Areba de la mano, diciendo :
— ¡ Eres infatigable, amiga mía ! A fin de que
no vuelvas á abandonarnos, colocaremos al doc-
tor de Selis en el medio. Apelo á su galantería.
— Perfectamente — repuso Brenda con senci-
llez. — Haremos columna por esta callecita de
arena.
Apresuróse de Selis á tomar la posición desig-
nada, y marcharon breves instantes en silencio.
Recayó luego la conversación sobre la señora
172 £. ACEVEDO DÍAZ
de Nerva, cuya dolencia resistía al régimen, si
bien no revistiera una gravedad alarmante.
El doctor de Selis aprovechó la oportunidad para
disertar acerca de la influencia de las fuertes
impresiones morales en el ánimo de la enferma,
y de la necesidad de evitarle toda desazón in-
conveniente. El estado de su salud era deli-
cado, y exigía un tacto exquisito para prevenir
que se alterase por cualquier motivo, teniéndose
muy presente lo avanzado de su edad y la na-
turaleza de la dolencia.
— Feli/Tiente, — prosiguió, — el cariño filial
siempre afectuoso, tierno y esmerado, tiene una
participación activa y eficaz en toda mejoría
radical, especialmente en casos como éste, por
la solicitud extrema que provoca en los nobles
seres la conservación del vínculo irreemplazable
que amenaza romperse. Una anciana enferma
reclama en el afecto y en la cura, la misma
contemplación y la misma delicadeza de cuida-:
dos que un niño anémico ; y mayor todavía
aparecerá el celo, si no se olvida que la recons-
titución es lenta y difícil, dadas las condiciones
del organismo que ha pasado por todas las crisis,
y abandonado á períodos gran parte de sus fuer-
zas, como un tributo rendido á los años y vici-
situdes violentas de la vida. El espíritu de la
ancianidad doliente exige, pues, halagos, ternuras
y complacencias, en razón directa de la dosis
considerable de natural egoísmo que domina y
BREKDA 173
.acalla todos los sentimientos, concentrando como
•en un foco que le dará dulce calor, necesario al
irío de sus venas, las caricias inagotables de esa
pasión filial, honda y sincera, que no la contra-
ría, y que todo lo sacrifica al deber y al culto
■del hogar, deshojando hasta su misma corona de
•esperanzas en aras de la gratitud y del amor.
Las jóvenes escuchaban silenciosas, con esa
atención respetuosa que se dispensa al que tiene
alguna autoridad para merecerla.
Cuando el doctor de Selis hizo una pausa, Areba
miró con rapidez y al soslayo á su amiga, opri-
miendo suavemente el brazo del caballero.
Brenda seguía el paso, con dignidad y rostro
tranquilo. Ni una sombra leve obscurecía su fi-ente.
Dieron vuelta por el estanque, lleno de pece-
cillos de vivos colores, cuyas escamas relucían en
el agua serena; mientras se deslizaban en otro
compartimiento, separado de aquél por una divi-
sión de alambre de finísima trama, — como ele-
gantes esquifes alados, provistos de timón que ja-
más conduce al escollo, — algunos gansos blancos
manchados de canela, y dos cisnes de cuello ne-
gro, cuyos plumones habían sido retaceados por
la tijera de Zambique.
Al dirigirse hacia la casa, Brenda dejó resba-
lar por la barandilla de hierro su mano izquierda,
acortando el paso, con la mirada perdida en las
doradas copas de los árboles.
Areba fijó sus ojos en el doctor de Selis, do
una manera significativa é insinuante.
174 E. ACEVEDO DÍAZ
De Selis volvió sobre el tema, con acento suave-
y persuasivo. Sus palabras eran discretas y elo-
cuentes, fluyendo llenas de brillo y colorido; al-
guna vez atrajo sobre sí aquellos relámpagos azu-
les que nunca buscaban el verdoso resplandor de
sus pupilas.
— Bella piedad la del amor filial, — que así se
sobrepone á las mismas seducciones de una dicha
incierta, aunque brindada quién sabe por qué labio-
pérfido, para consagrarse por entero al deber y al
reconocimiento, — como se sustrae al halago de
las ficciones que la fantasía aumenta y reviste de
lucientes galas, al influjo de una sonrisa ó de
una frase calculada para sembrar estériles ensue-
ños en el fértilísimo campo de la inocencia, y fe-
liz de la madre tierna á quien tal amor evita pe-
nas en el descenso de la vida, fiel á sus manda-
tos, accesible á los deseos, dócil al consejo elevado-
y concienzudo, que señala al candor los peligros^
su puerto seguro á la esperanza, á la mujer lo
augusto de su destino, — revelando á su corazón
sensible é inexperto, el secreto de paz y de ven-
tura.
En el poema de la familia, todo esto consti-
tuye,— cuando el culto es sincero, — esa belleza
y esa bondad selectas que los bardos creen sólo
patrimonio de sus heroínas místicas é ideales.
— Como en la leyenda de Locki y Segün, por
ejemplo, — prorrumpió Areba con un dedo en el
labio.
* BRENDA 175
— Exactamente.
— ¡Oh, alma carnal I — pensó la joven: — ¡cómo
mientes y te engañas!
— En el caso que nos interesa, — continuó de
Selis, procurando disimular la emoción de su
voz, — el facultativo reposa por completo en la en-
fermera: la panacea apenas devuelve la salud;
pero es ella quien puede prolongar una existen-
cia que ve el cielo en sus ojos, luz en sus ca-
bellos y absorbe aroma en sus palabras.
— Gracias por ella, — dijo Brenda con dulzura. —
Las daría también por mí, si me reconociera en
esa hada tan bella que Vd. ha esbozado con poé-
ticos conceptos.
— Esbozo, en verdad, Brenda: difícilmente se
conocería bien en él al modelo.
— ¡Cómo canta el cardenal! — exclamó Areba
mordiéndose los labios y volviendo el oído en di-
rección á la casa. — ¿ No le sientes, amiga mía, gor-
jear con entusiasmo?
— Sí, que le oigo, — respondió la joven son-
riéndose á su pesar; — las atenciones que con él
se gxiardan lo estimulan. Razón hay para espe-
rar que se prodigue.
— Luego, ¿ha logrado hacerse querer? — pre-
guntó el doctor de Selis con finura. -¡Cierto que
canta con primor!
Las jóvenes guardaron silencio. Entraban ya
en la arcada que conducía al patio. La señora
de Nerva ocupaba una silla de hamaca en el
176 E. ACEVEDO DÍiZ
corredor del frente, descansando su cabeza en lo
alto del respaldo.
Incorporóse con visible contento para recibir
un beso de Brenda, é investigar con la mirada
el semblante de Areba. Le pareció indiferente y
frío.
En ese instante cambiaba algunas frases rápi-
das y en medio tono con de Selis: era sin duda
la ratificación del pacto.
— Celebraremos conferencia en el día indicado,
— concluyó diciendo Areba. — La tarea es ardua.
El doctor de Selis se inclinó en señal de asen-
timiento, y despidióse en seguida de las damas,
recomendando á la enferma el mayor cuidado de
su persona.
Momentos después, apoyada en Areba y Brenda,
la anciana se dirigía á la sala de recibo.
— Antes de irme, querida amiga, — decía Areba,
— deseo oir nuevamente el Stdndchen de Schu-
bert. No sé porqué me parece que no hay sitios
más hermosos y solitarios que éstos, y por lo
mismo más escogidos, para deleitarse sin perder
una nota, con las brillantes armonías de esa se-
renata, que se creería compuesta para reunir en
tu verjel todas las hadas del silencio.
— ¡Ay! más bellas son las arpas de la noche,
que ellas pulsan cuando una está dormida, — res-
pondió Brenda con un aire dulce é ingenuo.
— ¡Anda, soñadora, que tienes la cabeza toda
llena de visiones ! — exclamó Areba entre risas ar-
moniosas.
BRENDA 177
— Así es, — repuso la anciana, reprimiendo un
acceso de tos. [La juventud!. . . . Vd. debería co-
municarle un poco de su criterio tan sensato é
inteligente, que le sentaría muy bien.
— ¡Ah! ¿que me sienta mal eso, madre? yo
creía que no era triste pensar en lo que debería-
mos ser, después de habernos preocupado en las
horas de afán de lo que puede afligir á los que
amamos.
— Calla^ mi corazón, esas cosas que no entien-
des; y siéntate al piano, que no es la hora de
tus hadas.
Brenda obedeció. La anciana y Areba ocupa-
ron un canapé colocado junto á la ojiva que daba
al jardín.
Resonaron preludios raros y caprichosos. A
poco las teclas dieron trinos; sucediéronse luego
los primeros compases, melancólicos y graves;
después un raudal armónico, como un hervor de
intensos anhelos que se elevaran' en coro y roza-
sen al vibrar la dormida fibra del sentir profundo.
Areba miraba las plantas, la mano puesta en
la mejilla, absorta al parecer en sus recuerdos. La
anciana seguía el compás con un movimiento im-
perceptible de los dedos, la cabeza baja y el gesto
triste.
De pronto salió de esa abstracción, como de un
sueño, volviéndose hacia su joven amiga.
— ¡Y bien! — susurró muy bajo.
Areba desahogó su pecho, y movió la cabeza
de uno á otro lado.
178 E. ACEVEDO DÍAZ
— Las cosas están al principio, — respondió en
el mismo tono, arrellanándose en el canapé.
— ¿Será inútil todo, entonces?
— No me atrevería á suponer tanto. La obra es
del tiempo y de la reflexión.
Siguióse un breve intervalo de silencio.
La serenata tocaba á su fin, y empezaban á
descender las sombras.
La joven se acercó á la señora de Nerva, y
resbaló á su oído estas palabras:
— Haré cuanto pueda. . . . Por el momento, la
vigilancia debe recaer en la choza: Zambique dijo
hoy algo á Brenda que le produjo emoción, pero
en ese lenguaje raro que le es peculiar. El pobre
negro adora á la que él llama su reina. Esas tris-
tes almas se dan por entero á la dicha de las
que veneran, y cierran sus labios con la llave de
las tumbas. Ya me comprende Vd. Sería un Ga-
leoto temible.
Las escasas cejas de la anciana se contrajeron
con una expresión de enojo, y un ligero temblor
agitó sus labios secos é incoloros.
Perdíanse en el aire tranquilo, flébiles y dulces,
á manera de súplicas envueltas en una ilusión
que se renueva, las últimas notas del Stdndchen.
BRENDA 179
XIV
«LA MADREPORA»
En las primeras horas de una noche tormen-
tosa, un morador situado cerca de la punta de
Piedras Negras, que se dibuja al norte de la del
Buceo como un lomo de saurio hundido en el
cieno, habría visto deslizarse á la luz de los re-
lámpagos, sobre las aguas agitadas y sombrías,
una sumaca frágil y ligera, con una luz á mitad
del palo, luchando con las fuertes rachas del sud-
este. Aunque recogida en parte la latina vela de
polacra que llevaba á proa, sin gavia, lisa y fina,
como un pez sin escamas, saltaba sobre las olas
siniestras con una velocidad asombrosa, á manera
de langosta de mar sorprendida en la superficie
por la borrasca, que pugnase por volver á la quie-
tud de los fondos.
Tenían éstos pocas brazas entre Piedras Ne-
gras y la ensenada de Santa Rosa, de empinados
cantiles y áridos médanos. La ocasión no era
oportuna para arribar á aquellas rocas cortadas
á pico, en donde se de3hacían mugiendo las a^uas
180 E. ACEVEDO DÍAZ
turbulentas ; y la sumaca navegando de bolina ra-
saba las crestas con maniobra firme hacia el Bu-
ceo, cuya punta se prolonga en anchas faldas cen-
tenares de metros rio adentro, y remata en un
arrecife áspero y riscoso cubierto por el flujo.
A la claridad diurna, en situación idéntica, y al
chocar de las ondas en los flancos, habríase po-
dido comparar con un cetáceo lleno del verdín
submarino, de cabeza sembrada de púas, hun-
dida en la marea ; y cuyas aletas enormes batie-
ran con furor los bajíos, convirtiendo las encona-
das olas en lluvia de espumas.
Ningún resplandor bajaba del cielo. Espesos va-
pores corrían al levante, rasgados de vez en cuando
por rojizos centelleos de sordas explosiones, cu-
yos ecos se extendían á lo lejos, haciendo tem-
blar la atmósfera^ cual si pasasen en vertigino-
sas trayectorias, gigantescos proyectiles trabados
por la misma cadena. Imponentes espirales verdi-
negros se erguían soberbios y amenazadores so-
bre la borda, orlados de blancas ampollas rebra-
mantes, y espumeando al rostro de los audaces
marineros; crujían el costado y la popa al em-
bate violento y combinado de la ráfaga y de la
ola, y la mojada lona se encogía é hinchaba con
estrépito, después de sacudirse y azotarse contra
las cuerdas y el mástil; y ora se sumergía la proa
hasta desafiar con el bauprés en su misma base
el oleaje iracundo, en tanto aleteaba el timón en
el vacío, ora se levantaba en el movible y mons-
BRENDA 181
truoso lomo entre un torbellino de niebla, rechi-
nante el aparejo, como un potro que se encabrita
y eleva alto la cabeza de alborotadas crines en-
tre una nube de polvo, tasca el freno, dobla los
corvejones y sienta en el suelo la grupa, para
reincorporarse con terrible balance haciendo bri-
llar en el aire sus uñas de hierro.
En medio de aquellos tumbos formidables, y de
aquellos ruidos pavorosos, la débil embarcación
parecía próxima á zozobrar: habíase apagado la
luz del farol á los redobles del viento, las tinie-
blas formaban por delante un solo abismo con
las aguas; y al enroscarse con indecible furia
las impetuosas olas, rompíanse en cascadas sobre
la borda saltando hechas pedazos por encima del
frágil leño, para convertirse en rocío al batir de
las enormes alas de la tormenta.
Algo servía, sin embargo, de guía seguro á la
mísera nave.
Distinguíase á un flanco, brillando á intervalos
como un bólido encendido que eclipsasen nubes
negras, enhiesto en la cúspide ie un coloso de
cuarenta metros sobre el haz de las aguas, res-
plandeciente á gran distancia para indicar al ma-
rineo su derrotero, un faro de foco poderoso que
giraba impasible en lo más alto de graníticos pe-
ñascos, señalando á todos los rumbos el peligro-
del escollo y los bajíos del naufragio. La linterna
refulgente incendiaba con sus rayos las movibles
colinas de la furiosa oleada, y cual ojo rojizo de
182 E. ACEVEDO DÍAZ
la tempestad, — que pestañease por instantes al
sordo golpe de los encontrados elementos, — pa-
recía observar cómo se estrellaba con estruendo
la masa líquida al pie de la altiva colunma, ha-
ciendo temblar las deformes rocas que la sus-
tentan.
La embarcación seguía corriendo, casi arriado
el velamen por completo, desflocadas las jarcias
y aumentado el lastre con gran cantidad de agua.
Una voz exclamó de repente:
— La farola pestañea.
El que había hablado aludía sin duda á uno
de los intervalos de obscuridad en la revolución
del faro.
— La isla queda á barlovento, — dijo otra voz
enérgica. — ¡ Firme á la caña !
El que primero había hablado volvió á clamar
en medio de los rugidos del huracán:
— ¡Cuidado con el islote de la Luz!
— Está negro como una angustia, — repuso la
voz enérgica. — ¡ Arría el resto. Carolo !
Cinco hombres iban en la sumaca, pescadores
de la costa sud, sufridos é intrépidos. De vuelta
de la isla de Lobos, les había sorprendido la
borrasca á pocas millas de la ribera, y obligádo-
les á navegar de bolina, corriéndose á lo largo
de la costa, erizada de peligros. Pero llevaba el
timón Gerardo, el más hábil y valiente marinero
de los que cruzaban la zona del mediodía, eniaena
perseverante y ruda, en pos de esa fortuna triste
BRENBA 183
<}ue persigue el pescador, y que á cada instante
se desvanece entre las brumas como un hada^ va-
porosa de las algas.
Sus compañeros le querían y respetaban. En
•esta emergencia peligrosa, se revelaba esa fe en
una obediencia sin réplicas, que daba mayor se-
guridad á la maniobra.
En tanto, era necesario evitar el arrecife riscoso
•del Buceo á sotavento, y el islote de la Luz á la
otra borda, situado á poca distancia, y en ese mo-
mento batido de flanco con imponentes choques
y circuido hasta muy arriba de su nivel por una
especie de humaza, que formaban en el aire las
despedazadas moléculas del agua.
El sondeo da en ese canal una profundidad me-
•dia de cuatro á cinco metros.
A los lívidos resplandores eléctricos, podíase
percibir en aquella noche, á manera de ancha es-
tela, una superficie blanquizca y bullidora en el
•centro cerrentoso; mientras se dilataban á los
lados rodando en espantoso culebreo inmensas
sábanas sombrías para escurrirse en roncas cata-
ratas en las concavidades de las peñas ó por en-
cima de las mesetas con la violencia del torrente.
El pasaje tenía que ser veloz por la doble
fuerza del viento y las aguas; la sumaca pasó
por allí como una saeta, evitando el escollo de
la punta del Buceo, y deslizóse casi descubriendo
la quilla, dominada á lo lejos por la claridad del
faro, con rumbo á las piedras del Buen Viaje,
13
184 E. ACEVEDO DÍAZ
distante tres millas, cabezas de cachalotes que
sobresalen á regular.^tura en tiempo de bonan-
za, y que en la hora de esta aventura temible
asomaban apenas, entre un hervidero de espumas.
Era, sin embargo, allí, — en un fondeadero para
cala de tres metros cómodo y resguardado, que
abarcaba la extensión comprendida entre las pie-
dras y la restinga de Punta Brava, barrida per-
petuamente por las mareas, — en donde los intré-
pidos pescadores pensaban hallar refugio y echar
el ancla, al abrigo de ráfagas violentas y de olea-
jes tumultuosos, cuya intensidad parecía dismi-
nuir por momentos.
Ya cerca, en efecto, de los grandes peñascos,,
la embarcación caminaba con menos ligereza i
habíase descorrido al sud una parte de la lóbrega
cortina, y sucedíanse con más frecuencia inter-
valos de calma, en relación á los ímpetus del
viento poco antes de formidable vigor.
— jPon el anclote á la pendura, y afloja la
gúmena, Carolo! — ordenó Gerardo con acenta
firrne y vibrante.
El pescador así nombrado, salió á la banqueta
afirmándose á la borda, y destrincó el ancla con
extrema diligencia.
— Está listo el anzuelo de dos lengüetas.
— Echa, y ¡á pescar la tosca!
El arpón de hierro se deslizó al fondo, pero na
consiguió amarrar la sumaca, que seguía arras-
trada en dirección á la restinga, con una velocidad
todavía considerable.
BRENDA 185
Ibase á picar el ancla cuando ésta pareció
aferrarse por la banda de estribor, paralizando
el movimiento acelerado de la nave, que revol-
vióse en fuertes sacudimientos, y embarcó más
de una ola amarga.
--¡Mordió! — dijo Carolo alegremente, y devol-
viendo el líquido al mar con una vasija de madera;
en cuya operación sus brazos y los de sus com-
pañeros se movían con una celeridad asombrosa.
— No es así, — repuso Gerardo ; — La Madrépora
empieza á garran Leva, y ¡ todo á babor !
La sumaca arrastraba en efecto el ancla por
un fondo de arena, y luego entre dos aguas,
al verilear á lo largo de la restinga, si bien á
prudente distancia de los bajíos pedregosos. Con
todo, su marcha era más lenta; cedía el viento,
y las ondas no se agolpaban con la misma furia.
Trincado nuevamente el anclote, alargóse un
rizo y se formó una ampolla en la vela. La cele-
ridad aumentó en proporción, pero sin grandes
salteos ni columpios : el pequeño barco mantenía
ahora menos empinado el costado de babor, en-
derezándose por minutos, á medida que aflojaba
el vendaval.
Estaba próxima la Punta Brava, con su res-
tinga encubierta de ásperos y escarpados riscos,
apéndice de una lengua de tierra que convida á
arribar al navegante inexperto, penetrando en las
aguas en suaves ondulaciones; arrecifes ocultos,
pérfidos y temibles, en acecho, sobre los cuales
corre sin ruido el agua mansa.
186 E. ACEVEDO DÍAZ
Pero el timonel de Lxi Madrépora conocía bien
los riesgos y las asechanzas siniestras de los
bajíos, en sitios por él recorridos para buscar pro-
fundidades convenientes á las redes de jorrar ; y
gobernaba con seguridad y firmeza, guiado por
los fulgores de la farola, inmóvil é impasible
sobre la caña, á pesar de la fiereza de los em-
bates contra su capote impermeable que concluía
en punta al cubrir su cabeza, — sobre la cual
saltaban en vano con el estridor de fuertes ale-
tazos, fragmentos de olas, á modo de raudos
engrosados por el légamo por encima del granito
inerte é inconmovible.
Debajo de la capucha endurecida, podían des-
cubrirse á la claridad eléctrica, unas facciones
varoniles tostadas por el sol y el viento; perfiles
vigorosos de juventud, audacia y resolución, do-
minando el conjunto ese aire especial de triste
conformidad con su suerte que caracteriza los
actos de ciertos hombres, serenos, mansos y re-
signados, rudamente sufridos, mientras no se les
hiere esas fibras más duras que la desgracia, que
reposan sin estremecimiento alguno hasta la hora
de prueba.
Tendido, en el hueco formado por el combés
de popa, en cuyo extremo más abrigado brillaba
una linterna de vidrio convexo, podía verse tam-
bién un hombre viejo, al parecer enfermo, en-
vuelto en una manta, con la cabeza reclinada
en un rollo de cabos. Alguna inquietud se tras-
BRENDA 187
lucía en su semblante demacrado, de rasgos pro-
minentes, barba canosa, cejas espesas, largas y
revueltas, y ojos vivaces muy encajados en las
órbitas, — esos ojos hundidos en los últimos cama-
ranchones del cerebro, — según la frase de Cer-
vantes.
Este hombre se llamaba Cario Roveda, pes-
cador de la costa sud, y era dueño de La Ma-
drépora, — Sintiéndose mal de salud en la costa
de Maldonado, en el segundo viaje que realizara
en esos días, pensó en el regreso, y sus compa-
ñeros se apresuraron á poner la proa hacia los
Pocitos y la Caleta.
La linterna colocada en el fondo del camarote,
alumbraba con sus reflejos otros tres marineros
que se movían en la cubierta baja, bañándolos
de claridad amarillenta hasta la mitad del pecho.
Tenían algo de fantásticos aquellos troncos ilu-
minados y aquellas cabezas negras sumergidas
en las sombras, que se agitaban sin cesar, cual
lúgubres visiones semi-teñidas de fósforo, cabal-
gando entre ruidos pavorosos sobre los lomos de
la tempestad.
Sólo uno permanecía quieto y sombrío en el
combés, con la mano convulsa en la caña del
timón, y el ojo bien abierto, fijo en las tinieblas,
procurando como la procelaria audaz descubrir y
evitar los peñascos al rozarse rauda y veloz con
las olas irritadas. Era Gerardo.
¿Echaría de nuevo el ancla cerca de los veri-
188 E. ACEVEDO DÍAZ
les, en donde la sonda señalaba á no dudarlo
en esos momentos más de siete metros, ó lleva-
ría á embicar La Madrépora á la arenosa ense-
nada de los Pocitos?
Tal vez no fuese necesario lo último, pues la
tormenta se disipaba por instantes. La mar, sin
embargo, seguía gruesa y rugiente. Con todo,
una fuerza misteriosa impelía al joven pescador
hacia aquel rumbo; y quizás se había felicitado
en lo más íntimo de llevar por vehículo á la
borrasca : ¡ el mejor tren expreso de un ausente
ardoroso y apasionado que aspira pisar cuanto
antes la ribera !
La embarcación pasó con felicidad la brava
punta, — tumba de marinos, — ilesa en el casco,
gallarda y esbelta, si bien con alguna relinga
flotante, pues el viento había rasgado el paño en
varios sitios en su hora de mayor violencia. Las
últimas ráfagas cruzaban á intervalos silbando,
y en ellas envueltas, como si precisasen de tan
enorme hálito de vida, gaviotas color de niebla.
De pronto Gerardo llamó á Carolo.
— Empuña la caña, — dijo. — El viento amaina,
y las nubes ruedan lejos, pero el agua hace gemir
todavía la sumaca. ¡Afirma bien !
— De buena nos libró Dios, para que yo lo
eche todo á perder. Vete confiado.
Gerardo se deslizó al entrepuente,' y quedán-
dose afirmado con las manos en el borde, bajó
la cabeza para mirar á Cario Roveda, diciendo:
BRENDA 189
— Algo se ha movido La Madre'pora, patrón
■Cario, para no haberle hecho sentir mayor mo-
lestia. £ Cómo va el cuerpo ?
— Así, así. Algún cuidado tuve, pero tú lleva-
bas la caña, y esto me daba fe. ¡ Valiente timo-
nel ! . . * . Se unía la pena de no ayudarte, á los
achaques que me duelen. ¡ Allá va el posma para
la pobre Cantarela !
— Ansiedad tendría, si supiera la mala loba
•que hemos pescado, repuso Gerardo con emoción.
— No puede pensar que la vuelta sea tan pronto
y le daremos sorpresa. ¿ En dónde se aferra ?
— No sé, patrón Cario. La mar está fuerte.
Echaría el anclote á la entrada de la Caleta, á
sotavento si amarrase.
— Aferra.
Gerardo calló.
Luego, dirigiéndose á Carolo, mandó con voz
robusta :
— ¡ Virar para avante !
Despasó bien pronto el viento por la proa, á
pequeñas rachas, produciendo en el aparejo ese
rumor tan semejante á los bufidos del toro que
acomete con furia y se detiene de súbito.
La embarcación hizo la bordeada con éxito.
Percibíanse muy próximas las luces de la ciudad,
•en las calles que concluían en la costa, cuando
Gtírardo echó el ancla á cierta distancia, con el
corazón palpitante por algo extraño á los peli-
gros de esa noche.
190 E. ACEVEDO DÍAZ
El hierro arañó las piedras, y á poco se afirmó^
en tanto los marineros ceñían el paño y daban
luz al farol rojo de proa.
— ¡ Bien por Gerardo ! — exclamó Carolo.
— Mañana hay que cumplir la promesa ....
— i Sí : la cantata en las peñas antes del des-
canso !
— Bien festá, — dijo Gerardo con acento tem-
bloroso. — Cantaremos.
Media hora después, una lancha tripulada por
pescadores animosos y resueltos, los conducía á
la orilla. Los aguardaban en ella brazos cariño-
sos y ardientes simpatías. Las mujeres salían á
las puertas para dar la bienvenida, rodeadas de
prole tan numerosa como sus redes. No se veía
allí á Cantarela. Los ojos de Gerardo miraban
todo desierto: nada significaba para él, sin ella,,
la dulce fraternidad de la ribera.
Cario Roveda fué llevado á su morada hu-^
milde.
¡ Estaba sola ! Se sentía allí una atmósfera fría,
como si en mucho tiempo no se hubiera encen-
dido el hogar. El viejo pescador registró el pri-
mer departamento con ojos febriles, lleno de sos-
pecha y de zozobra. Las redajas estaban colgadas
en sus sitios, los muebles bien distribuidos, el
pavimento limpio, las relingas de grandes corchos
y plomadas para redes nuevas, dispuestas con
orden y simetría, á lo largo de las paredes. Todo
indicaba el celoso esmero de otros tiempos.
BRENDA 191
Roveda había entrado á su domicilio apoyado
en el brazo de Gerardo y de Carolo. Tres ó cua-
tro pescadores que le precedieron, de pie y silen-
ciosos, observaban con las frentes bajas aquel nido
sencillo y pulcro, pero abandonado y yerto!
El patrón Cario dirigióse al de mayor edad,
preguntando con profunda extrañeza:
— ¿No está aquí Cantarela?
— Marchóse hace días.
— ¿Y adonde?
A esta nueva pregunta, turbáronse los rostros
y cambiáronse miradas en silencio. Los ánimos
parecían confundidos y tristes.
— ¡ Todos callan !
¿ Qué dices tú, Marcelo ? — insistió el patrón
Cario, trémulo y sofocado, presintiendo algo muy
grave en aquella reserva.
— ¡ Oh, yo nada digo ! . . . . Ella se fué sin decir
tampoco nada.... Hace tiempo que se iba ca-
llada tu hija, y en estos días muy pocos la han
visto en la costa ....
El viejo pescador movió á uno y otro lado la
cabeza, con indecible pena, mirando con desvarío
todos los semblantes.
Gerardo experimentó una cosa parecida al des-
garre de una extraña.
El que había hablado volvióse hacia el com-
pañero más próximo, confuso y pálido, sepultando
la tosca mano en su pelo desgreñado, como pi-
diéndole auxilio.
192 E. ACEVEDO DÍAZ
Este estrujó lentamente la gorra entre sus de-
dos, moviendo á su vez la cabeza con la vista en
el suelo, y murmurando entre dientes;
— ¡ Yo he visto á ella. . . junto á la rampa ; mas
no sé .... ¡ Por ahí anda algún cangrejo de mar !
Carlos Roveda dejó caer la cabeza sobre el
hombro, tras una rápida convulsión, y quedó con
los labios cárdenos y los ojos enormemente abier-
tos ; flaquearon ális piernas y extendió temblando
la diestra arrugada y callosa, que agitó con la
congoja del náufrago en el vacío.
¡ Se le iba todo su consuelo !
Pareció luego serenarse, y pasóse abiertos por
el rostro los nudosos dedos, cual si quisiera es-
pantar una quimera, y prorrumpió por fin, seña-
lando un extremo de la pieza:
— Allí rezaba cuando yo me iba . . . , ¡ Mira Ge-
rardo si la vela ha ardido ! . . . .
Sobre una mesita de pino veíase un cuadro re-
presentando una Virgen entre nubes, y debajo
una roca con una ancla encima, combatida por
las olas. Tenía delante una bujía de sebo, que
no había sido encendida.
Gerardo miró el grabado, ornado al través con
una ramita de palma ; en seguida la bujía, pálido
y ceñudo.
— ¡ Ya no hay rezos ! — dijo con amargura.
Los ojos del viejo pescador rebosaron de lá-
grimas; quiso arrojar una imprecación, pero un
nudo se atravesó en su garganta: apenas salió
un quejido.
BRENDA 193
XV
PERSONAJES ETERNOS
Empezaban recién á extenderse las ligeras som-
bras de una tarde apacible, cuando el ingeniero
Raúl Henares atravesaba á pasos lentos por de-
lante del seto de la quinta de Nerva. Discurría á
solas sobre graves compromisos de su profesión.
Su palabra ya empeñada de tiempo atrás, con una
empresa de ferrocarriles establecida en Río Gran-
de, á la que había prestado servicios de importan-
cia, le obligaría muy en breve á abandonar Mon-
tevideo por un mes ; contábase con su concurso
para robustecer el de otros ingenieros, como él
llamados á practicar los estudios de una vía férrea
en proyecto. Este viaje debía coincidir con el de su
amigo Zelmar á Buenos Aires, ante cuya facultad
de medicina pensaba rendir el joven sus pruebas
y coronar su carrera. Preocupaba á Raúl el plan
de la labor que iba á emprender y lo arduo de
los trabajos encomendados por la empresa cons-
tructora ; con este motivo, se dibujaban ante sus
ojos como en un mapa ideal, áridos terrenos, pe-
194 E. ACEVEDO DÍAZ
dregosas serranías, ríos de alvéolos profundos, va-
lles estrechados por cinturones de cerros, senderos
escabrosos, mesetas elevadas, y por ilación ló-
gica de imágenes é ideas, difíciles desmontes^
lentas nivelaciones, pesada fábrica de puentes
colgantes con sus cadenas de atar colosos y enor-
mes pilastras. . . . Con todo, la tarea que se le
reservaba á él personalmente, sólo debía detenerlo
un mes. ¿ Cómo conciliar sino el compromiso con
el interés apasionado que. le inducía á disminuir
el plazo de la ausencia en lo posible ?
La verdad es que la preocupación cesó muy
pronto de molestarle, cuando ocurriósele gozar un
momento de los encantos del paisaje que se des-
plegaba á su vista poético y tentador, cual si le
ofreciera alguna sorpresa grata en el secreto asilo
de sus arborescencias. Los sentimientos dulces
reemplazaron entonces á las ideas y cálculos
científicos. Con la cabeza descubierta para refres-
car la frente húmeda, apoyóse en el seto diviso-
rio, compuesto en esa parte de apiñados arbustos
engrosados por diversas enredaderas silvestres que
se elevaban en espirales por los delgados troncos,
y se bifurcaban horizontalmente hasta enlazar las
mismas hojas de los agaves, que en seguida er-
guían sus agudas púas en todas direcciones, á ma-
nera de bayonetas dispuestas contra ataques de
caballería.
En esa posición, notó á Brenda en el sen-
dero de arena, sin que se le hubiese ocurrido
BRENDA . 195
ininutos antes la posibilidad de que se realizara
su presentimiento. La emoción fué viva : no podía
compensarse mejor su afectuoso interés. El piano
no había resonado, pero ella se presentaba á su
vista, y era la más hermosa melodía que pudiese
halagarle alma y sentidos.
Vestía la joven de color celeste, con sencilla
elegancia. Traía en el pecho algunas flores que
aspiraba de vez en cuando, muda y pensativa,
como si en realidad dijeran y recordaran todo,
al prodigar su perfume en venganza de su muerte
temprana: encantos de la niñez, primeras ilusio-
nes, dolores precoces, deliquios del candor, nos-
talgias de la orfandad, preludios de la dicha, dul-
ces sensaciones de alma enamorada. . . . Las flo-
res son como caracteres gráficos con que la na-
turaleza escribe sobre su tapiz verde esperanza,
la palabra «juventud». Por eso es que todas en
conjunto ó cada una de ellas por separado ha-
blan al sentimiento de la mujer en un lenguaje
elocuente y embriagador. No la cautiva menos
una violeta humilde que una magnolia soberbia.
Todas son productos de una savia que no se
agota, y de un consorcio perennal. jEl ensueño
de una virgen sería ser como una flor! Nunca
les halla más riqueza de colores ni belleza más
perfecta, que cuando siente más conmovido su
ser por el fuego de la pasión: con sus confiden-
cias íntimas, depositarlas de suspiros y lágrimas
en el seno ó en la almohada, en las altas horas,
196 E. ACEVEDO DÍAZ
sin causar nunca rubor á las santas castidades.
Brenda íbase aproximando al sitio en que se
encontraba Raúl, con la mirada vaga al parecer,
pero dirigida á aquél donde él vivía.
Inadvertida ó deliberadamente, habíase colocado
esta vez en paraje en que podía ser visto, si la
joven asomaba el rostro por algún claro de los
arbustos próximos. Al menos no pensó en mo-
verse: parecióle su conducta natural y honesta,
poniendo á su conciencia por juez. Estaba aUí por-
que le arrastraba un prestigio poderoso, á cuya
atracción creía no deber oponer resistencias, que^
por otra parte, él se hacía la grata ilusión de no
suscitar. Si no procedía por otros medios para lle-
gar al fin, era sin duda alguna por razones que
él mismo no precisaba matemáticamente, pero que
le inducían á suspicacia, respecto al criterio de
las personas que rodeaban á la joven. De todos
modos, dos almas que se comprenden no necesi-
tan sino de sus fuerzas propias para encontrarse:
en su concepto, eran como dos arroyos de opues-
tas nacientes que bajan en hilos delgados de las
faldas graníticas hasta el llano estéril que salvan
veloces; cruzan praderas en incansables curvas^
engrosan en el camino, saltan por encima de las
piedras ó las evitan cambiando su corriente, rele-
gan la broza á los ribazos, y van, por último,
límpidos y susurrantes á unir sus caudales en es-
trecha alianza y á confundirse en el río, para ro-
dar siempre y mezclarse en el ancho mar de las
pasiones, de las calmas y de las tormentas.
BRENDA 197
El hecho es que Raúl no pudo seguir haciendo
filosofía sobre esta materia, y que de pronto se
sintió sobrecogido. El caso era imprevisto.
Una mano blanca había aparecido apartando
con cuidado las ramitas, casi á su lado, y en se-
guida una cabeza seductora .... El comprimió el
aliento. Ella miró hacia la ventana sombreada por
el ombú, haciendo sobresalir en el seto su gallardo
busto.
No me ha visto, — se dijo formalmente Raúl,
cruzándose de brazos para reprimir un poco los
golpes dentro del pecho.
De repente los ojos de Brenda vagaron en
torno ; y al percibirlo tan cerca de ella, pálido y
silencioso, en actitud de ruego, ahogó una excla-
mación de sorpresa, mezclada de ingenua expre-
sión de afecto, ¿Seria aquél un acto inocente?
— jAh! ¿estaba usted ahí? — dijo, como si se
conocieran hacía mucho tiempo, deteniendo en el
rostro del joven sus grandes ojos, donde se pin-
taban el rubor y la simpatía.
— Y por ello pido á Vd. perdón, si he osado
perturbar sus paseos solitarios ....
— De ningún modo. La buena vecindad nunca
molesta.
— ¡ Cuánto agradezco á Vd. esas palabras ! . . . .
Desde aquella casa he escuchado siempre con pla-
cer las armonías del piano; me seducían de una
manera singular, — don privilegiado de quien las
arranca. Pero eso no era suficiente. Quería gozar
198 E. ACEVEDO DÍAZ
del encanto más de cerca, y adquirir el hábito de
aproximarme á cierta hora, en que por lo gene-
ral se hacían oír.
— Se ve que gusta Vd. mucho de la música. . . .
Me cree Vd. una profesora, y no es así. Hay teclas
que se ríen á veces de mis dedos, en vez de que-
jarse. Prueba de mi insuficiencia .... Parece que
la música tiene tantos amigos como hay de co-
razones sensibles. ¿No cree Vd.?
— Así es. De mí sé decir que me deleita. ¿No
piensa Vd. que es un consuelo para alegres y tris-
tes, por más que los primeros aparenten estarlo
siempre?
Brenda inclinó la cabeza cpn inquietud, guar-
dando silencio. Parecióle sin duda que había aven-
turado mucho. Luego dio algunos pasos indecisa,
y miró hacia la verja.
Raúl avanzó unos pasos, á su vez, suplicando . . .
Ella se detuvo temblorosa.
— Hermosa música la de su voz, Brenda, — dijo
el joven. — He soñado que hace años la oí ... .
¡ No sé si sólo será sueño !
Brenda volvió á acercarse con lentitud, callada,
fijas en el joven sus pupilas de un azul sombrío,
y en el semblante retratada una emoción indeci-
ble. La había conmovido aquella invocación al re-
cuerdo.
— Y la oí al pasar, siendo yo muy joven ; en
hora de desgracia .... Han pasado los años, pero
no se ha oscurecido la memoria; brilla el re-
BRENDA 199
I
■cuerdo, cual luce allí la estrella del crepúsculo . . .
Brenda sofocó un suspiro, y repuso con acento
^ulce, ledo y trémulo, alzando los ojos á la es-
trella :
— Sí ... . Pero hoy la noche está serena. No hay
nieblas como entonces: ¿verdad?
— Cierto. Aquella era muy oscura y fatídica,
sin piedad ni paz. Por otra parte, ¡noche bendita!
pues en ella se reveló el secreto de un destino
futuro ....
— ¡ Calle Vd. ! —prorrumpió ella volviendo á un
lado su semblante de lirio; — el recordar le enar-
dece. . . . Yo lloraba: ¿y cómo no hacerlo, si me
dolía toda el alma? Vd. estaba caílado. ¿Por qué
callaba Vd.? Fué bueno conmigo, y esto nunca lo
pude olvidar.
— ¿Podía yo acaso ser de otro modo? Vi á una
niña sollozante, y acerquéme.
Tenía Vd. el velo de crespón que llevaba en la
cabeza, todo lleno con la niebla. Pensé después
cómo tendría el corazón apenado; y cuando puse
la mano en el mío, me persuadí de que compartía
con el suyo el mismo pesar.
— Mi madre murió esa noche.
— La mía también.
El seno de Brenda palpitó con violencia, y más
aún, cuando dijo con aire grave:
— Creí entonces adivinar la causa de su amar-
gura: tenía Vd. la cara amarilla, así como los ci-
rios, lo que proviene, según dicen, de estar junto
14
200 E. ÁCEYEDO DÍ A?
á los que mueren .... Esa noche fué muy cruel
para mí. Comprendí recién entonces que estaba
sola; y después que mi protectora me arrancó de-
allí, muchos meses transcurrieron sin que pudiese-
darme cuenta de lo pasado .... Pero ¿ qué interés
tienen estas cosas?
— ¡Oh, mucho! ¿Puede Vd. dudarlo? Yo con-
servé siempre en mi memoria hasta el menor de-
talle de aquel suceso, y á Vd., á quien vi sufrir.
¡Cuan grato es reproducirlos ahora á la distancia h
La joven se había callado un tanto confusa é
inquieta. Mas tras una breve pausa, balbuceó
como impelida por un sentimiento de gratitud:
— Cuando las noches tenían niebla, yo me acor-
daba ...
— Continúe Vd. — dijo Raúl, observando que las
mejillas de Brenda se teñían de rosa é inclinaba
la vista quizás arrepentida de sus confidencias.
— Sí, me acordaba de su noble conducta en
aquella ocasión, y me decía si ya no volvería á
verle para expresarle mi reconocimiento.
— ¿Por qué? Mi mejor satisfacción fué la de
volver á encontrar á Vd. en mi camino, tranquila,,
amada y dichosa. A poco recordé aquel trance, y
reprodujese nuevamente en mi mente la imagen
de la pequeña huérfana. El acaso nos puso en-
tonces al uno junto al otro, errantes por la misma
pena, como niños sonámbulos; hoy repite el misma
hecho en situaciones para los d<. s distintas, como
si se complaciera en acercar dos antiguos y bue-
BRENDA 201
nos amigos después de algunos años de ausencia.
Eso es todo : una conversación triste interrumpida
casi en la niñez, y reanudada en la edad adulta
bajo una faz más alegre y atrayente: una amistad
vieja en nuestros corazones jóvenes que en ellos
renace de pronto y los acerca ....
Calló Raúl ; y los dos se miraron con asom-
bro, sorprendidos de aquella aproximación y de
la naturalidad de sus actitudes y palabras, pen-
sando quizás que era cierto que habían encon-
trado de consuno el último eslabón de un vínculo
amistoso, perdido como el cable que se rompe en
lo hondo de los tiempos. ¿A qué atribuir sino
esa confianza casi familiar, por no decir íntima,
que revelaban las menores frases y la conducta
de cada uno? Cierto que un sentimiento nuevo,
recíproco, más egoísta é intenso, parecía ya en-
volver sus almas en ese común cendal que á to-
das aisla del mundo externo, reduciéndolo á un
solo objeto, al reducirse toda la energía del sen-
tir en limitado espacio, bajo la influencia cada día
creciente de la pasión. Notábase en sus ojos, en
sus frentes, en sus labios, los signos, manifestacio-
nes y reflejos de un amor que nacía con fuerza,
empezando por dominar los sentidos y por agitar
los ensueños de la mente, dándoles un tipo, una
imagen real, digna de elevarlos á certidumbres
venturosas. Las esperanzas é ilusiones de una
nueva vida subjetiva temblaban, si se nos permite
decirlo así, en las pupilas y en los labios de los
jóvenes, cual si temieran surgir á la luz.
202 E. ACEVEDO DÍAZ
El hecho es que los dos siguieron diciéndose
cosas raras y mirándose con afán y deleite, como
si hubiesen olvidado la hora y el sitio. En uno
de esos instantes, de una manera casi inconsciente,
Raúl posó su mano en la de la joven.
Brenda sonrió, al retirar lentamente su mano,
las juntó á la altura de su garganta con un mo-
vimiento pausado, púsose seria, y murmuró al fin
con cierta agitación, viendo pasar á Zambique
gruñendo á corta distancia:
— En aquella noche no tuve miedo alguno ; pero
hoy siento. . . .
— ¿Por qué esa inquietud, Brenda?
— No sé. . . . ¿Vd. no se marcha?
— Si es una orden, sí.
La joven dio unos pasos, restregóse las manos
con ansiedad, volviólas á unir y las dejó caer ha-
cia adelante, observando á Raúl en silencio.
— Verdad, — dijo éste, — la noche cae. . . .
Saludó ella con un movimiento seductor, casi
infantil, y se alejó presurosa .... Henares vio per-
derse su vestido color de cielo entre los árboles,
y ocurriósele pensar en las hadas que nacen y se
desvanecen al pálido rayo de la luna.
BRENDA 203
XVI
LA GLORIETA
El ensanchamiento de fronteras siguióse bien
luego al primer avance. Dos días después, á la
misma hora, Raúl e'n vez de detenerse en el seto,
lo salvó tranquilamente, y encaminóse medita-
bundo al centro del jardín en esa parte, con paso
firme y sereno.
Había visto á Zambique regando unos criade-
ros, al propio tiempo que modulaba á media voz
uno de los aires especiales de su marimba. Esta
circunstancia desvaneciendo sus escrúpulos, le im-
pulsó tal vez á penetrar en el recinto con ánimo
confiado. Zambique dominaba aquella zona, rele-
gada exclusivamente á su cuidado y vigilancia.
Así que le percibió cruzóse el viejo negro de
brazos, siguiendo la regla de sus mocedades
cuando era esclavo, en presencia de sus señores.
No eran de menos valía los títulos del joven á la
gratitud y al respeto del liberto. Ya próximo á
él, Raúl hízole una seña, como indicándole que
iba á entrarse en la glorieta.
204 E. ACEVEDO DÍAZ
Zambique halló aquello muy natural, y sonrióse,
así que penetró en ella, prosiguiendo con sus ta-
reas la interrumpida cantiga. Había presentido
desde algún tiempo atrás algo raro en la atmós-
fera y observado también que de esa rareza se
resenWa la reina, como él llamaba á la joven.
Para convencerse del fenómeno bastáronle algu-
nas indicaciones inusitad'as de Brenda que intro-
dujeron ciertas variantes en su vida sedentaria,
sin otras preocupaciones hasta entonces que el
amor á sus bienhechores y el lleno de sus deseos
y caprichos en lo relativo al cuidado de las plan-
tas y selección de las flores/
La glorieta era un asilo poético. Varios cris-
tales de colores defendidos por una red delgada
de alambre, formaba la techumbre; las rejillas de
madera en todo el circuito aparecían escondidas
totalmente bajo las hojas y las flores. Los últimos
resplandores del día teñían el interior con bellos
reflejos, cada vez más tenues y macilentos, á me-
dida que iban surgiendo las sombras. Veíase un
banco de piedra pulida en uno de los ámbitos,
de cuyos brazos se habían apoderado también al-
gunos gajos de madreselva, como protesta en fa-
vor de su derecho al dominio. Respirábase allí
un aire denso, impregnado de fuertes aromas.
Se encontraba Raúl en una de las puertas, la
que miraba al centro del jardín, cuando observó
á Brenda, junto á un grupo de manzanos, donde
se había detenido indecisa.
BRENDA 205
Recién entonces ocurriósele pensar que su osa-
-día podía disgustarla, y hasta hubo de resolverse
á abandonar la glorieta; sin embargo de que al
venir allí había cedido á la idea de que en lu-
chas de amor el terreno ya adquirido se conserva,
extendiendo la conquista, y llevando lo más le-
jos posible las fronteras de convención, hasta ha-
cer prevalecer las naturales, si algunas reconoce
la pasión en sus irrupciones impacientes é irre-
sistibles.
Pero, no tuvo oportunidad de realizar su deter-
minación ni de ponerse en pugna con impulsos
•de esa índole; pues la joven con movimientos de
infantil confianza fuese acercando, ya detenién-
dose á aspirar ciertas flores del tránsito, ya gi-
rando al rededor de los medallones, como una
falena juguetona que se complace al principio en
trazar grandes círculos en torno de una luz bri-
llante. En verdad que se aproximaba á la llama,
cuyo calor sentía de lejos; y que difería mucho
de esas azul -verdosas, que no queman, y que se
elevan en el aire con la tenuidad de un gas, en
forma de lágrimas impalpables y luminosas.
Zambique, á pretexto de regar matas de pen-
samientos de múltiples matices que allá en un
extremo solitario había, con más esmero que el
que muchos emplean para mantener la frescura y
lozanía de los del propio espíritu, — parecía haber
dirigpido breves palabras á la joven con momos
expresivos y cierto júbilo mal disimulado. Des-
206 E. AGEVEDO DÍAZ
pues, había cruzado por delante de la verja sin
que nada le dijese la reina, rezongando su mú-
sica extraña, y volviendo á la faena con nuevo
ahinco, si bien con el oído puesto á los rumores-
Brenda caminaba, moviendo de atrás para ade-
lante un abanico que traía pendiente de la mu-
ñeca, y mirando á todas dircciones con tranquila
continencia.
Ya muy cerca de la glorieta recogió un poco-
el ruedo de su vestido, enseñando el pie breve y
correcto; puso el extremo del abanico en la me-
jilla, y siguió mirando en silencio hacia un lado,
ondulante el pecho, — que en parte descubría
cerca de la garganta el nacimiento de sus mór-
bidos y anacarados tesoros.
Fué después de un intervalo regular que vol-
vió la vista plácida y serena al joven, que á su
vez la contemplaba embelesado.
— Vd. no teme que lo riñan, — dijo, saludándolo^
con adorable gesto de reproche, y apartando nue-
vamente sus ojos.
Sólo Vd. cruza el campo á estas horas, y se en-
tra al jardín ajeno, como si le negasen á Vd. flo-
— Imploro su gracia ....
Sólo yo puedo regar la flor -reina que en este
jardín busco.
Brenda sonrió, dio un paso más, y abrió el aba-
nico para agitarlo suavemente.
Raúl fué retrocediendo con lentitud, fijos los
BRENDA 207
ojos en ella, cual si pretendiera atraerla con la
mirada.
Brenda dio otro paso, á pesar suyo tal vez,
echando el cuerpo hacia atrás, y reprimiendo un
suspiro.
— i Qué atmósfera embriagadora ! — exclamó Raúl
con esfuerzo, y una inflexión dulce é insinuante.
Se respira como en un ambiente de sándalo, y el
corazón es ahora un reloj que marca horas sin-
gulares, de esas cuyas impresiones se deben gus-
tar, porque pueden nunca más volver. . . .
Hermosa, esta pequeña escultura de mármol
que sobresale en el pie de madera colocado so-
bre el banco. Simboliza al parecer un gladiador.
Se ve que ama Vd. el arte ....
¿No entra \d., Brenda?. . . .Querría que exami-
náramos juntos esa miniatura.
Acerados músculos, ademán fiero, ceño que re-
vela fortaleza de ánimo y resolución de disputar
la vida, como si en ese pecho estallara la espe-
ranza, asomando á los labios con un nombre de
mujer! Me seduce; pero no conozco al artista. . . .
¿Servirá á Vd. para meditar alguna vez, este
asilo, mi bella amiga? ¡Dichoso pabellón que ha-
brá oído confidencias más gratas que sus perfu-
mes! Aromas, silencio, blancos ensueños del can-
dor: yo bien sé que han hecho aquí alianza se-
creta ... que el amor sin castidades es un simple
lujo de los sentidos.
¿Por qué no se aproxima Vd. más, Brenda? ¡Es
tan delicioso este retiro!
208 E. ACEVEDO DÍAZ
La joven siguió avanzando, pálida y silen-
ciosa. ... Se detuvo de nuevo, rozando ya sus pies
la entrada, para mirar hacia atrás, conmovida.
Volvióla bien pronto con rapidez al rostro de
Raúl, y apoyó el semblante en el marco, con
tal expresión de suave ruego, que aquél quedó
inmóvil y callado en el centro de la glorieta.
Los postreros reflejos del poniente se difundían
á medias en aquel sitio y hacían resaltar el per-
fil de Brenda, rielando en su mejilla de azucena :
húmeda estaba la pupila, ondulante el seno, en-
treabiertos los labios, y lleno de ansiedad el es-
píritu.
Raúl retrocedió paso á paso hasta la puerta
del fondo ; inclinóse, é iba á salir, cuando ella dijo
dulcemente:
— ¡No!....
— ¿Y bien?
Brenda se entró en la glorieta.
Tendió él su brazo con impulso irresistible ;
y aunque las blancas manecitas de la virgen se
juntaron trémulas, delante de él, no pudo ella
evitar que su cabeza reposara en el pecho del
joven y que su frente sintiera el calor de su boca.
— Este hálito no ha de marchitar las azuce-
nas ....
Es para ungir la ilusión.
— Bien que lo he sentido. ¡Ay, temo que la
queme . . . . !
Hay un ruido . . . . (j Oye Vd. ?
BRENDA 209
Los jóvenes guardaron silencio, de pie, y co-
gidos de las manos.
Poco después, Zanibique pasó por delante de
la puerta, sin mirar, gruñendo su canción afri-
cana, y derramando el contenido de la regadera
sobre las plantas del sendero, guarnecido de be-
juco. El exceso de los años había hecho algo
inseguro su andar; pero iba tranquilo y alegre
como nunca, con el sombrero alto de felpa en-
cima de la oreja izquierda, y desabotonada una
levita sin faldones, que era la del trabajo diario.
Fué su pasaje como el aleteo de un murciélago,
cuyo zumbido se desvaneció pronto.
Los jóvenes se miraron con aire de contento.
Brenda se desprendió sin esfuerzo, y arrancó
una flor de madreselva. La aspiró un momento,
y diósela luego á Raúl, diciendo :
— Para señalar una página en algún libro ....
Cuando esté viejita y sin olor, la dicha de este
instante será también un pálido recuerdo,
— i Oh, no ! todas se marchitan, menos la pa-
sión.
¡ Qué suave contacto el de ese cabello rubio
en mi mejilla, y qué destello el de los ojos azu-
les, que manan esencia de bondad ! ¡ Así ! . . . .
Es muy grato sentir cómo late el pecho, y cómo
su calor sube. Hay fiebre en nuestras frentes y
temblor en las manos; en sus labios se ha que-
dado una sonrisa tan dulce y cariñosa, que es en
vano plegarlos, pues volvería á dibujarse ....
210 E. ACEVEDO DÍAZ
Brenda le miraba de hito en hito, sonriendo, en
efecto, de un modo inefable, caída la cabeza so-
bre el hombro del joven, en esa actitud de aban-
dono y embeleso que acusa una absorción de la
voluntad por el sentimiento.
De pronto Raúl acercó sus labios encendidos
á los de ella, y al sellarlos con un beso ardiente,
murmuró, como un ruego, lleno de misterio :
— j Perdón, Brenda !
Al sentirla impresión, la joven pareció salir
de un éxtasis ; rechazóle con suavidad, y dio al-
gunos pasos fuera de la glorieta, como una so-
námbula.
Oyó él luego que decía:
— j Perdón ! ¿ Y por qué ? . , . . *
Ya es hora, adiós.... ¡ Del sueño con que
empieza el amor, no se debería nunca despertar!
XVII
EN LA CHOZA
Preocupado estaba Raúl delante de planos di-
versos extendidos en su mesa de estudio, pocos
días después de lo que queda relatado, y á la
hora habitual de sus tareas.
BRENDA 211
Exigencias de su profesión le retuvieren toda
la mañana en la ciudad, destinando unos buenos
momentos á su amigo Bafil, con quien compar-
tiera el almuerzo y mantuviese animadas conver-
saciones sobre asuntos de interés. Había recibido
Raúl una carta de Río Grande, en que la em-
presa constructora le pedía tratase de ponerse en
viaje en esos días, asignándole quince de espera
á lo sumo, en virtud de haberse resuelto la ini-
ciación de los trabajos de movimiento de tierras
y nivelaciones para fines de mes, y ser indispen-
sable su presencia como director de los que de-
bían practicarse en una zona determinada.
Se estaba á principios de Diciembre, y desde
luego podíanse aprovechar bien los días de plazo
acordado. Los amigos convinieron en realizar si-
multáneamente su respectivo viaje, para volverse
á encontrar en Montevideo en la primera quin-
cena de febrero, si, como creía Zelmar, no se
oponía obstáculo alguno á su solicitud presen-
tada á la Facultad, que contaba con el valioso
apoyo de muy influyentes personas, en el sentido
de abreviar el término en que debería someterse
á prueba. Laboriosa y difícil era ésta, por cuanto
tenía que rendir exámenes parciales en varios
días consecutivos, y luego el general y de tesis,
con arreglo á las severas formalidades que rigen
el profesorado y consagran el título de hombre
de ciencia.
Por su parte, Raúl presumía verse libre en ese
212 E. ACEVEDO DÍAZ
lapso de tiempo, prometiéndose multiplicar su ac-
tividad para conseguirlo. Sabemos bien que á
este respecto el propósito no podía ser más firme
y sincero; á juicio del joven, todo estribaba en
la observancia de una especie de procedimiento
logarítmico. La simplificación posible en las ope-
raciones más arduas y complicadas, con éxito
completo, era, á no dudarlo, uno de los progresos
matemáticos. . . . especialmente en este caso, en
que la regla debía tener dura aplicación. Cierto
es que en estos cálculos, el ingeniero no se preo-
cupaba mucho de Neper, ni de los tabúlanos de
Briggs ó Vlacq: sencillamente ponía su criterio
científico al servicio exclusivo del corazón, ver-
dadero logaritmo hiperbólico, tratándose de esos
« medios proporcionales » que se llaman pasiones
ó impulsos irresistibles, según el mayor ó menor
vigor del músculo noble.
De muchas cosas habían hablado los jóvenes,
sin reserva, á no ser para las del sentimiento.
Sin ofenderse el de la amistad, los demás pueden
á veces replegarse delicadamente á semejanza de
ciertos pétalos de flor, en extremo susceptibles,
hasta tanto la mano cariñosa no adquiera la
misma suavidad de la hoja. Con este motivo, Zel-
mar había dicho, entre una y otra ocurrencia
frivola :
— Me ocultas algo, porque noto que no eres
el mismo. . . .
— Y tú también.
BRENDA 213
Los dos amigos se habían reído en silencio,
como una promesa tácita de descubrirse en opor-
tunidad, sin insistir más al respecto. Como Raúl
recordase á Areba Linares, en- uno de los giros
de la conversación, con el interés natural que
inspira una persona de mérito, Zelmar había re-
plicado tranquilamente :
— Pronto la conocerás. ¡Oh, eterno feníenino I
El lunes se baila en lo de Stwart, te refresco la
memoria. Aparte de la mecánica insulsa de la
danza, ¡ qué gratos instantes de expansión ! Me
los reservo, y te aseguro que has de pasar por
entre los tules de fantasía de mi jolgorio .... Mira,
Raúl : que no se te ocurra abordar formalmente
á Areba: te lo digo con la misma licencia con
que me permito sazonar el pastel por medio de
esta copa de jerez viejo. . . . Sería igual que tú
echases tus rieles sobr^ un puente sospechoso ....
La habilidad estaría en que tendieras un hilo
eléctrico que pasara por encima, rasando, de ma-
nera que ella sola sintiera el vibrante rumor del
acero zaherido por el viento, sin recoger ni una
frase que le diera luz. . . . Ya me entiendes: ¡es
un fondo que asusta ! Muchas ingeniosas intrigas
brotan de ella, mansas, casi imperceptibles, hilos
de agua que nacen quién sabe en qué ojos esr
condidos de la tierra ; pero Julieta Camandria es
el órgano caracterizado, como si dijéramos el hilo
fino y plateado convertido en raudo que salta
bullicioso y golpea á la piedra del escándalo,
214 E. ACEVEDO DÍAZ
hasta repercutir en la trompa más rebelde ....
] Deliciosa é incomparable Julieta ! En lo que no
puede revelarse, está su fuerte ; el día en que no
hubiera secretos, se moría de nostalgia. . . . ¡Cui-
dado Raúl, que ella ó la otra se haga la ilusión
de descubrirte alguno, ó de inventarlo al menos,
para rodear tu personalidad de una atmósfera
ficticia !
Algo turbaron el pensamiento de Raúl estas
y otras frases, proferidas con la más marcada
sencillez y amistosa afabilidad, y por largas horas
conservó en el fondo cierta inquietud mortifi-
cante que no le era fácil desvanecer. Tentado es-
tuvo de comunicarse con entera franqueza, á con-
dición de que su amigo le aclarase los oscuros
conceptos, que hallaban su espíritu tan bien pre-
parado para engendrar dudas y sospechas; pero
la discreción, que era una de las cualidades no-
tables de su carácter, le aconsejaba guardar to-
davía algún tiempo el secreto que Bafil no tar-
daría, por otra parte, en adivinar ó descubrir, si
€s que ya contra sus designios, no había levan-
tado una punta del velo.
Agitábase el joven ingeniero en estas ideas,
doblando y extendiendo planos en su mesa, con
una excitación nerviosa que no le permitía ais-
larse y quedarse á solas con las rectas y curvas,
líneas y cálculos, demasiado fríos y rígidos para
conformarse con el demonio interior ó familiar
entretenido en los instantes de que hablamos, en
BRENDA 215
bosquejarle paisajes con pincel de luz, encanta-
dores y atrayentes, poblados de imágenes extra-
terrestres de alas blancas que se movían espar-
ciendo perfumes desconocidos al mundo, como
las del ángel de Milton, en redor de otra imagen
de cabellera luminosa, cuyos ojos parecían hechos
con el azul profundo que resalta en ciertas noches
sin luna serenas y estrelladas del estío.
Y cuando por una volición enérgica lograba
que su vista percibiese clara y distintamente al-
gunos puntos señalados en un mapa de la pro-
vincia brasilera, sin perderse en la enmarañada
trama de los ríos, villas, ciudades, serranías, la-
gunas y accidentes, tan confusa y entretejida
como una selva virgen toda enroscada por lia-
nas gigantescas, — entonces escribía algunas no-
tas y apuntes, y buscaba en el estante con mano
firme y cierta, textos de consulta y cuadernos
de diseño, reconcentrado con toda gravedad en
el helado tema matemático. Pero, á semejanza
del jugador de ajedrez que coge una pieza por
otra y la sienta, sin apartar la vista de aquella
cuyo ataque se presume en la táctica del gam-
bito, acontecióle una vez que sin mirar los rótu-
los para no distraerse de cierta asociación de
idea^, alargase la diestra con la firmeza que da
el hábito, extrayendo en lugar del que quería,
un elegante y lujoso volumen impregnado de olor
muy distinto al que exhalan los sesudos libros
de ciencias exactas, por lo común de encuader-
nación sólida y prosaica como su contenido.
15
216 E. ACEVEDO DÍAZ
Lo apoyó sin poner atención sobre la mesa, y
cual si obedeciera al roce de sus dedos, abrióse
el volumen por la página en que debía, hiriendo
entonces su vista una flor de madreselva en ella
adherida por la última humedad de su jugo y la
presión de las hojas; sin perfume y ya marchita,
pero intacta y venerable como un recuerdo inde-
leble. ¡ Indiscreto volumen !
Contenía las poesías de Petrarca, el gran pre-
cursor del lirismo moderno y el estro más melódico
del soneto, en cuyos versos el sentimiento del
amor y la pasión del patriotismo se elevan á un
tono que superan al gusto de su época. Se co-
nocía al primer golpe de vista que sus páginas
no habían sido vueltas con mucha frecuencia, y
esto habría resaltado abriendo las poesías de
Foseólo y de Leopardi que ocupaban el puesto
inmediato en el estante; pero fuere casual ó de
intento, la flor de madreselva distendida, había
dibujado su forma con tintes amarillos y purpú-
reos sobre una composición que terminaba con
estos versos:
Ovo sia chi per prora intenda aniore,
8pero trovar pietá, non che perdono.
No pudo menos Raúl de contemplar con pla-
cer el dulce recuerdo, y de fijar algunos instan-
tes su atención en los versos con marcado inte-
rés. . . . Los planos se convirtieron bien luego en
líneas confusas y perdidas, bajo la mirada vaga
BRENDA 217
y pensativa; una de esas miradas sin expresión
ni luz, en que los ojos parecen haber vuelto las
pupilas hacia el interior del cerebro, absortas
en algún cuadro de magia esbozado en la cúpula
y mantenido por un excefo de fluido nervioso,
con todo el vigor del colorido y la frescura de
las imágenes de un lienzo ideal.
Las manos inquietas empezaron por enrollar
un plano; luego otro; después el mapa; y por
último cerraron el libro, despacio, con cuidado,
cual si temiesen estrujar una ilusión.
Levantóse en seguida Raúl, y estuvo mirando
largo tiempo por la ventana.
Declinaba el día, nublado y ventoso. Ráfagas
tibias, cual si hubiesen pasado por un foco incan-
descente, sacudían con ruido monótono las ra-
mas del ombú y se entraban veloces al gabinete,
oreando la frente del joven y haciendo remolinos
en su cabello. Pero aquellas ráfagas, verdaderos
resuellos de fuelle, sólo se producían á intervalos,
presagiando una calma profunda.
Apartóse él de allí.
Algunos minutos después cruzaba á paso lento
la arboleda, y seguía á lo largo del seto, hacia
la choza. Sólo una vez puso los ojos en la quinta
de Nerva, sin detenerse, y lo fué para experi-
mentar una impresión agradable. Brenda le ha-
bía visto desde el sendero de los manzanos. Daba
el brazo á la anciana y caminaba con la cabeza
erguida y ese aire de severa dignidad que la mu-
218 E. ACEVEDO DÍAZ
jer emplea para ocultar alguna sombra impor-
tuna, ó mirar de más alto algún detalle insigni-
ficante para otros ojos que los suyos.
Pronto llegó Raúl á la choza, en donde, como
de costumbre, después de medio día había reso-
nado implacable la marimba. No estaba Zambi-
que en ella, presumiendo el joven que á esa hora
se encontrara inclinado sobre ciertas plantas pre-
dilectas limpiando sus hojas y dispensándoles
generoso riego. Sentóse en un banco rústico de
madera, cuyos pies estaban sólidamente encaja-
dos en el suelo, y esperó.
Este banco se descubría apenas entre un en-
jambre de guías de enredaderas silvestres que en-
volvían al elevarse algunos de sus anillos en el
glauso follaje de los agaves, y dejaban flotar
más de uno de sus extremos á merced del viento.
Delante se mecían en sus tallos combados por el
peso grandes dalias amarillas y punzóes, lujosas
y sin esencia, como las frágiles vanidades. A la
izquierda se abría una calle de eucaliptus que
guiaba al estanque, formando allí una plazoleta
circular, para extenderse más allá en línea recta
hasta la gran puerta del edificio que daba paso
á la quinta.
Calmábanse las ráfagas del este; el aire estaba
denso y caliente, el cielo cubierto de nubes plo-
mizas, y en medio de la siniestra serenidad rei-
nante las golondrinas rasaban el suelo; volvían
las abejas en tumulto á la colmena, y los pececi-
BREKBA 219
líos del estanque saltaban sobre la superficie,
como aturdidos, anunciando de consuno próximos
fenómenos atmosféricos.
Raúl se encontraba demasiado sometido á las
tiranías del sentimiento, las únicas que se sopor-
tan sin protesta y se arrostran sin humillación ni
pena, para preocuparse mucho de lo que ocurría
en las alturas, en esos instantes. Ansiaba ver á
Brenda.
Por dos veces se asomó á la calle de euca-
liptus para inquirir algo á la distancia, con el co-
razón palpitante, poseído de la impaciencia que
hace rebosar al deseo y aumenta la excitación de
ánimo. No se veía su falda en el sendero enare-
nado.
Así transcurrieron algunos minutos.
Decidíase á aproximarse al estanque, cuando de
súbito su mirada irradió de satisfacción, perma-
neciendo inmóvil en su sitio de espera.
Brenda acababa de aparecer seguida de Zam-
bique, saliendo de entre los árboles por un flanco,
más bella y seductora bajo aquel cielo gris y
tristemente envelado, como si en su cabeza ado-
rable llevase un nimbus luminoso que dorara to-
dos los objetos alrededor.
Escapó al joven una exclamación vehemente
y apasionada:
— ¡ Qué hermosa surges, mi bien I
Oyóle ella, y avanzóse esbelta y levantada, con
ese paso rimado y gallardo que descubre todo el
220 E. ACEVEDO DÍAZ
pie y hace ondular la cabellera en el cuello de
rosa y perla. Risueña, un tanto pálida y trémula,
le extendió su mano, diciendo:
— Está vendada, no la oprima Vd. mucho.
¡ Cuántos días que no veía á Vd., señor Hena-
res!
Cogió Raúl aquella mano, cubierta en efecto
en parte por una pequeña venda, y sin pronun-
ciar palabra la llevó á sus labios en un arrebato,
que no le hubiera sido fácil reprimir. Quiso ella
retirarla, pero él la retuvo, acercóla á su corazón
y puso encima sus dos manos, mirándola con
profundo deleite.
— ¿Qué hace Vd.?
— Probar con esos latidos que la he extrañado
yo mucho más.
— ¿Más?. ... Si fuera cierto. . . .
-¿Qué?
— ¡ Cuánta dicha ! Como ahora está, estuvo es-
tos días el cielo para mí.
Raúl acercó su rostro al de Brenda.
— Triste como vese el cielo, alumbra ahora un
sol toda mi alma y la enardece.
Zambique sin mirar para nada aquella escena,
inclinóse con la mayor calma, recogió un pico
delgado de carpir, y pasó muy cerca de los jó-
venes, lenta y sosegadamente. Para él, parecía
no haber nadie allí.
Al entrarse por la calle de eucaliptus, cuando
estuvo seguro de no ser visto, paróse temblando.
BRENDA 221
dilatáronse sus gruesos labios con una mueca
rara, cerráronse sus ojos, y brotó de su boca una
especie de quejido ahogado. Restregóselos luego
con el brazo, empuñó el pico y siguió su camino,
cantando su aire africano con una expresión ex-
traña é indecible de melancolía y de contento.
En tanto, decía Raúl:
— ¿Cómo tuvo Vd. esta pena?
— No fué mucha, pero al principio me hizo
sufrir. Vea Vd. Cuido un jazmín con esmero : to-
dos los días lo visito, y al siguiente de nuestra
última conversación, me acerqué á la planta te-
merosa de las hormigas. No había ninguna ; mas
como viese una abeja de esta colmena que ahí
tiene Zambique, haciendo destrozo dentro de un
pimpollo, blanco que era una nieve, quise ahu-
yentarla, pues estaba yo en verdad enojada ....
y se estuvo quieta, jcomo si tal cosa! Entonces
sacudí las hojas, y la abeja se posó aquí y me
hizo sangre , . . . ¿ No ve Vd. ?
— Sí, que veo .... El cruel insecto creyó sin
duda, Brenda, que esa mano era una azucena ; y
más ha sufrido ella que la flor al perder ésta tan
sólo el polen de sus estambres.
— Así dijo el jardinero, quien pretendía para
consolarme que era la reina del abejar la autora
del delito.
— Celos entre reinas .... ¿ Y quién curó esa he-
rida?
— El doctor de Selis, que vino más tarde. Ase-
222 E. ACEVEDO DÍAZ
guró que esto no era de importancia y que-
pronto estaría bien .... Se ha ido el poco de fie-
bre.
¡Se pone Vd. triste!
— No. . . .
. — Si la flor no era para él, — agregó la jovert
con acento candoroso. — Mire Vd. La traigo aquí^
Y llevó la izquierda al seno, envolviendo al
joven en una de sus miradas límpidas y serenas,
que dejaba sin embargo traslucir un dulce enfado
y un cariñoso reproche. El quedó contemplán-
dola mudo y atraído, como si en ella pusiera sus
ojos por vez primera.
Tenía Brenda recogido el cabello en redor de
su cabeza, -hasta formar detrás nutridas madejas
que rozaban el cuello en ondas, y despedían un
perfume delicado, dejando al descubierto peque-
ñas orejas naturalmente encendidas por un suave
carmín, sin adorno alguno. Vestía un traje de
encaje crema con falda de volantes guarnecidos
de cintas de otomano azul pálido; y de este
mismo color era el lazo abolsado del cinturón^
Plegábase á la cintura el elegante corpino, ha-
ciendo sobresalir las modeladas formas de su
busto esbelto. Las mangas ceñidas, y algo cor-
tas, dejaban ver bajo sus adornos de blonda crema
parte del brazo torneado, blanco y terso, sin la
menor sombra que empañara la límpida transpa-
rencia de su piel. Se exhalaba de esta hermosa
criatura como un aroma sutil y embriagante de
verjel, que iba á la cabeza y tentaba el vértigo.
BRENDA 223
Antes que Raúl saliese de su abstracción, alargó
ella el brazo y le ofreció el jazmín, después de
aspirarlo en silencio. Cogiólo él con emoción, y
Brenda, apartando lentamente la vista:
— Mejor es que nos veamos aquí, — dijo. — En la
glorieta se respira un aire demasiado aromático,
y eso hace daño .... Aquella noche no dormí
bien .... Sin duda por eso. Me dolían mucho las
sienes, y los ojos se negaron á cerrarse. Mas ya
pasó.
¿Y Vd., amigo mío?
— Sería casual, pero acompañé á Vd. en el in-
somnio ....
— ¿Ve Vd.? — repuso Brenda con un ceño ado-
rable y una sonrisa incitante. — A mí me han
quitado el jarrón de flores primorosas que tenía
al lado de mi cama, y no ha habido medio de
recuperar tan grata compañía . , .
Raúl no la dejó concluir. Arrastróla suave-
mente hasta el banco de madera, y al sentarse á
su lado bien juntos, enlazado su brazo á la flexi-
ble cintura, balbuceó trémulo y febril:
— ¡Te engañas, Brenda! tus párpados no se
cerraron porque hubiese excitado el cerebro el
ambiente de la glorieta. . . ¡Oh, tampoco á mí! . . .
¿Por qué no has dicho que el hada de tus en-
sueños cesó esa noche de hablarte de los deva-
neos pueriles y te inició en el primer misterio de
una pasión profunda, ardiente, inmensa, que ya
desborda en mi alma y me arrastra ciego á ado-
224 E. ACEVEDO DÍAZ
rarte ? . . . . Mira en mi rostro, lee en mis ojos,
palpa en el pecho jadeante, y sabrás por qué el
más hondo y oculto anhelo brota de las pupilas ;
por qué late veloz la arteria y arde en las venas
la sangre; por qué mi brazo hace estremecer tu
tronco de hada, y mi labio encendido busca sellar
con fuego en tu boca la eterna promesa de amor.
¡Amor, dije! ¿Llevóse acaso el aura la esencia
pura que dejé en aquella glorieta solitaria, cuando
abrióse el corazón como una urna — ¡única vez
que se abre y toda escapa en el sentir primero!
— para prodigarla en los altares de este culto
cuya imagen eres tú?
— La llevé yo, — dijo ella con los ojos húme-
dos, tierna y enamorada, poniendo sus manos en
el pecho del joven, respirando con fuerza y mi-
rándole con hondo arrobamiento.
Yo la llevé .... Era una esencia de fe más de-
licada que ninguna otra aroma, y la aspiré casi
sin sentirla. Por eso, es verdad, no dormí; pero
fui dichosa. Tienes el alma tan noble — ¡oh, yo
bien lo .sé, mi único amigo! — que esa ofrenda
tenía que hacerme creer y bendecir. No me la
quitarás nunca más, ¿verdad? No tienes por qué
engañarme. Hace tiempo, cuántas veces me decía
en las horas tranquilas : ¿qué será de él? ¡Cuánto
daría por volverle á ver ! . . . . Y en mis alegrías
yo no te olvidaba, pues eso no era posible, que
estaba siempre delante de mis ojos el que había
enjugado mis lágrimas ¿te acuerdas?.. . sí en
s
I
BRENDA 225
aquella noche oscura y sin consuelo. Pero aquel
afecto no era como el que ahora llena todo mi
ser, y me enajena, haciéndome pensar que dejaré
de sentirlo con la vida.
— Y yo también, pues emoción mayor no ha-
bría fibra que resistiera. ¡Puedes creerlo! Si tu
mirar penetrase en mi espíritu verías que ninguna
ruina dejó allí otra pasión, de esas que secan la
savia y matan en germen la esperanza de amar
con la misma fe. . . . Joven me fui muy lejos á
labrar con una carrera mi porvenir, dejando afec-
tos, amistades, recuerdos ; joven regresé lleno de
ansias y alegrías, y bajo el cielo de la patria todo
exhibióse extraño á mis ojos, todo lo que yo había
amado y mantenido en mi memoria sin sacrificar
el menor detalle a4 olvido .... Afectos profundos,
amistades de los primeros años de juventud, ex-
tinguidos ó dispersos; ni una palabra ardiente, ni
una sonrisa cariñosa de otros tiempos, asomán-
dose á algún semblante como un consuelo á la
amargura de haber sido demasiado ingenuo gus-
tando con exceso el placer de la vuelta, tan in-
tenso como el pesar de la partida .... Fieles sólo
fueron los recuerdos, esos que trasladan lejos el
pensamiento y presentan los años como jornadas
de un segundo; cpnmigo volvieron, y al pisar la
ribera renovaron con más fuerza los cuadros y es-
cenas animadas, en sitios ya perdidos bajo zarzas
y breñas .... En uno melancólico refundiéronse
todos, y al vagar por un sitio que poco se fre-
226 E. ACEVEDO DÍAZ
cuenta, para consagrarlo tras una larg-a ausencia
esta memoria triste despertó otra inefable á tu
presencia, compensándose así la pena de haber
soñado en las simpatías é impresiones duraderas.
Llevabas .una corona que colocaste en una losa
negra; tu presencia hizo latir mi corazón, y yo
que siempre había amado el pasado, agradecí á
mi propia fe, porque de su fondo venía la luz que
irradiaría en mi porvenir. ¡Qué hermosas horas
vinieron después!
De ésta, mi bien, que parece precursora de di-
chosos días, no quisiera empañar con una duda el
miraje del encanto ....
— ¿Una duda?
— Sí, y cruel.. .¿Podrías tú disiparla?
— ¡ Oh, habla !
Y miróle ella con fijeza, estremecida, como si
rompiendo los lazos del prestigio volviese de sú-
bito á la realidad fría é implacable, que estrechaba
los horizontes de su existencia.
— Anhelo conocer, — repuso Raúl con voz tem-
blorosa,— si la señora que ha concentrado en tí
sus cariños entrañables no ha buscado ya tam-
bién preferencias á tu corazón ....
Brenda dejó caer su frente en el hombro del
joven, guardando algunos instantes silencio. Su
seno palpitaba con violencia. Cuando levantó el
rostro, tenía los ojos llenos de lágrimas.
— ¡Lloras!
¿Te hice daño, acaso?
BRENDA 227
— ¡ Ah, no ! pero me recuerdas que al elegirte
como dueño de mi suerte, contrarío intenciones tan
puras, como santo es el amor que las inspira ....
Sabes cuan acendrado es el cariño que me profesa
aquella á quien todo debo, y cuan grato está mi
corazón á su bondad ; y lucha por inclinarme á
otro que tú, no porque de ello dependa nada que
afecte su posición ó su destino, sino porque así
se lo aconseja aquel amor que me tiene y que yo
retribuyo con todas las fuerzas de mi alma. Mas
¡ay! que ellas me faltan, y débil, sólo las siento
renacer á tu lado, ahora que sin ser dueña de mí
misma, he llegado á comprender que no es la vo-
luntad, sino el sentimiento el que decide mi des-
tino: ¡él me domina toda y ve, amigo mío, cómo
me aflige la congoja y el llanto se agolpa á mis
ojos sin que pueda contenerlo!
Raúl escuchaba, pálido y agitado, estrujando
en su mano izquierda un guante de hilo, y dis-
trayendo á cada instante en el vacío la mirada.
Tras una corta pausa, preguntó con cierta
amargura :
— ¿Luego es cierto que ella no me estima?
¿No me engañaba entonces cuando presumía, sin
que lo hayamos hablado nunca, que en esa casa
todo, menos lo que hace de ella un edén, era
adverso á nuestra dicha?
Bajó Brenda la cabeza suspirante, miróle tímida,
apenada, y pasó sobre la de él su mano tibia y
suave, sin desplegar los labios.
228 E. ACEVEDO DÍAZ
— Comprendo. Ningún título me recomienda á
su valioso aprecio; pero, ¿qué importa? Pueden
conjurarse todas las adversidades sobre mí: ¡tú me
amas!
¿No lo dijiste? — Agrega ahora que no serás
de otro.
— ¿Lo dudas? siempre lo diré. Después de mi
padre no amé otro hombre.
A estas palabras, reconcentróse Raúl; lenta-
mente llevó la mano al rostro, por el que se ha-
bía esparcido una sombra que volviera adusto su
ceño, y pareció dominada la exaltación de su
ánimo por alguna impresión moral, súbita y pe-
nosa.
De pronto, atrayendo hacia sí á la joven, pre-
guntó con acento breve y extraño:
— ¿Cómo era tu padre?
Brilló un relámpago de orgullo en los ojos de
Brenda.
— Joven y hermoso, — dijo. — Tenía el cabello
muy negro, como el bigote, el mirar altivo, y la
cara varonil, llena de energía. Siendo tú más jo-
ven, me haces acordar á él. . . .
Retumbó en ese instante el trueno á lo lejos,
prolongándose el sonido en la atmósfera cargada
y densa, viniendo á desvanecerse en débiles ru-
mores sobre la choza. Conmovióse Brenda, y miró
á Raúl. Estaba éste pensativo, contraído siempre
el ceño y la frente sudorosa.
Zambique apareció en la plazuela, con la ca-
beza baja y gruñendo.
BRENDA 229
Al verle, levantóse Brenda dejando sus manos
en las de Henares, en delicioso abandono. Imitó
Raúl el movimiento, y las estrechó callado, con
ternura.
— ¡Hasta pronto! — dijo ella en voz baja y llena
de emoción.
— Sí ... . Quisiera acortar las horas de soledad
que vienen.
Movió Brenda la cabeza con aire rCvSignado, y
al alejarse la volvió por última vez para fijar sus
ojos en el joven.
El negro, mudo y respetuoso, echóse el pico al
hombro y púsose á andar, guardando distancia.
Las sombras se hacían más densas. Un vivo ful-
gor eléctrico le bañó de claridad azulada ha-
ciendo resaltar de perfil los rasgos de su rostro
y su figura toda, extravagante y triste, confun-
diéndose luego en las medias tintas como un ente
fantástico de ios fondos sombríos de Rembrandt.
Raúl se estremeció.
¿Por qué? El mismo no habría podido decirlo.
230 E. ACEVEDO DÍAZ
XVIII
UN SECRETO DE AREBA
En el salón de recibo alhajado con elegancia,
de una hermosa casa situada en la calle de Itu-
zaingó, á las dos de un día sábado, paseábase me-
ditabunda y un tanto inquieta la señorita Areba
Linares, como si en verdad preocupase su espíritu
algún pensamiento digno de serias y detenidas re-
flexiones. Con uno de sus brazos, — en parte des-
cubiertos y de una blancura anacarada, — reco-
gido bajo el seno, y la mano del otro en la me-
jilla, dejando flotar el extremo de una pulsera de
filigrana de oro que lanzaba límpidos reflejos, ca-
minaba á pasos breves, con aire grave y ese mo-
vimiento rítmico de cabeza lleno de gracia y de
majestad que unido á la mirada serena constituye
un accesorio interesante del poder de seducción en
las mujeres inteligentes.
Como de costumbre, Areba había oído misa
esa mañana en su capilla particular ; pues la se-
ñorita de Linares tenía sus jmágenes predilectas
y su devoción sistemada, y practicaba el bien á
BRENDÁ 231
manos llenas, más que por deber ó por hábito,
cediendo á un impulso espontáneo y generoso de
su naturaleza rica y original. A este respecto, la
caridad podía enorgullecerse de una encamación
perfecta, y consolarse á la idea de que no era
solamente en los bellísimos ángeles de mármol
con alas color nieve, con que el cincel de los
grandes artistcis talla su tipo ideal, donde debe-
ría buscársele, acabada, pródiga y magnánima.
Areba tenía sus pobres. Únicamente á ellos les
era dado hablar de su amor sincero y adorable. No
podían decir lo mismo muchos hombres gallardos
y opulentos, jóvenes y apasionados, que en vano
esperaron de ella su limosna de honrosa prefe-
rencia en porfiadas lides. Para éstos, sólo hubo,
y reservaba, esas sonrisas de esperanza saturadas
de ironía que ensanchan el horizonte al propio
tiempo que el vacío, y mantienen fluctuante é
indeciso el corazón ; les había hecho entrever qui-
zás más de una vez, la posibilidad del triunfo,
algo así como un ensayo de pasión que se anhela
sentir, pero que está muy lejos de nacer, en-
tretenida en sondar caracteres, en medir los qui-
lates de sus virtudes ó el enorme hueco de sus
vanidades, en conglobar las excelencias morales
de todos escogiendo lo selecto, profundo y du-
radero de cada uno, para formar el cerebro nu-
trido, vigoroso y completo que debía poner en
un tronco de Belvedere. A fuerza de sondar y
de reconocer la diferencia de los fondos, encon-
16
232 E. ACEVEDO DÍAZ
trando esponjas de vanidad en unos, perlas dimi-
nutas en otros, riscosos relieves en los más, llegó
á familiarizarse con sus distinguidos admiradores
hasta el punto de imponerles un sistema de es-
pectativa muy adecuado á las circunstancias, que
si bien no excluía la persistencia en las preten-
siones, debilitaba al menos el entusiasmo de sus
impulsos.
Zelmar Bafil era tal vez entre ellos, el único
que había merecido delicadas deferencias.
Devota y caritativa, Areba era, sin embargo, un
compuesto raro de calidades acentuadas y poco
comunes: lo humano excéntrico. Bajo esta faz,
su carácter resistía victoriosamente á la palabra
banal,, á la costumbre monótona y á las formas
sociales consagradas; llenaba sus deseos por acto
de conciencia, y aun cuando se doblegase alguna
vez al ritual del uso, descubríase siempre en su
conducta el imperio de una voluntad que puede
obrar aislada, como un poder invisible, merced á
la posición que la afianza y sustenta.
El mundo aparece entonces como un excelente
teatro de acción para el carácter, en estas con-
diciones; y ella lo sabía, pudiendo presentarse
en él tras el escudo de una belleza que á los
veintiséis años parecía haber adquirido brillo y
fuerza admirables.
¿En qué pensaba Areba en el momento en
que volvemos á encontrarla?
Fácil es el presumirlo. El nombre de Brenda
BRENDA 233
. . I . _ ■ I I ■ I — — — — - ■
había asomado más de una vez á sus labios, que
se habían vuelto á plegar en silencio. Esta his-
teria íntima traía á, concurso activo todas las fa-
cultades de su espíritu sagaz, poniendo á la vez
en agitación una sensibilidad tanto más excitable,
cuanto era de reprimida y sofocada por singulares
genialidades.
En uno de sus paseos detúvose frente á un
espejo colocado en el centro del salón, y miróse
suspirando el tocado, que arregló ligeramente en
alguno de sus detalles, llamando un poco más
hacia adelante una pequeña onda negra de su
hermosa cabellera. Hallóse bastante bien para ser
nunca desairada ....
Con todo, — se dijo, — Brenda deslumhra. ¿Por
qué negar que es una criatura deliciosa, capaz de
hacerse querer á la distancia, aunque se oculte,
con toda su sencillez? Se denuncia con el per-
fume .... Sin provocar jamás, se la solicita : | en-
vidiable virtud!
Reconcentróse luego con un gesto de disgusto,
sentóse en el sofá, y siguió en su soliloquio:
Nada dice su corazón; es natural: le es indi-
ferente. No se sacrifica, y hace bien : triste debe
ser el entregar á un hombre por siempre cuerpo
y alma, no sintiendo ni el deseo del contacto, á
partir de lo que se afirma y parece lo cierto:
que el amor es un altar y las demás pasiones
sus gradas; culto exquisito, delicado é indispen-
sable, aunque sólo se, profese una hora en la
234 E. ACEVEDO DÍAZ
vida. Horror causa el pensar en la existencia en
común, con quien una no quiere. Comprendo el
suplicio .... y el pecado. No se creen por lo ge-
neral estas cosas, y hay error funesto. La virtud
está en saber querer más que en ser querida ....
y respecto á esto último, á ninguna falta su rayo
de sol que la acaricie ; pero rara fes aquella que
no tiembla si ella no ama !
¡Oh la tendencia á amar, á soñar, á adorar;
el afán intenso de sentir; la aspiración ardiente
de querer algo que sea tan bello como la misma
ilusión y tan real como el fuego inextinguible
que una vez siquiera nos devora y nos consume:
hermosos espejimos de la mente calenturienta,
que hace oir palabras de dulzura infinita, y gus-
tar besos deleitables que ningún labio puede dar !
I Bellas cosas I . . . . La mujer de mi tiempo no ha
nacido para gozarlas ; y sería piadoso, si algunas
fibras ella tuviera, que correspondiesen por ley
fisiológica á otras tantas emociones morales, el
destruirlas de antemano, ó quemarlas con una
piedra infernal. ¿De qué le sirven? Para ansias
y desvelos ; y á fuerza de ansiar, pierde su en-
canto la ilusión deslucida y ajada por el beso
encendido de la mente; ¡y la vida se acorta!
Reinamos, se afirma : no es cierto. Los hombres
se han encargado simplemente de dar otras for-
mas y dorar el mueble viejo griego, romano ó
árabe, según las costumbres y los gustos : en el
fondo, no ha habido para nosotras más que una
BKENDA 235
sola época, — con variantes, — como un problema
de juego complicado. . . .
— El doctor de Selis, — dijo un criado desde la
puerta, interrumpiendo de súbito las reflexiones
de Areba.
— Hazlo pasar.
Levantóse la joven, y volvió á contemplarse
en la luna que, al reflejar su imagen encantadora,
reprodujo con toda fidelidad hasta la sombra de
tristeza que nublaba su frente.
Sonrióse, murmurando:
¡Cualquiera supondría que es á éste á quien
deseo !
Se volvió al ruido de pasos. Entraba el doctor
de Selis.
Areba le tendió la mano con amable acogida^
diciendo :
— ¡ Puntual ! Probará esto un hábito, bien plau-
sible por cierto, ó un verdadero interés en ini-
ciar la primera conferencia ....
— No excluyo lo uno de lo otro, señorita.
— En este sillón, doctor. . . . Hablaremos más
de cerca. Ayer estuvo Julieta y me pidió le re-
cordase la promesa de asistir á aquella su amiga
que padece de dolores neurálgicos; y desde ya
cumplo para que lo tenga Vd. en memoria.
— He tenido hoy el gusto de complacerla,
Areba, y puedo anticipar á Vd. que la molestia
desaparecerá pronto, — contestó de Selis, sentán-
dose.
236 E. ACEVEDO DÍAZ
— Yo creo, — repuso la joven riendo, — que no
ha sido precisamente el dolor lo que ha impelido
á la enferma á reclamar sus auxilios, sino el re-
cibo del lunes, en la quinta de Stewart, que á la
verdad es tentador como todos los anteriores.
El plazo era corto, y había que emplear la mor-
fina; mayor satisfacción para el médico cuando
la vea entregada á los placeres de la fiesta, por-
que debo suponer que Vd. concurrirá. . . .
— Si es indispensable ...
— Así lo creo. Mas para ello, y en el propó-
sito de favorecer los intereses en gestión, es ne-
cesario que Vd. influya con la protectora de nues-
tra amiga Brenda. ¿ Su restablecimiento no es ya
casi completo?
— Por el momento, estoy tranquilo ; nada me
induce á creer que los ataques se repitan con la
frecuencia é intensidad de otro tiempo.
— Pues bien : la oportunidad es propicia, y ese
hecho la proporciona. Convendrían, en mi con-
cepto, á la misma señora de Nerva esas horas
de solaz, y estoy segura de que no hesitaría en ha-
cerlas gozar como otras veces á su pupila.
— Pondré todo esfuerzo en ese sentido. Pero,
¿está Vd. persuadida de que Brenda no hará
objeción alguna?
— Parece absorberla la soledad .... Vd. bien
sabe que ésta tiene sus atractivos y sus dulces
fruiciones. La animaré por mi pau'te, aun cuando
pienso que una simple insinuación de su protec-
tora bastará á decidirla.
BRENDA 237
Debe Vd. tener presente el peligro de aquel
sitio. No hay mejor trazado de paraíso que la so-
ledad .... entre dos que se están contemplando
á cada instante. Los árboles son buenos confi-
dentes. Es del caso empezar á mudar de teatro,
cuyos bastidores sean más conocidos.
— Me halaga Vd. mucho, Areba, al pensar que
desde la entrevista formal y lejos del sitio de que
Vd. habla, pueda yo influir decisivamente en el
ánimo de Brenda, hasta el punto de disuadirla
de sus frágiles ensueños.
— El no irá, si no va ella, — se decía interior-
mente la joven mientras el doctor de Selis ha-
blaba.
— Y mucho tendré que agradecer á Vd. su
intervención, — prosiguió él, como si adivinara su
pensamiento, — que reputo obra de un desinterés
digno y loable ....
— ¡Frágiles ensueños!— le interrumpió Areba,
que había sorprendido una sonrisa sardónica en
los labios de Lastener; — con severidad califica
Vd. las cosas del sentimiento, y sobre esto ya
hemos departido otra vez sin uniformar opiniones.
Verdad que yo no he disputado con el profesor,
sino con el pretendiente, y es del caso prevenir
que sigo dirigiéndome á este último. Disculpe
Vd., doctor, si me permito excluir á la ciencia
pura de estos debates familiares; en materia de
pasiones amorosas, la cabeza es un testigo imper-
tinente que perjura con toda impunidad sobre
238 E. ACEVEDO DÍAZ
asuntos que al corazón atañen, y cuyo secreto
sólo él es capaz de guardar ó de revelar entero
en las expansiones del sentimiento.
Hay mujeres de organismo excepcional, por
decirlo así, dado que en el concepto del rea-
lismo contemporáneo, las virtudes de nuestro sexo
son como Cornelias solitarias que han preferido
guarecerse bajo la roca que soporta la caída, en
vez de confundirse en el torrente mundanal que
arrastra al abismo debilidades, vicios, abnegacio-
nes y grandezas, todo revuelto ó adherido, como
lo está la carne á los huesos, pretendiéndose
de aquí que es un hecho fatal é ineludible pecar
de una á cien veces en la vida, y que aquel
que en pecado no incurre, pertenece á un género
extraterrestre, sin misión alguna en la escala zoo-
lógrica. He estado, pues, en lo cierto, mi estimado
doctor, cuando he dicho que las mujeres virtuo-
sas, tan comunes en otras épocas, según la his-
toria, han llegado á convertirse en excepciones
caprichosas en nuestros días, seg^n fallo del cri-
terio positivista.
Mientras hablaba, Areba extendió el brazo y
cogió un abanico puesto sobre un almohadón
de raso, y lo abrió de súbito con ambas manos,
clavando sus finísimas uñas rosadas en los ca-
lados del marfil.
— Y cuando un hombre de ese criterio, — pro-
siguió diciendo con aire reflexivo, — se encuentra
con una excepción de esa especie y qué reviste
BRENDA 239
las formas correctas de Brenda Delfor, el caso es
de meditarse, empezándose por reconocer que baja
la carne incitante y codiciable, el alma de una vir-
gen no es un montón de barro.
Los ojos pequeños y vivaces del doctor de Selis
relampaguearon, y una sonrisa esforzada contrajo
su boca volteriana.
— Si así pensase acerca de ella, — respondió
con mesura,- no habría hecho, señorita, la dis-
tinción que motiva nuestra alianza, y que según
veo no empieza con muy buenos auspicios para
mi ....
— ¡ Ya previne que hablábamos en confianza,
doctor! — exclamó Areba con una risa nerviosa,
y dándose aire con el abanico ; — y debe Vd.
imaginarse que éstas no son sino ocurrencias de
este mi carácter raro que usted ha calificado
más de una vez de iviiosincrásico\ . . . Desde luego,
á partir de su manera de opinar, debemos con-
ceder á Brenda un derecho de elección incues-
tionable y una capacidad sensible, que muy po-
cos poseen después de los diez y nueve años.
— No lo dudo: es la edad en que una joven
recibe las emanaciones de un mundo que no co-
noce todavía, como caricias anticipadas de una
dicha que se espera y casi nunca llega.
— Consignemos ahora este hecho, — agfregó
Areba, asintiendo: — ella ya ha elegido.
— ¿Es segura la preferencia?
— Estoy convencida de no engañarme. Conoce
Vd. al afortunado y puede juzgar ....
240 E. ACEVEDO DÍAZ
De Selis echó la cabeza hacia atrás, atusán-
dose ligeramente su escaso bigote, en actitud de
reflexión.
En seguida aproximó un poco más su asiento
al sofá, y dijo con reposo:
— Hay que esperarlo todo del raciocinio y del
consejo, entonces; ó desistir por completo de un
imposible. Bien me represento el obstáculo de
operar un cambio en los sentimientos de Brenda,
desde que para producirse semejante fenómeno
sería preciso que concurriese una causa ó razón
moral tan poderosa, que por sí sola desvaneciera
el prestigio de la pasión que la encadena á un
destino que no es el mío; la coerción materma en
caso que se emplease, no haría sino convertir su
anhelo eii honda herida. ...
— ¡ Vd. ve! — prorrumpió Areba. — ¿Qué importa
entonces, que sea de oro el estileto que haya de
sondar su seno? El dolor tendría que recrude-
cer, y empezaría á apuntar la úlcera ...
Lastener de Selis quedó mirándola, apoyada la
barba en la diestra, como inquiriendo con sus ojos
de visual fuerte y penetrante si la señorita de Li-
nares se proponía pasarse al campo enemigo, en
evidente perjuicio de los intereses de la alianza.
Haciendo rápidos juegos con el abanico, con-
cluyó ella por chocar suavemente sus varillas en
el brazo del sillón; asumió un aspecto grave, y
añadió á media voz:
— Está Vd. en lo cierto. Únicamente una causa
BRENDA 241
poderosa transformaría el carácter de la pasión y
haría quizás probable una inclinación acentuada
hacia Vd. Entonces Brenda no sería ya el tipo
de la poética majestad femenina que reposa altiva
en un corazón sano y entero; algo del aire frío
del mundo habría debilitado el ardor de Su fe y
el vuelo de sus ideales de niña. . . .
El problema estriba en hallar esa causa.
El doctor de Selis, que seguía con la mirada
fija en Areba, acercó todavía su sillón, como si
experimentase la influencia de un espíritu supe-
rior; y continuó escuchando en silencio.
El no ignoraba que desde la aventura del
Prado, la joven había sufrido cierto cambio im-
perceptible en su modo de ser, para ojos que no
fueran los suyos; y que el retraimiento de Raúl
Henares debía aumentar el despecho, cuyas agu-
jas mortificaban su sistema nervioso, induciéndola
á asumir una participación activa en sus amores.
El interés, pues, era recíproco, y convenía dejar la
iniciativa á Areba ; una sentencia solamente tenía
que recaer en los dos pleitos; y absolviese ella ó
condenase, la desgracia ó la ventura alcanzaría
en común á los dos. ¿ Para qué contrariar en nada
el plan que se proponía la joven? Abogaba por
su causa y la propia; esta solidaridad fatal era
una garantía de la rectitud de procederes, aparte
de las ventajas que la habilidad femenina lleva
sobre la de un hombre que no es amado. De Se-
lis había creído innecesario por el hecho, estimu-
242 E. ACEVEDO DÍAZ
lar los móviles que la agitaban ; fría é indiferente
en apariencia, la aliada que la suerte le ofrecía
venía encelada y cavilosa, con gérmenes de pa-
sión profunda; y una fina política le imponía de-
jar hacer. A la sólida armadura defensiva de una
mujer de mundo, sólo podía oponerse otra gla-
cial y resistente como el acero, y ésta era una
discreta reserva sobre el móvil que la arrastraba
á la intriga. En esta disposición de ánimo, de Se-
lis> confiado y tranquilo, acariciaba la creencia de
un éxito conciliable con sus propósitos ; la llama
que ardía en el pecho de Areba y se reflejaba en
ciertos raptos en sus pupilas^ no tardaría quizás
en predisponerla á los arranques soberbios de la
pasión febril é impetuosa, que ya retorcía su en-
traña con el dolor del celo. ¡ Excelente lucha en
que el aliado iba á disputar su rival, sin que á
su vez él se viera en el caso de soltar la brida
á sus odios! ¿De qué medios se valdría? Lo igno-
raba; pero tenía fe en Areba.
Así que de Selis aproximó su asiento, la joven
preguntó con la mayor naturalidad:
— ¿No podría Vd. producir esa causa de rup-
tura seria, doctor?
— La ciencia no alcanza á tanto, señorita, y me
place confesarlo en triunfo de las opiniones
de Vd.
— ¡Vamos! eso me reconcilia un poco con las
cosas académicas; aunque yo bien conozco, para
honor de los médicos, que hay más de sistema
BREKDA 243
que de sinceridad en sus ideas respecto á temas
de esta índole.
— Declaro también, Areba, que sólo Vd. puede
proporcionar el hilo como la heroína griega, y
hacerme entrar sin la menor timidez en la oscura
espiral, cuyo fin no veo.
— Me honra esa confianza, — dijo la joven son-
riéndose de la manera que solía dar expresión ex-
traña á su fisonomía. — Hay tiempo para obrar, y
no sabemos si en el fondo se revuelve algún mi-
notauro dormido ....
Mire Vd., doctor: yo tengo el medio de pro-
vocar un grave rompimiento.
De Selis, que acababa de hacer un rápido frun-
cimiento de cejas, inclinóse con un interés que
debiera calificarse de ansiedad, y preguntó solícito
y un tanto sorprendido:
— ¿Un medio? ¿Puedo suplicar á Vd. me lo
revele ?
— ¡Ah, no! — contestó Areba reclinándose mue-
llemente en el sofá. Es un secreto que Vd. ha
de permitirme reserve por ahora, como un arma
desconocida que sólo debe usarse en la hora del
conflicto.
— No cometeré yo la falta de insistir ; pero sus
palabras me autorizan á alimentar una fe que de-
crecía por grados y estaba á punto de extin-
guirse.
— Creo que Vd. haría mal en no seguir mante-
niéndola. Mi compromiso tiene, sin embargo, lí-
.■^4 S. AOEVEDO DÍAZ
MtV^ marcados, y en ellos me detendré cuando
J^\ jiirgue discreto.
De Selis se inclinó, y púsose de pie para des-
|to«tirse.
— Al retirarme llevo un consuelo, Areba: ¡lo
agradezco con efusión!
— Estamos al principio todavía. Xo olvide Vd.
lo acordado en esta conferencia, mi estimado
doctor.
Y tendiéndole la mano agregó:
— ;E1 lunes en lo de Stewart!
— Xo faltare.
Cuando de Solis salió, la joven se incorporó sus-
pirando y vohió á sus paseos silenciosos, la vista
baja y abstra'd.i, una sombra de pesar en la frente
y una íozobra inqiüetante en el espíritu,
¡Cuan cierto es, — se decía allá en el fondo de
su aim.» perturK'-da, — que la mujer da todo y
agradece, q'jc forma la dicha, y es la que sufi-e!
BRENDA 245
XIX
EMOCIONES
Areba pasó á un gabinete pequeño, de mobi-
liario de nogal é impregnado como el salón de
un ambiente balsámico, muy parecido al que se
desprende del traje elegante y preferente de una
mujer joven, escrupulosa y delicada. Difícilmente
podría objetarse el gusto ó la elección en los cua-
dros, bronces y libros que ocupaban en parte es-
tantes de cortas dimensiones, colocados en los dos
ángulos que daban á la galería; reconocíase al
primer golpe de vista en el conjunto, en la ar-
monía y distribución de los detalles, algo seme-
jante al camarín de una artista de talento que se
ha complacido en satisfacer en menor escala las
exigencias caprichosas de su sentimiento estético.
No todo era, sin embargo, profano allí, resaltando
en primera línea algunas pinturas magistrales de
la escuela italiana, relativas á episodios del Evan-
gelio, pasajes de la Pasión llenos de fuerza y co-
lorido, de un mérito notable, cuya posesión podía
explicarse como una justa recompensa concedida
246 E. ACEVEDO DÍAZ
á la creyente fervorosa que ayudaba siempre á
la caridad y al culto con dádivas valiosas, aun
fuera del teatro asignado á sus bondades y mer-
cedes. Aquellas telas habían sido enviadas de
Roma. No faltaban el devocionario y algún otro
libro de prácticas de iglesia, en el atril ó facistol
de metal dorado, abiertos, en dos descansos de
la pulida pirámide, como indicando á la creyente
sus deberes cotidianos de pensar y de obrar bien.
Un rosario de grandes cuentas de marfil con la
cruz colgante á un lado del facistol, rodeaba en
varias vueltas un volumen reducido de tapas de
nácar y filetes de oro, puesto al margen de las
epístolas de San Pablo.
Era en este retrete solitario, interesante y odo-
rífero donde veía transcurrir varias de sus horas
aquella alma singular, llena de luces y sombras,
mística en sus prácticas privadas, noble y gene-
rosa con los humildes y vergonzantes; suspicaz,
fría y severa con los que aspiraban á poseerla;
rehacía á la tiranía de ciertos usos ; contenta en su
'altivez dominante, creyendo que ella bastaría á
domeñar la rebelión de su propia carne y de su
sensibilidad excitada, el día en que su corazón
reclamara herido su derecho á amar.
Parecía que esta víctima inocente del orgullo
hubiese ya protestado, porque la joven se sentía
triste é inquieta.
Una vez en el gabinete, sentóse en una silla
de hamaca, diciendo á su sirvienta:
BRENDA 247
— Advierte á Perea que puede venir ahora, y
ordena se prepare el cupé para las seis.
Pocos momentos habían pasado, cuando apare-
ció en el umbral, comedido y respetuoso, el señor
•don Leoncio Perea, adniinistrador de los bienes de
la señorita de Linares, de levita cruzada y mangas
un tanto recogidas hacia el codo, como hombre
que ejercita con sistema el brazo en el pupitre ;
cuellos rígidos acorazando la tráquea, y corbata
negra de lazo con resorte. Frisaba este sujeto en
los sesenta años, seco, acartonado y grave, con
ralos cabellos casi blancos, barba de hebras cortas
y gruesas, y nariz de guadaña, en cuyo extremo
se asentaban firmes sus doblas ojos, cabalgando
con familiaridad, como si en rigor formasen parte
integrante de su fisonomía.
— ¿Me trae Vd. el apunte de las últimas dona-
ciones?— preguntó Areba, invitándolo á sentarse.
— Sí, señorita. Está en la página señalada en
ese libro, donde todo se encuentra fielmente con-
signado, ingresos é inversión, por orden de fechas.
— Sé cuánto es Vd. de escrupuloso, Perea, —
repuso la joven paseando por los números una
mirada distraída.
— Cumplo con mi deber.
— No es poco, don Leoncio. Una cierta por-
ción de conciencia en administraciones de primera
magnitud, bastaría á salvar el decoro. Toda su
conciencia salvaría el crédito, manteniendo reser-
vas en la caja.
17
248 E. ACEVEDO DÍAZ
— Mucho me favorece Vd., señorita, — dijo el
digno Perea, emocionado ; — pero son muy po-
bres mis aptitudes.
— Ricas, al contrario, porque la austeridad
nunca descarría, en tanto que el talento abusa
de su mérito, ó la astucia sin cultura se apodera
con toda sencillez de lo ajeno, en épocas anor-
males.
— Entiendo. La señorita habla c políticamente»,
en que los dineros públicos se van en mucha
parte por conductos particulares ....
— ¡Siento placer en visar esto, Perea! Me hace
creer que en verdad soy buena.
— Todo el mundo lo dice.
Areba volvió á fijarse con indolencia en el li-
bro. Aparecían en él sus dádivas á los meneste-
rosos, partidas asignadas á las instituciones de be-
neficencia, á las obras de templos y á los asilos
de huérfanos. El hospital tenía también su cuota
reservada. La lista era larga é interesante, sin
echarse en ella de menos dos subvenciones espe-
ciales para escuelas privadas infantiles de ambos
sexos.
La señorita de Linares cerró al fin el libro y
preguntó :
— ¿Quién es todo el mundo?
Removióse en su asiento el honrado adminis-
trador, tosiendo un poco nervioso y levantando
los ojos al cielo raso en actitud de recapitular
concienzudamente. En seguida contestó algo con-
fuso :
BBENDA 249
— Todas las gentes honestas, señorita. ; , .don
Jorge el boticario ; — Mollejón, el dueño de la ta-
labartería de la esquina; — Potrilla, que tiene su
comercio de lozas y cristales en la calle de Cá-
maras; — ... .Gavancho, el tendero habilitado; —
la señora Estefanía, de la casa de modas ....
Hum....
Y Perea hizo castañetear los dedos, mirando al
suelo en procura de otros nombres rebeldes á la
memoria.
Areba, en cuyos ojos retozaba la risa compri-
mida, se apresuró á decir:
— Creo, don Leoncio, que por todos esos con-
ductos vienen á casa las drogas, monturas, por-
celanas, encajes, blondas y vestidos ; así como los
votos para un candidato oficial en las elecciones
muchas veces.
— Precisamente, señorita ; como en las cosas
de gobierno, que son tan respetables siempre . . .
— ¡ La de los favorecidos ! — repuso la joven
como hablando consigo misma ; — ¡ grande opi-
nión y valioso mundo el de los traficantes, que
cambian de conciencia por lo general, cuando se
les retira el favor! La verdadera opinión es
la de aquellos que no lo reciben, sin incluir á
los familiares. El mundo tiene más egoísmos y
perversiones que virtudes, Perea.
El administrador, que había vuelto á mirar sal
techo, aprobó con la cabeza, guardándose bien
de desplegar los labios. Se sentía atribulado.
250 E. ACEVEDO DÍAZ
— ¿No ha habido hoy reclamo alguno de in-
terés ?
— Dos mendigos se presentaron, señorita, con
carta sospechosa, é hice las averiguaciones pre-
liminares, despidiéndolos, á fin de que se mu-
niesen de otra más aceptable, en mérito de mis
instrucciones y de aquello de que, á la sombra
de la manquera fingida y de la llaga falsa, an-
dan los brazos ladrones y la salud borracha.
— Procedió Vd. bien, Perea. Ha de mediar ra-
zón para obtener gracia ó prebenda; que en
estos países se asientan mejor los vicios y de-
fectos de otros, que las virtudes propias. Hay
muchos de esos lisiados fingidos que llegan á
manejar arcas mayores, en otro orden de cosas,
por obra de milagro.
— Alguna nueva tengo á más que revelar,
señorita. Me consta por informes oficiosos, que
Cario Roveda, el viejo siciliano á quien la se-
ñorita favoreció con la sumaca Madrépora, se
encuentra muy enfermo desde su último viaje á
Maldonado. Como sé cuánto él la estima y res-
peta, consigno la noticia ....
— ¡Pobre el viejecito! ¿Es muy grave su do-
lencia ?
— Parece que asumió carácter alarmante,
cuando él supo que su hija se había ido.
— ¿La linda Cantarela ha abandonado á su
padre ? ¡ Oh, qué triste es eso ! ¿ Está Vd. bien
informado, D. Leoncio? Me apena Vd. con esa
nueva.
BRENDA 251
— Más lo estoy yo, señorita, por haber dado
motivo á ese disgusto, — dijo el señor Perea, ha-
ciendo estremecer, al hablar, las gafas en su
nariz. — Del hecho no tengo duda.
Guardó Areba silencio^ esparciéndose por su
rostro una impresión de pesar. Después dijo pen-
sativa:
— No obstante, pasará Vd. por allí, y me
traerá datos circunstanciados de todo lo que
haya pasado y ocurra por el momento. Deseo
enterarme bien, D. Leoncio, y Vd. debe poner el
mayor empeño en la averiguación del asunto.
— La señorita será complacida.
— Quiero que sea hoy mismo,..
El señor Perea Se inclinó.
— ¡Una historia oscura! Cuando una menos
piensa sufre desencantos, Perea, y en la aflicción
por lo ajeno no hay tiempo para afligirse por lo
propio. I Quién diría de Cantarela I
— Nadie hubiera pensado mal, — repuso aquél
compungiendo, el semblante afilado y rugoso.
— Vd. nunca se casó, D. Leoncio ....
— Libre quedé por mala suerte, señorita', — dijo
el administrador, abriendo con asombro sus ojillos
claros y apacibles.
— Ó por buena quizás, — replicó Areba con
un suspiro y columpiándose en su asiento, — que
sólo una elección certera hace la felicidad y la
conserva. Vd. debió tener un buen golpe de vista,
.Perea, en sus mocedades. . . .
252 E. ACEVEDO DÍAZ
Sacudió D. Leoncio sus escasos cabellos, aso-
mando una fina sonrisa á su boca pequeña y
fruncida, y contestó con seriedad:
— No lo creería la señorita; pero la única vez
que tenté fortuna, un hombre ojizaino fué más
dichoso entrometiéndose á destiempo.
Miróle un instante Areba con atención, y lanzó
una carcajada vibrante y sonora, que puso en
conflicto la circunspecta gravedad del intendente,
á pesar de serle conocidas las genialidades de
la joven.
Moderóse ella bien pronto, volviendo á su ac-
titud melancólica; en tanto D. 'Leoncio pasaba
delicadamente un pañuelo de seda por debajo
de su nariz, un poco moteada en sus fosas por
el rapé y coloreada por la rinalgia.
La señorita está hoy en vena de chancearse,
— pensó él; — pero, yo mucho me engaño, ó ella
no es la misma de hace un mes.
— Quiero dejar que Vd. aproveche sus horas,
Perea, — dijo Areba. — No olvide las instrucciones
recibidas, y lo mucho que me interesa el resul-
tado de sus pesquisas.
D. Leoncio hizo un ademán de seguridad,
prometiendo el más estricto cumplimiento, y una
respetuosa reverencia; retirándose luego con el
paso medido y cuidadoso de aquel cuyas pier-
nas ya fiaquean, inflando los faldones de la levita
en las corvas con rítmico movimiento.
Abstrajese nuevamente la joven en sus ante-
BRENDA 253
riores meditaciones, tratando de estimar el grado
de ansiedad que en el ánimo del Dr. de Se-
lis había producido, á no dudarlo, lo abstruso
del secreto; y lo que era aún más importante,
él del rigor de las consecuencias que su reve-
lación podía originar en el período álgido de
los envidiados amores. Esto la preocupaba se-
riamente. Una vez rotos los vínculos de la sim-
patía, ¿quién podría reanudarlos, si el obstáculo
€ra incontrastable ? Partida la roca por un golpe
eléctrico, sus bordes ya no se unen jamás, y
poco á poco se deslíe el volumen en arena al
embate eterno de las olas. Debía, pues, sobrevenir
la separación imprevista y el alejamiento nostál-
gico y cruel.
De las ruinas hace la historia edificios; una
obra de arte se reconstruye si de ella quedan los es-
combros y en la tradición flotando el pensamiento
del artífice, creador y perdurable; el lienzo ajado
y descolorido en que se vislumbra apenas una
imagen de pincel maestro, resucita en la mente
admirada con doble vigor, si en sus rasgos prin-
cipales no ha dejado impresa su injuria el tiempo;
con la estatua de mármol mutilada que se arranca
del seno de la tierra, renace entera y grandiosa
la inspiración de una época ; la momia se preserva
intacta, vieja de tres mil años; y recrudece cada
día el dolor de Laocoon, tan acerbo y profundo
como antes lo imaginaron . . .
Pero, una gran pasión que deriva y escolla.
254 E. ACEVEDO DÍAZ
¿quién puede volverla á arraigar y robustecer?
Hay algo que no se rehace, ni revive, y eso
es una ilusión perdida. Recuerdos sólo quedan
luego que la memoria alumbra con su luz sin
calor ni brillo, y destaca como siluetas informes
entre la niebla del pasado.
Sonreíase Areba al dar vuelo á su imaginación^
y hundíase más y más en devaneos ardientes^
cuando el reloj dio las cuatro. Levantó la joven su
cabeza y dispúsose á llamar ; pero en ese instante
previno su intención la sirvienta, quien apareciendo^
en la puerta,- dijo con voz tranquila y sonora:
— El caballero Raúl Henares.
Volvióse Areba con viveza, como si hubiera
oído mal, y poniéndose de pie, preguntó, sofo-
cando su emoción:
— £ Quién?
Repitiósele el anuncio.
— Que pase, — contestó con acento trémulo.
Se fué acercando luego á pasos lentos, y la
mano en el seno, al espejo ovalado que adornaba
la pared del fondo. Hallóse pálida en extremo.
Sentía confusión en la mente y violentos latidos
en el pecho.
Es preciso componer este semblante, — se dijo;
— nunca sufrí tal fuga de colores. ¡Ah!.... lo
inesperado me enflaquece el ánimo; pero ya pa-
sará, señor Henares ....
Momentos después, con la cabeza inclinada lige-
ramente á un lado y un aire lleno de dignidad»
Areba se dirigía al salón de recibo.
BREN]>A 255
XX
LA HIÉL DEL PECADO
Zelmar Baíil había estado .varias veces en la
solitaria casa de la ribera, que servia de refugio
á Cantarela, después de la entrevista que cono-
cemos. A pesar de todo, íbase entibiando su
afecto en el mismo grado en que aumentaba el
de la joven. Comprendíalo ella así con ese ins-
tinto certero que la pasión ardiente y tenaz so-
brexcita y aguza en la mujer, y la predispone
á nuevos esfuerzos, á otros halagos más seduc-
tores, y acaso á mayores sacrificios, que acepta
y consuma resignada con tal de que no se
evaporq el entusiasmo primero por completo, ó
se extinga la luz consoladora del amor. En este
desasosiego triste, el corazón que se ha dado
todo entero, sin reservar un solo latido para un
afecto extraño al que lo absorbe, no se explica
cómo pueda exigírsele más, ni encuentra en su
angustia acerba el secreto de hacerse más grande,
más cariñoso, y más avasallador. | Todos los va-
sos están llenos de pasión y desbordan!
256 E. ACEVEDO DÍAZ
Y ella, con el fuego de la juventud y el vi-
gor de las primeras sensaciones, había exagerado
su cariño hasta el punto de pensar á cada
momento y de soñar siempre con él, como si
nada existiese en el mundo fuera de ese culto
sincero é inefable. ¡ Cuánto debía, pues, dolerle
el menor síntoma de frialdad ó de hastío de su
parte! Algunos había notado con pena indeci-
ble; y por primera vez, quizás, meditó sobre la
fragrilidad de su suerte. Al acordarse de su pa-
dre, parecióle que ella no merecía su gracia; y
halló entonces que aquélla sería muy negra y
cruel, el día en que se retorciera desesperado su
pobre corazón.
Trajo á la memoria otros días serenos. Aque-
llos en que aguardaba á su padre, pensativa é
inmóvil al caer de las tardes, sobre las peñas, mi-
rando el mar y las blancas lonas de las barcas
que cruzaban á lo lejos hinchadas por la brisa,
como gprandes aves heridas en el ala que levan-
tasen su extremo hacia el cielo flotando á mer-
ced de las corrientes.
Por entonces, los pescadores creían que ella
empezaba á querer á Gerardo ; y al levantar sus
redes, se decían:
— ¡ La playa está muda desde que él se fué !
Parecía, en verdad, que le fuera dulce, — suelta
la trenza é inclinado el dorso, aspirando el
alisio, — el poner sus ojos allá en el punto del
horizonte en donde se escondió la vela. Una
BRENDA 257
vez dio á Gerardo una ancla pequeña de acero,
para que la llevase prendida en la gorra.
— I Lo quiere ! — pensaron sus compañeros.
Y muchos días después, observaron que eran
menos frecuentes sus risas juguetonas, y sus
visitas á las rocas para escuchar como de cos-
tumbre el canto de los pescadores, cuando, re-
cogidas las redajas, se reunían en la orilla, con
las pipas en las manos, al rayo de la luna, á
endulzar en armonioso coro la hora del descanso.
Coincidían estas faltas con las ausencias de Ro-
veda y de Gerardo.
¡ Es porque él no está! — murmuraban sus ami-
gos.
Sin embargo, un día Marcelo dijo : — ¡ Creo que
algún buzo anda detrás de la coralina ! — Otro de
los pescadores agregó datos acusadores sobre la
conducta de Cantarela. La sospecha empezó á
invadir los ánimos, á divulgarse, y á empañar á
la joven.
Ella notó, por fin, que la acogían con preven-
ción, y más de una vez tuvo que sufrir humi-
llantes desdenes. La atmósfera del barrio se ha-
bía hecho casi irrespirable: en cada rostro, un
gesto de reproche, y en cada boca, una frase
amarga. Sus horas discurrían solitarias, saturadas
de acritud y llenas de fantasmas. La oscuridad
del aislamiento, á solas con su Virgen, — á quien
ya no elevaba por los que andaban en la mar sus
plegarias fervorosas, — abría las puertas al genio
258 E. ACEVEDO DÍAZ
de la tentación, que concluía por vencer las dudas.
j Cómo latía con fuerza su pecho, y qué ensueños
tan blancos la arrullaban al dormirse! Olvidábase
de todo. En tanto hacíase en los hogares humilde
comentario de la caída, se hincaba el diente en su
deshonra y se esparcía cal sobre los pobres amo-
res de Gerardo.
Y los días pasaron, y con ellos las resistencias
del pudor
Una tarde decidió alejarse, para no volver. Así
mismo la persiguieron las miradas de desprecio;
pero ¿ qué importaban ? Ella se creía feliz.
Ahora que una convicción amarga penetrando
su espíritu la hacía echar de menos en su amante
el entusiasmo de los primeros tiempos, y la arras-
traba á abismamientos dolorosos, sentíase débil
ante esa nube de recuerdos.
¡El amor! ¡Cuánto cuidado exquisito en su cre-
cimiento noble, y cuánta ternura en su período
álgido, para verlo desaparecer á un solo golpe!
Mansa y cariñosa recibe el agua del mar la
altiva y ligera nave que se confía valiente al
viento y á la aventura; obra de lenta labor y
de ímprobos esfuerzos, que lleva al frente un
símbolo de fe y al costado el áncora de la es-
peranza; pero surge de improviso la ola for-
midable que enturbia el transparente espejo, y
disipa su azul de ilusión ; y la nave arrojada á
los cantiles choca y se sumerge, llevando espe-
ranza y fe al fondo del piélago bravio.
BRENDA 259
Pausa, y no enfriamiento de pasión; tregua
breve y necesaria era sí la que hacía Cantarela
á sus afanes, lastimada por los signos de indife-
rencia de su amante. En ese intervalo lúcido y
tranquilo sintió los torcedores del pesar, al agol-
parse tumultuosas las memorias queridas; mas,
muy pronto volvió á imponerse el profundo afecto,
y borró todo remordimiento, á impulsos de los
celos, el monstruo que el gran poeta inglés pinta
de verdes ojos y productor del alimento de que
él mismo se nutre.
El deseo durable y violento exaltóse aún más
con el aguijón inesperado. Ocurriósele recién á
ella que Zelmar no era un oscuro barquero, sin
otros horizontes que aquel en que el cielo parece
unirse á las aguas; y lloró al pensar cuántas
mujeres lindas lo querrían, ofreciéndole halagos
y ternezas que ella no podía brindarle ....
No fué ahora él, como otras veces, el que sec6
sus lágrrímas, ardientes y copiosas, sino el enojo
del celo, concentrado y siniestro. Por vez pri-
mera se quejó á solas de un dolor desconocido,
punzante, agudo, cual si hiriesen á mansalva su
entraña más noble de improviso robándole la
quietud y el sueño. No de otra manera la aguja
de acero sepultada en las carnes, fina y sutil,
que camina errante por el cuerpo á través de los
tejidos, llega á hincarse de repente en fibra vi-
brante y demasiado sensible arrancando un grito
de dolor.
260 E. ACEVEDO DÍiZ
Bajo la influencia de tales torturas morales se
encontraba una noche Cantarela, en el pequeño
aposento cuya ventana daba á la costa. Tres días
hacía que no veía á Zelmar; y si bien esto no
podía causarla extrañeza, dada la conducta ob-
servada siempre por su amante, en esta ocasión
acrecentábase su angustia con la doble nueva
del viaje proyectado y de la enfermedad de Ro-
veda.
El aposento estaba en tinieblas. Por la ventana
abierta penetraban agradables ráfagas , de brisa
de la ribera; y un rayo de luna hería el sem-
blante de la joven.
Muy cerca, de pie y con los brazos cruzados,
dibujábase la figura de la suave y meliflua Ger-
trudis, menos antipática en la sombra, que velaba
discretamente sus verdugones y alifafes, á la vez
que la expresión cínica de su rostro convertido
en máscara por el colorete.
Hacía momentos que conversaban, algo de in-
terés á juzgar por la actitud de Cantarela, en
cuyo ánimo parecían sucederse las emociones
violentas con un rigor implacable.
Rompiendo el silencio que por un instante ha-
bía guardado, la joven preguntó:
— ¿Decía Vd. que el mal no era grave?
— Eso me aseguraron, hija mía. No tienes por-
qué afligirte tanto, pues se le asiste con mucho
esmero. Nada le falta. Ayer de tarde estuvo el
señor Perea, que tú conoces, en casa del patrón
BRENDA 261
Cario, y prometió todo género de recursos en
nombre de la señorita de Linares.
— Sin embargo, yo debo ir. . . .
— ¡Imprudencia! ¿Con qué objeto, niña? Las
cosas están tirantes, y podrías ocasionar algún
disgusto serio que alcanzase de veras á todos
los que por tí se interesan. Reflexiona que no
te perteneces, y que tu conducta tendría que de-
sagradar tal vez al caballero Bafil, cuya gene-
rosidad supera á la misma ponderación .... Lo
demás, en último resultado, ha de ser satisfac-
torio, sin necesidad de que tú vayas. Advierte
también que en el barrio hay ojeriza, que sus gen-
tes te tienen hincha y todavía te muerden con
envidia, como era de colegirse una vez que te
apartases de la atmósfera de vapores de pescado
en que ellas viven.
Cantarela movió la cabeza colérica.
— No me hacía Vd. esas observaciones cuando
iba en mi busca. . . .
— Cierto que no. Pero nunca fué innoble el ofi-
cio de obviar dificultades entre dos que se quie-
ren ; y en obsequio á eso, natural era que yo sólo
consultase tus deseos y los de aquel rico señor
que se consumía por poseerte sin tener en cuenta
lo que barruntase la tribu de barqueros. Así su-
cedió que te decidiste á cambiar de condición,
prefiriendo con buen gusto y mejor juicio un do-
micilio por otro, que allí los peces muertos úni-
camente abundaban, y aquí relumbraba lo bueno,
262 E. ACEVEDO DÍAZ
y las monedas excedían á los peces en cantidad
respetable, por obra del cariño, que no de las ma-
nos, sin privaciones ni sudores; pues el beso amo-
roso, hija mía, vale más cuando gana corazón y
bolsa, que el trabajo triste y duro de arrancar
agallas y tejer redes, en veinte años.
La joven la miró con desprecio. Después, apo-
yando la barba en la mano, dijo irritada :
— El amor me arrastró hasta aquí, no el in-
terés. ¡Honrado trabajo el suyo: traficar con co-
razones! Parece que hubiese sido el de toda
su vida ; y bien sé que de este comercio ha sa-
cado Vd. lucro. Si fuera Vd. madre, quizás la
hija antes de nacer se enviciara en sus entrañas ;
y al ver la luz mamara ya el secreto de per-
derse.
Gertrudis secóse el sudor sofocada, y reprimién-
dose, repuso con acento hipócrita y meloso:
— No hay que envenenarse la sangre, hija mía,
por palabras dichas sin intención de ofender;
pues no puedo olvidar que te debo merecimien-
tos y agasajos, por estima y por gratitud. Es
preciso que te reportes, porque unas más que
■otras en el mundo, somos víctimas de nuestras
mismas debilidades, y á nadie enrostrar las
suyas podemos sin que sintamos á la vez que
se nos sube la culebra á la garganta y nos
muerde en la lengua ....
Levantóse Cantarela con ímpetu, y fuese en
silencio, sin mirarla. Sufría un gran dolor.
BRENDA 263
Sin detenerse ni volver el semblante, con las
sienes ardiendo y el ademán convulsivo, alargó
el brazo, señalándola la puerta.
Una vez en la pieza cercana, en donde ardía
á medias una lámpara, cambióse llorando, sus
zapatos por otros ; cubrióse en parte la cabeza y
cuello con una manta ligera; deslizó de uno de
sus dedos, sobre la mesa, un anillo, recuerdo de
Zelmar; y enjugándose el llanto, salió resuelta-
mente á la calle.
El sereno cantaba las once con voz llena y
robusta, en la acera, haciendo oscilar en el pavi-
mento el vivo chorro de luz de su linterna. Junto
á él pasó Cantarela veloz como una sombra.
El guardián nocturno volvió la cabeza, alum-
brándola por detrás; compúsose la garganta y
murmuró :
— ¡ Buena estampa y malos pasos !
Oyóle ella, pero siguió su camino impasible.
Se iba acostumbrando á las palabras duras y á
los improperios hirientes, ya sin fuerzas para co-
honestarlos. ¡ Cuántas cosas sombrías en su pobre
cerebro ! Caminaba bajo una excitación profunda,
atropellándose, tropezando con las piedras, do-
blando las rodillas en cada desnivel del afirmado,
estremeciéndose ante las sombras sospechosas y
al escuchar el escarceo de las olas en las toscas,
que parecían hablarla de una historia reciente con
su música extraña. Sus penas de amor, el deber
filial, el aprecio perdido, todo esto abatía el vi-
18
»
264 E. ACEVEDO DÍAZ
gor de su temperamento en aquella hora, re-
tratando en su mente las imágenes de un hombre
que no era ya todo de ella, de un anciano en-
fermo cuyo nombre mancillaba, y de otros se-
res que la quisieron pura, y que ahora ni el re-
cuerdo de esa pureza conservarían. Había sido
desterrada tal vez, de toda memoria. Así como
uno que ha muerto ignorado, tras de una vida
infame, sin dejar dos ojos que le lloren. Y en
esta exageración de su dolor, la joven se detenía
temblando, volvía sobre sus pasos, y tornaba á
andar agitada, con más fiebre, comprimiendo sus
suspiros, y sintiendo que allá en el fondo de su
alnm parecía formarse un vacío más grande que
la inmensidad de la noche ....
Más pronto de lo que ella creía, llegó á la
casa del viejo pescador. De la puerta entreabierta
salía alguna claridad. Dos hombres estaban junto
á ella, en la vereda, apoyados en la pared, fu-
mando en silencio y sosiego. Pronto reconoció
Cantarela en ellos á Marcelo y Carolo, y se de-
tuvo á pocos pasos, emocionada é indecisa. Pa-
reciéronla sus siluetas las de dos espectros mu-
dos, lúgubres y amenazadores, envueltas en una
humaza espesa y fantástica. Gruñó un perro de
aguas allí cerca tendido, dando con la cola en
la piedra.
Marcelo se adelantó, cogiéndole por una oreja
con suavidad, y diciendo con la pipa en la boca :
— ¡No hay que gruñir á la señora. Bagre!
Pronto olvidas los respetos.
BKEin>A 265
— Buenas noches ....
— j Las dé Dios !
Carolo mordió su pipa, mirando á la coeta, sin
moverse, la gorra caída sobre la sien, y añadió
con acento frío y sarcástico:
— El cielo la acompañe, aunque ya no es hora
de bordejear.
Cantarela avanzó hasta el umbral, temblando,
y se detuvo de nuevo.
— ¿Por qué no entras? — preguntó Márcelo, vol-
viéndose, con voz ruda — ¡ Ahí está ! . . .
— Sí, pues, — argüyó Carolo arrojando una bo-
canada de humo, y dirigiendo su vista de soslayo
á la joven. — Nadie la priva de entrar.
— ¡Parece que te comiera un gusano el corazón!
Ella dio unos pasos maquinalmente, lastimada
y llorosa; y vióse en la pieza de las redes, que
tan bien conocía.
La vela de la imagen estaba encendida, y rei-
naba en el interior un profundo silencio.
A su entrada, un hombre se levantó de la
banqueta de un extremo, con los brazos sobre
el pecho. Tenía el semblante color de bronce,
ajado y marchito, sin duda por los insomnios;
el pelo largo y negro abierto al frente, cayéndole
con descuido por detrás de las orejas; y la es-
tatura elevada, de formas vigorosas y fornidas,
apenas encubiertas por un pantalón de hilo crudo,
una camiseta á cuadros de algodón, una faja
solferino y unas botas fuertes á media pierna.
266 E. ACEVEDO DÍAZ
á propósito para andar sobre el guijarro y la
conchilla. Un pañuelo de seda plomizo anudado
al cuello, y formando triángulo sobre su dorso,
escapular de atleta, completaba su traje tosco de
labor, sin colores vivos ni fútiles adornos.
Este hombre miró á Cantarela con aire huraño,
retraído y taciturno, y la barba clavada en el
pecho, que oprimía con sus dos brazos musculo-
sos. Ella dejó caer la manta á la espalda, ele-
vando trémula la mano y volviendo despacio á
un lado la cabeza, para fijar sin brillo sus ojos
en el suelo.
La había concluido de imponer aquella figura
apuesta y bizarra, en cuyas facciones viriles pa-
recían haber dejado burilada una dureza salvaje,
las peleas oscuras y heroicas con el huracán y las
olas. Cantarela sufrió una impresión de miedo y
dijo al fin, balbuciente:
— ¿Puedo verlo, Gerardo?
El pescador irguió la cabeza lentamente al eco
de aquella voz llena de ruego ; y observó recién
quizás, que el hermoso rostro de quien le hablaba
tenía un color terroso, el párpado caído, el mirar
vago y los labios secos.
La puerta de la habitación del enfermo estaba
entornada ; y en ese instante podíase percibir un
leve murmullo de voces de personas que conver-
saran muy bajo, como evitando perturbar el sueño
del paciente. Estos diálogos cortados y monóto-
nos en la penumbra, junto al lecho de un enfermo
BRENDA 267
grave, sugeridos por Ja duda, la impaciencia ó
el afán oficioso de los extraños, transformados
en medicastros infalibles, que remedan letanías
de misa de alba, y se susurran al oído entre
suspiros de ansiedad y presentimientos fúnebres,
llenando la pobre atmósfera del doliente con
alientos y bostezos interminables, ruidos de fal-
das inquietas y toses importunas, á la par que
se concentran en su semblante desencajado, mi-
radas repetidas y fastidiosas que parecen anun-
ciarle que ninguno daría por su vida ni una he-
bra de cabello ; todos aquellos misteriosos rumo-
res, anticipos á veces de rezos agonizantes ó
preludios de la hora final, indicaron á Cantarela
que allí había comadres del barrio, aplicando
acaso al envés las recetas científicas ó discutiendo
la competencia del facultativo con una formalidad
cómica é irritante.
Si bien el estado de su espíritu no la permitía
este género de apreciaciones, bastóle saber que
eran manos extrañas y cuidados ajenos los que
atendían á su padre, para sentir que su sangre
afluía con mayor violencia sofocándole el corazón
y golpeándole en las sienes, en medio de sordos
zumbidos y contracciones musculares.
Cuando volvió á elevar sus ojos hacia Gerardo,
todo su cuerpo se estremecía como una caña. Ha-
bía en su cara una sombra de desvarío.
— Duerme, — contestó secamente el pescador.
— No importa. . . . Esperaré á su lado que des-
pierte.
268 E. ACEVEDO DÍAZ
— A tu vista su mal se aumentará.
— Verás que no .... ¡ Por esa Virgen adorada !
— Ya no alcanza á ella tu ruego. El patróa
Cario dice que tú nunca lo has querido.
— ¿Eso dijo?.... ¡Oh, no I Si no lo quisiera
tanto no habría yo venido llorando con una gran
puntada aquí en el pecho .... Si cometí delito era
aparte de amarlo siempre, porque no fui jamás
perversa, que yo quise con mi ventura la de
él
— ¡Dichosa te crees!
— En mi misma desgracia. ¡Pobre de mí!. . . .
— Verdad. Aquellos días serenos de las playas
eran menos felices, porque para serlo tú era pre-
ciso que perdieses el rubor, de modo que no lim-
piase tu alma toda la sal de las aguas.
— No reproches la pérdida de lo que nunca fué
tuyo, que ese derecho es sólo de mi padre . . .
— Nunca cae por el anzuelo sino manjar bueno
para el plato de los ricos. . . ¡te han gustado bien !
¡Y tienda uno la red corvinera con confianza para
atraer el cardumen, mientras escoge la mejor presa
el tiburón que nadie espera, y por casualidad viene
allá por el cabo, rompiendo la malla y dando el
chapuz! ¡Buena pesca, por el infierno! . . .
Y el marinero levantó crispado el puño, con
un gesto de ira y de desprecio.
Cantarela lanzó un grito.
Momentos antes, en la habitación del enfermo,
tres mujeres allí reunidas, esmeradas y diligen-
BRENDA 269
tes, después de abrigar los pies de Roveda y
arreglarle la almohada, releían una receta que
llevaba al pie la firma del doctor de Selis, cre-
yendo entenderla á la perfección á la luz de
una mariposa; y comentaban en voz de secreto
la sabia medida adoptada por la más experta de
las tres como remedio eficaz, la cual había con-
sistido en la aplicación al pecho del doliente, —
sin que el médico lo hubiese sabido, pues el ex-
perimento sólo duró algunas horas, — de un em-
plasto especial de yerbas y hojas de una virtud
prodigiosa, á falta de una mandragora infalible.
A ella atribuían las solícitas enfermeras el pe-
ríodo de calma en que parecía entrar Roveda.
Mas, para asegurar mejor el éxito, era necesario
poner al relente el emplasto, que ya había sido
retirado, á la claridad de la luna, y quemarlo en
un horno al día siguiente, hasta reducirlo á ce-
nizas.
Objetaba á esto, con la mayor gravedad, una
de las mujeres, que el temperamento usado hasta
entonces se diferenciaba sustancialmente del pro-
puesto en cuanto prescribía que el emplasto de-
bía quemarse en una llama de vela de cera des-
pués de dejarlo al sereno toda una noche, á la
influencia del cuarto creciente.
La tercera preopinante añadió, por su parte, con
acento sentencioso, que ella creía también que de
esa manera únicamente podía extirparse de raíz
el < daño » que habían echado al patrón Cario
270 E. ACEVEDO DÍAZ
en el café, ó en la pipa de fumar; pues no es-
taba ella muy firme en si el espíritu ó ánima mala
hubiese entrometi'dose con el líquido ó el humo,
aunque estaba segura que había picado en el ri-^
ñon al hombre.
Con este motivo y en defensa de las dos tesis
6 de sus proposiciones accesorias, trabóse un par-
loteo precipitado y empeñoso, mezcla de arru-
llos de palomar y de enjambre de avispones,
cuyo diapasón se elevaba ó decrecía por inter-
valos asumiendo el tono de la gresca ó de la ar-
monía, según las peripecias de la disputa ó el
mayor ó menor grado de terquedad en el ab-
surdo, de que aquella asamblea, — como hay mu-
chas,— hacía para el enfermo cuestión de vida ó
muerte. El interés particular de cada una en el
debate, y el ofuscamiento producido por la vi-
veza de las réplicas, no permitió á las buenas ve-
cinas poner atención á las ocurrencias de la pieza
próxima ; y fué necesario que el grito de Canta-
reía llegase hasta ellas, para llamarlas al orden.
Cario Roveda abrió los ojos, dando un quejido
ronco, é incorporóse un poco sobre los codos, con
la boca abierta, hundidas las carnes, lívido, y
ese aire de azoramiento súbito que causa, como
una conmoción eléctrica, lo inesperado ó lo im-
previsto.
— Alguno llora ahí, — dijo en voz muy baja y
débil.
— Parece que es Cantarela ....
BRENDA 271
— iAh!....
Tras esta exclamación casi ahogada, Cario Ro-
veda dejó caer la cabeza poco á poco hasta en-
contrar apoyo ; y sus ojos se cerraron. Recorrió
bien luego su semblante una crispación nerviosa,
y no tardaron en asomar bajo los párpados aja-
dos y violáceos, deprimidos en el fondo de las
cuencas, dos de esas lágrimas que escapan sin
lamento y que vienen de lo más hondo.
— Pavera fanciulla / — murmuró.
Quiero verla.
Las tres mujeres se miraron un momento en
silencio : el caso era grave y afligen te. Cambia-
ron luego opiniones en voz baja.
— No merece eso la indigna, — dijo una.
— Ella le echó el «daño», — añadió otra.
--Va á sofocarlo con sus humos, — susurró la
tercera, cuarentona, biliosa y llena de pecas. — Pre-
firió el lujo al crepido de aserrar espinazos y
aletas ; y es capaz de entrarse vestida de tercio-
pelo con todo el calor que nos ahoga. . . .
Abrióse de golpe la puerta ....
Penetró Cantarela sin fijarse en ellas, muda y
ligera como un fantasma, arrastrando su manta,
y descompuesto el cabello, el mirar sostenido y
firme, — sin pestañeo, las manos juntas contra el
seno, amarilla, ojerosa.
Las enfermeras se retiraron en silencio sobre la
punta de los pies ....
Tendióla en sosiego el viejo pescador la dies-
272 E. ACEVEDO DÍAZ
tra, que ella besó en medio de arranques y sollo-
zos, para levantar luego la frente y decir con
acento de intenso dolor :
— No me odies . . . . ¡ Cuan quebrantado estás !
Yo vengo á acompañarte y á servirte .... Tú eres
bueno, padre, y yo una infeliz.
— ¡Ninguno te compadece!
— Ninguno. Todos me rechazan y desprecian.
El viejo, con una voz semejante á un hálito,
poniendo la mano temblorosa sobre la cabeza de
su hija, murmuró:
— ¡Yo te perdono!
Cantarela reclinó su semblante en el pecho del
enfermo. La mano callosa seguía posada en su
cabeza, y por dos veces se estremeció.
Largos momentos pasaron.
En la pieza próxima, las mujeres hablaban en
un lenguaje vivo y exaltado, y parecía ser Canta-
rela el objeto de aquella excitación. Esta oyó, á
pesar de su situación de ánimo y de la langui-
dez profunda que se había apoderado de todo su
cuerpo como una somnolencia abrumadora, que
una decía: — ¡Ella acabará con él!
La frase la hirió, advirtiendo recién entonces
que la mano del viejo pescador pesaba como
un plomo sobre su cráneo. La apartó dulcemente;
el brazo estaba duro y rígido. Acercó su mano
al pecho y no latía. Levantóse de golpe, espan-
tada, y lo miró al rostro profiriendo una queja.
Cario Roveda tenía la cabeza caída hacia atrás.
BRENDA 273
dejando al descubierto todo su cuello; los ojos
semi-abiertos, fijos y dilatados; la piel dura y fría;
la boca contraída por la última sonrisa; inmóvil,
tieso, casi helado. Estaba muerto.
XXI
EN EL BAILE
En la noche del lunes, los elegantes salones de
la casa-quinta del señor Samuel Stewart, en el
camino de la Agraciada, daban cabida á una bri-
llante concurrencia ávida de esas emociones y pla-
ceres que reservan siempre un secreto de deleite,
aun cuando hayan sido con frecuencia saboreados.
Terminábanse unas cuadrillas. Ocupaban el
centro del primer salón dos parejas que atraían
todas las miradas, y que al interés de otras ve-
ces, unían ahora el de la novedad, por la presen-
cia de Raúl Henares, cuyo nombre había servido
de tema á los comentarios de anteriores días con
motivo del percance que comprometió la vida de
Areba y de su amiga Julieta. El joven acompa-
ñaba á Brenda, y tenía á su izquierda á la seño-
rita de Linares y á de Selis.
274 E. ACE^rEDO DÍAZ
Julieta había logrado conquistarse á Zelmar á
pretexto de que éste debía hacerle la presentación
de su amigo Raúl, como ella lo deseaba: en medio
de un intervalo, de modo que todos los ojos pre-
senciasen la escena, en un paso complementario —
en tanto descansaba la orquesta, — como aparte
grave é interesante, ante el que ninguno podía
mostrarse indiferente. Verificóse así el acto, con
todo el aplomo de un diplomático por parte de
Zelmar, y acompañamiento espontáno de sonrisas
y murmullos en las filas. Quedó satisfecha Julieta
hasta el punto de arrastrar á su compañero al
frente, sin darse la pena de consultarlo. Zelmar
se conformó filosóficamente, pensando que el mal
cuarto de hora se compensaría bien con la ve-
cindad del flanco. Areba, en cuyo semblante se
pintaban frecuentes desazones, originadas por el
envidiable embeleso de Brenda y Henares, que
parecían estar solos en medio de aquel centro de
expansiones y alegrías, tuvo un momento de hila-
ridad que reprimió sin esfuerzo, aun cuando llegó
á producir escozor en Zelmar.
Parecióle que Areba guardaba para él algunas
severidades.
Pero el caso era que, aparte de ese incidente,
Julieta, sin dejar de ser elegante y dama de cas-
cabel por la calidad del aderezo y del brocado,
lucía esa noche un traje singular, como arrancado
del tapiz, cuyos colores contrastaban con el mo-
reno subido de su rostro y el lunar más oscuro
BRENDÁ 275
■™ — ■■ - ^ ■ ■ ■■■■-■ -■-■■! I ■■■■■■»■ I ■! ■■ I ■ ■■ M» ■ ■ II ■■ m^^^^
todavía, con que un hada maléfica la obsequió
desde la cuna. Está circunstancia de detalle, —
si bien ella no estilaba modas de antaño, — puso
en evidencia un capricho, contribuyendo á pro-
vocar en la misma Areba un arranque de buen
humor.
Zelmar advirtió por primera vez, que su com-
pañera tenía algo de egipcia, — esa noche más
que nunca; — y tentado estuvo de hablarla de
los cocodrilianos y cisnes negros del Nilo Azul
como de cosá^ familiares. Pero recordó que Ju-
lieta, fuera de ser en extremo susceptible, había
recibido una educación enciclopédica ; y guardóse
bien de provocar una disputa de dudosos resul-
tados.
Ya concluidas las cuadrillas, Julieta se detuvo
en su paseo junto á las columnas de mármol que
dividían en dos compartimientos el salón, sitio
favorecido por algunos grupos, y dirigiéndose á
Zelmar, dijo con marcada intención:
— Parece que la simpatía de su amigo Hena-
res hacia Brenda Delfor se acentúa, y que hay
riesgo de que él sea el agraciado exclusivo de
la reina del baile. ¡Esta crónica tendrá mucho
interés!
¡ Sin embargo, — prosiguió bajando la voz y
procurando atraerse la atención de los grupos, —
dicen que hay seria oposición!
Zelmar se encog^ió de hombros, y arrastró dul-
cemente á su compañera lejos de aquel sitio. Em-
pezaba á compadecer á Raúl.
276 E. ACEVEDO UÍAZ
— He calificado, con justicia en mi concepto,
reina de la fiesta á la señorita de Delfor. Convenía
también que lo declarara ahí, para advertir de su
hinchazón chocante á Tula, esa rubia pálida que
estaba reclinada en una columna, fría como una
piedra, insustancial y vanidosa, hasta pretender
para sí todos los laureles, con sus ojos de plomo
deslucido y cabellos de mazorca. Vd. la conoce.
¡ Carga con su aire majadero !
— i Oh crueldad !
— Es lo exacto. Cuando canta en el coro, va
toda de tules y muselinas blancas con las tren-
zas flotantes para asemejarse á las imágenes sa-
gradas ; en el paseo, maneja los caballos briosos
con pretensiones de un Byron con polleras y
quiere ir siempre á la delantera ; en el teatro se
cuaja de brillantes y se viste de azul otomano,
con humos de Validé insuperable; y en el baile
ya la ve Vd;, disputando á Brenda la superio-
ridad, ella que es incapaz de interesar con su
trato á un hombre de mérito, y que sólo dice
vaciedades y fruslerías suficientes á desilusionar
en un minuto á un soñador con cara de flau-
tista.... Siquiera ujia, sin ser tím agraciada,
dispone de ciertos atractivos sin afectación. ¿No
le parece á Vd.?
— ¡Quién lo duda! — exclamó Zelmar con me-
sura. — La elegancia resalta más en Vd. ; el cuerpo
de ella es incorrecto y difícil de disimular; el de Vd.
es airoso y serpentiforme, por naturaleza. Luego,
BRENDA 277
la sal sólo es patrimonio de las morenas ; las
rubias, las Ofelias, las Margaritas, no son más
que pastas de harina fina sin azúcar, que los
poetas sazonan con lagrimones de dudosa trans-
parencia. -
— Me place oirlo hablar así, — dijo Julieta con
coquetería; — bien se conoce que Vd. va en pugna
con el criterio vulgar. Y ahora he de decir que
mucho se habla de las predilecciones de Vd. res-
pecto á Areba, permitiéndome regañarle con
este motivo por su reserva con las amigas an-
tiguas.
¿Hay algo de cierto?
Zelmar volvió á encogerse de hombros, sin
que se alterase en lo mínimo su semblante.
Animóse Julieta, golpeándose la falda con el
abanico.
— Ya es tiempo, caballero, de que Vd. se pre-
ocupe un poco de la seriedad de esos rumores,
para confirmarlos ó desvanecerlos.
Zelmar asumió un aspecto grave, y respondió
con acento enfático:
— En la tabla rasa (Je mi espíritu, no he gra-
bado aún ninguna imagen de mujer.
— Muy metafísico está Vd., — repuso la joven
frunciendo el labio con ironía.
— Por el contrario, harto práctico. Me con-
servo simplemente. Vea Vd., lo mismo puede de-
cir aquella su amiga, la de los dolores neurál-
gicos ....
278 E. ACEVEDO DfAZ
— ¡Ah! es terrible con su jaqueca, y por eso
abusa de las perlas de trementina.
Zelmar levantó la nariz con aire malicioso, mur-
murando :
— Nada dije á Vd. del fuerte olor de violetas
que he sentido al pasar por su lado ....
La joven, desconfiada y prevenida siempre con-
tra las ocurrencias de su compañero, había vuelto
el rostro hacia la puerta que daba al jardín, ape-
nas viole el gesto.
— Vuelve Areba con el doctor de Selis, — dijo.
— ¿No ha notado Vd. lo animado de su conver-
sación? Parece que trataran asunto de importan-
cia. Y ¿ qué se ha hecho nuestra parej¿i del frente
en las cuadrillas? No la distingo en este salón.
— ¡ Ah, la preciosa Brenda ! Está bien acompa-
ñada, y debe encontrarse en la sala del am-
bigú. ... ¡A buen seguro que no ha ido á pro-
bar nada de lo muy delicado que allí se exhibe.
— ¿ Ya tuvo Vd. ocasión de verlo ?
— Ningún hombre de mundo, Julieta, inicia la
danza sin permitirse antes dirigir una visual so-
bre lo que más tarde ha de ser excelente restaura-
dor de sus fuerzas.
— ¡Qué prosa!. . . .
— Sólida y sustancial. Invito á Vd. con un ho-
jaldre de jamón.
— Muchas gracias .... Estoy casi segura que
el compañero no tendría tiempo de obsequiarme.
— Verá Vd. que á todo podrá atenderse . . .
BRENDA 279
Aquello es un primor aderezado como en casa de
sibarita, que hace pensar en el comedor de Cleo-
patra todo cubierto de rosas hasta la altura de
una vara, según dicen los egiptólogos. Decídase
Vd. por el hojaldre.
— Puede Vd. tomarlo en mi nombre, aparte de
una buena dosis en el suyo; más ahora que le
he sorprendido un visaje de hastío y sueño. —
¿Por qué viene Vd. al baile?
— No lo crea Vd.. interesante Julieta; me siento
con placer á su lado .... Pero, si he de ser
franco, vi hace un momento abrir la boca con
la mayor delicia á aquella señora anciana, que
está en el confidente de la izquierda ; y nada
causa más envidia que un bostezo, aunque el
mío fué un barrunto ....
Conque iremos, mi encantadora Cleopatra ....
— Le tengo advertido, caballero Bañl, que no
le permito confianzas, ni comparaciones odiosas.
Está Vd. hoy pesimista en extremo, y sin apar-
tar la vista de Areba y de Selis, como si algo
le fuera en ello ....
Felizmente aquí se aproxima mi compañero para
la mazurka, que me resarcirá de sus momen-
tos y á quien haré confianza de cosas muy intere-
santes que reservaba para Vd.
— ¡ Oh ! cuánto lamento esta circunstancia que
me priva ....
¿ Quién es ? — agregó interrumpiéndose, al oído
de la joven, viendo acercarse al candidato.
19
280 E. ACEVEDO DÍAZ
Miróle Julieta con enfado y dijo:
— Un poeta de delicadeza suma, y de dotes
muy relevantes, que no se acuerda para nada
del jamón y del pastel cuando va con una dama^
— Al papamoscas le llaman boyero.
— ¿ Qué dice Vd. ? ¡ Tiene reputación hecha en
todos los círculos! — replicó Julieta enconada, y^
moviendo la cabeza de modo que agitóse trémula
la flor de su tocado y ondularon sus crespos
flequillos al viento de su cólera.
— ¡ Oh sí, conozco su fama ! dijo Zelmar con
mucha flema. No haga Vd. caso de una broma.
En ese instante se acercó un joven solicitando-
su pareja. Bafil desprendió suavemente su brazo,
mirando de soslayo y por encima del hombro-
á su libertador, con aire compasivo.
Dióse vuelta Julieta, ya risueña, y hacienda
un ademán de amenaza con el abanico:
— Si olvida Vd. caballero Bafil, el compromiso-
de bailar las primeras cuadrillas, olvidaré tam-
bién el mío de narrar á Vd. una crónica impor-
tante.
Zelmar, que se había quedado^ en actitud de
cortesía, entretenido en dar vueltas á la borlilla
de un guante, no pudo menos de sonreirse y de-
cirse :
No recuerdo haber incurrido en tamaña lige-
reza. ¡Esta mujer es capaz de arrastrar al pe-
cado á ese inocente!
Buscó en seguida á Areba con la mirada. Encon-
BREADA 281
trábase la joven en un grupo, del que formaban
parte Brenda, Raúl y de Selis. A la derecha, en
un diván forrado en seda color granate, estaba
la señora de Nerva, cuyo semblante marmóreo,
casi transparente, parecía revestirse por interva-
los de sombras, como si mantuviese una lucha
de opuestas impresiones. El vestido negro hacía
más intensa la blancura del rostro. La expresión
de sus ojos era fría y severa, y los tenía fijos en
Henares y en Brenda, quien experimentaba algo
semejante al desaliento de la angustia á cada
encuentro con aquella mirada rígida, honda y
persistente. Ella sabía que los enojos de su pro-
tectora nunca salían de ese lenguaje mudo, elo-
cuente en su mismo mutismo ; y se había acos-
tumbrado á interpretarlo y comprenderlo, de modo
que jamás los labios vertiesen un reproche. En
esta ocasión parecíale á la pobre niña que ella
había cometido un gran pecado, á juzgar por la
extraña é inusitada luz de aquellas pupilas ya
débiles y cansadas ; y en su zozobra, dirigióse
en silencio á Raúl, como impetrándole una gra-
cia, que en el fondo sólo era una pena para los
dos.
Penetróse bien el joven de ese malestar, á
que él no era ajeno tampoco, sintiendo cómo se
infiltraba en su espíritu la corriente fría que domi-
naba el grupo, cual si en rigor hubiera allí uno
de más ; y apresuróse á colocar á Brenda en el
extremo opuesto del diván, respetuoso y atento.
282 E. ACETEDO DÍAZ
Al inclinarse para volverse, observó que la
señora de NerVa había hecho un movimiento
muy vivo hacia atrás, clavando en él con nueva
fuerza su vista. Sintió encenderse entonces en
su mente, como un fuego fatuo que giro por su
cerebro para desvanecerse muy pronto sin de-
jar rastro alguno, una reminiscencia vagu é in-
decisa. . . .
— ¡ Verdad que no comprendo ! — hablóse á sí
mismo con extrañeza.
— ¡No se digna invitarme! — díjose á su vez
Areba contrariada, viéndolo alejarse.
Y lo siguió mirando hasta que él desapareció
por una de las puertas que daban al jardín, con
ese aire de despecho y de enojo reprimido que
realza el semblante de una mujer hermosa.
De improviso oyóse una voz alegre:
— ¡Señorita, llaman á lanceros!
Era Zelmar quien había hablado.
— Cierto que son con Vd., — repuso Areba pa-
sando su brazo al del joven, y mirando á de Selis
de una manera significativa. — Doctor: la demanda
aumenta, y no es del caso quedarse sin la reina.
Sonrióse Zelmar al oir las últimas palabras,
pronunciadas con acento suave é intencionado,
y dijo volviendo á otro lado el rostro:
— ¿Qué se habrá hecho Raúl? Es parte obli-
gada del cuadro, y hay que citarlo á comparecer.
— Fuese hacia el vestíbulo que da al jardín, —
respondió Areba disimulando su contento, y obser-
BRENDA 283
vando de soslayo que Brenda tendía á de Selis
su mano estremecida.
— Es de suponer que no haya ido á filosofar,
y sin ser importunos haremos reclamo de su per-
sona.
Nada contestó Areba; y encaminándose al ves-
tíbulo, decíale el joven con cierto tono que no le
era peculiar:
— ¡ Cuánto me congratulo de que Vd. no haya
puesto en práctica su resolución de no asistir á
este género de fiestas!
— ¿Por qué?
— Por mis íntimos contentamientos.
— ¡ Ah!. ... Si he de ser franca, esta vez estuve
débil. Luché, pero inútilmente. Hubo al fin que
desalojar el ánimo de tristes preocupaciones, lo
mismo que se espantan los mosquitos con el plu-
mero, por una rendija de la ventana ; y aquí me
tiene, encontrándome al paso con los personajes,
las fisonomías y las escenas de siempre, aun
cuando los buenos amigos saben romper la mo-
notonía con momentos muy agradables.
— Creo contarme en ese número, si no es ex-
cesiva pretensión, Areba ....
Volvióse la joven para cerciorarse de si la otra
pareja seguía sus pasos; y ya fuera del salón,
convencida de que así era, y paseada una mi-
rada inútil en busca de Raúl, dijo en voz alta:
— Es delicioso el ambiente que aquí se respira;
y manifiesto con franqueza mi deseo de que pos-
284 E. ACEVEDO DÍAZ
terguemos los lanceros y descendamos al instante
al jardín.
— ¡Excelente idea! Se ven muchas parejas en
los senderos.
Brenda y de Selis, que venían á pocos pasos,
bajaron la corta gradería de mármol en pos de
la señorita de Linares y de Zeln^ar. Caminaban
en silencio, y como abstraídos.
El jardín, al frente, ofrecía un aspecto fantás-
tico: globos chinescos, bombas de cristal, luces
venecianas de caprichosas formas, unidas por hi-
los metálicos á las ram^s ocultas, modelaban en
el espeso follaje bellos pabellones de cien colores.
Algunas linternas de intenso reflejo, colocadas en
el interior de los grandes árboles con los lentes
vueltos á los surtidores, convertían en mil chis-
pas de rubíes, záfiros y topacios las menudas go-
tas, improvisando fajas transversales rojas, blan-
cas ó azules, según el color de los lentes reflec-
tores, cual iris espléndidos en media noche.
Oíanse rumores de voces y alegres risas entre
los árboles, como gorjeos de pájaros que se antici-
pan á la aurora ó sueñan inquietos en las ramas.
Desarrollábanse por allí escenas más variadas que
las del baile.
Hermosos bosquecillos se seguían á los cua-
dros de plantas de la plazuela; y uno de ellos
venía á concluir en ángulo agudo sobre la misma,
formando dos calles profusamente iluminadas, una
de las cuales concluía en un pequeño lago con
puente de piedra.
RR£m>A 285
XXIÍ
EN LA. AVENIDA
— Seguiremos por esta avenida de la derecha,
— dijo Areba, mirando para atrás.
La de la izquierda está más solitaria, como para
xm secreto ....
— A la verdad, — repuso Bafil, dejándose lle-
var por su compañera y fijando en ella una mi-
rada ardiente, — que yo me siento con disposi-
ción de revelar alguno. ¡Esta noche no se parece
-en nada á mis otras noches!
— No pocos de los que en el baile sé encuen-
tran, amigo mío, pueden decir lo mismo. De to-
das las noches mal dormidas y peor empleadas,
<][uizás ésta sea la única excepción, porque si-
quiera se ofrece como tregua para retemplar el
espíritu con satisfacciones y goces morales, de
que sólo se acuerdan aquellos que los han des-
deñado, cuando los placeres bajos y los deleites
obtenidos con mengua de la inocencia y el amor,
les advierten que la copa se ha apurado, y que
es preciso refinar el gusto para mantener la ilu-
286 E. ÁCEVEDO DÍAZ
sión que rebajaron al nivel de las seducciones
indignas.
Me refiero á varios de los que ahí están, — con-
tinuó Areba con sorna. — Parecen contemplarse
á sí mismos, sin tener para nada en cuenta sus
impurezas.
— ¡Sensualismos en cuerpo y alma! — arguya
Zelmar.
— Habrá Vd. visto que también hay poetas que
no dicen nada que se parezca á versos. Todos
temen comprometerse. Ya no es el tiempo de
antes, de ingenuidades y estrofas. Si Vd. aban-
dona á uno de esos soñadores en una selva, será
capaz de cantar en loor de las mismas espinas^
que otros nos suelen ceñir en las sienes; pero
colóquelos al lado de una mujer de corazón, y
ya los tendrá mudos como un arpa rota, como
si la poesía no más que emana de nuestro sexo
les atrofiara el numen y les matase la palabra
en la raíz.
— Son inmigrantes de la altura: en materia de
amor, se alimentan de infusorios.
Conque ....
— Están otros que no son poetas: bien lo
habrá observado Vd. Peor aún. Me fastidian hom-
bres que, aparte de eso, tienen cabezas de chin-
gólo. Creen que bastan los bigotes para ser va-
rones. No les saca Vd. de la mecánica del baile.
Mueven las piernas y apenas los labios, y la ra-
zón es obvia: se imaginan que en la gracia de
la pirueta estriba el secreto del prestigio.
BRENDA 287
— ¡Tallas de chorlito! Iba á decir....
— No por eso se figure Vd. que hablo de to-
dos. Salvo las debidas excepciones. En esto de
hacerse querer, las pretensiones son muchas y
los méritos pocos. Para sacar aquí un candidato,
— me deslizó no hace una hora Julieta al oído,
yendo del brazo de un escribano respetable, —
sería preciso votar con fraude.
— ¡Oh inconsolable Julieta!
— No se burle Vd., que en rigor decía verdad ;
hay muchos entretenidos en desperdiciar sus años.
Con este motivo la recordé que ella hacía mal
en tener afición tan loca para embalsamar pája-
ros, que así hace Julieta con sus ilusiones ; y en-
tusiasmo tan grande por una rana que toca el
violín, firme sobre dos pies, y que ella enseña á«
todos, sin advertir que ésta es una imagen fiel del
solterón que se solaza á solas, ¡como hay tantos
en nuestro pequeño mundo !
— ¡Cierto que solazarse á solas con un violín
es una iniquidad! .... Vea Vd., Areba : yo estoy
resuelto á no ser comparado con una rana; y me
siento con disposiciones excelentes para abordar
el problema con toda madurez. No sé por qué
en este momento mismo el corazón se impacienta,
como si una influencia muy cercana perturbase
la normalidad de sus funciones.
Areba miró para atrás, sonrióse y apoyó con
más fuerza su brazo en el de su compañero, que
se había callado.
288 E. ACEVEDO DÍAZ
— ¿Quemas? — preguntó con aire seductor y
levantándose un poco la falda con ademán altivo.
— Que me siento apasionado de veras, mi be-
lla amiga, é impelido de una vez á manifestarlo;
porque tengo aquí en el fondo del pecho un an-
sia profunda y en la mente excitada, una imagen
que supera al común de los humanos, y se iden-
tifica con sus aspiraciones secietas....
— ¿Será acaso, — le interrumpió la joven fría-
mente, — una mujer hermosa de tipo hebreo, con
ojos y cabellos muy negros, cintura de junco,
melancólica, pero ardorosa é ingenua, que .... tal
vez no está aquí?
Turbóse un poco Zelmar; mas luego repuso
con firmeza:
— No conozco ninguna de tales calidades. Aque-
lla á quien yo me refiero se encuentra á mi lado.
Areba dejó oir su risa armoniosa, y abriendo
de golpe el abanico, interrogó con mucha gra-
vedad : •
— ¿Cuándo se recibe Vd. de médico, amigo mío?
— ¿Tanto interesa eso á Vd.?
— Mucho, ciertamente. Necesito de sus servi-
cios profesionales en bien de mis protegidos, y
quiero que sea Vd. el médico de casa. ¿Desagrá-
dale acaso esta proposición?
— De ningún modo, y agradezco desde luego
efusivamente ese honor. Marcho en breve á Bue-
nos Aires para obtener el diploma y quedar en
seguida á las órdenes de cliente tan distinguida.
BRENDA , 280
Y sintiendo aún Bañl la acritud y la dureza
singular del tono empleado por la joven, agregó
con acento simpático y triste:
— ¿Por qué me hace Vd. sufrir, Areba?
Puso ella un dedo en los labios, y se detuvo
creyendo percibir allá en la parte opuesta la voz
del doctor de Selis.
— Volvamos en busca de Brenda, — dijo. — Es
preciso que no se califiquen nuestros actos de
inconveniencias.
Las dos parejas se habí^m separado cuando
bajaron al jardín, al llegar al ángulo formado
por el bosquecillo ; siguiendo de Selis por la ave-
nida de la izquierda, é internándose en ella, an-
tes que Brenda pudiera darse cuenta de la sepa-
ración, entre la concurrencia que animaba hasta
allí la plazoleta.
De Selis había ido revistiéndose de resolución
á medida que el sitio se hacía poco á poco más
solitario; Brenda era presa de un malestar visible,
y de vez en cuando volvía el rostro hacia el
camino recorrido, como presintiendo una escena
penosa.
Había hecho alguna insinuación de regresar, sin
ser atendida, en presencia de árboles altos y ho-
josos que aparecían más tupidos por las enreda-
deras que culebreaban en todas direcciones ó se
exhibían como prolongados setos de siempre verde,
doradas ligeramente por el resplandor de escasas
luminarias esparcidas acá y acullá, cual enormes
290 E. ACEVEDO DÍAZ
coleópteros inmóviles en los troncos. Los mil
brillos rutilantes de la altura, y la atmósfera en
calma, el silencio majestuoso, apenas interrum-
pido por rozamientos de élitros de grillos cam-
pestres, y uno que otro trino aislado cuando una
ráfaga leve producía murmullo entre las hojas, á
manera de suave beso robado al sueño, daban
un aspecto solemne á aquel lugar, adonde llega-
ban flébiles y perdidos los ecos de la fiesta, per-
mitiendo oír las estridulaciones misteriosas, y las
trovas tenues y suspirantes de la noche. Lucían
en la yerba de los flancos los lampíridos verde-
dorados que cantara Klopstock, y en gran nú-
mero giraban otros en el aire como una lluvia
de meteoros diminutos, que concluían por sem-
brar primero de chispas fosforescentes las copas
altivas, y bajaban luego á confundirse amantes y
encelados, con las lentejuelas de oro del manto de
esmeralda. Alguna vez, de la parte del lago sa-
lían notas roncas de los palmípedos, — preludios
de fagot, — que anunciaban el alba ; y se estre-
mecía el pequeño mundo invisible bajo su capa
de césped y rocío, cual si pasara sobre él algún
mensajero alado modulando risueño el himno de
la aurora.
Brenda sintió de súbito el frío de la soledad,
toda trémula é inquieta. Su brazo empezó á re-
sistirse por momentos, y al fin se detuvo con fir-
meza.
— liemos avanzado mucho, — dijo conmovida^
— y tiempo es ya de regresar.
^REXDA 291.
— Deseo enseñar á Vd. las bellezas del lago
que está allí cerca, y que ha atraído también su
concurrencia. . . ¡Por qué esa obstinación! ¿Tengo
acaso la desgracia de no inspirarla confianza,
Brenda ?
— Este lugar está desierto, y no me agrada.
Bien ve Vd. que estoy añigida. Volvamos ....
— ¡Oh! el sitio es escogido, como para almas
enamoradas, — replicó de Selis con pasión. Nada
tema Vd. ¿Por qué tan cruel conmigo? Yo pen-
saba que en su pecho ya había hallado un eco
mi perpetuo ruego, y bien lo merece el grande
amor que Vd. me inspira. ¿ Habré de consumirme
estérilmente en mi propio fuego, ó habré de es-
perar que su corazón acepte con la misma vehe-
mencia la ofrenda del mío?
— ¡No diga Vd. esas cosas ahora que me siento
estremecida, por favor ! . . . . Esos árboles tan al-
tos y tan negros .... ¿ Y no siente Vd. ese canto
triste ?
— Por favor, digo también, Brenda, ¡un instante
más ! i He cambiado de figura hasta el punto de
despertar en Vd. un sentimiento de repugnancia
ó de terror?
— No es eso .... pero no me encuentro tran-
quila aquí.
I Ruego á Vd. que regresemos ! . . .
— Antes ha de disipar Vd. las angustias que
me devoran, aunque sea con una sola frase de
cariño, — dijo de Selis con acento concentrado y
ademán febril.
292 E. ACEVEDO DÍAZ
¡Cese Vd. de ser inexorable!
— Si yo nunca le quise mal ....
— ¡No: otra cosa es la que deseo, — exclamó
de SeHs airado, y cogiendo con fuerza la mana
yerta de la joven ; — quiero su amor, á eso aspiro
hace tiempo, á eso anhelo con todo ahinco, y
ahora exijo una palabra final que mate la zozo-
bra cruel, ó que destroce de un golpe mi cora-
zón. Hable Vd., y brote de su boca una espe-
ranza ó una repulsa, que yo no puedo vivir en
la duda, más amarga que un tósigo letal, y más
mortificante que su desprecio; y sus labios han
de abrirse en este momento solemne, que va á
decidir del mío y de su propio destino, ó el vér-
tigo se apodera de mi cerebro y no respondo de
mí mismo ! . . . .
Brenda vio llena de pavor una llamarada si-
niestra en el rostro del doctor de Selis, que se
acercó al de ella, desencajado y lívido, y sin-
tió en su mano un estrujamiento enérgico y do-
loroso.
Quedóse intensamente pálida, y expiró una
queja en su garganta, que pareció anudarse con
un anillo de hierro.
— ¿Nada dice Vd.? — prorrumpió de SeHs ex-
citado y violento, sacudiendo aquel junco fino y
endeble, como pudiera hacerlo un viento impe-
tuoso. ¡Ah! no ignoro la causa de esta actitud
sin piedad, helada y soberbia. . . . Conozco que
fui imbécil en pretender arrancar de su pecho la
BRENrA 293
pasión que por otro hombre alimenta; pero él no
será más feliz, porque trataré de abrir un abismo
insondable entre los dos, porque él no será suyo
ni Vd. de él, mientras la amargura que agria mis
entrañas inspire mi pasión desgraciada, bañándola
en la hiél negra del odio, mientras yo sienta irre-
sistibles ansias de poseerla y de no permitir que
otro se goce en mi dolor!
La joven, demudada, temblorosa, con los pár-
pados caídos y el seno palpitante, parecía no es-
cuchar nada.
¡Cuan bella surgía de las sombras, con su traje
de baile y su cabellera undosa y reluciente de
angélica aureola!
De Selis la atrajo de la cintura, clavando en
su semblante de lirio una mirada ansiosa y lú-
brica.
La tentación se dibujó en su cara descompuesta;
dilatáronse sus labios delgados para dar paso á
una sonrisa maligna, y le agitó algún pensa-
miento lascivo . . . . ¡ Aquel simple espasmo le pro-
metía la impunidad, y él estaba dominado toda-
vía por el vértigo!
Pero de pronto, como si en rigor sintiese en
su sopor la proximidad de un peligro, y el aliento
de una pasión siniestra é impura, arráncase Brenda
de los brazos que la oprimen con un movimiento
enérgico, aléjase algunos pasos tambaleante, va-
cila, cae de rodillas, uniendo sus manos y lan-
zando un sollozo ahogado.
294 E. ACEVÉDO DÍAZ
De Selis avanzó mudo, presa de una agitación
extrema. ¡ Qué funesto delirio bajo su cráneo !
En ese instante, entreabriéronse las ramas in-
feriores de los árboles, abatidas vigorosamente
y un hombre se lanzó al sendero, con la cabeza
descubierta, pálido y ceñudo.
Toda esta escena fué breve, rápida, sin inter-
valo sensible entre el pensamiento y la acción.
Brenda se alzó con un grito de alegría al re-
conocer á Raúl, y corrió á refugiarse á su lado^
temblando, extenuada, casi sin fuerzas; y él la
apoyó la cabeza en su pecho, diciendo con una
calma que envolvía profundo desprecio:
— Nada tienes ya que temer.
— ¡ Había estado Vd. escuchando ! — exclamó
de Selis con aire iracundo y cruzándose de bra-
zos, como para contener un arranque agresivo.
— El acaso me colocó ahí, — repuso Raúl en
voz baja, breve, incisiva; — y he oído sin desearlo
ni quererlo. ¡Feliz casualidad que me hizo testigo
de la infame aventura! Quedo advertido de sus
extremos, y aguardo desde ahora el cumplimiento
de las amenazas, para darme el triste goce de
ver ahogar sus instintos en la baba de su propia
locura 1
De Selis quiso abalanzarse colérico ; una nube
de sangre se agolpó á sus ojos. Henares alargó
el brazo acerado y nervudo.
— ¡Ni un paso más, — añadió con firmeza, — ó
no respeto el sitio y trasciende el vergonzoso epi-
sodio !
BRENDA 295
Y estrechando de nuevo la cabeza de Brenda,
que se había puesto de por medio desolada :
— ¡Así! — dijo vehemente y enconado; — ¡así!
como en aquella noche en que te hallé llorando
á la puerta de ése que está delante, cuando de
él implorabas auxilio para tu madre moribunda;
conócele, si ya no lo has adivinado : ¡ ése era !. . .
ése fué, el que sordo á tu ruego se negó á asis-
tir á la enferma que agonizaba en el aislamiento ;
y ahora que lo sabes ....
— ¡Ah! — exclamó Brenda, con un grito herido,
volviendo sus ojos asombradqs á de Selis y afir-
mándose con crispados dedos al brazo de He-
nares.
La inesperada revelación había hecho reaccio-
nar todo su ser, esparciendo por su fisonomía
una expresión dura y rígida, que dejó el llanto
pronto á brotar pendiente de sus párpados, como
gotas que congela de improviso una ráfaga he-
lada.
Lastener de Selis inclinó la frente, y fué retro-
cediendo con lentitud, torva la mirada y los bra-
zos caídos. Zumbaba en su redor un enjambre
de recuerdos.
— ¡Y ahora que lo sabes, — prosiguió Raúl
implacable, — castiga su osadía, confundiéndolo
con tu repulsa !
De Selis sonrió de una manera sardónica al oir
estas palabras, levantó el brazo con ademán con-
vulso, — y alejóse silencioso hacia el lago.
20
296 E. ACEVEDO DÍAZ
Volvíanse de allí, á paso lento, algunas parejas»
Pocos minutos después de esta escena, Brenda
y Raúl se encontraban en la plazuela con Areba.
y Zelman
f-a señorita de Linares sufrió una impresión
violenta. La sorpresa embargó al principio su voz^
é hizo divagar sus ojos por todas partes, cual si
en alguna pudiese descubrir la clave del secreto
que de tal modo sobrecogía de súbito su ánimo.
Ningún indicio, sin embargo, la dio luz.
¡Qué bien afirmó la alidada! — se dijo con es-
tupor.
Bafil, por su parte, abrió cuan grandes eran los
suyos con el más profundo asombro, y no pudo
menos de murmurar, riendo sin escrúpulo:
í Es un colmo salir al jardín sin compañera, y
volverse del lago, nada menos que con la reina
del baile ; y un colmo mayor el del doctor de Se-
lis, que ha hecho una gran perdiz, antes de em-
pezarse los lanceros!
— ¿ Me explicarás, Raúl, — dijo luego, en voz
alta, — el origen de este enigma?
Areba estrujó su fino pañuelo de manos, febril
y nerviosa. Se sentía seriamente contrariada.
— No reviste el hecho tal carácter, — contestó
Henares sonriendo, reposado y tranquilo. — Había-
mos acordado con la señorita de Delfor formar
pareja para el primer vals que se siguiese á los
últimos lanceros ; y de una manera casual nos
encontramos en la avenida del lago, cuando re-
BRENDA 297
sonaban ya en el salón aquellas armonías. Me
apresuré entonces al reclamo, y Brenda defirió
galantemente, así como su compañero, el doctor
de Selis, que abdicó de un modo delicado el de-
recho de restituirla á los salones.
Mordióse Areba los labios con gesto de incre-
dulidad.
Brenda está pálida como una muerta, — pensó.
— ¿ Qué habrá ocurrido?
— ¡ La señorita de Delfor con el caballero He-
nares!— dijo de improviso una voz á su oído,
llena de curiosidad y sorpresa.
Volvióse Areba, encontrándose con el rostro ce-
trino de Julieta, que se había abierto paso entre
otras muchas parejas que llenaban aquel sitio.
Traía á remolque á su joven poeta.
— Vi salir del salón las dos parejas, y me su-
puse que buscaban tregua en el jardín, que está
tan delicioso. Si he de ser franca, tuve envidia y
me lancé á mi vez ....
Pero, ¿qué pasa, Areba? ¡Estas cosas raras! Con-
fieso que me desorientan. No veo aquí al doctor
de Selis.
Y señaló la hermosa pareja que caminaba de-
lante, cambiándose frases en acento muy bajo, sin
preocuparse al parecer de otro mundo que el re-
flejado en las pupilas de dama y caballero.
— De todo quieres hacer problema, Julieta, —
respondió Areba con una sonrisa afectuosa. Lo
que resulta sencillamente del hecho, es que mi
298 E. ACEVEDO DÍAZ
querida Brenda está en alza, y se la disputan con
ahinco. ¡Estoy segura que ha de llevar fuertes im-
presiones de la fiesta!
— Ya se ve ... . Me felicito por Tula.
¡Qué callado va el doctor Bafil!
— A la verdad, iba juntando los extremes de
esta delgada red cuyo tejido se aprieta por mo-
mentos, mi enciclopédica amiga; — por más que
todo parezca muy natural, como dice Areba.
Y sin dar oídas á una ocurrencia picante de
Julieta, se dijo: — ¡Es preciso ponerse en guardia!
Areba misma está prevenida contra mí, y mucho
me temo que Raúl y yo seamos las víctimas ex-
piatorias del amor y del orgullo.
Subían ya la gradería marmórea que en forma
de herradura daba acceso al vestíbulo. Por las
puertas y grandes ojivas del frente brotaban rau-
dales de claridad y armonías mezcladas al bulli-
cio entusiasta y atrayente de las voces y risas
sonoras. El baile duplicaba sus encantos y seduc-
ciones á medida que avanzaba con el alba la
hora de la partida, como si recién entonces se
pusieran en juego los ocultos resortes del deseo
reprimido, y se abriesen las válvulas de la ex-
pansión y del contento.
Areba invitó á Brenda á pasar al tocador, lan-
zando á Raúl una mirada escudriñadora y sos-
tenida.
Una vez allí oprimió la mano de su amiga, fría
bajo el guante, y la dijo con un acento indefinible
BRENDA 299
— Estás muy pálida, querida amiga. Arregla
tu semblante y reprime un poco las palpitacio-
nes violentas que te agitan.
Aquí tienes una esencia que te hará bien. Tú
sufres: ¿no es verdad?
— No, mi buena amiga; no tengo motivo de
malestar, y te agradezco el afectuoso interés. La
fiesta está muy brillante y me deleita. . . .Ya sa-
bes que me es fácil palidecer, y que soy algo
nerviosa.
— No tanto: ¡aspira! — repuso Areba, rozando
su pecho con el de la joven. — ¡Cómo golpea tu
corazón! Alguna cosa triste te ha sobrecogido
y la congoja ha dejado un rastro notable en tu
frente y en tus ojos, tan bellos. ¿ Ya no me quie-
res?
— ¡Oh, siempre! ¿Por qué lo dudas?. .. .Pero
nada tengo. Tú eres la que pareces no ser la
misma, mi hermosa Areba .... y yo no sé si te
hice algún daño sin quererlo.
— ¡ Ninguno ! — murmuró Areba estremecida. —
Yo deseo tu dicha. Deja que te arregle las flo-
res del cabello.
Y la besó suavemente, con su boca llena de
calor. Brenda sintió en su mejilla, todavía helada,
como un botón de fuego.
En tanto, Zelmar, aguardando de pie con Raúl
junto á la puerta, decía á su amigo.
— Mañana hablaremos. Ya es tiempo de que
seas franco; por mi parte lo seré. Has hecho
300 E. ACEVEDO DÍAZ
una aparición con ruido; todos los ojos investi-
gan ; se susurran misterios, y algo preveo de
complicado en lo futuro. Hay que prepararse.
— Bien.
— Me consuela el hecho de que no hayas dado
en un árbol con el cráneo de Lastener de Selis,
— pues lo veo cruzar por los intercolumnios con
la bellísima Tula. Eso prueba que procedes con
admirable discreción y que el plan es mate-
mático. Si adviertes que la señora de Nerva
tiene fija su vista en nosotros, en tanto conversa
con el señor Stewart, te penetrarás de la conve-
niencia de que abandones á Brenda, inmediata-
mente de su salida del tocador. Algunas frases
recogidas al acaso, me han prevenido un poco
de lo que ocurre; lo demás lo adivino. Conven-
dría que cambiáramos de compañeras ; aunque
muy solicitada, Areba hará de tí absoluta dis-
tinción.
— Acepto.
En ese momento aparecían las dos jóvenes del
brazo en el umbral: radiante la una y fascinadora
la otra, con sus vestidos colores rosa y marfil,
de correcta armonía con el tipo de belleza pecu-
liar á cada una. Brenda estaba más tranquila ;
Areba impasible.
Varios caballeros esperaban allí cerca su turno,
con la impaciencia propia de la vanidad com-
prometida.
Zelmar se apresuró á decir:
BRENDA 301
— Ha concluido el vals, Brenda. Reclamo ahora
su favor, si es que Vd. se iia dignado reser-
varme un lugar en su programa.
Los jóvenes se miraron ; pero la hesitación
duró poco. Sonrióse Areba, y Brenda dio su
brazo á Bafíl.
Raúl se había acercado á la primera, quien
sin poner en ello atención, se excusaba gracio-
samente con otros solicitantes. Después volvió
el rostro con aire risueño, y tendió su mano al
joven en silencio. Henares comprendió que no
se había ocultado á Areba la causa de la evo-
lución ; y aparte de eso, experimentó á su pesar
la misma emoción de otras veces, aunque más
acentuada ahora, al sentir en su brazo el con-
tacto del de ella.
En su pasada visita á casa de la señorita de
Linares, de forma, breve y discreta, efectuada
como un deber de cortesanía, á que habíalo obli-
gado una manifestación de gratitud, los cumpli-
mientos y frases se mantuvieron dentro de los
límites de una política fría y reservada. En el ins-
tante actual, y en medio de los entusiasmos del
baile, fácil sería que el concepto encubriese mayor
intención y el amor propio alcanzara á rozar sus-
ceptibilidades mal encubiertas.
La interesante pareja, confundiéndose en el
núcleo selecto, sin tomar parte activa en la agi-
tación de la danza, mantuvo diversos diálogos
animados. Manifestóse Areba dulce y afectuosa,
302 E. ACEVEDO DÍAZ
con esa gracia llena de encanto con que reviste
sus menores gestos una mujer que aspira á con-
quistar la simpatía de un hombre de mérito, po-
niendo de relieve la faz más brillante de su es-
píritu y apelando á los recursos secretos de la
seducción, cuando no del amor que la conmueve
y ansia por surgir, estremeciendo sus fibras y
sus labios á cada palabra ó á cada aliento.
En uno de sus paseos, cambió un saludo con
Lastencr de Selis, y observó la fisonomía de su
compañero. Raúl habíase conservado inalterable
y grave.
Ella lo llevó á una ventana abierta, que daba
al jardín. Paróse delante, y apoyóse con langui-
dez y abandono en el brazo de Henares, aspi-
rando una flor que había en parte deshojado dis-
traída. Llevaban ya algunos momentos de si-
lencio. De vez en cuando, notaba el joven que
ella ponía en los suyos sus ojos rasgados y lumi-
nosos, con esa expresión profunda que envuelve
todo un poema de esperanzas; y sufría los vagos
estremecimientos que provoca la proximidad del
misterio ó del peligro. La cabellera de la joven,
casi rozando sus mejillas en cada movimiento lento
y voluptuoso, exhalaba un suave bálsamo que iba
al sentido en inhalaciones sutiles ; y alguna vez
sintió como una llamarada de fiebre, cuando
Areba volviéndose de frente al salón con lenti-
tud, sin abandonar su brazo, se acercó bien á
él y miró por arriba de su hombro, suspirante,
BKENDA 303
dejando á una línea de su vista el rostro anaca-
rado, y los labios húmedos, rojos, entreabiertos.
Quiso desviarla; pero ella, sin moverse y ci-
ñendo con más fuerza su brazo, lo miró en las
pupilas con un reflejo intenso de amor y de des-
pecho, obligándole á incendiarse en su luz y á
empalidecer bajo la influencia de la emoción. Si-
guieron los dos callados. Irradió de placer el sem-
blante de Areba, y de pronto dqo, con acento tan
ledo y suave como un hálito:
— ¿Se acuerda Vd. del tordillo negro?
A esta pregunta, que pareció arrancarle de un
sueño, Raúl experimentó una sacudida, algo se-
mejante á un desgarramiento interior, y transfi-
guróse su rostro por completo. Areba se alarmó,
agregando solícita y con un fondo de tristeza:
— ¡Nunca creí que mis palabras producirían
tal efecto! Dígnese Vd. disculparme, si fui im-
prudente . . . Me refería al lance del Prado.
— ¡Oh, no! — repuso Raúl pasando la mano
por su sien.
Usted es la que debe perdonarme .... No he
podido reprimirme, pues sus palabras evocaron
en mi memoria lejanos recuerdos, muy distintos
á aquel que ellas tendían á despertar.
— ¡Singular coincidencia!
— Verdad. . . .
Me acuerdo, Areba. Grande fué mi dicha, de
poder merecer desde entonces el aprecio de un
espíritu delicado y nc»ble.
304 E. ACEVEDO DÍAZ
Removiéronse los labios de la joven en si-
lencio. Luego dijo:
— Era lo menos que podía dispensarse al au-
tor de acción tan generosa.
— ¿Lo menos?
— Sí. Las mujeres llevamos siempre muy lejos
nuestra admiración ó gratitud: para un momento
de verdadero sacrificio en el hombre en nuestro
obsequio, solemos reservar años de ... . dulce re-
cuerdo.
Raúl se puso pensativo. Ella lo atrajo hacia
sí, y echó á andar despacio. El joven podía sen-
tir los latidos de aquel pecho turgente, algo
más precipitados que lo natural, y descubrir en
Areba un signo inequívoco de pesar hondo y
dominante, mezclado á su gesto de altivez.
Preocupábale la frase que había motivado su
sobresalto, y con ella el episodio del pasado*
que cada día revestía nuevas formas en su es-
píritu.
Areba continuó silenciosa un intervalo regu-
lar, hasta que levantó nuevamente los ojos hacia
él, viendo cruzar á Brenda con Bafil por medio
del salón.
— Incomparable como una diosa está la huér-
fana, — dijo.
Parecióle á Raúl que la última palabra en-
volvía una ironía cruel y sangrienta; y un se-
gundo estremecimiento agitó todas sus fibras.
Sobre esta palabra recalcó Areba, dejándola caer
BRENDA 305
como una plomada en el ánimo del joven. Ob-
servó él también, que su compañera no era ya
la misma: un aspecto glacial había reemplazado
de súbito, al aire simpático y afable, en su ros-
tro de líneas esculturales. Apeló entonces á las
energías de su carácter, para ahogar la penosa
impresión é imponerse el silencio, recordando las
advertencias de Zelmar.
Felizmente, aquel estado violento de su espí-
ritu duró poco. Muchos eran los admiradores de
la señorita de Linares, y Raúl fué muy en breve
reemplazado. Areba le estrechó la mano consa-
grándole una sonrisa, y manteniéndose inmóvil,
en tanto él se apartaba algunos pasos para re-
tirarse.
Media hora después, cuando el baile tocaba á
su fin, Julieta se acercó á Areba, trayéndose á
priesa, como de costumbre, á su compañero, que
era esta vez una persona seria y flemática, ya en-
trada en años, del cuerf>o consular, con un dis-
tintivo rojo en el frac y un lente en el ojo iz-
quierdo. Este caballero trataba de mantener su
aplomo y su tiesura en el remolque, evitando po-
ner el pie en las faldas de raso, y haciendo res-
petuosas cortesías, en tanto su pareja tirándole de
la muñeca, se abría camino por entre la concu-
rrencia.
Julieta se inclinó al oído de su amiga, con los
ojos brillantes y el aire misterioso, diciéndola :
— Mañana te contaré lo ocurrido en la ave-
306 E. ACEVEDO DÍAZ
nida. . . . ¡Estoy bien enterada! Me dio datos Ca-
silda, que volvía del lago delante de otras pare-
jas, y pudo oir cosas de sumo interés. . . .Pero,
¿has visto los aires de Tula del brazo del doc-
tor de Selis? ¡Va hecha una alcorza!
XXIII
TRES CARTAS
Horas después del baile, del que salieron jun-
tos, los dos amigos departían sobre sus cosas
íntimas en la casa de Raúl, bajo la influencia
todavía de las recientes y opuestas impresiones.
Comentaron ya sin reservas los hechos que inte-
resaban á uno y otro, se expusieron creencias y
certidumbres, buscóse el secreto de dudas y con-
tradicciones aparentes; y por natural encadena-
miento de ideas, trataron de sondar ajenos planes
é intenciones.
Zelmar creía, en lo concerniente á Raúl, que
sus propósitos debían perseguirse por los mismos
medios empleados hasta el momento : el caso era
arar hondo en el corazón de la joven, antes que
adquiriese forma seria la oposición manifiesta de
BREKDA 307
la señora de Nerva á sus amores, y se exten-
diese á mayor radio el papel activo que parecía
desempeñar Areba en el drama doméstico. Lo de-
más debía reservarse al tiempo. No dejaba de
preocuparle, con todo, el móvil secreto que com-
pelía á aquélla á asumir esa actitud.
— Veo oscuro, eso, — agregaba mirando á su
amigo.
— Así es, — había respondido Henares, con gesto
caviloso; — yo tampoco me doy razones. Trataré,
sin embargo, de averiguar si algún hecho de mi
vida pasada, aparte del que te he referido, tiene
alguna conexión estrecha con la historia de la
familia de Brenda.
— En cuanto á Areba, — proseguía Bafil, — me
explico su conducta en esta emergencia por los
impulsos de una pasión violenta hacia tí, contra
mi antigua opinión á su respecto. Esto no obs-
tante, recuerda la sospecha que te insinué des-
pués del lance en el Paso Molino, y que tú
consideraste inadmisible. En la pasión que ha
nacido en su pecho, sin poder expandirse, en
ella reconcentrada y escondida, privada de desa-
rrollo, como el feto que ha de nacer para mo-
rir con el primer vagido, entra por mucho el
amor propio lastimado. En medio de sus rarezas
y caprichos originales, estoy seguro que nunca
pensó en el fracaso de su primera elección: la
has herido en mitad de su soberbia, y debes
precaverte. Una mujer de estas condiciones, de-
308 E. ACEVEDO DÍAZ
sairada, centuplica sus fuerzas para hacerse sen-
tir aun en la hora en que te creas á solas con
el pensamiento. Contribuiré, por mi parte, á tu
defensa. Confieso sinceramente que me siento
arrastrado á quererla; y que, por ello, me con-
fundo con los pocos que dicen: á repulsa obsti-
nada, pretensión pertinaz. Por el instante, nues-
tro estado de ánimo es idéntico: ambos sentimos,
pero no somos felices; yo no soy el preferido, y
aquel en quien ella piensa no puede pertenecerle.
Los dos corazones se agitan en el vacío, con la
diferencia de que el mío está prevenido, y puedo
á voluntad reprimir sus arranques; mientras que
el de ella se debate ya dominado é inquieto,
sintiendo en las dos aurículas el escozor de un
dardo, y tarde ó temprano el corazón lacerado y
abatido, se rinde, aunque valga toda una guar-
dia vieja. La diástole todavía es mesurada en
mi músculo, educado con sistema; en el de Areba,
han de ser mayores las dilataciones. Persistiré,
pues, en el intento contra tu embozada er^emiga,
y á serte franco, he de excederme á mí mismo.
Sabe? que un obstáculo me encela, sin forjarme
ilusión tampoco sobre el éxito: llevar un ataque
contra cuadros dobles, fué siempre en milicia un
lance serio; pero, no se me oculta que, apode-
rarse de un corazón de mujer que ha elegido
tipo, aunque sea para soñar con él de aurora á
aurora, es empresa más difícil, si esa dama siente,
piensa y quiere como esta hechura de ángel re-
BRENDA 309
beldé. Lucharé con brío. ¡ Hermosa victoria sería
la mía sobre su orgullo!. . . . Necesito de ciertas
satisfacciones psíquicas, con sabor de extraordi-
nario; porque en verdad, estoy cansado de reunir
apuntes de frágiles amoríos, para mis memorias
del Parque de los Ciervos. Esta mujer se me im-
pone, y parece que yo no la conmuevo: ¿no te
recuerda una serpiente irisada, fría y fascinadora?
Me dejaría estrujar entre sus anillos. Confío en
que tu indiferencia, en último resultado, ha de
agregar, por reacción forzosa, buena dosis de
energía á la que mi pasión acumulará.
Tú eres el dichoso, á fe mía; y es prudente que
te apresures en la proyectada obra de tus des-
montes, puentes y terraplenes, para concluir en
seguida esta campaña. Del lance con de Selis^
no te preocupes: estoy convencido de que por
ahora no tendrá consecuencias, porque así con-
viene, en mi concepto, á los intereses del dam-
nificado ; conserva, sin embargo, la guardia, pues
en oportunidad puede hacértelas sentir, con rigor
de cirujano. Entretanto debemos aprovechar el
tiempo, que el día de nuestra marcha se aproxima.
Para entonces habrá cacharpalla y Brindis, te
lo prevengo. Sabes que eso está de moda. ¡Li-
baremos una copa por tu dicha y por la de to-
das las buenas almas que han solazado á más
de uno, en nuestra vida libre!
Largos momentos mantuvieron el diálogo los
jóvenes, concertando proyectos y planes de con-
310 E. ACEVEDO DÍAZ
ducta adecuados á las circunstancias; y separá-
ronse al fin sin haber disipado por completo las
dudas ó malas impresiones que respectivamente
sintieran en la pasada noche.
Cuando Raúl quedó solo, al reproducir en su
mente las confidencias de Zelmar, advirtió recién
su fondo de acritud; y llegó á persuadirse de
que su pasión había adquirido un incremento y
desarrollo, en vano disimulados. Areba parecía
haber vencido, sin desearlo tal vez, por la sola
influencia de sus méritos, ó la arrogancia de su
carácter: este triunfo, sobre un hombre de las
calidades deBafil, que hacía gala de reirse del
mundo, con mejor título quizás que otros que lo
dicen, mientras pasa y repasa por su corazón
envuelta en la sangre una pena negra, haciéndo-
los llorar en las tinieblas como débiles mujeres,
indicaba un grado de superioridad indiscutible,
que podría concluir por absorberlo y desarmarlo.
Muy diferente era este sentimiento imperioso, á
las fragilidades de su Parque de los Ciervos, como
él calificaba de una manera pintoresca sus aven-
turas galantes; una resistencia fría y severa había
bastado á hacerle desconfiar del temple de su
fibra. Henares pensó que desde ese momento su
amigo no se pertenecía.
El recuerdo de Brenda le aisló bien luego del
pesar ajeno. Acercóse á la mesa, después de me-
ditar algunos instantes, y trazó varias líneas so-
bre un pliego pequeño. Era el anuncio de su
BRENDA 311
próxima partida, delicadamente advertido, con,
mezcla de reminiscencias gratas, y designación
del día en que contaba estar de regreso. Sus
deberes profesionales le llamaban lejos; pero él
suponía que la distancia y el tiempo acercaban
más los corazones, para aumentar á la vez el
placer de sus ansiedades; el reencuentro de los
que se aman, equivalía á una doble prueba y á
un supremo deliquio. Antes de partir quería
verla. El esperaba acogida para esta súplica, pues
no debía confiar á la esquela lo que con más
sencillez podía expresar el labio.
Releída la esquela, parecióle bien ; y en el
instante se propuso hacerla llegar á su destino.
Abandonando desde luego el gabinete, dirigióse
á la quinta, pues suponía que le sería fácil po-
nerla en manos de Zambique, á quien siempre se
veía cerca del seto.
No le percibió en los lugares de costumbre;
pero en cambio pudo divisar á Brenda, dando
el brazo á su anciana protectora, y acompañada
del doctor Lastener de Selis. La señora de Nerva
parecía enferma y andaba con lentitud. En pre-
sencia de aquel grupo, pensó Raúl que la joven
debía haber ocultado á la anciana, como él lo ha-
bía supuesto, el episodio de la avenida. El mismo
aplomo del doctor de Selis, denunciaba que éste
había*asistido seguro de esa discreción. No le era
posible al joven observar á la distancia lo que
revelaban las tres fisonomías, y por consiguiente
21
312 E. ACEVEDO DÍAZ
deducir el género de impresiones que podía im-
perar en cada una de las personas del grupos
mas, sí le fué dado convencerse, por ciertas ma-
nifestaciones y actitudes de la enferma en su
paseo, que la afección que padecía estaba lejos
de perder su tenacidad de grave y alarmante,
debiéndose atribuir acaso á la anterior velada,
su sensible desmejoramiento. En su nobleza de
ánimo no se le ocurrió pensar que aquella vida
podía extinguirse en breve tiempo: sólo agitóse
en el propósito de aproximarse á ella, en oca-
sión que no creía muy lejana, para expresarla
sentimientos que debían, en su concepto, desva-
necer una preocupación infundada y adversa á.
su persona.
Zambique apareció de improviso, por la línea
de agaves del fondo; aun cuando de su aproxi-
mación fué Raúl advertido un momento antes,.
por una especie de gruñido sordo, con que el li-
berto traducía sus notas y frases de marimba.
Traía al brazo un cesto de mimbres, casi lleno de
frutillas blancas y rojas. Con su irreemplazable-
levita sin faldones, su sombrero alto de felpa sin
ala y abatido, que temblaba en el cráneo como-
un morrión de pelo, y su pipa de yeso detrás de
la oreja, el honrado Zambique no parecía pre-
ocupado más que del suelo en que sentaba su
planta callosa y vacilante.
El joven le salió al encuentro, junto á unos ár-
boles del seto, y le dijo afablemente*
BRENDA 813
— No pasan los años por tí, Zambique.
¿Son para tu reina esas frutillas?
— Sí, señor.
— ¿Me permitirías colocar este papel en el
cesto, de modo que sola ella lo viese?
— ¡Ah! sí, señor, — repuso el negro, riendo in-
genuamente, con el sombrero en la mano, y po-
niendo el cesto al alcance de Raúl.
Este disminuyó en lo posible el volumen de la
carta, doblándola y oprimiéndola entre los dedos,
y luego la colocó en el cesto, agregando:
— Yo confío en tu lealtad, Zambique, y en el
amor que profesas á tu reina. ¡Mira que no la ha-
gas llorar!
El viejo liberto tendió en silencio la mano tem-
blorosa, removió un poco las fresas hasta ocul-
tar debajo el billete, miró á Raúl con aire de res-
peto y humildad, y fuese, sin desplegar los labios.
Parecía muy conmovido.
Henares, por su parte, se volvió por una calle
de guindos y durazneros que terminaba en aquel
sitio, algo más tranquilo y satisfecho.
En ella le alcanzó Selim, con una carta.
Conoció por su cubierta, que era del directorio
de la empresa de Río Grande.
En ella se le pedía precipitase su viaje á la
mayor brevedad, invocándose la razón de haber
desistido dos de los ingenieros del contrato, y
ser por el hecho indispensable su presencia para
la iniciación de los trabajos de la línea, cuyos
314 E. ACEVEDO DÍAZ
rielQS debían echarse en una época prefijada é
improrrogable. Ofrecíansele las facilidades nece-
sarias á fin de prevenir todo género de impedi-
mentos, y se confiaba en que pondría el mayor
esfuerzo personal de su parte, en sentido de una
determinación inmediata y decisiva.
Si bien esta carta contrariaba un tanto sus pro-
yectos, Raúl se resolvió á partir al día siguiente,
aprovechando la salida del vapor Río de Janeiro,
que hacía escala en Río Grande y Porto Ale-
gre. Al efecto, esa misma noche dio principio á
sus preparativos de viaje ; y anunció á Zelmar la
circunstancia imprevista, que le obligaba á mo-
dificar el plan trazado.
En medio de sus arreglos, sorprendióle la vi-
sita de Zambique, que era portador de un billete.
Debía ser la contestación anhelada.
No se equivocó. Brenda le escribía. ¡Cuan
agradable emoción la que precede á la lectura
de la primera esquela de una mujer que se ama!
La abrió, ya á solas. En esa carta, dulce, sen-
cilla y tierna, Brenda Delfor se condolía de la
próxima ausencia, y deseaba para su amigo las
más envidiables satisfacciones. Podía alejarse sin
zozobra, pues ella guardaría su fe y aquel cariño
que nada podría debilitar, enseñoreado como lo
estaba de su corazón. Suplicaba, sí, que el re-
greso no fuera tardío; pues algunos presentimien-
tos extraños la tenían inquieta. No deberían verse
hasta entonces: su protectora no se encontraba
BRENDA 315
bien de salud, y aparte de eso, algo había ocu-
rrido, que ella no quería ocultarte. La señora de
Nerva, penetrada de su estado de ánimo, la ha-
bía llamado á confidencias, con noble solicitud;
y ella, lejos de rehusarse, tuvo la dicha de reve-
lárselo todo, sin omitir otros detalles que los que
se referían al doctor de Selis. Su conciencia la
absolvía; la confesión, por lo mismo, no podía
quemarla los labios. ¿Cómo resistirse tampoco á
exigencia tan justa? Bajo otro concepto, sus re-
velaciones podían contribuir á modificar los opues-
tos designios d^ su protectora. Esta nada había
dicho, limitándose á oirías en silencio; pero creía
que hubiese sufrido por ello gran pena. ¿Sería
ella la causa de su actual quebranto? Teníala
esta sospecha muy pesarosa y triste; con todo,
confiaba en la eficacia de sus ternuras y desve-
los para desvanecer aquella sombra de disgusto
y malestar. Concluía Brenda su carta expresando
que esperaría resignada la vuelta del viajero; para
cuya época su goce sería indecible, si él se dig-
naba acercarse á su venerable bienhechora y ven-
cer los escrúpulos cuyo origen no conocía y la
llenaban de penosos pensamientos.
Varias veces leyó Raúl el billete, con cierto
contento íntimo. Persuadióse de que podía partir
sin dudas ni vacilaciones; tenía en sus manos una
de las más elocuentes pruebas de ser amado:
que una mujer púdica y bella no escribe nunca
á otro hombre que á aquel á quien ella ha en-
316 E. ACEVEDO DÍAZ
señado á leer previamente en el fondo de su alma,
y concedídole el privilegio y la gracia de ven-
cerla !
XXIV
DEL TOCADOR AL CUPÉ
Abnegación sincera, denuedo estoico, intrepi-
dez tranquila como si se tratase de una actitud de
conquista ante una mujer hermosa: esto es poco
común, y por lo mismo envidiable y atrayente.
Comprendo ahora por qué mi ánimo, de suyo pre-
venido, se exalta y admira, á pesar de todo . . . ,
¡Inclina el corazón de veras! ¿Cómo explicarse,
sino, aquel cariño virginal, intenso, al héroe som-
brío, en el drama de los celos, cariño que á su
vez suscita un amor salvaje en la dura entraña
del león célibe, embriagado hasta entonces con
el aroma del desierto y el humo de la gloria?. . . .
Prueba de que para un alma exigente, el amante
debe ser entero; pero algo más que el negro pa-
ladín. Voluntad firme é inteligencia superior: ¡qué
carácter profundo! Únase á eso el modelo anató-
mico, aunque el rostro no sea bello, y se obten-
drá un tipo soberbio esculpido en carne ; por den-
BRENDA 317
tro y fuera al varón fuerte, capaz de ese amor
humano, ardiente, generoso, que desborda y pal-
pita, arrastra y subyuga, haciendo gozar y sufrir
•con la poesía encantadora, unida á la misma la
iría realidad del mundo. Debieran ser muchos
los hombres así, en esta tierra ardorosa é inquieta
donde he nacido : uno he encontrado á mi paso
en un minuto de peligro, no sé si para persua-
dirme de que no me engañaba al soñar que lo
encontraría algún día, tal como lo había anhe-
lado en mis horas silenciosas, ó para convencer-
me de que al suspirarlo con tanto ardor, estaba
yo lejos de constituir el ideal de su mente. Com-
pulsamos siempre las fuerzas propias, para tentar
una victoria sobre el mérito ó el carácter que
nos cautiva; pero rara vez incluimos en el inven-
tario ese algo incomprensible y fatal que inter-
viene en el génesis de la pasión, ajeno á nuestra
voluntad, y que viene á ser el primordio de la
lucha en que se goza á la idea de ser una domi-
nada y vencida ! . . . .
Así pensaba Areba, una tarde, de pie delante
■de un espejo, dándose la última mano á su pei-
nado. Hacía poco que había dejado el baño, y res-
pirábase á su al rededor una atmósfera saturada
de esencias. Concluido el arreglo y el adorno de
su persona, en traje de pgtseo, entreteníase en lla-
mar leves y graciosas ondas de su negro cabello
hacia la frente tersa y blanca, con esa natural
coquetería de la que confía á los detalles la mi-
318 E. ACEVEDO DÍAZ
sión de encarecer el conjunto. Estaba muy her-
mosa. Zelmar la habría hallado insuperable. Más
de una ocasión compúsose las cejas, y miróse la
dentadura; concluyendo por anudar de una ma-
nera airosa en su cuello enhiesto de extrema blan-
cura, una cinta muy delgada de terciopelo negro,
de la que pendía una pequeña cruz de oro.
Dirigióse después á la antesala y allí perma-
neció algunos instantes en actitud de espera.
Mientras se calzaba los guantes de estación con
cierta impaciencia visible, su mente en incesante
actividad seguía pidiendo materiales á la memo-
ria y coordinando extraños pensamientos.
Mucha fué su conmoción, — se decía, — en la
noche del baile, cuando le recordé el- episodio
de los tordillos negros. ¡Se comprende! Lo tra-
baja la conciencia. Me singularicé á propósito,
y la alusión llegó al fondo, de un modo repen-
tino é inesperado. Tentaremos los últimos esfuer-
zos, ahora que parece ya estar él prevenido.
¿Cómo hacer para que el doctor de Selis gane
terreno ? . . . . El asunto puede complicarse de un
momento á otro, y sobrevenir un desenlace im-
previsto y fatal, dada la aventura de aquella no-
che, en la avenida del lago; porque en definitiva,
los dos pretendientes no han hecho más que
postergar un encuentro, de suyo inevitable, que
haya de dirimir violentamente acaso la doble
cuestión de amor y dignidad Esto sería muy
grave, y estoy muy lejos de desear que él arries-
BKENDA 319
gue su vida, que me es tan cara como puede
serlo para Brenda.
Areba volvió de pronto el rostro, al ruido de
pasos. El señor Perea apareció en el dintel, sa-
ludando con mesura y respeto. Como viese que
Axeba se encontraba en disposición de salir, apre-
suróse á dar un paso atrás, diciendo:
— Volveré en otro instante, señorita. . . .
— No, D. Leoncio: hablaremos de pie.
¿Tiene Vd. algo de nuevo que comunicarme
en lo relativo á mis instrucciones?
— Sí, señorita. Con arreglo á ellas me tras-
ladé hoy á la casa del finado Cario Roveda, para
atender á vista de ojos las necesidades de su
hija. Parece que las gentes del barrio han He-
g-ado á compadecerla un poco, á causa de ha-
llarse enferma y abatida.
— ¡Pobre Cantarela! ¿Qué la aqueja?
— Dicen que fiebre, y mucha, desde el día en
que murió el pescador; de manera que no ha
sido posible transportarla á otro sitio. Delira á
cada hora.
— Es preciso que la asista un médico de con-
fianza, Perea; y ya sabe Vd. que el doctor de
Selis lo es de la casa. Provea Vd. al caso, sin
perjuicio de una recomendación particular mía . . . .
¿ Tuvo Vd. ocasión de verla y de oiría?
— Sí, señorita. Hablaba cosas de trastorno.
Areba quedó un instante en suspenso. Luego
agregó :
320 E. ÁCEVEDO DÍAZ
— Yo deseo verla, D. Leoncio, quizás esta
misma noche, y Vd. me acompañará.
¿ Se atribuye su dolencia á la muerto del pa-
dre, exclusivamente?
Perea hizo un gesto muy grave, acomodán-
dose los espejuelos en mitad de la nariz ; y con-
testó :
— Parece ser, señorita^ que hay por medio un
amorío desgraciado, y que la han requebrado con
perfidia, como acaece en estos tiempos.
Mordióse el labio la joven, murmurando, cual
si hablase consigo misma:
— ¡ Hazañas de Zelmar ! .... Es cierto. Caso fre-
cuente, D. Leoncio, en éstas como en épocas an-
tiguas, y siempre que haya corazones excesiva-
mente tiernos y apasionados. Por lo general, la
mujer no ha de variar mientras el hombre no
cambie; una dependencia absoluta perpetúa los
infortunios, ó los prepara. . . . ¡ Qué crueldad inú-
til ! ¿ No lo cree Vd. así ?
— Es un evangelio. Abundan los mancebos
llenos de impudicia, que atacan á la debilidad
con arte diabólico ....
— Aunque la víctima se esconda entre las redes,
Perea. Tienen olfato de felinos, los que cuando
una vez gustan de carne fresca y rosada, constitu-
yen un peligro permanente, j Lástima grande que
no haya para ellos trampas especiales!
— Verdad que no existe escondrijo que valga,
señorita; todo lo husmean esos libertinos. El pro-
BR£NDA 321
greso del siglo no ha hecho mucho, á mi parecer,
por un invento efícaz ....
— Por el contrario, ha facilitado los refinamien-
tos, á juzgar por lo que ocurre todos los días,
hasta incitar al saboreo del fruto ajeno .... En sus
buenos años, D. Leoncio, las mujeres no usaban
escote, ni exhibían la garganta del pie ; y los no-
vios sólo se permitían besarse en la punta de los
dedos, allí donde se sentían los últimos estreme-
cimientos de la palpitación.
— Muy cierto. Se hacía el amor á dosis, con todo
recato. ¡Oh, la educación era correcta! En el tem-
plo, el velo discreto; en el paseo, los ojos bajos
y pudorosos; en el baile, nada de roces incon-
venientes. Con las reservas necesarias, andaba
mucha virtud por el mundo. Las visitas tenían
su hora y término fijos; de sobremesa se rezaba
el rosario ; al toque de ánimas, la plegaria ; la ma-
lilla y el dominó, á las nueve; los enamorados
cerca de los ancianos, para oir sanos consejos.
; Ah, mi respetable señorita, de aquella moral sólo
quedan vestigios!
— Muy rigurosa era. Bello tiempo me pinta Vd.,
aquel en que los jóvenes no eran capaces de jun-
tarse los labios, ni á hurtadillas, siquiera para
chupar un poco de miel, con el mismo derecho
que la abeja ó la avispa. Un algo desabrida, se
andaba esa virtud . . . ¿ Nunca vio Vd. una liga
ceñida á una pierna hermosa, Perea?
Ruborizóse bastante D. Leoncio, tosiendo con
322 E. ACBVEDO DÍAZ
dificultad y pestañeando con alguna agitación.
Estaba escandalizado.
Areba le miraba á través del velo que cubría
en parte su rostro, con sus grandes ojos lumino-
sos, llenos de malicia. Tal vez Perea, al experi-
mentar fuerte temblor en su flaco cuerpecillo, se
condolía en ese momento de no ser un mancebo
de boca encendida como roja flor, para contestar
debidamente á aquella graciosa y gentil burlona;
pero, la verdad es que por su pensamiento honesto
no pasó nada que pudiese traducirse como un
principio de pecado. Viéndole poco menos que
aturdido, en el penoso conflicto de mentir ó de
declarar con franqueza que él no había diferido
mucho del gusto de los demás, la joven salió en
su ayuda, preguntando con aire serio:
— Nada me ha dicho Vd. sobre ese sujeto
D. Diego Lampo, que recomendé á Vd. viese.
D. Leoncio respiró lentamente.
— Me disponía á informar á Vd., señorita, acerca
del particular. Tuve oportunidad de verle hoy, y
hame prometido venir mañana á la hora indicada,
para ponerse á las órdenes de la señorita.
— Bien. No olvide Vd. de prevenirme de su
llegada, en el acto. Lo hará Vd. pasar á su escri-
torio.
Y como Areba se dispusiese á salir, dando por
terminada la conferencia, apresuróse el señor Pe-
rea á retirarse.
Mientras recorría la galería el digno administra-
dor, iba diciéndose medio confuso:
BRENDÁ 323
i Líbreme Dios de conjeturas vidriosas ! Pero,
¿ qué puede ocurrírsele á la señorita, con un sujeto
de las entretelas, dobleces y bastardías de Diego
Lampo?
Areba, en tanto, condoliéndose interiormente
de la suerte de Cantarela, por quien siempre se
interesaba, hacía al bajar las gradas una especie
de proceso de la vida de Bafil. Diversas eran las
proezas que lo comprometían, con circunstancias
agravantes.
Sin salirse del juicio sumario, vióse pronto la
joven en la vereda, en momentos en que llegaba
al sitio su amiga Julieta, moviendo á todos lados
la cabeza y el abanico, con un gesto estudiado
parecido á sonrisa, sin duda para disimular un
poco el volumen de su labio inferior de esponja,
y los párpados bien levantados, para que sus
pestañas, — que eran negras y crespas como las
cejas, — aumentasen á distancia con su sombra, el
tamaño de sus ojillos vivaces y escudriñadores.
Areba la saludó afablemente, invitándola á
subir.
— No, mi querida amiga,— apresuróse á decir
Julieta; — me detengo sólo á saludarte. Veo el cupé
con la portezuela abierta. Voy hasta casa de Ca-
silda, á quien debo visita. La costumbre me ha
hecho pasar por aquí; sabes que mis itinerarios
son lijos; y al efecto me vine por la calle 25 de
Mayo, que debiera llamarse de Artigas. Conoces
mi tema, y sobre él inculco siempre á mi respeta-
324 £. ACEVEDO DÍAZ
ble padre para que influya en sentido de modifi-
car la nomenclatura. El amor localista ante todo,
y el buen sentido por delante. ¿ Por qué denomi-
nar 25 de Agosto á una calle, en vez de Libertad,
y á otra 18 de Julio, en vez del Juramento, lo
que es más corto y expresivo? Sobre esto venía
meditando, cuando al llegar á la esquina de Itu-
zaingó me encontré con Guma. Me detuvo un
instante la muy andariega, y conversamos sobre
tópicos muy distintos, á salto de cabra . . . . ¿ Sabrás
que el caballero Raúl Henares marchóse hace
tres días al Brasil, y que su ausencia durará un
mes ? Muchas cosas se dicen acerca de sus rela-
ciones con Brenda Delfor, y se susurran misterios
graves. Todos creían que tú serías la preferida,
y con este motivo las nuevas ocurrencias han deso-
rientado á las atisbadoras, que se reputan muy
certeras é infalibles en sus opiniones .... Por lo
que á mí afecta, nunca yerro en mis juicios : ahora
mismo decía á Guma que las vecindades de campo,
en las condiciones de los dos jóvenes, traen por
consecuencifi amores de pájaros, y citas de ramas
ó en la espesura, como quien no quiere la cosa . . .
Tú ves, Areba, que aquel incidente en la quinta
de Stewart, de que te hablé, pone al descubierto
el secreto de monja, que guardaban tan bien, y
en que se envolvían los dos enamorados : ¡ impo-
sible parece que las impropiedades no se trasluz-
can de aquí á poco!. . . . ¿Qué opinas tú?
— ¡Qué borbollón. Virgen santa! — exclamó
BRENDA 325
Areba rompiendo un silencio estudiado, y rién-
dose con la mejor voluntad. — Aun no tengo
pruebas de los hechos que me relatas, y me son
necesarias para abrir juicio discreto. Soy enemiga
de las conjeturas y de los prejuzgamientos ....
— Yo tampoco prejuzgo; pero hay presuncio-
nes vehementes. No falta quien dude ; fundándose
en que tú, que tan íntima amistad tienes con
Branda, nada has dicho.
Areba púsose seria y repuso :
— Pues que no quieres subir, pasemos al za-
guán por poco que sea lo que tengamos que con-
versar.
¿No lo crees conveniente?
— Como gustes. Distraeré á tu tiempo cinco
minutos.
Las jóvenes entraron, deteniéndose al pie de
la escalera.
— Agregan, — siguió diciendo Julieta, — que la
oposición de la señora de Nerva á esos amores
es muy pronunciada, y que tú estás en el se-
creto. ... ¿Es tan grave, por Dios? Te aseguro
que ardo en deseos de enterarme .... Soy franca
contigo, porque tú nunca los guardas para tu
amiga. ¡Veamos, mi adorada! Una punta del
velo, no más. . . .
Miróla Areba, risueña, arreglándose un ex-
tremo del que le cubría en parte el rostro, y
respondió, poniendo su pequeña mano en el hombro
de Julieta
326 £. ACEYEDO DÍAZ
— Estoy tan afanada como tú en conocer á
fondo lo que ocurre al respecto. Que ellos se
han encontrado, al azar, se han dado las manos
y han creado un vínculo de simpatía ó amor,
no me queda duda ; y todo esto es muy natural.
También es cierto que la señora de Nerva no
gusta de la elección de su pupila, porque es
«abido que siempre fué su designio, — en el que
creo persiste, — prepararla un enlace con el doc-
tor de Selis, quien de mucho tiempo atrás ha
logrado atraerse toda su estimación. ¿Por qué
no atribuir á esta sola causa la razón de su
conducta? Si acaso no fuera ésa, yo trataré de
inquirir la verdadera, y te hago promesa de re-
velártela .... cuatro horas antes de que se co-
nozca en ningún círculo social.
Ya ves, — añadió Areba, con un tono ligera-
mente irónico, á la vez que cariñoso, — que no
es mucho el término indicado, y que ha de pro*
mediar entre el conocimiento de la noticia y su
divulgación.
— Todo por decirme bachillera. . . .
— ¡No así!
— Me reconozco algo curiosa, y me agrada
estar en todos los enigmas y acertijos sociales,
para no aparecer indiferente al tema hebdoma-
dario ó quincenal en los salones ; pero, no hasta
el punto que algunos me atribuyen. .. .¿Sabes
lo que ha dicho el atrevido Zelmar Bafil, á quien
se la guardo? Que yo era la bocina de la intriga.
BRENDA 327
Rióse Areba.
— Ya le conoces el buen humor; raro sería
•en él un día melancólico. Estuvo ayer á despe-
dirse.
— Sabía que se marchaba.
Pidió órdenes por tarjeta, y ayer mismo par-
tió. No ignoras que va á recibirse de médico.
.¿Conque vino á despedirse?
— Sí, siempre me dio pruebas de aprecio. Su
relación no es de hoy.
Mordióse los labios Julieta, con mal reprimido
arranque, replicando:
— Es muy descortés con otras amigas. . . .¡Ahora
se me ocurre por qué me moteja con epítetos
inusitados! Yo he sido una de las que han di-
fundido que te galantea en vano, pues que no
podías perdonarle su afirmación de que toda la
iniciativa del lance en el Paso del Molino se de-
bía exclusivamente á su amigo Raúl Henares.
Una sombra rápida pasó por la frente de
A.reba, — así como esas que proyectan en la su-
perficie del agua tranquila nubes desgarradas.
— Ya ves, — dijo. —r Tú le provocas, con motivo
infundado, en mi concepto. A nadie he dicho si
yo lo amo ó no.
— Se supone lo último, sin embargo. Más avan-
zaría, acerca de versiones. . . . pero me lo reservo
por el momento.
Julieta pronunció estas palabras con cierta ma-
licia, que daba á su semblante una expresión
22
328 £. ACEVEDO DÍAZ
particular, pasando sus dos manos por el talle
para deshacer alguna arruga del traje, y dispo-
niéndose á irse. El doble sentido en sus frases
tenía el inconveniente de disminuir de un modo
ostensible la poca gracia de su rostro. Areba se
penetró del alcance de la frase, y en vez de con-
testarla con la rapidez y concisión que acostum-
braba, rompió á reir con su risa más armoniosa,
tendiéndola la mano, y acompañándola hasta la
puerta.
Allí Julieta se volvió, diciendo con mucha gra-
vedad :
— Entretanto, querida, veremos cómo destruye
el doctor de Selis los efectos de la revelación de
Henares la noche de la aventura . . . . ¡ Aquel sí,
que fué episodio oscuro ! Te advierto que el caso
está previsto en el código penal, que consultamos
con mi padre, pues él mismo no tenía muy fresca
la memoria.... jNo olvides la promesa!
El reloj de la catedral daba las cinco.
Despidióse Julieta, y Areba quedó un instante
en el umbral, fría y pensativa. Felicitábase de no
haber confiado nada de importancia á la joven;
pues sus planes y proyectos no habían tenido
aún sino un principio de realización. El viaje
tan imprevisto como oportuno de Henares, y el
alejamiento de Bafil, iban á permitirla obrar sin
inquietudes. El doctor de Selis debía recuperar,
á favor de esta ausencia, y del secreto, acaso,
de que ella era poseedora, el terreno ganado
BREKBA 329
sin mayor esfuerzo por su rival ; de lo contrario,
la campaña estaba perdida irremisiblemente. ¡ Gran
ventura sería la de Areba, si su habilidad en
este drama íntimo, en que ella desempeñaba un
papel de trascendencia, puesto que su corazón
estaba envuelto en los hilos de la intriga, lo-
graba destruir un efecto quizás profundo, y ais-
lar la personalidad de Henares de manera que,
en su desaliento, buscase al fin las ternuras in-
decibles que para él reservaba en el fondo de
su pecho y tras el escudo de su altivez! Ardua
era la empresa ; mas ¿ por qué no luchar ? , . . .
Areba tomó asiento en su cupé, diciendo al
cochero :
— ¡Quinta de Nerva!
XXV
CONFIDENCIAS
A aquella misma hora, en la casa -quinta de la
señora de Nerva, Brenda Delfor, después de haber
acompañado á la anciana largos momentos en el
patio, hacía su paseo de costumbre hasta el estan-
que y la choza, ya algo más tranquila sobre el
33C E. ACEVEDO DÍAZ
estado de la enferma. La dolencia, declinando
sensiblemente, tendía á desaparecer.
Caminaba la joven por la larga calle de arena
del centro, reproduciendo en su memoria las
impresiones sucedidas desde un mes atrás. Te-
nía la mente serena y el corazón sin congojas,
sin duda porque sobre él llevaba á manera de
talismán, la carta de Raúl. El baile en casa de
Stewart ; sus conversaciones con Henares ; el epi-
sodio con de Selis ; la actitud suspicaz y extraña
de Areba ; la enfermedad de su protectora ; la
partida de Raúl, y otros incidentes pasados, en-
tretenían sucesivamente su pensamiento y la
inclinaban á meditar con calma. Después del
suceso con el doctor de Selis, la repugnancia
instintiva que hacia él había sentido siempre,
había tomado cuerpo y prevenídola para lo fu-
turo. Sin embargo, en las reiteradas visitas que
posteriormente hiciera de Selis á la quinta, mos-
tróse ella inalterable, la misma que otras veces,
comprendiendo que esto halagaba á la anciana
viuda. Creía la joven que no sería compelida á
un sacrificio, nunca, por razones diversas ; la es-
cena del lago debía haber persuadido á de Se-
lis de la inutilidad de sus esfuerzos, aun cuando
su conducta actual autorizase á sospechar de sus
designios; y las revelaciones que ella hiciera á
su protectora de su amor por Henares, parecían
haber modificado los propósitos adversos á su
destino, á juzgar por el silencio guardado desde
BRElfDA 331
entonces por la señora de Nerva. Las causas
de amistad y estimación al doctor de Selis no
eran tan poderosas que indujesen á aquélla á
persistir en un enlace opuesto á su dicha. Aparte
de esos motivos, ¿qué interés podía intervenir en
la consumación de un acto tan violento y cuyas
consecuencias no pudiese ella tal vez sobrelle-
var resignada? No lo concebía. Nunca pensó
tampoco Brenda en un cálculo egoísta de parte
de su noble bienhechora, al concertar una unión
incomprensible; ni ocurriósele en ningún mo-
mento la idea de que ella llegaría á ser posee-
dora de una gran fortuna, á la muerte de la
anciana. Con todo, el móvil que inspiraba á
ésta, revelaba algún misterio. ¿Qué pensaría ella
de Raúl? El concepto que se había formado del
joven no parecía muy favorable, y así lo ponían
en evidencia ciertas demostraciones elocuentes
de que Brenda no había podido menos de con-
dolerse. I Un misterio ! . . . .
Así preocupada, Brenda se detuvo, con la mano
en la mejilla, frente á una calle lateral que con-
cluía en el seto, y desde donde se divisaba la
casa de Raúl. La tarde era tibia y serena. Ni
una oscilación leve en las altas copas cónicas de
los álamos, ni un susurro en el ramaje espeso y
umbrío de los bosquecillos ; el aire, denso y tem-
plado, oreaba apenas la frente. La joven miró
largos momentos la casa solitaria, y el ombú gi-
gante, que extendía sus brazos hacia la ventana
332 E. ACEVEDO DÍAZ
del gabinete cargados de racimos verde mar:
todo le pareció triste. ¡El no estaba allí! ¡Aquel
árbol inmóvil, enorme, aislado, con sus ramas inú-
tiles para el fuego, pero cuyas hojas alivian las
heridas, y cuya sombra mitiga los efectos de un
sol abrasador, simbolizaba bien la soledad ! Brenda
siguió adelante, suspirando. ^
En las cercanías del estanque halló á Zambí-
que, ocupado en remover la tierra de los bordes
del sendero. Al verla, el viejo negro se incorporó,
abandonando la azada, y ciñéndose su abierta
carmañola negra de trabajo, que tal simulaba la
raída levita de recortados faldones; una. sonrisa
plácida entreabrió sus grandes labios, juntando
los últimos verrugones que adornaban su frente
y entrecejo, y se quedó mirándola en una acti-
tud de éxtasis profundo.
Le hizo ella un saludo cariñoso con la mano,
y fuese á sentar en un ancho tronco de euca-
lipto, que había sido cortado por su base.
Allí se entabló entre los dos un diálogo de
frases breves y cariñosas sobre asuntos familia-
res, sin excluirse las plantas, el riego, la poda, las
flores y las aves. Zambique se revelaba locuaz y
decidor en estos coloquios con Brenda, estimu-
lado por la dulce benevolencia de la joven. Era
ésta, acaso, la única excepción á su regla de
sobriedad y de silencio. Ella se complacía en ha-
cerle hablar y sonreír; de manera que era día
nublado para el liberto, aquel en que no veía á
BREKDA 333
la reina. Tan blanca y tan linda, producíale el
efecto de una visión de luz, destacándose del
verde de los arboleas, con alas de abeja y rostro
de imagen bendita. Se había figurado así, á los
seres que no eran de este mundo. Muchas veces,
en presencia de ella, arrancaba á un jazmín del
Cabo que él había plantado y cuidaba asidua-
mente, uno de sus botones á medio abrir, niveo,
delicioso, embriagador, y miraba la flor primero
y el rostro de su reina después, cual si comparase
el grado respectivo de encanto ó de belleza ; en
seguida movía la cabeza, con una mueca singu-
lar, y mudo, arrojaba con desprecio el botón so-
bre la planta. Brenda le reñía suavemente. Zam-
bique seguía su faena, refunfuñando contra el
jazmín. En otras, cuando la joven hacía oir el
piano, él se paraba frente á la ventana del sa-
lón que daba á la quinta, y allí permanecía hasta
haberse extinguido la última nota. Parecíale en-
tonces que en el intervalo de música todos los •
pájaros habían enmudecido. ¿Valían, acaso, más
que sus dedos, sus arpadas lenguas ? Cuando supo
que el mancebo, á quien él tanto debía, hacía
pensar á su reina, era feliz en creer que los dos
se habían fabricado expresamente para refundirse ;
pero, ¡ cuánto le dañaba la idea de que ella lle-
gase á abandonar sus jardines !
En la tarde de que hablamos, Brenda le diri-
gió algunas preguntas relativas á Raúl. Y al ha-
cerlo, con fe y abandono, asaltóla el pensamiento
334 E. ACEYEDO DÍAZ
de que aquel mísero ser gozaba de un privile-
gio que ella no había concedido á Areba. ¿Por
qué? La joven se sentía perpleja. En diversas
ocasiones hubo de revelárselo todo ; pero un im-
pulso secreto desvió su intención y no llegaron
á ser confidencias las esperanzas que aleteaban
con alborozo en los asilos de su alma. Desde la
noche del baile Areba empezó á inspirarla te-
mor, ¡y no tardó en adivinar el origen de sus
alarmas y desazones! Triste era para Brenda su
derecho á ser envidiada, especialmente por una
amiga de corazón ; mas no era suya la culpa, ni
por eso debía ella dejar de quererla. ¡ Ay, cuando
el amor viene envuelto en su iris de ventura,
cómo huyen los afectos que uno deseara retener!
El vacío se hace en rededor, hasta donde alcan-
zan los haces luminosos; y desde lejos, observan
todos los ojos penetrantes esta dicha nueva, á
que aspiran los pechos sin amores, y que recuer-
dan con tristeza los corazones ulcerados.
El pobre Zambique inválido, negro, senil, ruina
humana que no tardaría en desmoronarse por
completo al menor empuje de cualquier borrasca
de la vida, era el único que recogía y guardaba
los desahogos, las puerilidades y los fervores de
aquella pasión contrariada, tanto cuanto parecía
ser de irresistible y profunda. Fox eso la joven
hallaba más grato que el soliloquio, el diluir so-
bre aquel ente fiel, oscuro y silencioso, toda la
claridad de su ilusión. ¿No había sido él el tes-
BRENDA 335
tig-o mudo y discreto de las primeras entrevistas?
Hablábale sin zozobra ; tenía ella la llave del se-
pulcro de piedra.
Zambique satisfizo las preguntas que le hiciera
Brenda ; y después narró el hecho por el cual
debía á Raúl la existencia.
La joven le escuchó con interés, fijos en él los
ojos, sin interrumpirle en sus patéticas manifes-
taciones.
Luego volvió á interrogarle, con cierto orgullo
mezclado á un goce íntimo:
— ¿Fué eso en un combate?
Zambique contestó afirmativamente; y entrea-
briendo los labios hasta descubrir la caverna de
su boca, imitó con un ronquido la voz del cañón,
para oprimirlos después, y remedar el silbido si-
niestro de las balas.
— ¡ Noche de Navidad ! — exclamó en seguida.
En esa brega, niña, murió el coronel Delfor.
Brenda fué acometida de un estremecimiento;
y por algunos instantes respiró con pena. Pasada
esa emoción, púsose grave y pensativa. En ver-
dad, en ese día hacía años de la muerte de su
padre. Cogió, meditabunda, una ramita, y entre-
túvose maquinalmente en trazar una fecha en la
arena. Después extrajo de su seno la carta de
Raúl para releerla despacio.
Zambique, empuñando su azada, volvió á la ta-
rea, acompañándola en voz baja con uno de sus
monótonos aires africanos.
336 E. ACEVEDO DÍAZ
En tanto, minutos hacía que el cupé de Areba
se había detenido frente á la verja.
La joven se encontró con la señora de Nerva
en^ la galería, en su silla de hamaca como de
costumbre, aspirando el aire puro y libre que le
hacía tanto bien. Estaba su rostro bastante de-
macrado, con huellas visibles del último que-
branto, é indicios á la vez de una absoluta de-
cadencia. Con todo, se sentía con ánimo y exce-
lente espíritu.
Areba se enteró de su estado, siempre solí-
cita y cariñosa, congratulándose de hallarse por
el instante á solas con ella.
La anciana viuda mostróse amable y contenta.
Aquella visita le era muy grata en todo tiempo,
pero aun más en esa hora. Quería oiría y ha-
blarla también sobre su asunto de interés predi-
lecto, aprovechando la corta ausencia de Brenda.
— El corazón me ha dejado en paz hace dos
días, — agregó luego; — el mal está ahí, yo lo
conozco; y aunque no tengo mucha fe á estas
mejorías, hoy me encuentro tranquila.
Después de un breve cambio de palabras afec-
tuosas, la señora de Nerva pasó á hablar de su
pupila.
Con este motivo, puso en conocimiento de
Areba la confesión de Brenda sobre su pasión
por Raúl Henares, sin omitir detalle alguno;
confesión dulce é ingenua, que no la había co-
gido de sorpresa, dados los precedentes que eran
BREXDA 337
de su dominio; pero que, á pesar de todo, no
había dejado de atribularla y entristecerla de una
manera penosa. La sinceridad de los propósitos
que abrigaba sobre el porvenir de la huérfana,
se estrellaba contra aquella revelación elocuente
de una naturaleza apasionada, que no parecía ya
dueña de sus impulsos. Sintióse sin fuerzas para
hablarla en tono severo.
— Siempre creí, — prosiguió la anciana, — que
el doctor de Selis, por la estima en que le tengo,
era un buen partido para mi pupila, y que ésta
se mantenía un tanto fría é indiferente, por ra-
zones que muchas veces no se explican las jó-
venes, cuando un hombre de bellas prendas no
les ha dado motivo de odio ó repugnancia. Ahora,
natural es que modifique mis pareceres en po-
sesión de datos que no exigen prueba. Aflígeme
el hecho de un desengaño completo para el doc-
tor de Selis; pero más grande es mi angustia
al pensar que Brenda, á quien tanto quiero, vive
ignorante acerca del verdadero móvil que me ha
inducido y compele á contrariar sus amores.
Nada opuse á sus confidencias. Mis palabras
habrían podido ser imprudentes, y hasta crueles,
por el estado de su ánimo. Aquella incertidumbre
de que hablé á Vd. acerca de la identidad de
la persona de ese señor Henares, detuvo mi len-
gua y acalló la voz interior de mis recuerdos ;
sin embargo de que insisto en que mi memoria no
me engaña^ como no me engañara el presentimiento
que me asaltó la primera vez que le vi.
338 E. ACEYEDO DÍAZ
Areba, que había oído con suma atención lo
que precede, tras una breve tregua de silencio,
dijo con calma:
— Vd. estuvo en lo cierto. Todas sus presun-
ciones al respecto han sido confirmadas por ese
sujeto de que hablamos, y que se encontraba en
el establecimiento de campo de Vd., refugiado y
oculto, desde muchos días antes á aquel en que
ocurriera el lance sangriento.
— ¿Ha tenido Vd. con él alguna entrevista?—
preguntó la anciana, incorporándose, con ansiedad.
— Sí, señora. Mañana debo celebrar una segunda,
para la que lo he invitado, á fin de que escla-
rezca ciertos puntos dudosos y se ratifique en
todas sus conclusiones. Me parece un sujeto de
pocos escrúpulos y de menguado espíritu, á juzgar
por su amor á la dádiva ; pero creo que en este
delicado asunto dice verdad, pues que corrobora,
sin ampliar ni omitir, detalle alguno, la relación
de Vd.
Pienso arrancarle su declaración por escrito,
como testigo ocular. Después de esto, creo que
nos hallaremos en actitud de usar del secreto en
la forma que juzguemos más acertada.
— Luego, ¿no me equivoqué en mis aprensio-
nes?— volvió á interrogar la señora de Nerva con
viva expresión en los ojos, y como dudando toda-
vía de la rigurosa exactitud de los hechos.
— ¡ No queda la menor sombra de duda ! — res-
pondió Areba con acento trémulo.
BRENDÁ 339
¡ Raúl Henares fué el matador de Pedro Delfor!
— ¡ Oh ! . . . .
Esta exclamación salió del pecho de la pro-
tectora de Brenda como un grito de angustia ó
de dolor inconsolable, acentuada y vigorosa, en
un arranque que era síntesis completa de preo-
cupaciones ardientes, de deberes sagrados y de
memorias queridas.
En pos de ese arranque, cubrióse su cara de
una palidez profunda, y quedóse muda y abismada,
cnal si hubiese asomado la cabeza á la boca de
una sima de donde surgiera el espectro lívido
de Delfor, recordándole su trágico fin.
Siguióse una pausa prolongada, en que las
dos damas se reconcentraron en sí mismas, para
medir tal vez la magnitud y severas consecuen-
cias del hecho.
La anciana había apoyado la cabeza en el res-
paldo, fija la vista en las copas de los naranjos,
con un aire desolado, oprimiendo con sus manos
arrugadas y temblorosas los brazos de la silla.
Areba se había recogido, como abstraída, mo-
viendo uno de sus pequeños pies, cruzado sobre
el otro, y alzando á ratos sus ojos al semblante
de la señora para examinar las nubes que en él
se esparcían y disipaban por momentos.
Al fin rompió ella el silencio, diciendo en tono
de convicción :
— En cualquier caso, será preciso revelar el
hecho.
340 E. ACEVEDO DÍAZ
— i Es verdad !
— Los sentimientos morales, un escrúpulo res-
petable de conciencia, los impulsos naturales de
la sangre, el culto de los recuerdos, y más que
todo eso, el predominio del deber en un espíritu
culto, delicado y sensible á los afectos y memorias
de la familia, aniquilada por un hado adverso,
no dejarán de influir severamente sobre Brenda,
y hasta provocar una reacción favorable, aunque
entregue su pobre alma al dolor en el primer
período del desencanto.
— ¡ Qué decepción cruel !
— El caso es duro, verdad. Mas ¿qué hacer?
La pasión gana camino con una celeridad pas-
mosa, y no da tiempo á prevenir mayores males
en un corazón virgen que se entrega por entero.
Ahora que Henares está ausente, es la oportu-
nidad de preparar un desenlace lógico y nece-
sario. Nuestra querida Brenda sufrirá lo indecible,
convengo ; pero al fin ha de resignarse. La nieve
puede quemar en parte la flor, y eso poco im-
porta, si el cáliz queda intacto.
— Sí, hay que decírselo. . . .
Y la anciana movió á uno y otro lado su ca-
beza, con un gesto de amarga pena.
¿En qué momento?
— Deje Vd. que yo proceda. Prepararé su es-
píritu con la prudencia posible; que en toda
afección seria, al período álgido ó á la crisis,
deben preceder siempre pequeños sobresaltos é
BREKDA 341
intermitencias naturales á su proceso. Y, ¿qué
sabemos? Al final pueden surgir con lo inespe-
rado, la paz y el consuelo.
— ¡Cuánto tendré que agradecerla, Areba! Yo
me siento débil . . .
— Repose Vd. en mí. Cuando ella sepa que
él mató á su padre, el golpe no será tan rudo
que llegue á romper sus fibras. El secreto está
en templarlas con sucesivas emociones.
Sucediéronse nuevos instantes de silencio.
La señora de Nerva, con los ojos muy abier-
tos y el labio caído, parecía como absorta en
una contemplación ideal. La joven volvió á su
reposo, dándose aire dulcemente con su abanico
de marfil y raso blanco, y poniendo oído al canto
de los canarios, que llenaban con sus trinos ar-
moniosos todo el espacio del jardín.
En esos momentos presentóse Brenda.
Cambiáronse con su amiga los cariñosos sa-
ludos de siempre, y lamentóse la joven de no
haber sido advertida antes de su llegada, para
gozar de la hora entera de su presencia.
Pero en medio de sus naturales transportes y
efusivos afectos de la intimidad, no pudo Brenda
menos de observar en la fisonomía de su pro-
tectora huellas de emociones demasiado recientes,
que llenaron de sospechas su espíritu, inducién-
dola á creer que alguna relación existía, muy
sensible y estrecha, entre ellas y sus preocupa-
ciones morales. Los presentimientos de la joven
342 E. ACBYEDO DÍAZ
eran fundados, según se ve y si bien ella no
había adquirido persuasión alguna al respecto,
involuntariamente pensó en su padre y Raúl.
¿Qué vínculo misterioso podía ligar á esos
•dos seres en su mente?
No se daba cuenta ; mas, tenía muy grabada
en la memoria la relación de Zambique, cuya
existencia salvara Raúl, el mismo día y en el
mismo combate en que sucumbió el coronel
Delfor.
Desprendíase del relato, que Zambique había
figurado en las filas de su padre; y que herido
é indefenso, ya á punto de perecer á manos de
enemigos implacables, un joven oficial enemigo
se había interpuesto para evitar un crimen inú-
til. Luego, este joven oficial, generoso é intré-
pido, estaba entonces en el campo opuesto al
^e Delfor!
Llamando así sus recuerdos y vinculándolos
con los del episodio, cuando entraba al jardín
en el momento á que nos hemos referido, Brenda
venía diciéndose con seriedad:
¿Por qué me preguntaría una vez Raúl cómo
•era mi padre?. . . .
De esta reflexión la apartó la presencia de
Areba. El aspecto de su protectora, sin embargo,
grave y taciturno, en aquel día aniversario de
la muerte de Delfor, la impresionó vivamente.
Llegó á notar que ciertas nubes empezaban á
-extenderse en el límpido azul de sus ideales.
BRENDA 343
XXVI
CANTARELA
Dejamos á la joven pescadora caída y sin
conocimiento, delante del lecho en que expirara
<ie una manera suave y tranquila Cario Roveda,
-en altas horas de una noche.
Su grito de suprema angustia, al palpar la
lúgubre realidad, atrajo inmediatamente al apo-
sento mortuorio las personas reunidas en el de
las redes ; quienes, olvidando en ese instante sus
prevenciones y severidades, coincidieron en el
impulso espontáneo de lamentarse por el muerto
y de compadecer al infortunio.
Levantaron, pues, el cuerpo inerme de Can-
tarela y lo colocaron en su propio lecho, en la
pieza del fondo, por ella abandonada hacía tan-
tos días: la pobre ribereña volvía á ocupar, en
medio de un espasmo, lo que creyera dejar tal
vez para siempre, en medio de un delirio. Dos ó
tres mujeres del barrio, de buenas entrañas, pro-
vistas de asafétida y vinagre, y de un celo lauda-
ble, emprendieron la tarea de restablecer su salud.
23
344 E. ACEVEDO DÍAZ
A pesar de esos esfuerzos y cuidados, Canta-
rela sólo recobró los sentidos para ser muy pronto
presa de una fiebre ardiente, que le duró en su
intensidad hasta cinco días después de la muerte
del pescador. Las fuertes emociones y amargu-
ras que habían abrumado su organismo, produ-
jeron al fin sus efectos, entregando su cerebro
al vértigo y al delirio.
El mal sólo empezó á ceder cuando hubo con-
sumido sin piedad aquel cuerpo hermoso, á gra-
dos, lentamente, después de una serie de intermi-
tencias peligrosas.
Zelmar Bafil se había embarcado para Bue-
nos Aires, ignorando este suceso. Antes de ha-
cerlo, acudió á la casita de la ribera, y allí fué
informado de la salida brusca de Cantarela con
motivo de la enfermedad de su padre. Limitóse
entonces á dejar en su gabinete una esquela
de adiós, prometiendo corta ausencia, y partió.
Este billete no llegó á manos de la joven, que
sólo tenía noticia del viaje en proyecto.
Reinaba en el barrio esa atmósfera de tristeza
y de pesar que cunde muy pronto, tras un su-
ceso luctuoso, á manera de una bruma opaca
y resistente por muchas horas al calor solar.
Los espíritus se sentían abatidos y habían cesado
en parte las murmuraciones y censuras crueles,
ante los nuevos episodios desagradables.
En una de sus últimas excursiones por la en-
senada de Santa Rosa y los Bajos de Solís á la
BRENDA 345
pesca de bogas, Gerardo fué acometido de un
mal serio, que se renovó distintas veces en lo suce-
sivo, y que concluía por dejarie lívido é inmóvil
después de frecuentes sacudimientos y espasmos.
Esto alarmó á sus compañeros, que nunca lo
vieron enfermo. En una de estas ocasiones, Ge-
rardo cayó del combés al fondo del barco, en
medio de convulsiones violentas, con las pupilcbs
contraídas, la respiración difícil y un poco de es-
puma en los labios. Los pescadores tuvieron que
sostener una lucha vigorosa con aquel organismo
de acero, que se movía con la furia de un pez
potente herido de una lanzada.
Ya había pasado por él el aura epiléptica.
En el brioso corazón del pobre joven, todo
lleno de una pasión férvida y fata), parecía ha-
berse roto una válvula. El corazón anda como
un barco contra el viento, — había dicho Marcelo
aterrado, al poner la mano en el pecho del ti-
monel. — Y se habían vuelto al fondeadero, bajo
el peso de presentimientos fúnebres.
Bien pronto, sin embargo, en estos ataques
repentinos, Gerardo recobraba su estado normal
y reiniciaba sus faenas, quejándose tan sólo de
alguna languidez y de dolores en los músculos.
Sus compañeros no le referían nada de lo acae-
cido, manifestando verdadero júbilo ante sus rá-
pidas reacciones.
El se informaba todos los. días del estado de
Cantarela ; y solía permanecer largos momentos
846 E. ACEVEDO DÍAZ
en el cuarto de las redes, con los brazos sobre
el pecho, escuchando desde allí las palabras in-
coherentes que la enferma profería en su delirio.
Después bajaba á la costa, y se unía á sus com-
pañeros dispersos sobre las rocas, plateadas por
la luna.
Una noche lloró como un niño, tirado en la
arena, sintiendo en su cráneo la caricia suave
de la onda amarg-a que venía escarceando á
deponer en la playa su orla de espuma. Aquel
beso frío del mar ahogó sus sollozos y absor-
bió las lágrimas.
¡Qué yertos los labios de las hadas marinas!
El había soñado que una vez lo besó Canta-
rela, con su boca coralina cuajada de perlas, de-
jando en la suya el calor de un ascua; y al pen-
sar que todo eso era mentira, alargaba el puño
haciaelabismo, barbotando roncos juramentos. . . .
¡Maldecía de su suerte negra!
Los pescadores le sorprendieron otra vez con
los pies dentro del agua, caminando como un
sonámbulo á lo largo de la ribera; y lleváronle
entonces al sitio en que antes se reunían para
cantar en coro sus playeras.
Ocurría esto en la noche designada por Areba,
para su visita, de regreso de la casa -quinta.
En ese día había declinado algo la fiebre que
consumía á la joven pescadora, entrando ésta en
un período de reposo. El doctor de Selis se pre-
sentó al oscurecer, y previo un examen prolijo
BRENDA 347
de la dolencia, prescribió el tratamiento enérgico
que debía detener con eficacia sus estragos en
caso de una recaída grave. Cantarela hallábase
en una especie de sopor, caídos los párpados,
marchitos y ardiendo los labios, como las sienes.
Su lindo rostro, de hermosa criolla, mostraba
hundidas las mejillas y surcados los ojos por cur-
vas de un azul oscuro; de su boca seca y en-
treabierta salía una respiración corta y agitada,
y de vez en cuando alguna palabra vaga y sin
sentido, entre alientos de fuego.
No obstante, á cierta hora abrió los ojos, sin-
tiendo un grande alivio ; y encontróse con Areba,
de pie y silenciosa junto al lecho, que la miraba
con un aire noble y compasivo, puesta la mano
en la cabecera, cual si en rigor abrigase un in-
terés profundo por su suerte infeliz.
Esta aparición inesperada, conmovió á la en-
ferma, que al principio dudó de su realidad.
Estaba lejos de saber que actos personales se-
mejantes eran propios del carácter original y
extraño de aquella dama austera, á cuyas lar-
guezas debió su padre el sustento, y á quien ha-
bía visto en otro tiempo deslizarse en su hogar
pobre como una sombra bendita para esparcir en
él, con ánimo piadoso, gérmenes de paz y de ven-
tura. Ahora, aquel ángel tutelar de sus días de
inocencia, perdonando tal vez lo que todos con-
denaban inflexibles, venía en sus noches de ex-
piación y de duelo á derramar en las anchas he-
348 E. ACEVEDO DÍAZ
ridas esencia pura de amor y de piedad. ¡Cuan
grata aparición, blanca y serena, en la hora tristí-
sima del anonadamiento ! Allí estaba, de pie á su
lado, joven, bella, opulenta, altiva, digna represen-
tante de las altas clases, en una actitud de extrema
bondad y filantrópica, la misma mujer que tendiera
á sus padres la mano llena de beneficios, velando
siempre desde lejos por la oscura existencia de los
humildes. ¡ Había que convencerse ! Xo se encon-
traba ella todavía sola en el mundo.
Así, clavó en Areba sus ojos brillantes, mirán-
dola atentamente algunos segundos. Separándo-
los luego con languidez, murmuró muy quedo :
— ¡ Gracias ! . . . .
i Qué feliz debe ser un ángel como Vd. !
Una sonrisa vagó por los labios de Areba.
— No hables, — dijo dulcemente, — que eso no
hace bien, y has de sufrir mucho.
— Ahora, no ... . Estoy débil, pero sin llama-
rada en la cabeza. . . . ¡Qué buena es Vd.l Nunca
me han hablado así ... . desde que mi madre murió.
Cantarela cerró los ojos, con un gesto amarg-o.
Areba guardó silencio.
Empezaba á oirse un canto cadencioso y le-
jano que parecía elevarse de la costa al ritmo
de las ondas, entonado por voces robustas y so-
noras, cuyas notas llegaban altas á intervalos en
alas de la brisa, ó se perdían á la distancia en
débiles rumores como los de una serenata en la
mar.
BRENDA 349
La enferma (Jió un suspiro, y sacando su mano
enflaquecida^ hizo un movimiento de súplica, pi-
diendo á Areba se sentase.
Así que ésta accedió. Cantarela la impuso en
frases breves, entrecortadas y confusas, detenién-
dose á cada instante, — de su historia de amor, y
de los pesares cuyo rigor inexorable no bastaba á
debilitar su pasión por Bafil. Después, pareció re-
signada. Areba concretóse á aconsejarla el silen-
cio y la quietud, luego de oiría con grave con-
tinente y deslizar algunas palabras de consuelo,
en las que parecía ir oculta una intención firme
y resuelta de no abandonarla á su mísero des-
tino.
Poco después, se despidió, haciéndola promesa
de verla de allí á algunos días, y de enterarse
con frecuencia de su estado. Ella atendería á
todo durante su enfermedad.
El señor Leoncio Perea disertaba, entretanto,
sobre industrias extractivas en el cuarto de las
redes, con dos mujeres viejas, muy versadas en
miiteria de pesca.
Una de ellas aseguraba que nada era tan di-
fícil como el coger un pez ya entrado en edad,
que se hubiese llevado más de dos anzuelos y
roto otras tantas la red de jorro* Cebado y con
extremo amor á la vida libre, al llegar á viejo
se le endurecen las agallas, de modo que pue-
den romper un quinto anzuelo, si de ellas lle-
gara á prenderse por casualidad.
350 E. ACEYEDO DÍAZ
Era un pez mañoso y escamado.
— ¡Me vienen con indirectas! — pensó D. Leon-
cio.
Asintió, con un gravé movimiento de cabeza,
ofreciendo un polvo á sus interlocutoras, y sor-
biendo otra á su vez,- ante una absoluta nega-
tiva ; y luego dijo : que en su tiempo había suma
dificultad en coger corvinas negras, en la misma
Punta Brava, sin que antes los tales pescados
se diesen de golpes contra las toscas, hasta que-
dar la carne inservible. De este modo, nadie las
apetecía, y la persecución había cesado por com-
pleto. Era bocado poco exquisito.
La aparición de Areba cortó este diálogo cu-
rioso. La joven cambió algunas frases con aque-
llas dos mujeres, que la hablaron llenas de res-
peto y admiración ; y salió en seguida con Pe-
rea. Ya en la calle, detúvose un momento, antes
de subir á su carruaje, y dijo, como obedeciendo
á una preocupación que la había distraído:
— ¡ No cantan ya !
— Cierto, señorita, — contestó D. Leoncio. — Ha
callado la gente de mar.
— ¡Qué expresiva esa playera! — murmuró Areba.
Callaron en lo mejor. Entre esas voces había
alguna hermosa y sentida, que parecía lamen-
tarse.
— Así es, — repuso Perea, que no había dis-
tinguido una mejor que otra. — ¡ Una voz extra-
ordinaria I
BRENDA 351
— ¿Qué timbre?
— Me pareció de bajo profundo.
Reprimióse la joven para no reir, y sin agregar
palabra más, ocupó su asiento en el cupé, desig-
nando á su acompañante el del frente. Hasta el
instante de partir el carruaje, estuvo ella con el
oído atento á los rumores de la ribera.
Pero reinaba completo silencio.
Era que, en medio de su coro sencillo, los pes-
cadores habían sido sorprendidos por un incidente
doloroso, momentos antes.
Gerardo, presa de un acceso terrible, había
caído desde la peña que le sirviera de asiento,
y revolcádose en los guijarros de la costa, cam-
biando por un alarido, la inflexión dulce y ar-
gentina de su voz, y sometiendo á ruda prueba
la fuerza muscular de sus más robustos amigos.
¡ Cuadro extraño á la claridad de la luna, en-
tre las piedras y al borde de las aguas, el que
formaban aquellos hombres en grupo rodando
por el suelo, como un solo monstruo de muchos
brazos y cabezas, que subían ó bajaban en tu-
multo, siempre en compacto pelotón, entre gari-
tos sordos y enérgicos, cual si disputasen la vida
á dentelladas y contorsiones furibundas en la
pendiente de un abismo!
352 E. ACEVEDO DÍAZ
XXVII
LOS RECUERDOS DE DIEGO LAMPO
Al Otro día, por la mañana, la señorita de Li-
nares encontrábase en su gabinete de labor, mue-
llemente sentada en un diván,' y entretenida en
hacer pasar por entre sus finos dedos un rosario
de marfil con cruz de oro. Muy temprano, como
de costumbre, había oído misa en la catedral,
en el fondo de una nave solitaria, en donde te-
nía su facistol y silla de reclinatorio, acolchada
y de alto respaldo. También, siendo día de cier-
tas prácticas invariables de su culto, habíase
confesado con el obispo, contrita y respetuosa.
Pero no eran estas confidencias, que mueren sin
eco bajo las anchas bóvedas, ni las absoluciones
obispales las que podían absorber su espíritu en
la hora de que hablamos: de lo que ocurriera
ante el tribunal de la penitencia, en su confesión
auricular, no hacía memoria. — La vida, con sus
hechos positivos, sus severas realidades y sus
pasiones tumultuosas, se entraba en su mente
envuelta en la luz de la mañana, para advertirla
BRENDA c53
que había pasado el minuto, estéril para otros,
de pensar en lo extra - humano ; y así, era cierto
que no vagaban por sus labios los últimos rue-
gos de la oración en semi-tono cual última es-
piral del incensario ante una imagen, sino pen-
samientos mundanales llenos de acritud y tris-
teza que, al bullir en su cerebro, la hacían ha-
blar en voz alta, como si ella tratara de buscar
en el sentido de la frase la verdad de la inten-
ción. Lógico es creer que sus ideas del momento
se vinculasen de una manera estrecha con otra
especie de confesión, que ella debía oir en breve,
de labios de Diego Lampo, el sujeto que había
presenciado el episodio de la muerte de Pedro
Delfor.
Con la cabeza inclinada hacia el hombro izquier-
do, por habitud, el gesto grave, y su vestido negro
bien ceñido al talle, de modo que luciesen sus
correctas formas, Areba esperaba con alguna
impaciencia á este personaje, á quien diera cita,
en el interés de que disipara la menor duda posi-
ble acerca del acontecimiento luctuoso.
Pronto la anunciaron su presentación.
La joven dispuso que lo hicieran pasar al gabi-
nete, sintiendo cierto íntimo goce, que se reflejó
sin disimulo en su rostro de ángel herido.
Algo debemos decir aquí sobre este sujeto,
aunque su personalidad sólo se exhiba para desem-
peñar un papel accesorio. Con todo, en nuestro
concepto, no carece de interés.
354 E. ACEVEDO DÍAZ
Diego Lampo era uno de esos tipos que despun-
tan de agudos y que á su desvergüenza deben
siempre la facilidad de medrar, en las mismas situa-
ciones difíciles y angustiosas. Tenía la conciencia
maleable y dúctil, como el metal fino. Los rasg-os
prominentes de esta persona extravagante, pre-
disponían muy en su disfavor á primera vista, y
la hacían antipática en extremo; rasgos de feal-
dad poco común, aumentada por una perpetua
expresión maligna, y un ceño de insolencia osada.
Mediana estatura, movimientos de hombros con-
tinuos, que suph'an la jiba de Rigoletto, — por
razón de similitudes accesorias y complemento
típico, — ojos negrillos, llenos de malicia, nariz
torcida, casi inverosímil, mordida en parte por la
viruela, que había burilado en su semblante penín-
sulas y continentes; lóbulos aplanados, sobre los
que caían algunos rulillos negros, á manera de
racimillos de saúco; barba corta, labios recogpi-
dos, y esas arrugas extrañas que la intención
cínica cincela en la carne á fuerza de imperar
en el cerebro, y de traducirse en momos, moris-
quetas y visajes burlones; lo mismo que la piel
de cabritilla, al perder por el uso su tersura,
calca las uñas, nudos y puntas de huesos de las
manos. Véase ahí de cuerpo entero á Diego Lampo.
No se crea por esto, que era un personaje en
extremo vulgar. No carecía de dotes. Con más
suerte que el héroe de Le Sage, había recorrido
y explorado todo género de profesiones, hasta
BRflNBA. 355
lograr adherirse á un excelente empleo. Simple
oficinista muchas veces; concurrente asiduo á los
despachos, otras, en busca de oportunidades; visi-
tante de redactores y cronistas de diarios, como
eco autorizado de opinión ; amable órgano de
elogios y adulaciones serviles, en las salas de
g-obierno; trompa de órdenes de los poderosos de
circunstancias, fuesen ó no, éstos, régulos ó dic-
tadores; mantenedor del chiste y de la broma biza-
rra en los festines oficiales ó en las mesas revuel-
tas de los calaveras; periodista declamador;
miembro obligado de los clubs turbulentos ; agente
indispensable de policía secreta; comisionista de
escritorio modesto y empolvado, con puerta á la
calle; procurador de una honradez intachable,
en su propio concepto ; proveedor grave y sesudo
en los momentos calamitosos, para explotar bien
la veta de circunstancias; comodín de las ante-
salas, en donde sabía entretener á los dependien-
tes de ministerios con historias sabrosas, para
abrirse luego paso hasta el secretario del Estado
ó el gobernador, con todo desembarazo, — como
quien lleva el capital fijo en su aire y figura ; —
todo esto había sido y había hecho Lampo, con
más ó menos fortuna antes de afirmarse en terreno
sólido, de igual manera que un molusco largo
tiempo soliviado por las corrientes, logra al fin
adherir su dura membrana á la roca protectora.
Así, Diego Lampo había conseguido muchas ve-
ces beneficios y holganzas, por medio del Chiste
356 E. ACEVEDO DÍAZ
y del gracejo, cotizándose sus ocurrencias á mejor
precio que las del talento serio y pensador. « Ha-
cer retozar la risa en todo el cuerpo, y dar azo-
gue á los sentidos, » era profesión harto lucrativa,
para que él no la ejerciese en oportunidades, y
se abriera el camino de las simpatías y de los
favores.
En otros tiempos, según la historia, hacían lo
mismo aquellas entidades de cabeza enorme y
tronco de enano, de birrete y talabarte, borce-
guíes y guanteletes, ya obesos, ya. sin vientre,
espaldas de escuerzo, rostro cínico y osado, con-
trahechos y disformes : — mezcla híbrida de risas
y rabias, frutos del consorcio de la satiriasis y del
tubérculo, — henchidos de orgullo en la medida
de su quinta sangre negra, que eran, sin embargo,
como pensamientos alegres de los señores melan-
cólicos ; caricaturas del dolor que hacían el dolor
pasable, puesto que así se exhibía en carne y hueso,
no para llorar, sino para hacer reir; estériles mo-
mos lanzados á la lucha de la vida, cuyo peso
soportaban no obstante en sus jibas repletas de
humor negro, en tanto caían en desgracia y se
anulaban las personalidades de hierro. Estos per-
sonajes se han ido transformando con las cos-
tumbres, y hasta perdiendo la corcova, por selección,
pudiéndose apenas distinguirlos entre la muche-
dumbre. Pero, si ha cambiado la fisonomía, persiste
la esencia, y por ahí vagan muchos, sin destino.
Nuestra entidad era uno de ellos.
BRENDA 357
Con ingenio, y ciertas disposiciones naturales,
él, como tantos de su especie, no tenía la culpa
de los extravíos de juventud. La educación que
se le diera en un hogar lleno de preocupaciones,
vanidades y ridiculeces, obligóle, ya hombre, á
darse una segunda educación, que sólo conservó
de la primera el hábito ó prurito de reirse del
honor ajeno, á fuerza de haber servido él mismo
mucho tiempo, de blanco al sarcasmo y al lu-
dibrio de los demás. Vengábase cuanto podía,
sin esfuerzo y sin remordimiento. Le servían de
armas ofensivas sus propias amarguras, y no le
hacían mella los rudos golpes de la reprobación
y del desprecio.
De esta manera, Diego Lampo se había cons-
tituido en personalidad aparente para una in-
dignidad cualquiera, ó acto indecoroso. Delatar
le era tan fácil como encubrir lo ilícito, siempre
que la recompensa alcanzara á la importancia
de la denuncia, de la traición, del espionaje ó
de la intriga.
Tales tachas podían oponerse al testigo que
venía á constatar la identidad del matador de
Pedro Delfor; pero justo es advertir que en su
declaración no adulteró ni el menor de los de-
talles, de los hechos ocurridos en una época ya
remota.
Decirse puede que en menos tuvo el huevo
que el fuero. Estuvo verídico, fiel y correcto.
Julieta Camandria, en caso análogo, habría He-
358 £. ACEVEDO DÍAZ
vado el rigor de las fórmulas hasta preguntarle
si le comprendían las generales de la ley.
Areba limitóse á comparar los datos suminis-
trados por el testigo con los de la señora de
Xerva, hasta deducir una perfecta conformidad
en las deposiciones y adquirir absoluta certidum-
bre de los hechos.
Una vez en su presencia, pidióle que refiriese
nuevamente el lance, y le explicara la causa de
encontrarse él en el establecimiento de campo
de Xerva en ese día
Diego I-ampo, reconcentrándose en sí mismo,
con aire grave, pensó que era llegado el mo-
mento de justificar ante todo su conducta de
entonces ; y en ese propósito, contestó con acento
reposado y tranquilo, apoyando en la mano la
barba:
— Razones de un orden privado, me induje-
ron desde el principio de aquella guerra á pres-
cindir de un papel activo, aun cuando mis naturales
ímpetus pugnasen con ese criterio, aconsejándome
con vehemencia que ciñera el sable. De por me-
dio había causal de fuerza; y era ésta la de una
promesa solemne hecha á mi señora madre, — ya
t:nada« — de no marchar nunca á combate oscuro
y ^n bandera, en que se matase por el solo
prurito de violar el quinto mandamiento.
Aparte de ese deber filial, respetable, que yo
nv> podía desoir sin pecar de cruel é indigne,
concuman otros motivos poderosos, que al rozar
i
BRENDA 359
mis firmes convicciones, las advertían de no in-
currir en claudicación denigrante; los cuales mo-
tivos se fundaban en el sabio precepto de no quitar
ni poner rey, y de estarse á la espectativa, cuando
las simpatías no arrastran de por sí á las filas
de uno ú otro bando, para servir de blanco al
cañón.
Tosió, aquí, Lampo ; repantigóse con aspecto
muy serio; y sabiendo con quien hablaba, se aven-
turó una frase canónica:
— La causalidad expuesta, me absuelve á cau-
tela, por lo menos.
Areba permaneció callada.
— Pero, — prosiguió él, — lo que ocurría en mi
foro interno, importaba poco al beligerante que
resumía el poder, y fui perseguido de un modo
implacable para que prestase mis servicios en
sus filas. Se buscaba una máquina, y no un
partidario convencido. Consecuente, entonces, con
mis resoluciones y principios inconmovibles, no
pudiendo expatriarme, procuré refugio en la misma
campaña sublevada, por aquello de que al pe-
ligro se le burla en casa, y sirvióme de asilo
seg'uro por muchos días el gran edificio de campo
de la respetable señora Orfila de Nerva, grande
alma, honra de su sexo, — sin agravio á la pre-
sente,— á quien la gratitud ha elevado altar en
mi pecho.
Allí estaba esa dignísima dama, cuando se
libró en las cercanías la batalla y se produjo
24
360 E. ACEVEDO DÍAZ
el episodio de mi referencia. La refriega fué muy
dura, de casi todo el día, y dejó llenos de san-
gre los surcos. Desde el ventanillo alto de mi
habitación, próximo á un balconcillo que corres-
pondía á la de la señora propietaria, y desde
donde se dominaba la misma extensión de campo,
podían verse por encima del monte, el ribazo
opuesto del arroyo y las sinuosidades del terreno.
Alguna vez asomé la cabeza, atraído irresis-
tiblemente por el belicoso son de los clarines;
y en ese momento pasaban por el frente balas
encadenadas con ruido de grilletes.
— ¡Temeridad, hacer muecas al peligro! — ob-
servó la joven con sorna, fijos sus ojos en la
extraña nariz del narrador.
— No tanto, — repuso éste en el acto; — pues
los proyectiles rodaban ya por el suelo, con des-
gane, trabándose el uno al otro, como piernas
de ebrio, ó consortes que resisten y se arrepien-
ten del vínculo indisoluble á media jornada de
la capilla.
— ¡Ah! —exclamó Areba, sín apartar la vista
de la nariz torcida y hoyosa; — creí que pudiera
Vd. haber sufrido allí algpin desperfecto.
Continúe Vd.
— El caso es, que al caer la tarde de aquel
día caluroso, — com.o ya he tenido el honor de
informar á Vd., — apareció de súbito sujetando
el caballo transido, junto al paso del arroyo que
estaba muy cerca, frente al edificio, un joven
BRENDA 361
oficial que venía al parecer del campo de batalla,
con ánimo de vadearlo á priesa ; y acaeció ésto,
en momentos que por la parte opuesta, montado
en un tordillo negro de arranque y corvetas, —
de esos caballos que gustan de la pólvora y del
rumor de las trompas como los dragones vie-
jos, — se dirigía al vado otro militar, con divisa
contraria, bizarro y apuesto.
El uno era Raúl Henares ; el otro Pedro Del-
f or ....
— ¿Qué aspecto físico y edad tendría enton-
ces el primero? — preguntó la joven, interrum-
piéndole con interés.
— Veinte años, más ó menos; poca barba, de
complexión recia, cabello negro, perfiles enér-
gicos, aire atrevido y mucho garbo. Traía espada-
y pistola al arzón.
Le reconocí al instante, pues habíamos sido
compañeros de aulas, en estudios secundarios.
Era el mismo Raúl Henares de la clase de la-
tín, enamorado de Ovidio hasta saberlo de me-
moria,— librejo que nunca pude pasar, refi-actario
como yo era al idioma muerto, así como la Eneida,
otro libritín intraducibie para un estudiante de
buen gusto, — por lo que el presbítero Giralt, mi
respetable profesor, solía lanzarme alguna fi'ase
mallorquína, que más bien quería significar ma-
macallos que otra cosa lisonjera.
—¿Y bien?
— Al lance iba ahora, precisamente, distinguida
362 £. ACEVEDO DÍAZ
señorita. Las reminiscencias agradables se me
agolpan profusas, y me desvían del relato, lo
mismo que los árboles cargados de frutas sabro-
sas cuando uno va por un camino carretero.
Sucedió, pues, que estando ya el joven en la
pequeña barranca que daba acceso al vado, la
señora de Nerva, temiendo un choque funesto,
cuyas consecuencias podía presenciar como yo,
desde el balcón en que se encontraba hacía mo-
mentos, hízole señas repetidas y dirigióle la pala-
bra varias veces, llena de zozobra, para que vol-
viese sobre sus pasos.
Aunque Henares se detuvo para mirar al bal-
con con extrañeza, no accedió al angustioso ruego
de la anciana; y picando su caballería, se lanzó
al paso sin recelo. El coronel Pedro Delfor en-
traba á su vez, por la parte opuesta, armado de
lanza con banderola, que denunciaba á lo lejos
su campo y filas mejor que una cimera. Tal vez
el tumultuoso tropel de algunos regimientos que
corrían dispersos de este lado del arroyo, preci-
pitó á Henares á cruzarlo sin vacilar; el hecho
es que, en mitad del paso, ni muy largo ni muy
angosto, tuvo lugar el encuentro, resultando mor-
talmente herido el coronel Delfor.
— ¿Fué leal la pelea?
Diego Lampo se acarició suavemente la nariz, y
extendiendo luego la mano, dijo con acento se-
guro y cierta cómica entonación:
— Y sin preámbulos, señorita. Pedro Delfor
BKENDA 363
cargó sobre su adversario clavando espuelas, y
logró hundirle su lanza en el brazo izquierdo;
peroi para su desgracia, Henares no fué arran-
cado de la silla, y pudo éste hacer fuego sobre
él, poniéndole la bala en la frente de una ma-
nera artística y correcta por demás. El tordillo
negro dio un balance, y arrancó hacia la casa,
arrastrando de un estribo á su jinete muerto,
que sólo abandonó en una enramada donde se
entrase ciego y despavorido, abatiendo todo cuanto
encontró en su carrera. Raúl Henares desapare-
cía en tanto por la ribera opuesta á toda brida
hacia el campo de la pelea, desangrándose, sin
duda, porque la moharra de Delfor, según yo vi,
había entrádose en su carne sin consideración
alguna.
— lluego ¿fué Delfor quién hirió el primero?
— Así es, si no me traiciona la memoria, que
nunca la tuve mala, señorita; excepción hecha
de su rebeldía en estudios de lenguas muertas
y de ciencias exactas. Lo que en ella está en
depósito, sólo sale á luz cuando conviene.
— Convendría por ahora, — replicó Areba pen-
sativa,— que todo lo hablado volviese á la os-
curidad y al secreto, conforme á las estipulacio-
nes propuestas y mutuamente aceptadas.
— A este respecto, seré de piedra.
— Por lo demás, mi administrador está encar-
gado de entenderse con Vd. y de cumplir el
pacto fielmente.
364 E. ACEVEDO DÍAZ
— Quedo muy reconocido á sus bondades, que
son ya proverbio para el común de las gentes;
pues á la mano próvida y regia de tan nobilí-
sima dama debe su consuelo todo un enjambre
de menesterosos.
— A propósito, — dijo Areba, sin atender alas
palabras de Lampo ; — desearía que Vd. consig-
nase por escrito lo relativo á este asunto, de
un modo claro y conciso, y lo pusiera en manos
del señor Perea en breve tiempo.
— ¡ Perfectamente ! — respondió Lampo, de píe,
y haciendo una cortesía. Vendrá en estilo lapi-
dario.
Y notando que la señorita de Linares no pa-
recía dispuesta á prolongar más aquella entre-
vista, pidió con el mayor respeto permiso para
retirarse, ofreciéndose en todo lo que pudieran
ser estimables sus servicios en lo futuro.
Areba le despidió con un ligero movimiento
de cabeza, desde el diván en que le había evscu-
chado, observando sus frecuentes cambios de fiso-
nomía é inflexiones de voz.
Cuando él hubo salido, después de una tercera
reverencia, pensó la joven que aquélla debía ser
la única vez quizás, que un ente semejante hu-
biese sido verídico.
Cayó luego en meditaciones serias.
Faltaría oir á él, — se dijo al fin.
De todo se desprende que el lance fué fatal,
inevitable, digno, sin sombras para los dos. El
BKENDÁ 365
defendió su vida. Fué afortunado. La buena es-
trella de entonces sigue brillando con un esplen-
dor nuevo. Es querido. Mató al padre, sin saber
de quién lo era, ignorando que de esa planta
salió la flor de su amor que él acaricia ahora,
pensando hacerla feliz, y ser á la vez dichoso.
¡ Bella ventura ! Destruido el tronco, se encuentra
á la vuelta de los años con un vastago tierno y
hermoso, una mujer delicada, dulce, capaz de com-
prenderlo y estimarlo ; se miran, se hablan, se
sonríen y se apasionan sin esfuerzo, inocentes
del secreto que hubiese abierto antes entre ellos
el abismo de una tumba, y que ahora puede al
descubrirse poner á prueba las conciencias y re-
torcer el corazón. ¡ Quién sabe ! El drama va á
su desenlace : esperemos.
Cuando Brenda, la deliciosa Brenda, llegue á
saber de esta historia, ¿qué mirada para el
amante soñado y querido, brotará de sus ojos
tiernos y azules, hasta ahora ávidos y brillantes
por el fuego de la pasión? ¿qué frase de sus
labios, donde él ha posado los suyos en dulce
deliquio tras una nota ardiente de amor intenso,
sin ajarlos al encenderlos? ¿qué gemido de su
alma blanca y pura, cuando levante el recuerdo
excitado un fantasma en su conciencia, pálido y
sangriento, que la ofrezca su sudario frío para
aplacar el ardor del corazón?
No sé. Pero hay ciertos escrúpulos superiores
al criterio de una felicidad exclusivista, que es-
3^ E. ACEVEDO DÍAZ
tan en la sangre y vienen de herencia, y se ina-
ponen tiránicos en el realismo de la vida. Basta.
uno de esos escrúpulos para rozar las pasiones é
instintos enérgicos que duermen en el fondo de
toda naturaleza, é increparlos hasta el odio ó la
venganza en hora oportuna ; que hay de sobra,
con un grano de cal viva para poner en ebulli-
ción, y enturbiar en su copa cristalina el agaa
pura y transparente, ¿ Qué llegaría á pensar la
huérfana ?
EL ÚLTIMO RÉGULO
En uno de los más hermosos días de Enero
por la mañana, Brenda Delfor recorría el jardín
separando con cuidadosa elección las mejores flo-
res de sus múltiples plantas, que echaba en un
canastillo de mimbres pendiente del brazo, casi
lleno ya de variados y ricos ejemplares. Debía
ocuparse ella misma de la confección de una
guirnalda, destinada á Areba, con aquel esmero
-' arte delicado que su amiga había tenido mo-
ivo de admirar otras veces.
BRENDÁ 367
Con sus trenzas recogidas negligentemente, y
Tin sombrero de pajilla semicubierto de tul ce-
leste, con las alas abatidas á los lados, y sujetas
por una cinta, de modo que preservasen de los
ardores del sol, la joven iba de uno á otro
lado, afanosa y diligente, cortando tallos y aspi-
rando aromas antes de arrojar sus víctimas al
cesto. Creía justo gozar de las primicias, en com-
pensación de sus afanes.
La señora de Nerva no había abandonado aún
su dormitorio, cuyas ventanas se abrían al jardín.
Brenda, aprovechándose de aquellos instantes,
que de otro modo habría consagrado á la an-
ciana, ponía apuro en concluir la tarea. Para an-
dar más rápida dejó el canastillo en el sendero
que conducía á la gran puerta de la quinta; y
preocupóse de escoger rosas, entre las más bellas,
y gajos de nardos dobles.
En esa agradable labor la sorprendió Zambi-
que, lujosamente vestido, como ella nunca lo hu-
biera soñado.
El viejo liberto se exhibía bajo una transfor-
mación completa, — pues era día de Reyes, — y
él, el monarca con mejores títulos y más amplias
prerrogativas entre los de su raza.
Presentóse erguido, merced á un corsé que
daba tiesura y firmeza á su esqueleto; risueño
y alegre, y como esperando de su reina una li-
sonja 6 una gracia inocente.
Al principio, la joven se asustó sin poderlo
368 E. ACEVEDO DÍAZ
evitar, ante la extraña figura que se ponía á su
vista de una manera inesperada ; pero, advirtiendo
en el acto que aquélla no era una visión, ex-
clamó, sin separar los ojos del antiguo esclavo
é incorporándose de súbito en un arranque de
júbilo :
— ¡ Zambique ! ¡ Estás deslumbrante !
Y la joven golpeaba sus manos, llena de en-
tusiasmo y contento, corriendo hacia él, para mi-
rarle más de cerca los galones y bordados, y
ponerle en el ojal del frac como una traviesa
aturdida, un gran clavel rojo, que arrancó al
paso para obsequiarle.
El viejo liberto la dejó hacer inmóvil, con su
sonrisa de máscara, balbuceando frases cariñosas
que parecían gruñidos.
Después, sacó de entre las solapas una carta
pequeña, como la mejor retribución á los halagos
de su reina ; y fué silencioso á depositarla encima
de las flores del canastillo.
Brenda, que seguía con la mirada ansiosa sus
movimientos, adivinó al instante la procedencia
de aquel billete, y lanzóse veloz al canastillo
cogió la carta y la ocultó en su seno, poniendo
encima sus dos manos cual si temiese se perdiera;
y quedándose quieta, blanca, trémula, azorada
de tanta dicha :
— ¿ Quién te la dio ? — preguntó respirando
apenas.
— Selim.
BKEXDA 369
— |Ah!....
¿Y hoy es para tí, día de jolgorio? — siguió
la joven, procurando reprimir los violentos lati-
dos de su pecho.
— Fiesta grande, niña. Iba á saludar y á pe-
dir permiso al ama.
— Luego lo harás. ¡ Qué gusto va á tener ma-
dre, Zambique I Pareces un brigadier arrogante
y soberbio. Yo te doy licencia para que te au-
sentes hasta la hora que desees, que ella no te
ha de reñir por eso, bien lo sabes. Yo quiero
que goces mucho y me lo cuentes todo, luego
al regreso, que vendrás aquí á recibir mis para-
bienes.
Con esta autorización, el honrado liberto salió
ufano y satisfecho, saludando militarmente á su
reina y haciendo sonar la vaina de su espada
en las baldosas. Brenda le siguió mirando, hasta
que desapareció, entre raptos de ingenua y gra-
ciosa alegría ; sin notar que, durante la escena, se
había abierto un postigo de la ventana de la se-
ñora de Nerva, y cerrádose sin ruido en ese mo-
mento. Alguien había estado observando desde
allí.
En rigor, el fausto del viejo negro llegó hasta
levantar rumores entre el resto de la servidumbre.
Nunca había él desplegado tanta pompa.
Vestía Zambique traje serio y de parada, com-
puesto de prendas de un general retirado que
de ellas le había hecho en tiempos finados do-
370 E. ACEVEDO DÍAZ
nación graciosa, para su uso en día solemne
como el de Reyes. El donatario procuró siempre
conservarlas ilesas contra polillas y humedades;
de manera que podía exhibirlas, sino intactas,
con alguna decencia.
Llevaba entorchados en un frac militar de co-
ronel mayor de paño oscuro, que había perdido
mucho de su frisa en varios sitios, y no despro-
visto de algunos remiendos en pequeñas ranuras;
pero muy presentable todavía, mediante unas
frotaciones con té y caña convenientemente he-
chas por debajo del alto cuello y costados. Re-
lucíale la botonadura con escudos de relieve,
sin abollones ni cardenillo. Las charreteras que
adornaban los hombros no eran de lana ó de
estambre, sino de canelones gruesos y fornidos
de gusanillo de oro en diez vueltas trenzado, sin
desflecos ni manchas grises, merced al cuidado
de su dueño que las limpiaba siempre con suma
prolijidad. Podía observarse, á este respecto, que
el cepillo delgado y la tiza en polvo habían con-
vertido en espejos las lentejuelas y botones de
todo el uniforme. En los dos extremos del cue-
llo, forrado en su interior de paño rojo, se desta-
caban primorosos bordados y hojas de palma.
Por encima del uniforme y del chaleco blanco
de piqué con botoncillos de vivos reflejos, ceñía
su talle de gran esqueleto una faja deslucida
azul y blanca, y sobre ésta ajustaba un cinturón
elástico á listas, del que pendía un espadín de
BRENDA 371
•empuñadura de oropel y nácar con vaina de me-
tal amarillo y dragona respetable.
Los pantalones blancos se habían echado á
perder, y reemplazádolos Zambique con unas
bombachas de paño color sangre, provistas de
anchas franjas de oro, que se escondían con las
piernas dentro de botas de grandes campanas
con borlillas, y espolines de bronce. En cuanto
á la cubierta, él había preferido al sombrero de
dos picos de plumas matizadas y escarapela, una
gorra de torta un tanto levantada por delante,
con galón de dos pulgadas, visera de charol y
filete dorado. — Cubrían sus manos guantes de
hilo de bastante holgura. En vez de collarín se-
vero, llevaba en el pescuezo un pañuelito de
borra de seda; y aparte de las condecoraciones
y cintillos del pecho — de origen desconocido, —
lucía orguUosamente en el ojal del frac, como
adorno indispensable, el clavel rojo de su reina en
estrecha compañía con una ramita de albahaca.
Con este traje inusitado y estos atavíos fas-
tuosos, el viejo liberto podía considerarse como
un personaje tripartito: dragón de los pies á la
cintura, mariscal de campo de la cintura al cue-
llo, y de aquí para arriba, retinto comodoro.
Zambique creía correcto imitar en los movi-
mientos y modales á los prototipos del género;
y por ese motivo marchaba con aplomo y dig-
nidad, majestuosamente, con ese aire de gran-
deza plebeya que descubre al instante su origen,
372 E. ACEVEDO DÍAZ
en el modo de afirmar las plantas, ó en los afe-
lios del frac en las corvas, ó en la sandunga de
las caderas, conforme al ritmo musical de los
bailes de academia. Sállasele, andando, el zancajo
para un lado y la rótula para otro. Su figura
atraía la atención, y á su paso se aglomeraban
los ociosos, diciéndose unos á otros, muy seria-
mente :
« ¡ Es el rey de Mozambique ! »
El honrado negro, que esto oía, levantaba un
poco más los hombros, balanceándose al compás
de sus piernas, y sacudiendo el brazo derecho,
de manera que el codo se moviese en ángulo con
la regularidad de un péndulo. Parecía dirigirse á
comandar en jefe una batalla.
En algunas se había encontrado, en calidad de
soldado en el batallón de libertos de Zufriategui,
durante las gloriosas guerras de la independencia,
y de sargento segundo, á partir de la acción de
Yucutujá. De ésta y otras, conservaba en su piel
recuerdos indelebles; cinco cicatrices de bala y
lanza, certificaban bien su foja de servicios. En
el último combate á que asistiera, revistando en
caballería de extramuros de Montevideo, un pe-
queño casco de metralla habíale alcanzado en
la cabeza y derribádole sin sentido en un ba-
rranco. Fué entonces, según se verá después, que
la intervención de Raúl salvó su vida.
Este héroe oscuro y olvidado, como tantos,
bien podía darse una vez el placer, siquiera fuese
BRENDA o73
en día de Reyes, de vestir algunas horas un
uniforme lujoso y dorado. Con ello á nadie ofen-
día, y simplemente podría recordar á los cronis-
tas imparciales y concienzudos, que á pesar de
haber él recibido cinco heridas graves, en épo-
cas en que se cargaba el fusil á baqueta y se
mordía el cartucho, y de ser pulcro y honesto
como la misma probidad y el honor mismo, —
pues á pie firme las recibiera todas en línea, —
no había logrado pasar de sargento segundo, en
sus recias y peligrosas campañas.
Ahora se veía con charretera en vez de gi-
neta, por obra de circunstancias, y muy dis-
puesto á hacer honor al grado. Tomó á lo serio
su papel con el mismo derecho que otros en el
mundo, por identidad de causas concurrentes; y
se infló.
El hecho es que dentro de su uniforme, se
sentía soberbio y se forjaba la ilusión de igualarse
á un caudillo.
Acometíale en ese día algo muy semejante al
delirio de las grandezas.
Fué iluminándose poco á poco; apareciéronsele
más lúcidos los recuerdos, y excedióse á sí mismo,
en la fuerza del raciocinio. En su cerebro endu-
recido se reflejaron imágenes de hombres que
fueron semidioses armados de lanzón ó sable, tan
espantables como fantasmas de fuego, que acau-
dillaron gentes y dispusieron de mil vidas im-
pávidos y serenos, quemando todo á su contacto,
374 E. ÁCBVEDO DÍAZ
lo mismo que un árbol encendido hace arder y
estallar todos los demás árboles del bosque.
Comparábase con alguno de ellos y se creía con
idéntico prestigio, pensando que la piel de los
poderosos podía cambiar como en diversas ser-
pientes de su país nativo; es decir, á la cascara
g'ruesa, pálida y deslucida de escamas duras, su-
cederse otra de brillantes colores y reflejos, que
hiciera más señores é imponentes á los hombres
de valor.
A pesar del encanecimiento de su masa ence-
fálica, Zambique infería que este cambio debía
haberse operado en él, como acaece en el injerto,
el apareamiento ó proximidad sensible, ó en el
cruzamiento para conservar un distintivo ; fenó-
menos que al fin convierten al botón de rosa en
mosqueta, la gallina batará en blanca, el conejo
manchado en negro y el ratón libertino de apén-
dice, en tucutucu, que es rabón. Sus hábitos y
tareas de criador le habían dado cierto sentido
práctico acerca de la selección, ya fuere ésta
natural ó inconsciente.
En su fausto y posición del momento, hacía
memoria de que nunca llevaron tales galas y
arreos magníficos los soberbios de la campaña
que él había visto en sus días de grandeza, so-
bre caballos briosos, negros como la noche y
cola blan\:a, — ó blancos como el alba y cola
negra, — vestidos de humildes ropas y preseas,
prefiriendo poner todo el lujo en el rendaje y
BRENDÁ 375
la montura, con carona de cuero de tigre y bo-
leadoras de marfil ó plata, robustos y forzudos,
<ie ceño siniestro, barba cerrada, abundosa me-
lena, brazo de guayabo y puño gordo de dedos
cortos, con pelos á veces y uñas de tocadores
de guitarra, siempre adherido á la lan^ ; jinetes,
bravos, mal avenidos, temerarios, indómitos, du-
ros en la pelea franca y valiente hasta meterse
los rejones en el alma, sin encomendarse antes
¿ la Virgen siquiera por respeto ó devoción.
Verdad que, prescindiendo del esplendor de los
arreos é insignias, él no se andaba por montes
y sierras sobre los lomos equinos como aquellos
hombres descomunales, señores de espuela y ban-
derola, en busca de temerosas aventuras. Pero
ahí estaba el secreto. Llegar á la alta dignidad
que investía aquél, y cambiar de forma á favor
de las circunstancias, sin otro esfuerzo que el
de decidirse á desempeñar el papel que le asig-
naban, y mostrarse imponente en su corte de
carnaval.
Con este motivo, olvidóse por algunas horas
de las diferentes transiciones de su suerte: de
esclavo á liberto, de liberto á soldado, de soldado
á sargento, de sargento á jardinero y criador de
plantas; que ante todo, era rey de pura estirpe
é hijo de sus obras, y con él rezaba el principio*
de que « las virtudes adoban la sangre, y en más
se ha de tener y estimar un humilde virtuoso,
que un vicioso levantado ».
26
376 E. ÁCBTEDO DÍAZ
Así, forzando en exceso su entendimiento, muy
grave iba Zambique á ocupar su asiento en el
carruaje detenido por los setos en la calle más
próxima. Le esperaban allí otros reyes nubios y
congos, si bien de menor categoría, que con
él tenían que pasar á saludar los altos man-
datarios en el palacio de gobierno. No le preocu-
paban tanto los asuntos de su reino, como la
apostura y el aire que debía asumir cuando la tropa
de servicio le rindiera los honores de ordenanza ;
y el estilo especial á emplearse en la conferen-
cia con el primer magistrado de la nación. Estos
eran puntos capitales. Tenía que debatirlos con
los suzeranos, y adoptar al efecto un tempera-
mento definitivo.
Al pasar por delante de la casa -quinta de He-
nares, se detuvo.
Pensó que un deber de gratitud le imponía la
obligación de saludarlo en primer término, y de
ofrecerle sus servicios reales sin reserva. La opor-
tunidad era excelente, para retribuir actos mag-
nánimos; y resolvió aprovecharla.
Subió la escalinata con arrogancia y un gesto
de protección, que puso asombro en el ánimo de
Selim, parado en el vestíbulo. Zambique cogió el
espadín por la mitad de la vaina, y dio una tos,
sin dejar de mirar al doméstico, con aire majes-
tuoso.
El cambujo incomodado abrióse de piernas y
echando atrás la cabeza, preguntó con gravedad :
— ¿Qué se ofrece, mojiganga?
BRENDA 377
— Vengo á saludar á su merced el capitán, —
contestó Zambique, un poco picado.
— No está. Cuando vuelva le diré que estuvo
su alteza .... Deseos me dan de hacer andar
la almohaza.
i Véanle la facha !
Selim, cruzado de brazos, rompió á reir con
estrépito, mostrando una dentadura de lobo de
un esmalte extraordinario.
Zambique había dado un paso para retirarse;
pero al sentir la pulla, se volvió con dignidad,
diciendo en voz cavernosa y trémula de cólera:
— ¡ Cambujo bozal !
— ¡ Cállate negro !
Zambique dióle la espalda sofocado, y fuese
re funf uñando :
— Culpa de la laya de morena que se juntó
con el gorrino, y lo parió ....
Las majestades nublas, impacientes, se habían
acercado entretanto con el cacrruaje para ahorrar
camino á Zambique. Traían un regular cortejo
de curiosos de las cercanías, y de pilludos que
zumbaban en derredor del vehículo como un enjam-
bre de moscardones. Este honor sólo se dispen-
saba siempre á los payasos de los circos, á los
volatines llenos de escamas relucientes, y á los
toreros de trajes vivos y deslumbrantes, cuando
subían al coche que debía conducirlos á la plaza
de lidia. En esta ocasión, la costumbre tropezaba
con una novedad poco frecuente, y la incluía en
Q'
78 E. ACEVEDO DÍAZ
el programa de los atractivos que se gustan sin
erogación pecaniaria. De manera que la volun-
taria y bulliciosa cohorte se iba engrosando por
momentos, á pesar del polvo de la vía y del ardo-
roso sol pendiente como un horno en su meri-
diano, cuyos rayos caían verticales sobre las cabe-
zas amenazando su lluvia de fuego con ataques
fulminantes y repentinas congestiones.
En realidad, las extrañas figuras y atavíos de
los príncipes ó reyezuelos negros, eran alicientes
bastantes á justificar la afluencia del vecindario,
aunque en parte acostumbrado á análogas esce-
nas y parecidos cuadros en otro orden de espec-
táculos públicos, en plena calle ó plaza. Uno de
estos personajes, á falta de bicornio ó de morrión
con crin, ó de bonete de pelo, llevaba sombrero
alto de felpa con una piocha, y un uniforme de
teniente coronel de caballería; otro, algo más
correcto, tenía hundido hasta las orejas uno de
dos picos, con presilla dorada y pluma blanca,
pantalón del mismo color con franja y sable muy
curvo á la cintura, ceñido sobre faja granate.
Dos iban de diplomáticos con el mismo aire de
los que sirven de ministros á todos los gobiernos,
vestidos de negro con distintivo en los ojales,
corbatas y guantes blancos, bien compuestos y
espigados, no sin cierta gentileza de prosapia.
El protomonarca era Zambique, por la edad
y la estirpe, y el mismo arreo militar. Tan alto
cargo le venía de herencia, no por elección.
BRENDA 379
Bien distribuidos los asientos del carruaje, par-
tió éste hacia la ciudad, con destino á palacio.
Desde ese momento, hasta las cinco de la tarde,
Zarabique fué el objeto de obsequios y demos-
traciones especiales en todos los barrios, donde
se celebraba la fiesta del día con regocijo y
estrépito.
Las marimbas resonaban por doquiera en esos
barrios, en los determinados sitios de reuniones,
atrayendo numerosa concurrencia de color; y
pocas veces estas ceremonias extravagantes, que
van desapareciendo por completo, revistieron un
carácter tan singular, el sello originalísimo, la
pompa abigarrada, el entusiasmo delirante de
las fiestas presididas por Zambique. El pasó sus
buenas horaé entre aquella atmósfera de humo
y fiebre, acompañando con palmoteos los ins-
trumentos de música y la algazara del baile,
que se hacía en ruedas y en cuclillas, al son de
cánticos desacordes y plañideros, en medio de
inhalaciones extrañas y polvo sutil que formaba
bajo los techos deprimidos densos torbellinos ó
espirales dantescos; se permitió dirigir ocurren-
cias galantes á las mujeres vestidas de borra de
seda y adornadas con flores en la cabeza y pe-
cho, de colores vivos, que ellas lucían airosas y
ufanas, como las plantas del tabaco sus pinto-
rescos ramilletes rosados entre acres perfumes;
recorrió en ciertos lugares de los suburbios re-
gular número de habitaciones estrechas, pero
380 E. ACEVEDO DÍAZ
bien arregladas, cuyas paredes grises se veían
cubiertas de grabados grotescos, crucifijos de
madera é imágenes en repisas con luminarias de
colores y jarrones de barro llenos de siemprevivas
y claveles, y en donde se exhibía el niño Jesús
en cuna de mimbres provista de ajuar de algo-
dón, entre luces y flores caprichosas; posó sus
dedos en las mejores marímbulas, sin hallar nin-
guna tan templada y sonora como la suya, ha-
ciendo oir sus aires africanos con admirable eco
de rugidos en lo hondo de una caverna ; tomó
parte en las danzas principales lleno de un ar-
dor juvenil, y libó para su mala suerte, diver-
sas copas de licor en otras tantas estaciones de
su marcha triunfal, pecando de .intemperancia.
El cerebro del monarca, que sentía ya los efec-
tos de una fuerte insolación, fué entonces presa
de la fiebre. Sus acompañantes notaron, al caer
la tarde, que las verrugas de Zambique aumen-
taban de volumen; y esto era en él un signo
grave. Resolvieron en consejo volverlo á su choza;
y así lo realizaron, después de las cinco.
Zambique, sin embargo, creyóse con fuerzas
suficientes al llegar, para cumplir con el ama,
como él llamaba por antigua costumbre á la se-
ñora de Nerva.
El no debía recogerse á su choza, sin saludarla,
aunque se sintiera enfermo.
Despidió, pues, á sus compañeros á la entrada
de la casa -quinta, muy reconocido á sus bonda-
BREimA 381
des, y dirigióse al patio, con la mayor firmeza
posible en el andar, la gorra en una maño, y apo-
yado con la otra en el espadín, para mantener
el equilibrio que iba perdiendo por momentos.
La señora de Nerva se encontraba en su silla
de preferencia, en la galería. En su noble sem-
blante se reflejaba alguna pena, que no provenía
tal vez de su afección cardíaca, y sí, más bien, de
la preocupación moral que la dominaba cruel-
mente. La escena ocurrida por la mañana entre
Brenda y Zambique, y especialmente el detalle
de la carta, cuyo origen no podía serle descono-
cido, mantenía en agitación su espíritu. Ella ha-
bía presenciado todo desde su dormitorio, de una ,
manera casual, al abrir uno de los postigos de la
ventana y sorprendídose de una manera agrada-
ble á la vista de Zambique con aquel raro traje;
impresión que se desvaneció muy luego, cuando
le vio una carta en la mano, que pasó al canas-
tillo, y de éste al seno de Brenda. Las preven-
ciones de Areba la asaltaron entonces.
Zambique, pues, había escogido mal momento
para ofrecer sus respetos. Su señora le reservaba
un trance amargo, que debía ser el último para él.
Apenas ella le vio, sumiso y humilde con to-
das sus galas pomposas, y disponiéndose á bal-
bucear algunas de las frases favoritas qué guar-
daba para los instantes en que quería arrancar
una sonrisa de cariño, extendió el brazo con im-
perio, señalándole la puerta que daba al campo.
382 E. ACETEDO DÍAZ
— ¡Vete de aquí! — prorrumpió colérica.
Zambique hizo un ademán de asombro, dando
vuelta á su gorra con inquietud febril. En vano
trató de hablar. Su lengua no obedeció. Hin-
■ cháronsele aún más las verrugas de la frente,
y todos sus miembros se agitaron con fuerte
temblor. ¡Era la primera vez que el ama le ha-
blaba así!
La señora de Nerva se indignó de verle to-
davía en su presencia; aumentándose su irritación
por grados, irguióse casi en el asiento sofocada
sin servirse de sus brazos, y en un arranque de
enojo le arrojó al rostro su pañuelo hecho un
ovillo, exclamando:
— ¿Qué esperas ahí, estafermo?
Zambique dio una vuelta sobre sí mismo, aven-
turó algunos pasos inseguros, tendiendo las manos,
como herido de un golpe en la cabeza, inclinó
ésta sobre el pecho, lo mismo que un penacho
de gramínea quebrado por el viento, lanzó un
sollozo ronco, doloroso, y fuese tambaleando, á
tropezones, cogiéndose en los bejucos con los
espolines, aturdido por el doble dolor que pa-
recía romper todos los nervios de su cerebro,
velaba sus ojos y zumbaba en sus oídos con
rumor siniestro.
Algo percibió Brenda, de su gabinete, y salió
afligida, acercándose á la anciana con los ojos
muy abiertos, preguntando :
— (Qué le has dicho á Zambique, madre?
BKENDA 383
— Nada de particular, hija mía. . . . Este negro
viejo se está echando á perder.
— ¡Ay! yo algo oí, madre. ¡Si supieras cuánto
él te adora! Por tí diera el pobre dos vidas.
— Siempre fué bueno y fiel, — dijo la anciana
conmovida. — No te disgustes por esto, mi corazón.
Ve tú misma y, consuélale.
La joven echó los brazos á su cuello, con ter-
nura, y la besó en la frente.
Corrió en seguida á la quinta, en donde se
detuvo para mirar en todas direcciones.
Zambique iba lejos, cerca del estanque, mo-
viendo los brazos, cual si quisiera en sus rápi-
dos voleos asirse del aire á falta de firmeza en
las piernas.
Sembraba el camino con sus prendas: había
dejado los guantes de hilo sobre las yerbas de
un flanco, el espadín con sus tiros cerca del
eucalipto, la gorra de torta suspendida en un
barrote de hierro de la verja que circuía el es-
tanque, en donde se había apoyado sin duda
para tomar aliento, y más allá un ramo pequeño
de rosas y resedá que traía para Brenda como
un recuerdo de sus triunfos.
La joven echó á andar en pos de él, llorosa,
inclinándose á recoger esos objetos, y clamando
á veces en tono de enfado unido á dulce afecto:
— ¡Zambique! ¡Zambique!. . . . ¡Espérame!
Pero el liberto seguía su marcha difícil, sin
volver el rostro, no oyendo quizás aquella voz
384 E. ACEVEDO DÍAZ
tan querida. Un extremo de la faja de seda, que
se le iba desciüendo, le colgaba por encima de los
faldones arrastrando en el suelo su borlón dorado.
La joven al mirarlo tuvo un presentimiento
amargo y aceleró sus pasos, murmurando llena
de pena:
— ¡Pobre Zambique!. . . . Buen amigo mío ; yo
no quiero que te mueras .... Acaso he sido la
causante de tu mal momento y debo consolarte.
¡ Espérame !
Así diciendo, Brenda reunía en una mano á
modo de panoplia, arma y atavíos, y con la otra
enjugaba sus ojos cuajados de llanto.
Zambique llegó á la choza arrastrando los pies,
sin fuerzas, con las sienes ardiendo y el cerebro
torturado por una congestión terrible. Cuando
se echó en la banqueta circular, apenas pudo
reclinarse en el madero ; y quedóse con los bra-
zos tendidos, casi sofocado por el corsé que
oprimía su tronco, y con un dolor en el cráneo
agudo é implacable. Martirizábalo la luz, tenía
el rostro y los ojos inyectados de sangre, la
boca seca, entrecortada la respiración ; escalo-
fríos frecuentes recorrían sus extremidades. El
pobre monarca nadaba en el abismo del vértigo.
Todo anunciaba en él una pronta terminación.
Despeñábase de la cumbre de su grandeza sin
que nadie presenciase su agonía, a semejanza de
la piedra que se derrumba de lo alto de un cerro,
para perderse en lo sombrío del valle solitario.
BRENDA 385
cj Nadie? No.
Una figura de ángel surgió de pronto en el
umbral; forma encantadora y bella que no era
engendro de su delirio, y hacia él se avanzaba
blanca y vagarosa, entre esplendores que no le
ofendían como la luz del sol.
Cerró los ojos; algo parecido á una sonrisa
dilató sus gruesos labios, y balbuceó apenas, en
instantes en que un grito de angustia hería el aire :
— i La reina!
Brenda retrocedió paso á paso, con la vista
fija y desolada, dejando caer los diversos objetos
que traía en la mano ; atravesó la plazuela,, tras-
puso de súbito con pasmosa rapidez la distancia
hasta el estanque, en donde ella había visto al
pasar, dos peones de la quinta, hízoles señas de
que viniesen, y les señaló la choza, trémula, muda,
vencida por la congoja y ahogada por las lá-
grimas.
Ella nunca pensó que los seres que amaba
pudiesen morir.
Los dos peones se lanzaron veloces hacia la
choza, presintiendo un suceso grave.
También ellos querían á aquel pobre Zambi-
que, tan inofensivo y humilde, objeto de sus bur-
las amistosas, siempre que se cruzaba al paso
con su sombrero alto de felpa y su levita sin
faldones, callado, respetuoso, mísero, huraño, de-
sabrido para otros que su reina, empuñando la
azada ó la regadera ; 6 cuando hacía oir su ma-
386 E. ACEVEDO DÍAZ
rimba en las horas más ardientes del estío en
concierto con las cigarras importunas, los insec-
tos zumbadores y las alegres golondrinas que
formaban con sus nidos bajo el alero en redor
de la choza estrecho círculo de inocencias y de
amores palpitantes.
Cuando llegaron, el cuadro les impuso con su
solemne colorido. Reinaba en la choza un silen-
cio de muerte.
Zambique estaba en el suelo, sobre un costado,
las manos juntas, sin brillo los ojos, los labios
blanquecinos, contraídos los miembros, en una
inmovilidad absoluta, — dentro de un gran marco
de luz que arrancaba destellos á su uniforme y di-
fundía en su semblante lívido, ya menos negro, in-
tensa claridad. — El pobre rey de un día era cadáver.
XXIX
SOSPECHA
Hasta muchos días después de este suceso,
no pudo Brenda resigrnarse ante el vacío que
dejara Zambique en su vida retraída y solitaria.
El pobre liberto había sabido granjearse buena
BREin>A 387
porción de su cariño, y llegado á constituir para
ella un confidente y un guardián mudo, dócil,
y discreto de sus amores.
Entristecíala en esos días, la profunda inquie-
tud de los lugares apartados, donde en otras
horas resonase con estruendo el instrumento mu-
sical de Zambique; y no se atrevía á llegar á
la choza abandonada y fría, que se levantaba
como una vivienda africana en el confín de
aquel oasis, única en su estructura é inhabitable
en lo venidero. Parecióle un panteón cerrado para
siempre, que nadie debía violar.
La señora de Nerva sintió también, sincera-
mente, el triste suceso ; y dispuso que el cuerpo
de su antiguo servidor fuese conducido al ce-
menterio del Buceo, y depositado en un senci-
llo sepulcro de piedra, construido con ese objeto
en el pequeño sitio de su propiedad.
La señorita de Linares, que había excitado
los celos de la anciana contra el infeliz Galeoto,
como ella le llamaba, condolióse del hecho; sin
dejar de pensar que esta primera víctima del
drama — la más inocente, sin haber dejado de ser
por eso peligrosa, — había desaparecido en hora
oportuna de la escena. Ya Brenda no iría á la
choza ni al seto de los agaves, en los crepús-
culos, pues que le faltaba su fiel custodia negra ;
y se contentaría con mirar desde lejos la zona in-
termedia de la quinta á las playas, sin ánimo
para aventurarse en los bosquecillos.
38S E. ACEVEDO DÍAZ
Una tarde, sin embargo, la sorprendió en el
seto donde cayera la perdiz moribunda, de pie
y apoyada en el banco de piedra, fijos los ojos
en la extensión de mar, que de allí se percibía
azul y serena. Seguía acaso con su mirada
el derrotero de algún buqu« á vapor que sa-
lía de valizas, perdiéndose poco á poco detrás
del horizonte ; ó con ansiedad suspirante, la de
otro que se dirigía al puerto, remontando veloz
la inmensa curva lejana y tendiendo sobre su
estela en el espacio transparente, una ancha faja
de humo color de plomo. Pero, las más veces
eran barcos de pescadores que surcaban á todos
rumbos, infladas las velas ; quizás el de Gerardo^
que recogía la red tendida hacia la costa del
levante, para volver al ancladero y plegar el paño
en la hora de la puesta, inquieto y caprichoso en
la virada cuanto debía de estar de nerviosa y febril
la mano del pobre timonel.
— Piensa en Raúl y aguarda su pronto regreso,
— se decía Areba, al observarla en aquella acti-
tud contemplativa.
Mucho de cierto tenía esta sospecha. Henares
prometía á Brenda, en la carta de que fuera por-
tador Zambique, y que ella había leído multitud
de veces, encontrándola en cada una nuevos encan-
tos y emociones, una rápida vuelta de aquella
hermosa tierra del Brasil llena de prodigiosos
paisajes que subyugaban sus sentidos, sólo para
aumentar las ansiedades de su espíritu y losimpa-
BRENDA 389
cientes impulsos de volverla á ver. Añadía que
esto no podía demorar; y á más, la agradable
noticia de que se presentaría inmediatamente de
su llegada en la casa -quinta de la señora de
Nerva, aprovechándose de la circunstancia feliz
de ser conductor de cartas para ella de dos her-
manas políticas, residentes en Porto Alegre, donde
las conociera en una de sus excursiones. Creía
él que su lectura sería muy grata á la anciana
viuda, por referirse á recuerdos que se ligaban
á la vida de su esposo. La carta concluía con
algunas de esas expansiones ardientes y apasio-
nadas, propias de los que aman, que significan
lo mismo en todas las lenguas, y que aun habla-
das y escritas en todos los idiomas, siempre tie-
nen la elocuencia vehemente del cariño y la ori-
ginalidad especial de quien lo siente y sabe hacerlo
acrecentar en otra alma á través de la distancia
y del tiempo.
De ahí que Brenda contemplase la mar lejana
con más interés que nunca, forjándose ilusiones
á la vista de cada nave que aparecía de repente
y cruzaba la zona, para ocultarse al momento
tras el verde marco que formaban las arboledas
de las quintas como en los cuadros diorámicos;
y enardeciendo su imaginación con la sola idea
del deleite que el regreso de Raúl le reservaba.
Nada más bello que el ensueño que la fanta-
sía de la mujer dora en sus días de espera, y
que al anticiparle el goce de las fruiciones de
390 £. ACEVEDO DÍAZ
la existencia real, depura el placer, le exorna con
detalles preciosos y lo aleja de sus fuentes natu-
rales, hasta transformarlo por completo y redu-
cirlo á dulce y engañoso halago de una vida
superior á la positiva y verdadera.
Estos mirajes se disiparon á la aproximación
de la señorita de Linares. Brenda abandonó sus
.paisajes celestes, súbitamente impresionada por
una ráfaga fría, de esas que á cada hora llaman
á la realidad y recuerdan que la existencia es
lucha severa en que triunfan siempre las pasio-
nes mejor dirigidas. Púsose sobre sí.
Venía Areba un poco agitada y seria.
En su conversación estuvo llena de reticencias.
Había estado hablando con la señora de Nerva
desde media hora antes, sobre paseos, fiestas y
bailes, con la interición de entretenerla, pues la
había encontrado bastante marchita y ensimis-
mada.
— Y á propósito, — dijo, — - ¿ hace mucho tiempo
que estás aquí ?
Brenda reveló inquietud.
— ¿Por qué me lo preguntas, Areba?
— No te alarmes. Deseaba saber eso por-
que he creído observar en tu protectora nue-
vos síntomas de la dolencia que parecía extin-
guida, y sería prudente precaver que se acentúen.
— ¡Ay, y yo que la dejé tan bien! — exclamó
Brenda afligida. — \ Corramos allá ! ¿ Crees que
pueda ser eso grave ?
BRENDA ' 391
— No diría tanto. Sin embargo, no ignoras
cuánto ha sufrido de su enfermedad al corazón,
que parece ser la que se renueva. Conversando
conmigo se quejó varias veces, y me manifestó
su temor de ataques más violentos que los an-
teriores. Bien pudiera juzgarse ésta como una
presunción infundada; con todo, á su edad pro-
vecta cualquier novedad debe infundir recelo y
cuidado.
Manifestóse Brenda muy pesarosa.
Sin decir palabra, cogió el brazo de su amiga,
y juntas, encamináronse rápidamente á la casa.
En un instante recorrieron el sendero central.
Cuando las jóvenes entraron, la señora de Nerva,
que aún permanecía en el corredor, acababa de
ponerse de pie con intención de pasar á su dor-
mitorio. Se sentía en realidad desazonada^ y con
alguna fatiga.
Brenda corrió á su lado^ prodigándola suaves
caricias y ofreciéndola su apoyo. La anciana la
miró con ternura, diciendo:
— Estoy un poco indispuesta, otra vez ....
Pero no te aflijas por eso, hija mía, que no ha
de tener importancia.
— Así me dice Areba, madre, — contestó la
joven apenada ; — pero yo quiero que te recojas
hasta que el médico disponga. Este malestar que
sientes me disgusta, aunque nada sea de grave.
^Cómo quieres que no me aflija, si á los pocos
minutos de dejarte buena y tranquila, t^ encuen-
26
392 E. ÁCEVEDO DÍAZ
tro demudada y con fiebre? Vas al lecho, ¿ver-
dad? .... ¡Yo te lo ruego !
Era tan dulce y persuasiv^o el acento de Brenda,
que la anciana no opuso objeción alguna.
Una vez en su lecho, parecieron disiparse los
amagos de recaída á las solícitas atenciones
prodigadas; y un sueño oportuno y reparador
se sucedió á las perturbaciones del momento.
Esto llevó calma y alegría al ánimo de Brenda,
que estaba en extremo desasosegada y nerviosa.
Para no interrumpir el reposo de la enferma,
llevó á su amiga á la habitación contigua, en
donde podían hablar á media voz, sin recelo, in-
vitándola á sentarse á su lado en un diván, puesto
al frente de la ojiva que se abría al jardín.
Suspiró allí, como aliviándose de un peso mor-
tificante; y dijo, en medio de ese goce fugitivo
que invade al espíritu al desvanecerse una zo-
zobra y devuelve su luz á los ojos y su calor
á la sangre: ^
— ¡Qué dicha! Se ha dormido de un modo
apacible, respirando sin esfuerzo. Bien decías que
no había por qué alarmarse tanto.
Areba contestó con un movimiento de cabeza,
volteando sin cesar suavemente el abanico.
t)espués de una corta pausa, en la que había
estado meditando, fijó la mirada en su amiga»
diciendo con tono reflexivo :
— Estos amagos se han seguido muy pronto
á la última crisis, en la querida señora, y podría
BRENDA 3d3
suponerse que eri ellos influían causas morales
desconocidas.
¿No crees que algún afecto de ánimo contribuye'
al mal, precipitando su reaparición inesperada ?
. Brenda se estremeció.
Sin volver la vista y reprimiendo su emoción,
repuso :
— Tal vez. Pero la aqueja desde mucho tiempo
atrás, con la misma intensidad siempre. La muerte
de Zambique la disgustó, y yo temí por su sa-
lud en los primeros días ....
— Otras circunstancias quizás, — insistió Areba,
— sin ser eso, y que pudieran relacionarse contigo.
— ¿ Conmigo ? — interrumpióla Brenda con -ve-
hemencia é inquietud pintada en el semblante.
— Yo no sé, pues que tú nada me has dicho,
— repuso Areba acentuando sus palabras. — Sólo
he aventurado una frase.
— |Ah, no! — dijo Brenda, turbada y sobreco-
gida por una angustia indecible, al propio tiempo
que lastimada en lo más vivo. Incurres en un
grave error, si supones que alguno de mis actos
pueda ocasionarla tan grande amargura.
— No he querido avanzar eso precisamente;
aun cuando no se me oculte que tú eres la preo-
cupación tenaz de la señora de Nerva, y que
por lo mismo ella haya notado en tus senti-.
mientos una tendencia contraria acaso á la fe-
licidad que te desea.
Areba pronunció estas frases con alguna acri-
tud.
394 £. ACEVBDO DÍAZ
La joven la miró con dignidad y esa expresión
enérgica que el carácter más dulce sabe comu-
nicar al rostro en momentos de excitación.
— ¿Y bien? — preguntó con firmeza.
— Habría estado entonces yo en lo cierto, al
inferir que de las preocupaciones sobre tu suerte
ettianaban sus tristezas profundas. Aunque no me
lo hayas revelado, sé tanto como ella lo que pasa
en tu corazón; sin otros antecedentes, bastarían
para denunciarte, tus dulces emociones en el sitio
en que cayó la perdiz moribunda.
Estaba yo allí, ¿te acuerdas?
— Sí, — dijo Brenda en el mismo tono firme y
resuelto ; — ¡ allí estabas !
De este amor, cuyas menores escenas pareces
conocer, he impuesto á quien todo lo debo en
mi orfandad, sin que de sus labios saliese un re-
proche que obligase mi gratitud á un sacrificio,
ó por lo menos, la pusiera en conflicto con la
pasión que se ha adueñado de mí. A tí, nada
dije, es verdad. Pero ¿crees que en mi afán no
he deseado cien veces depositar en tu cariño
todas mis alegrías y secretos, como un tesoro
que sólo se entrega á quien bien se ama y es-
tima? ¡De ese impulso espontáneo, sincero, me
ha apartado sin embargo otras tantas, algún
pensamiento, alguna sospecha amarga, cuyo ori-
gen no conozco, de no ser acogida con una in-
dulgencia digna de mis expansiones! Que no me
engañaba, acabas tú de indicármelo en tus fra-
BRENDA 395
ses, en el tono de tus confidencias, en tu sus-
ceptibilidad herida, cuando yo menos debía espe-
rarlo. ¿Es acaso un delito amar? Responda de
ello mi corazón que sintió, antes que yo pensase.
Si el objeto de esa pasión, que con ser grande no
entibia otros afectos entrañables, fuese indigno
de mi culto, ya habría recogido la dolorosa con-
fidencia de labios de mi bienhechora; y, ¡cuan afli-
gente me es recibir de los tuyos un reproche que
ella no intentó lanzarme!
— ¡No eres justa, Brenda! — profirió Areba en
un arranque de cariñosa reconvención, que ella
sabía fingir admirablemente. Yo he estado lejos
de afirmar lo que imaginas; mas á pesar de mis
fervientes votos por tu dicha, no debo halagarte
con frases banq,les, ni hacer ahora una defensa
de mis sentimientos, que tan mal interpretas! Con-
cretándome, pues, al hecho principal, ¿ignoras acaso
que tu protectora te deseaba á de Selis por es-
poso, y que resiste á Raúl Henares?
El rostro de la huérfana se cubrió de una gran
palidez, que dejó en transparencia sus venas azu-
les al oir aquel nombre querido en boca de Areba.
— No me lo ha dicho, — murmuró con los la-
bios trémulos ; — pero lo adivinaba, y siempre su-
puse que su resistencia desaparecería cuando él
viniese. Así que le conozca, ella llegará á quererlo,
porque es noble, abnegado y bueno.
— ¡ Quién sabe! — repuso Areba con un ajre de
despecho y de misterio. — Los motivos pueden ser
poderosos.
396 E. ACEVEDO DÍAZ
Brenda la miró fijamente en las pupilas, levan-
tando su bella cabeza airada, y preguntó llena
de una emoción profunda:
— ¿Crees que puede haberlos en contra de aquel
que por tí expuso su vida, en un arranque de
sublime desprendimiento?
Los ojos de Areba resplandecieron de pronto
con un fulgor extraño, y agitósele el seno vio-
lentamente, como si aquellas palabras hubiesen
ido á remover todas las pasiones encadenadas por
la altivez y el orgullo en el fondo de su alma ;
contrajo la ironía su boca pronta á despedir á
manera de dardo emponzoñado una frase crviel
é irreparable, y movióse de arriba abajo su ca-
beza con un ceño duro y siniestro de leona en-
celada, que inspiró temor á Brenda. Pero, ha-
ciendo un esfuerzo sobre sí misma logró dominar
con la voz de su gratitud y de su amor desde-
ñado, el escozor agudo de los celos que sugerían
á su mente terribles sarcasmos ; y limitóse á res-
ponder con acento incisivo y penetrante:
— ¡Sí! Razones dolorosas : ¡barrera insalvable,
tal vez!
Al oir esto, Brenda se levantó llena de sor-
presa, la mano puesta en la mejilla, la vista cla-
vada en Areba excitada, confusa, cual si aquella
frase hubiese suscitado en su cerebro cien ideas
y recuerdos.
En ese instante, el doctor de Selis apareció en
el umbral.
BRENDA 397
XXX
EN LAS COSTAS
Dirijamos ahora una mirada á la ribera.
Pasado un mes, desde el primer día de su en-
fermedad, Cantarela fué sintiéndose con fuerzas,
acentuóse la mejoría, volvieron á llenarse sus me-
jillas descarnadas, los colores hermosearon el ros-
tro, y abandpnó por fin el lecho para recuperar
muy en breve todo el vigor de su juventud. En
los primeros días de convalecencia no quiso salir
del interior del pobre hogar, complaciéndose en
recorrerlo á pasos lentos, callada y mustia,
sin una lágrima ni una queja. La acción bené-
fica de Areba se había hecho sentir en él con
frecuencia. Marcelo solía acompañarla, compa-
sivo, en tributo á su antigua amistad con el
viejo pescador; y ella compensaba esa con-
ducta con humilde afecto y las únicas sonrisas
que entreabrían sus labios. En la última visita,
el doctor de Selis prescribió el ejercicio, indicando
¿ la joven la conveniencia de cortas excursiones
por el río ó las pesqueras, siempre que saliesen
396 E. AGEYEDO DÍAZ
botes de la costa. Le eran necesarios aire pura
é impresiones. Cantarela, sin embargo, no se ha-
bía resuelto á ello. Inspirábale temor y tristeza
la simple vista de la ribera y de las aguas, tea-
tro de sus primeros años juveniles y amores des-
graciados. Las rocas eran como recuerdos infor-
mes y sombríos, que renovaban en su cerebro
débil, escenas que quisiera olvidar. Junto á ellas
la habían vejado en otro tiempo, y mostrádole
el puño las mujeres descalzas y remangadas de
la orilla. Gerardo debía vagar también por allí,
mudo y fatídico, amarrando barcas y revirando
las redes, ó recorriendo el interior del casco de
La Madrépora, de cuyo aseo él cuidaba con pre-
ferencia. Este pequeño y airoso barco, que la jo-
ven veía algunas veces desde el ventanillo del
cuarto de las redes, columpiándose al suave, vai-
vén de la marea, recogida su vela de polacra
en el mástil enhiesto, en forma de huso de hi-
landera, con una faja blanca sobre la línea de
flotación, y un gallardete ahorquillado de lani-
lla azul con una letra inicial roja eh el centro,
acariciado en lo alto por el alisio, recordábale
los días tranquilos de los derroteros atrevidos,
cuando casi lamiendo con su borda la espuma
bullidora, hinchado el velamen^ y crujiendo el
aparejo, dócil la caña á la mano de Gerardo,
partía veloz la golondrina de mar, dejando en
su camino luminosa estela, adonde bajaban entre
notas estridentes las aves de las costas.
BREXDA 399
La sombra de su padre se dibujaba entonces en
la proa, viejo, activo é infatigable, tirando de
los cabos y atendiendo á la vela, hasta perderse
la visión en el sinuoso litoral del oriente.
Pero, nada la perturbaba tanto como el re-
cuerdo de Zelmaf, cuya conducta había herido
profundamente su corazón y disipado todos sus
míseros ensueños. Cantarela tenía también su
fondo bravio, sus instintos ásperos y temibles de
carácter hereditario, junto á aquellas pasiones ve-
hementes de abnegación y de amor que la habían
arrastrado á entregarse sin reservas. Ciertas ideas
y planes siniestros la absorbían, por instantes. En
otros, divagaba pensando si ella no sería injusta;
y formábase el propósito de volver á la casita de
la ribera, arrojar de allí á la odiosa Gertrudis, á
quien ya no podría ver sin repugnancia, y espe-
rar resignada el regreso de su querido, con cien
caricias imaginables. El volvería tal vez á amarla
cómo antes, en presencia de los nuevos incenti-
vos con que ella se reservaba reavivar sus de-
seos. Mas, pronto recaía en las dudas y desespe-
raciones crueles; en la idea constante y amarga
de que Zelmar necesitaba de otras mujeres, de
otros gustos, de otras satisfacciones que ella no
podía proporcionarle en su humilde esfera. Ce-
gábala entonces una cólera sorda, que estremecía
sus carnes flácidas aún, y daba á sus ojos un
reflejo color de sangre. Un pensamiento de ven-
ganza concentraba todo su ser, y el odio subía
400 £. ACEYEDO DÍAZ
hasta su boca para brotar entre frases saturadas
de veneno.
En ciertas noches de estrellas, tibias y azules,
dejaba el ventanillo con los ojos llenos de lá-
grimas^ é iba á arrojarse de rostro en su lecho
entre hondos quejidos, revolviéndose irascible co^i
el furor de una pantera. Las que la escuchaban
no se atrevían á acercarse, temiendo un acceso
de demencia, por efecto de una renovación del
mal y del delirio. Pero, á estos arrebatos violentos
seguíase una calma profunda, y un sosiego se-
mejante al marasmo. Cantarela s^ quedaba quieta
y silenciosa, con el cabello desprendido y enre-
dado, cuyas hebras se caían de la piel sin es-
fuerzo al arreglarlo, lacias y sin brillo. El sueño
venía bien pronto á devolver sus fuerzas al or-
ganismo y el reposo necesario al espíritu abatido.
En una hermosa tarde apacible y sin celajes,
Marcelo, el buen amigo de Garlo Roveda, adusto
y tosco, pero leal y sincero, invitó á la joven á
un paseo en su barca hasta el sitio en que se
•había tendido la red corvinera. Ella se rehusó
al principio, excusándose con vaguedades y fra-
ses sin sentido. Marcelo, por primera vez, se
mantuvo firme en insistir, invocando en su apoyo
lo ordenado por el médico, y la necesidad de un
completo restablecimiento; añadiendo que, en
eso de hacerla gozar de los aires puros del agua
salada, era en lo único que le reconocía tino al
médico. Había estado muy sabio. Sobre el líquido
BRENDA 401
elemento se respiraba un vieiftecillo sin mezclas,
que parecía venir del fondo, con olor á marisco,
que daba contento al ánimo y fuerza á los pul-
mones.
Cantarela concluyó por ceder, sin expresar la
menor alegría, de una . manera voltaria é incons-
ciente.
En esa tarde, la ribera presentaba un aspecto
muy risueño y pintoresco. Veíanse esparcidas á
lo largo de la costa muchas mujeres de caras
redondas y coloradas, con las polleras levanta-
das hasta las rodillas y las piernas desnudas, ocu-
padas unas en lavar ropas en las pequeñas cuen-
cas de los peñascos, llenas de agua de lluvia ; y
otras en tender redajas en las mesetas de piedra
y hacer inspección de corchos, relingas y ploma-
das, sirviéndose de los vértices de los ángulos
agudos que formaban las rocas con sus erizadas
excrecencias, para suspender los extremos y re-
visar las mallas. Regular número de criaturas
descalzas y desgreñadas, con calzones sostenidos
por tirantes y camisas en parte flotando al aire,
alegres y bulliciosas, corrían en bandas por la
orilla con los pies en el agua, ya escarbando la
broza y reuniendo fragmentos de madera, ya per-
siguiendo á los cangrejos negros y rosados que
abrían sus pinzas amenazadoras al buscar refugio
en sus secretos, asilos, ya á las medusas pesadas
y torpes, que el agua arrastraba á la arena en
mansas ondulaciones.
402 E. ÁCEVEDO DÍAZ
Los de mayor edad entre ellos, desprovistos de
ropas, se arrojaban á la parte honda de cabeza,
desde una peña algo sumergida, unos en pos de
otros, formando un conjunto de pies en la super-
ficie que se agitaban en círculo entre la espuma
para desaparecer y resurgir por momentos, hasta
que salían las cabezas sonrientes y sacudíanse las
cabelleras, celebrándose con alegres risas las bur-
las y juegos entre dos aguas. No pocos se en-
tretenían en escoger las más lindas y capricho-
sas conchas y piedrecillas, que tentaban con sus
colores la vista á través del líquido transparente.
Los menos, sentados con gravedad en las peñas
entrantes, botaban barquitos de madera ó cartón;
y alguno, más paciente y reposado, se mantenía
atento á su caña de pescar, fijo, el ojillo ansioso
y vivaz en el corcho, por si picaban las sardi-
nas.
Al pasar Cantarela, acompañada de Marcelo,
un grupo de mozas frescas y ^rollizas que cerca
había, suspendió su faena, y todas se incorpora-
ron poniéndose las manos sobre los ojos en forma
de viseras, para evitar los resplandores del sol,
agitadas y curiosas, mirando á la convaleciente
de arriba abajo con aire de malicia, y cam-
biándose entre ellas irónicas frases. Más lejos,
desde el fondo de una concavidad abierta en las
peñas, no faltó alguna que profiriese un sar-
casmo en voz hiriente, mostrando con el puño
el br^zo remangado. Uno de los pequeñuelos tra-
BRENDA 403
viesos, cesando de súbito en sus diversiones, ex-
clamó con mucho asombro :
— ¡. Mira ! ¡ la Cantarela ! ^
El resto de la cuadrilla quedóse en suspenso,
poniendo cada uno sus manos juntas detrás, en
actitud de contemplación, como si se tratase de
una cosa rara y extraordinaria.
Cantarela llegó hasta la barca con la vista
baja, el paso lento, é insensible al parecer, á
aquellas demostraciones de menosprecio. Sólo
allí, á un metro de las aguas, experimentó un
estremecimiento notable, y volvióse hacia Mar-
celo, interrogándole con la mirada. Mostrábase
indecisa, con un poco de fatiga, falta de ánimo
y cavilosa.
El marinero la ayudó á subir, diciendo:
— Siéntate ahí, á popa, que es más cómodo. De
aquí á cinco minutos estoy de vuelta.
Tras estas palabras, el pescador se dirigió rá-
pidamente hacia la rampla, en busca de algunos
útiles de pesca, recog^iendo á su paso ligeros mur-
mullos.
De entre unas rocas, á cuyo pie había estado
sin duda sentado, salióle Gerardo al encuentro, .
y le detuvo. El aspecto del pescador parecía
tranquilo, y su voz revelaba perfecta calma.
— Te he visto pasar con Cantarela, — dijo.
¿Adonde la piensas llevar?
— Se ha resuelto á paseo, hasta las pesqueras
de la Punta. Como necesita de aires la .triste
404 E. ACETEDO DfAZ
me he avenido en embarcarla, con algún tra-
bajo.
Gerardo pensó un momento, y repuso:
— Ocupa tú mi barca, y déjame la tuya.
— ¿Con la carga?
— Sí. De otro modo no habría motivo. Deseo
hablar un poco con ella, y tú debes compla-
cerme.
Marcelo se acarició la barba cana, preocupado,
diciendo luego:
— Tú habías prometido no ir hoy á las pes-
queras, y todos estábamos en ello muy confor-
mes, porque tu salud no anda bien hace días. ¿ A
qué exponerse, y en esta ocasión del diablo?
¡Maldita idea la que tuve!
— Fué buena, al contrario, y te la agradezco
tanto como ella. Mi cuerpo está sano y fuerte ;
y si los aires dé la mar vienen bien al débil,
igual provecho han de hacerme á mí, caso de
que algún daño leve tenga.
— Sí, — replicó Marcelo, pasando la mano por
debajo de la gorra, que echó un poco sobre la
frente.
. Pero el caso es que yo me he comprometido
á acompañar á la hija del viejo Roveda ....
— Te disculparé, y no ha de serla tan repug-
nante mi presencia.
— ¡ Oh ! por eso, no digo Más, tu no puedes
embarcarte, Gerardo ; y después, es serio desple-
gar velas en la boca de la tormenta . . , .
BRENDA 405
— No temas. Te esperaré en la pesquera, sin
novedad. Y mira, ya es tiempo : veo que Carolo
desata el cabo de su barca, allá junto á la ca-
naleta.
Marcelo lo miró con aire de duda y descon-
fianza, rascándose la nuca ; y moviendo la cabeza
lleno de contrariedad siguió despacio su camino,
murmurando palabras ininteligibles.
Gerardo, por su parte, fuese á pasos lentos tam-
bién hacia la playa, sigiloso, ceñudo, huraño, cual
si presintiera una mala acogida, ó las congojas
rudas de un encuentro á solas.
Deslizábase sin ruido sobre los guijarros, de-
teniéndose de vez en cuando, con los ojos cla-
vados en el suelo, como á escuchar los latidos
de su pecho y los gritos interiores de su alma
conturbada.
Al pisar la playa, volvió á detenerse, ya cerca
de la barca, sumergido en honda reflexión.
En aquella playa había nacido su esperanza
de ventura, allí había muerto y estaba sepultada,
como el áncora rota en que apoyaba su pie,
hundida en la arena batida y cubierta sin cesar
por las mareas. Al contemplar ese despojo pa-
reció sentir una conmoción profunda, que dejó
blanco su rostro, algo semejante á los extremos
arrebatos de rabia terrible que concluía por aso-
mar á sus labios en forma de espuma, como si
en la rota áncora viese la fiel imagen de su co-
razón partido. Instintos encontrados trabáronse
406 £. ACBYEDO DÍAZ
en lucha sorda bajo su cráneo ; una nube de san-
gre veló sus ojos; vaciló en avanzar, temiendo
llevar su planta al borde de una sima insonda-
ble; pero, bien pronto, ahogando una especie de
aullido, pasóse la mano por la frente cubierta ide
sudor, aspiró con ansia el aire puro de lá ribera,
y poco á poco fué serenándose, hasta adquirir
cierto dominio sobre sí mismo. ¡Cuan fatídicas
eran aquellas llamaradas espantosas de sus pa-
siones !
De súbito, dirigiendo la mirada vaga y torva
á la superficie de las aguas, para observar si las
surcaban ya los botes, notó que estaban aún de-
siertas, y encaminóse resueltamente á la barca
de Marcelo.
XXXI
LA RED CORVINERA
El mar estaba tranquilo, terso, quieto como
una costra de hielo; la barca inmóvil, con los
remos caídos á las bandas; la atmósfera tibia.
Allá en lo alto, entre sus ondas de luz, va-
gaban con las alas tendidas en círculos majes-
BBEXDA 407
tuosos algunas grandes gaviotas de pico dorado,
cuyas notas vibraban claras y sonoras en el es-
pacio límpido y sereno.
Cantarela se había sentado en una banc[ueta,
junto á popa, de espaldas á la playa, débil y
abatida.
Con el índice en los labios y la vista en la
línea del horizonte, dejó transcurrir largos mi-
nutos, sin darse cuenta de la demora de Marcelo.
Parecía absorta en la contemplación de aque-
llos dos espacios azules, que la línea ideal con-
fundía como una alianza de profundidades y
misterios, entre el abismo y el vacío; pero, en
realidad, estaba ella mirándose en su interior,
donde también coincidían por otra línea ideal las
soledades de su alma, con lo incierto de su des-
tino. Su organismo trabajado por la dolencia, y
su cerebro combatido por tantas emociones, la
hacían 'pensar sin consistencia, de una manera
extraña y fantástica, cual si todavía las visiones
de la fiebre cruzasen veloces de vez en cuando,
así como cruzan las últimas rachas de una tor-
menta renovando en el ánimo del marino los
horrores del conflicto.
¿Se habría olvidado de ella Zelmar? ¡Qué her-
moso se le aparecía el seductor, en medio de
sus penas! Quizás, á su regreso se arrepintiera.
Si no fuese así .... ¡ qué cosas horribles pasaban
por su cabezal Se sentía tentada del delito. Un
ángel negro que había visto en sueños, la ha-
27
406 E. ACEVEDO DÍAZ
bía ofrecido una vez una redoma de cristal, con
un licor rojo, y una espina afilada y aguda en
forma de cuchillo.
De repente se estremeció todo su cuerpo.
La maroma se había desprendido del aro y
entrádose un hombre en la barca, que apartóse
en el acto de la orilla, tras un empuje rudo y
calculado.
Cantarela se puso lívida, y quedóse inmóvil,
sobrecogida por una sorpresa profunda.
Aquel hombre era Gerardo.
Estaba pálido, nervioso, la vista algo nublada
y lánguida. Echóse la gorra atrás, y empuñando
los remos en silencio, azotó las aguas, impri-
miendo á la barca un impulso poderoso.
La joven se levantó tambaleante, y alargó el
brazo, mirando angustiada la ribera que se ale-
jaba por momentos. Quiso balbucear un ruego,
y no pudo. Juntó las manos despacio, tembló-
rosa, y alzó sus ojos al pescador con una ex-
presión tan triste y suplicante, que éste dejó caer
los remos un momento, y mirándola, más pálido
aún, dijo con suavidad:
— Siéntate. Vamos á recoger la red corvinera
no muy lejos, allí donde han de reunirse las
otras barcas, y pronto daremos vuelta.
Cantarela se sentó más tranquila.
El pescador pasó por su frente un extremo
del pañuelo que llevaba ceñido á su cuello ro-
busto; y callado, rígido, volviendo la espalda á
BRENDA 409
la joven, dio expansión^ á un intenso sollozo, le-
vantando el puño al cielo.
Cantarela volvió á temblar.
Gerardo oprimió con fuerza los remos, y la
barca siguió deslizándose con pasmosa rapidez
hacia el levante.
A intervalos, él se inclinaba á una de las
bandas, disminuyendo el esfuerzo, como si se sin-
tiera languidecer por grados. Después proseguía
la maniobra con nuevo ahinco. Cantarela obser-
vaba el acompasado movimiento de los brazos
y de las palas, sin desplegar los labios; la in-
vadía una zozobra inmensa, y pensó que nunca
había ella sospechado un tormento parecido. De
pronto, ya muy apartados de la orilla, Gerardo
volvió el rostro, cubierto siempre de una palidez
extrema, y murmuró:
—Marcelo me pidió que lo disculpase. Tenía
que guiar otra barca, que ha de juntársenos en
breve. Me dijo dónde estabas, y allí vine ....
¿Te ha disgustado esto?
— ¡Oh, no!
Una sonrisa esforzada se dibujó en los labios
del pescador, que siguió bogando con brío al-
guna distancia.
No muy lejos de la costa, por la parte del este^
y delante de la embarcación, veíanse ya cerca
varios botes solitarios, de que partían los cabos
que sujetaban la red.
Gerardo condujo la barca á un espacio inter-
medio^ y largó los remos.
410 E. kCEVEDO DÍAZ
Enjugóse las sienes, y pasóse por la boca el
pañuelo, respirando con ansia las emanaciones sa-
linas. Luego dijo :
— Yo quería acompañarte. Marcelo se oponía,
porque no estaba yo hace días bien de salud; pero
insistí .... El verte y hablarte, con ser una amar-
gura, se me hacía gustoso. Tú te pareces á un cu-
chillo que está en la herida hasta el mango, y
que al salirse se lleva también el último aliento.
Por eso te miro con placer y no quiero arran-
carte de la entraña que has partido, y te acari-
cio, para que me dejes vivir un poco más.
— ¡Por favor!
Gerardo fuese adelantando paso á paso, y se
sentó junto á ella, sin responder. Su cabello la-
cio, largo y negro le caía sobre la frente y ojos,
húmedo y enredado^ velando la mirada torva y
huraña. En su semblante todo, varonil y enér-
gico, se esparcí^ espesa sombra de horrible desa-
liento.
Hallóle Cantarela desfigurado, melancólico, fa-
tídico, no pudiendo menos de experimentar fuer-
tes sensaciones de inquietud y congoja.
Por doquiera la extensión desierta, la soledad,
el silencio, sólo interrumpido á ocasiones por el
leve ruido de los alegres saltos de los pececillos
en torno de la barca : ningún indicio se ofrecía
que anunciara aún, á la distancia, la venida de
los otros Descaderes.
Dirigióse entonces, con la vista desolada, hacia
BBENDA * 411
la costa, que se perdía en curvas á lo largo del
lontananza con sus orlas de arenas y peñascos;
alcanzando á distinguir sobre la loma verde que
se destacaba detrás, uno que otro ginete lanzado
al galope, cuya figura concluía por desaparecer
en las laderas de las cuchillas, al son quizás de
algún aire alegre de la tierra. La luz del sol,
viva y deslumbrante doraba los trechos de playa
circundados de granitos, quebrándose en el manto
de intensa blancura que en los médanos formaba
con su plumaje, una legión de gaviotas. Sobre
una res muerta en la barranca se abatían los ga-
vilanes en grupos, disputándose los sitios de pre-
ferencia en el festín, entre lúgubres chillidos.
¡Ninguna esperanza por allí!
Al frente, en la línea del horizonte, distin-
guíanse puntos oscuros á flor de agua, que des-
filaban en batalla mar adentro, que eran mana-
das de delfines escoltados por algún álbatros va-
gabundo; y muy cerca, á pocos metros de la
barca, se veía cierto hervor extraño y continuo
que ampollaba la superficie, como si debajo se
deslizaran fugaces chocándose en tumulto mul-
titud de peces, de los que más de uno surgía
del elemento, brillando con lúcidos destellos en
el aire para sumergirse de nuevo en rápido
chapuz.
Por un instante, creyó Cantarela que Gerardo
observaba con interés los progresos de aquel de-
sorden submarino ; pero, notó bien luego que no
412 E. ACEVEDO DÍAZ
era el enjambre turbulento con su rica variedad
de especies, lo que embargaba su ánimo.
El pescador la había mirado con fijeza obsti-
nada por entre el pelo revuelto semejante á un
girón de luto ; y ella había sentido el rigor acerbo
de aquel duelo, al recordar su propia desventura*
¿Por qué creer que su pena era mayor?
Gerardo sacudió la cabeza, cual si quisiera im-
ponerse al amago de un vértigo y dijo al fin,
con acento de amargura:
— Sabes cuánto te quise .... El pobre timonel
soñaba siempre contigo aun bajo la niebla de la
borrasca y el rebramido del trueno; linda estre-
lla que alumbrabas la misma noche oscura y el
derrotero del barco, allá en el agua profunda del
cabo, jugando en ella como una platija . . . . ] Mira
que yo era crédulo y bruto !
Se acercó más á la joven, sacando el busto
fuera de la borda, y poniendo su mano curtida,
trémula en ese instante, sobre las rodillas de Can-
tarela. Ella puso las suyas en su brazo, separán-
dosela con un movimiento brusco y enérgico.
La mano cayó pesada á un flanco, y un relám-
pago de ira brilló en el semblante del pescador.
— Este aire del mar te hará bien, — añadió
reprimiéndose.
Te siento estremecer .... No tengas miedo. En
la tormenta que está en mi cabeza, no hay nin-
gún rayo para tí; que todos ellos me han de
partir el alma .sin dañarte.
BRENDA 413
Y la miró febril y sombrío. Sus palabras eran
lentas y fatigadas ; su expresión estúpida y salvaje.
— Ganas tengo de darte un beso ....
De tus ojos sale una luz parecida á la que
viene á veces de lo hondo del agua,
¿Por qué los bajas?. . . .
¡ Si tú supieras cómo algo se me ha roto den-
tro, y quiere saltar por los ^ míos, como los peces
de esa red ! . . . . que nunca he sentido esta ansia
<ie llorar sin poderlo, cayéndose el llanto en las
entrañas cual espíritu fuerte que se enciende y
me quema el corazón
. —¡Gerardo, por piedad ! — prorrumpió Canta-
reía con voz ahogada.
No obtuvo ya respuesta. La diestra del pesca-
dor se alzó lentamente, abierta y sudorosa, para
volver á caer con el peso del plomo sobre la
falda de la joven.
Ella miró aquella mano con terror.
El rostro de Gerardo fué poco á poco demu-
dándose. De improviso, tras una violenta sacudida,
sus párpados se cerraron, y la cabeza cayó sobre
el pecho, vencida al parecer por. un dolor agudo.
Sucedióse un temblor, y luego una espec e de
letargo.
En medio de profundos sobresaltos y fúnebres
presentimientos, Cantarela tocó su mano. Estaba
fría.
Volvió entonces á llamarle con un grito de
angustia; Gerardo continuó mudo é inerte.
414 £. ACEVEDO DÍAZ
— ¡Qué horror! — exclamó á voz herida.
> ¡Y nadie viene!
Nada en efecto, había cambiado en el solitciria
panorama; el resplandor del sol se dilataba en
la superficie en inmensa llamarada, y en la al-
tura se cernían los audaces cormoranes repitiendo
sus monótonas quejas como una música funeraL
La vista casi extraviada de la joven alcanzó, sít>
embargo, á percibir dos puntos negros hacia el
sud, que eran sin duda los barcos de Marcelo y
Carolo ; pero, cuan lejos se veían todavía. El au*
xilio iba á llegar tarde.
¿Qué pasaba por Gerardo? Lo ignoraba; no
sabía que su mal extraño era efecto de la pasiór^
infeliz, y que aquel desvanecimiento siniestro era.
prólogo de una tragedia.
Presintió no obstante, alguna cosa espantosa^
y arrepintióse de haber accedido á embarcarse
¡El abismo parecía abrirse á sus pies!
Llamó á Gerardo por tres veces, frenética, y
arrojó á su semblante lívido un poco de agua
amarga.
El pescador en ese momento echó atrás la ca-
beza, lanzando su gorra al m;ir ; las pupilas se^
contrajeron, dobláronsele los miembros con fuerza
y los músculos adquirieron la dureza del hierro;,
crujió la dentadura cual si desmenuzara un vi-
drio, y su mano derecha levantándose temblorosa
y crispada, se asió del cuello de la joven, con la
presión de una tenaza.
BRENDA 415
Cantarela lanzó un quejido sofocado, y fué
atraída vigorosamente.
Ocurrió entonces algo pavoroso.
El robusto cuerpo de Gerardo, presa de con-
vulsiones epilépticas, dio un salto en la banqueta,
levantando con él á la infeliz que se agitó de-
sesperada en el vacío, y ambos rodaron con sordo
golpe al fondo de la barca. Allí, la lucha fué
lúgubre y horrible. Gerardo se había mordido la
lengua dando un rugido ; de sus labios violáceos
brotaban bocanadas de sangre y espuma ; los dos
cuerpos se revolvían entrelazados, chocándose con
iuria en los maderos, y la mano poderosa seguía
ceñida á la piel, como un resorte férreo, bajo las
contorsiones supremas de la victima, por cuyos
ojos fuera de órbitas y abierta boca, parecía es-
caparse la última esperanza.
Con to^o, ella había sentido renacer sus fuer-
7as en aquel lance espantoso; y obluctaba con
una energía increíble, pretendiendo arrancar con
sus dos manos del cuello los dedos acerados.
Pareció de pronto que iba á seguirse una li-
géra tregua al combate horrible.
Pero inmediatamente, tras de un segundo de
sosiego, Gerardo alcanzó en medio de convulsio-
nes formidables la banqueta, arrastrando á Can-
tarela; cogióse de la borda con la nuca, hasta
hacer inclinar la barca ; su tronco atlético formó
como una arcada de puente, y á un empuje de
los pies apoyados en el fondo, entre las barras
del lastre, los dos cuerpos cayeron al mar.
416 E. ACEVEDO dLvZ
No se oyó ningún lamento. Grandes burbujas
surgieron de la superficie, en medio de círculos con-
céntricos; y momentos después, recobraba su as-
pecto sereno el agua profunda.
Seguían, en tanto, aproximándose los dos botes
tripulados por cinco pescadores. En uno de ellos
venían Marcelo y Carolo. Estos apuraban la
marcha, hundiendo con vigor los cuatro remos»
cuyas palas al levantarse deslizaban una lluvia
de vividos cambiantes al resplandor solar; hala-
ban, uno sentado y el otro de pie, sin darse tre-
gua, como si hubiesen distinguido á lo lejos la
lucha y el desastre, impacientes y sudorosos. Y
así era, en efecto. Ellos habían presenciado la
caída, con su vista de álbatros, y un grito de es-
tupor había escapado de sus pechos. Vieron tam-
bién agitarse en el aire el vestido de Cantarela
como una vela suelta, y sobrenadar luecfo un se-
gundo, siempre adherida al cuerpo del formida-
ble timonel. ¿Cómo llegar á tiempo?
— ¡ Gran naufragio ! — barbotó Marcelo rugiente.
— ¡Hala por los remos! — aulló Carolo sofo-
cado.
Y. la barca arrollaba las aguas con la veloci-
dad de una ráfaga. Los que bogaban detrás oye-
ron la voz, desplegando al unísono pujante es-
fuerzo. ¡Afán estéril!
Carolo y Marcelo llegaron los primeros á la
barca de Gerardo, que se había mantenido in-
móvil, junto al bote estacionario. Estaba éste in-
BRENDA 417
diñado por la banda de babor, como atraído hacia
el seno de las aguas ; el cabo unido á la relinga
de la red aparecía fijo y tirante; los grandes cor-
chos correspondientes á la cuerda de cáñamo
hundidos á una profundidad considerable, é igua-
les boyas de otros costados, en todo el largo de
su línea, se sumergían por intervalos, cual si las
mallas soportasen el peso de una roca. En la
banqueta y lingotes de hierro de la barca de Ge-
rardo, podían verse manchas de sangre revuelta
con espumas.
Ante aquellas huellas terribles los pescadores
se miraron consternados, y Marcelo, cruzándose
de brazos, lanzó una especie de alarido.
Carolo, que se había quitado las ropas, miró el
agua. .
Los aguamares con sus babas blancas y rojas,
flotaban por doquiera en el haz apacible: ni un
indicio denunciaba el sitio de la inmersión. El
pescador, con todo, púsose la mano en el cráneo,
y se lanzó á lo hondo como una saeta.
De la segunda barca cayó otro cuerpo al mar.
El resto quedó en silencio, abrumado el ánimo
por la catástrofe, fijos los ojos en el líquido agi-
tado, cuyos remolinos se extendieron hasta el
centro de la red.
Momentos después, los dos pescadores reapa-
recieron en la superficie. Carolo volvió á sumer-
girse; el otro subióse al bote, con desaliento. No
había encontrado nada, sino peces en tumulto.
418 E. ACEVEDO DÍAZ
La ansiedad crecía, cuando de improviso Ca-
rolo surgió de nuevo junto á la barca, despi-
diendo agua por boca y fosas. Traía la vista irri-
tada, y venía pálido en extremo.
— ¡Ahí están! — dijo con acento lúgubre.
Marcelo aprestóse á desvestirse; pero el pes-
cador lo detuvo con una seña. Se entró en la
barca, respirando con fuerza algunos instantes; y
agregó :
— No es preciso .... Vamos á recoger la malla.
Minutos después, los pescadores callados y
sombríos, retiraban la red con lentitud, estre-
chando el círculo con las barcas, sin preocuparse
del enjambre de brotólas y lenguados que ascen-
día aleteando y revolviéndose en medio de los
más brillantes reflejos. La red debió aglomerar
un número mayor de peces que el que aparecía
á la vista; pero, la caída de los dos cuerpos hun-
diendo una de las relingas, había facilitado la
fuga de las corvinas. Hubo que extraer la pesca
en parte y dejar libre una gran porción de
ejemplares pequeños de aquella fauna moteada
de oro, plata, rubí y violeta, para asir los cadá-
veres de Gerardo y Cantarela.
La mano terrible no oprimía ya la garganta
de su víctima; pero los dos cuerpos estaban uni-
dos: los brazos de Gerardo estrechaban contra el
suyo el busto de la joven, que tenía el rostro es-
condido en su cuello y suelta la profusa cabellera
negra hasta envolver la cabeza del desventu-
rado como un fúnebre crespón.
BRENDA 419
XXXII
REVELACIÓN
Raúl Henares tomó pasaje en Río Grande
para Montevideo, tres días antes de que se pro-
dujeran los hechos que quedan relatados.
Sus trabajos profesionales habían obtenido
buena acogida, y si bien recién iniciadas, las obras
quedaban en vía de gran desenvolvimiento bajo
la dirección secundaria de otros ingenieros, en
la parte que á él correspondía en el contrato y
que se limitaba á una corta pero difícil y ardua
zona.
Más de un mes empleó en estas tareas labo-
riosas, sin flojedad ni decaimiento, conciliando los
afanes del trabajo penoso con las halagadoras
perspectivas de un porvenir lisonjero.
Desmontar, nivelar, echar puentes, desecar la-
gunas, trepar collados, escalar cumbres, cegar
torrentes, horadar granitos, flanquear sierras, al
golpe incesante y transformador del hacha, del
pico, de las máquinas de fábrica, confundiéndose
el sudor caliente de los rostros y de las manos
420 E. AGEVEDO DÍAZ
con la humaza de la hulla y el vapor de las cal-
deras, en esa actividad febril y verti^nosa que
abate en cada árbol del bosque viejo un siglo
de vida vegetativa; que burla al abismo apo-
yando en sus riscosas pendientes los estribos del
pasaje de hierro; que lleva al valle salvaje el
despertar de otra aurora, y el ruido de ruedas
más rápidas que los potros soberbios y los gamos
de sus malezas ; que hace irrupción en las mon-
tañas arrastrándose paciente por sus desfiladeros,
en forma de inmensa culebra de acero que alar-
gara su cabeza hasta el nido de las águilas y de
los buitres; que hiende moles y descuaja espesu-
ras para que entre por vez primera con la luz
del sol, el correo misterioso y formidable del
mundo que piensa, anda, reacciona, combate, trans-
forma, avasalla, utiliza y proyecta á la distancia
los rayos de su foco poderoso: todos estos esfuer-
zos, estas empresas audaces, estos prodigios de
la humanidad luchando con el obstáculo y abriendo
puertas anchurosas á la corriente de vida que
desborda, en el campo de una naturaleza ubé-
rrima, cuya savia salta á chorros, á la menor
presión de las fecundísimas mamarias, eran
fuertes estímulos para su espíritu elevado, que
veía en la existencia personal, en otra escala,
los mismos períodos de fiebre, las mismas bata-
llas rudas, los mismos sacrificios y abnegaciones»
cuando ella desea obtener la realización de sus
ideales íntimos por complemento de victoria, y
BRENDA ' 421
esa plácida ventura á que se aspira como último
premio, en pos de la lucha ardiente que deter-
mina y precisa sus rumbos .fatales con el triunfo
ó la caída.
Trabajó, pues, con fe y ardimiento, fortalecido
con la convicción de que era preciso poner á
prueba todas las fuerzas del cerebro y del mús-
culo en la lucha despiadada é implacable, que es
levadura de virtudes, para gustar sin mezcla de
penas, un poco del placer de la vida. Y volvióse
contento, lleno &e esperanzas, henchido de nobles
ambiciones, á aquel su bello país que lo atraía
ahora con la magia de un encanto y la realidad
de un ensueño.
Confiaba encontrar en el regreso de esta se-
gunda partida, aquellas gratas ilusiones y goces
que no hallara al volver de Europa. Deparaba-
selos el amor, ya que no las amistades nacientes
ó la estimación de los extraños adquirida por
sus méritos : la escena aparecía diferente, ornada
de atractivos seductores á los ojos de su alma,
sin aquellos tintes oscuros y vagarosos de otros
días, después de una larga ausencia. Las -costas
que la nave recorría, rumbo á Montevideo, ex-
hibíanse ahora bajo un aspecto nuevo y encan-
tador para su imaginación apasionada, y compla-
cíase en contemplar con secreto deleite bajo la
tolda sus relieves caprichosos, sus cabos y pun-
tas avanzadas, sus coronamientos de fantásticos
peñascos, sus empinados cantiles, sus playas
422 £. ACETEDO DÍAZ
blancas y movibles cordilleras de arena, sus islo-
tes de piedra en que se agrupaban los lobos ma-
rinos al amor del sol, sus lejanas lomadas verdes
y serranías azules, detrás de la línea de roca
viva que lamía el olaje espumoso y turbulento.
Volaba entonces su espíritu hasta los sitios que-
ridos, después de resbalar su mirada por la costa,
las colinas, las crestas de los montes, ansioso de
anticiparse el placer de la grande emoción sus-
pirada, y sonriéndose á la idea de que la dicha
estaba á un paso, lo mismo que para los ojos
parecía estarlo aquel horizonte lleno de luces y
colores.
Estas impresiones fueron haciéndose más dul-
ces y agradables, conforme avanzaba la nave é
iba descubriéndose entre los celajes de la tarde
la bella península en que se asienta la ciudad
natal. Delineábase con su enorme mole de edifi-
cios entre contornos dorados y celestes, empinada
con osadía en las alturas, como para inquirir
allende el horizonte el derrotero de los buques
que traen semilla de progreso, polen de artes y
porvenir de razas, é indicarles las latitudes pri-
vilegiadas y puertos de arribada forzosa, en donde
el mismo derecho inviolable protege y ampara
la virtud y el trabajo, y la libertad fuerte en sí
misma, respeta y saluda á todas las banderas del
mundo. ¡Cuan hermosa se le aparecía ahora, á
través del prisma de sus ideales, esta ciudad er-
guida y risueña, promesa de oro en el grande
BRENDA 423
estuario, que incita al navegante á internarse en
busca de próvidos y ricos dones en los ríos gi-
gantescos, como una sonrisa de la fortuna aquende
la soledad de los mares \ Contemplábala con esa
dulce fruición del que se aparta de las cosas
transitorias y abriga fe en las lecciones del tiempo ;
y presentía en ella un vasto emporio, cabeza de
regiones, que debía animar quizás con el soplo
<íe su vida, en los misteriosos años del futuro.
Cruzábanse así, patrióticas visiones con sus
-ensueños apasionados, á medida que la vista iba
dominando el conjunto y distinguiendo los deta-
lies; brillante panorama, al principio, realzado por
los cuadros y paisajes.de las quintas y jardines
de los contornos entre cuya verde espesura se
destacaban aéreas moradas blancas; algunas torres,
luego conos enhiestos, iglesias dispersas, campa-
narios atrevidos, airosos miradores, fugaces agu-
jas, aquí y acullá diseminadas entre millares de
azoteas; después el cerro, con su morrión de
almenas y su faro de eclipses, solitario gigante
que enseña á lo lejos su ojo de fuego, burlando
las celadas tenebrosas d^ la bruma y el escollo ;
el anfiteatro en* seguida, con su vasto cinturón de
edificios, árboles y palacios de verano, visibles á
través de un bosque de mástiles y vergas que
cubrían la rada, balanceándose al ritmo de la
marea; al frente, los' fuertes mu rallones y el via-
ducto de la playa, por donde se deslizaba la
locomotora con su flotante cimera de vapores y
28
424 E. ACEVEDO DÍAZ
SUS resoplidos de dragón formidable; y más al
fondo, el montículo legendario en cuya cumbre
se asentaron gloriosas banderas de guerra, punto
estratégico de sitios desoladores, teatro de salvas
y dianas de victoria, donde se batieron veinte
ejércitos en duelo á muerte y se desplegó á cada
lustro aciago el pabellón negro de las luchas
civiles. Pero este cuadro panorámico, por hermoso
que fuera, no había logrado agitar tanto su cora-
zón como el paisaje bello y risueño de las coli-
nas al naciente que dejara á sus espaldas al
doblar las puntas del mediodía; lugares capri-
chosos de vegetación lujuriante y suejo de arenas
que refresca el viento de las orillas, donde la na-
turaleza parece conservar sus rasgos distintivos en
medio de los mismos esfuerzos del arte, llenos
de sombra y callada soledad, aunque animados y
luminosos para él, por el encanto que les pres-
taba su blonda y virginal Armida. Ella, Brenda,
estaba allí, y esto sólo era lo bastante para que
revistiesen á sus ojos majestad, poesía y colo-
rido. ¡Cuánto ansiaba el delicioso momento de
volverlos á ver!
Apenas desembarcó, dio orden al cochero de
conducirlo sin demora á su casa -quinta. Contra
la costumbre proverbial de los aurigas alquilo-
nes, éste hizo volar su vehículo por los rieles del
tren del Este, y no se detuvo hasta llegar á la
verja, obligando su pareja á una carrera para él
fabulosa. Raúl le compensó con largueza.
BRENDA 425
Todo estaba en orden en la casa -quinta, desde
la sala de recibo al gabinete de estudio; nada
podía observarse á la escrupulosidad de Selim.
El fiel doméstico experimentó gran satisfacción
por el regreso, é impuso á Raúl minuciosamente
de las ocurrencias, — como él decia, — sin excluir
la del fallecimiento de Zambique, que describió
con vivos colores, y su visita, horas antes del
desgraciado suceso. Con este motivo, añadió en
su pintoresco lenguaje, que desde aquel día abun-
daban los perdigones en el baldío, sin duda
porque los ecos de la marimba no les ponían ya
miedo.
Lamentóse el joven de la fúnebre nueva; más
aún, al pensar en la pena que el hecho habría
causado en el ánimo de Brenda. ¡Sobrábanle á
él motivos para destinar un sitio de preferencia
en sus afecciones y recuerdos al buen Zambi-
que!
Informóle también Selim, de que la corre^^pon-
dencia de Río Grande había sido entregada en
el acto de su recibo; y entre .otros datos, la no-
ticia del próximo regreso del caballero Zelmar
Bafil de Buenos Aires, según anuncio trasmitido
por su criado de confianza, que había recibido
orden de esperarle en el muelle en la siguiente
mañana.
Mucho complacieron á Raúl estos informes.
Apenas se restauró de las fatigas del viaje
y húbose cambiado de traje, resolvió trasladarse
426 E. AC£V£DO DÍAZ
á la casa -quinta próxima, munido de las cartas
á que hiciera referencia en su esquela á Brenda.
No podía decidirse á aplazar aquella visita, tan
interesante para él, de la que se prometía dul-
císimas impresiones. Era tiempo de definir una
situación que podría hacer la inercia intolerable,
y complicar otros sucesos inesperados: los pro-
pios impulsos de su amor le llevaban adelante,
después de una tregua demasiado larga para las
impaciencias del corazón.
A pesar de todo, dirigióse no exento de du-
das y de extrañas ideas á casa de la señora de
Nerva; preocupación fundada en los móviles se-
cretos que inducían á ésta á resistir á sus amores.
Al aproximarse á la verja exterior del edifi-
cio sintió precipitarse los latidos en su pecho.
Por entre los primeros pilares, pudo percibir
una gran parte del jardín; y aquellos sitios tan
queridos, que en nada habían cambiado, los ár-
boles altos é inmóviles, la poética glorieta, los
bancos de piedra pulida, los bustos marmóreos
entre el follaje, los senderos de brillante arena
de las playas, las flores meciéndose al arrullo
de las auras tibias, la fuente con su pez de g^eda,
los verdes festones de bejucos, los criaderos ves-
tidos de galas irisadas en torno de los que so-
lía deslizarse la falda blanca ó celeste de Brenda,
por las tardes, hablaron á su espíritu con el
lenguaje de otros días, llenándolo de reminiscen-
cias é ilusiones adorables.
BRENDA , 427
Las dudas y pensamientos importunos se des-
vanecieron. Sólo quedó una imagen, que bien
pudiera ser luz, aroma y melodía en el circum-
ambiente de sus ideales. No necesitaba más
para los raptos de su mente, contenida por há-
bito y tendencia, — á pesar de las afirmaciones
de Bafil, — dentro de los límites de ese amor
humano, sin extremos arrobamientos místicos ; pero,
férvido, generoso, profundo, capaz de las grandes
acciones y sacrificios qi^e dignifican y enaltecen
la vida.
Raúl siguió avanzando con más ánimo y brío,
en pos de estas alternativas y entusiasmos, pro-
pios del estado de su espíritu.
Dos carruajes veíanse frente á la verja. Este
detalle no dejó de preocuparle un poco.
Asaltóle entonces la sospecha de algún inci-
dente extraordinario.
Precedámosle algunos momentos en su visita.
De pocos días atrás, en realidad, á partir de
aquel en que Areba insinuara en el ánimo de
Brenda una cruel sospecha, la anciana guardaba
el lecho, llegando á inspirar nuevamente su sa-
lud serios temores. Parecía aproximarse una cri-
sis peligrosa. El acendrado cariño de Brenda y
su inagotable fuerza de celo, constituían el gran
consuelo de la enferma en su quebranto; aunque
los torcedores de una pena honda desgarraban
implacables- el corazón de la pobre niña, adqui-
riendo sus incertidumbres las formas más negras
428 E. ACEVEDO DÍAZ
y fantásticas en las largas y frías horas de vi-
gilia. Dividíanlo grandes y distintos afectos, ca-
rísimos amores que empezaba á cubrir lo oscuro
impenetrable, al flotar sobre ellos la duda con
sus pliegues siniestros, sin que la fuera dado
confiar á la que tanto veneraba, por el momento,
las expansiones íntimas de su acerbo dolor.
La súbita aparición del doctor de Selis, du-
rante su diálogo con Areba, y cuando ella se
disponía bajo la influencia de la ruda emoción
que la causaran las últimas palabras de su amiga^
á precipitarse en brazos de la anciana para arran-
carla con el ruego la clave del horrible secreto,
previno una escena tocante y conmovedora; y
ahogó ella sus lágrimas y acalló sus penas re-
signándose á esperar con la vuelta de aquella
salud querida, el regreso del ausente amado.
Esos dos seres eran su único culto. Ante las
revelaciones misteriosas de Areba y su actitud
apasionada, casi irascible é hiriente, deseaba no
pensar, no creer, no recordar, reprimir el vuelo
de su imaginación y la actividad febril de su
inteligencia que pedía á su memoria, infatigable,
materiales de un pasado ya lejano con que ilu-
minarse entre las tinieblas del enigma. ¿Seria
que Areba amaba á Raúl, y quería robarla su
dicha? ¡Amarga duda! ¿Cuál sería aquella ba-
rrera insalvable á que ella aludiese en su des-
pecho, levantada por una suerte impía, como
una amenaza de perdurable desventura? ¡Terri-
BKENDA 429
ble incertidumbre ! Esta última pregunta, hablando
consigo misma, mantuvo por largas horas en
excitación su cerebro ; el secreto se hacía de ins-
tante en instante más oscuro y temible, y ante
él llegó á cerrar los ojos, como sucede cuando
amaga un vértigo en la altura que domina á un
precipicio.
En su imaginación herida llegó á reflejarse
alguna vez con todos sus detalles y accidentes
la última escena con Raúl, el banco cubierto de
enredaderas frente á la choza, el pasaje de Zamr
bique, la e;noción y la palidez de Henares cuando
la preguntó « cómo era su padre », el ceño adusto
y triste de su semblante al satisfacer ella su
deseo; y en armonía con estas reminiscencias, la
conducta de la señora de Nerva para con él,
sus recelos, sospechas y resistencias silenciosas,
la actitud recogida y llena de misterio de Areba:
todo esto se agolpaba en tumulto á su mente
y se desvanecía pronto, para dejar su sitio á
nuevas memorias é inquietudes.
¡ Cuan diferentes preocupaciones, qué opuestos
pensamientos, qué encontradas emociones, qué
proyectos insólitos y luchas sin tregua en el
fondo de su conciencia!
¿Había, acaso, algún genio adverso envene-
nado el aire de su soledad?
Sentía en su cabeza un peso que la agobiaba
y la abatía, privando á los ojos de \su brillo y
á la piel dQ su rosa admirable; y en el seno un
430 E. ACEVEIK) DÍAZ
escozor sin alivio, persistente, dilacerante, — crue-
les efectos de sus insomnios y torturas morales.
En todas partes se notaba su presencia, y la
servidumbre que la veía agitarse de continuo y
andar inclinada, silenciosa, abstraída, concluyó
por someterse al influjo del contagio, difundién-
dose en la morada hermosa una gran nube de
pesar y de tristeza. Si ella, que era el encanto
de todos los ojos y el tema de todas las lenguas,
había perdido su alegría, ¿qué ánimo podía apa-
recer contento y feliz mientras la septuagenaria
al recobrar su salud, no volviese á su pupila su
esplendor de primavera?
En la tarde de que hablamos, encontrábase la
joven á la cabecefa del lecho de la enferma pa-
áSndole cariñosa su blanca mano por las sienes,
en el ansia de que disminuyera la fiebre que
consumía aquel cuerpo frágil y endeble.
Areba estaba cerca, callada y quieta en su
asiento, con un brazo apoyado en el Velador y
la mano en la barba, en actitud de recogimiento-
El doctor de Selis, á la espera de la hora de
una junta con otros dos facultativos, había salido
hacia momentos, y se paseaba impaciente en el
vestíbulo, moviendo á uno y otro lado la cabeza
cual si sostuviera con la ciencia un debate grave,
en nombre de la duda y de lo imprevisto. La
digital purpúrea ¿qué podía contra el vicio or-
gánico ?
En la habitación de la enferma, semi oscura.
BRENBA 431
reinaba ese silencio que en determinadas horas
parece imponerse á los mismos insectos alados
que zumban en el aire.
La anciana había tenido un rato de reposo. Al
despertar, nombró á Brenda.
Contestóla ésta, con dulzura:
— Aquí estoy. ¿Qué me quieres, madre?
— ¡Ah! — murmuró ella mirándola con los ojos
muy abiertos y una expresión indefinible.
Los dirigió en seguida á Areba.
Esta se apresuró á preguntar con cariñoso
interés :
— Siente Vd. algún alivio ahora, ¿verdad?
— Un poco, felizmente. No tengo la cabeza
pesada y débil como anoche .... Este corto sueño
ha sido sin embargo bastante intranquilo.
— La fiebre tal vez, madre, — dijo Brenda, aca-
riciando solícita entre las suyas una de las ma-
nos de la enferma. — No debes hablar mucho, que
eso puede agravarte.
— En este instante, no ; y quiero aprovecharlo
en todo lo posible .... El sueño fué extraño,
como propio del delirio ; pero de él no recuerdo
nada con lucidez, sino un detalle interesante.
-¿Cuál?
— Que hablaba con tu padre, sobre aquel que
le quitó la vida.
Brenda experimentó una fuerte conmoción, y
sus mejillas palidecieron.
Areba hizo un ademán de ansiedad.
4^ ' E. ACEVEDO DÍAZ
— Eso me induce á hacerlo ahora contigo, —
continuó la anciana con la voz trémula, sin apar-
tar la vista de la huérfana, — por el cariño que
te profeso y por esa memoria para tí querida y
venerable .... Consuélame la idea de que no tie-
nes queja de mí, y de que me quieres siempre
con la misma ternura.
— ¿Podías dudarlo, madre mía? — balbuceó
Brenda ahogada por las lágrimas.
— Ya ves que no. Pero anhelo desvanecer en
tu ánimo cualquier duda sobre mis intenciones
acerca de tu porvenir.
— ¡ Oh, qué cruel estás ! — dijo Brenda con
acento de dolor; — yo te suplico me dejes ahora
concentrar en tí mis afanes y cariños . . . . ¡ Olvida
lo que me interese, por favor!
— ¡No! Es preciso que me escuches, — replicó
la anciana temblando, con los ojos muy anima-
dos, y el ademán febril. Lo exige mi conciencia.
— ¿Tu conciencia? — exclamó la huérfana es-
tremecida. ¡ Oh ! ¿ Qué significan esas palabras en
tus labios, madre mía?
Brenda hizo esta pregunta llena de sorpresa.
Habíanse abierto cuan grandes eran sus ojos azu-
les que, fijos, inmóviles, empezaban á reflejar los
fenómenos de una honda tribulación. Aquellos le-
janos recuerdos, aquellas frases extrañas, aque-
llas palabras significativas ó intencionadas, por
lo menos, en aquel instante triste, introducían el
sobresalto en su ánimo, poniendo á prueba la de-
BRENDA 433
licadeza de SUS fibras. {Parecía empezar á com-
prender!
Areba aproximóse á una seña de la enferma.
Esta oprimió una mano de Brenda contra su
pecho, cual si quisiese atenuar con su suave roce
los golpes rudos y tenaces del corazón ; y em-
pezó á hablar agitada, nerviosa, llena de verbo-
sidad, como si deseara al precipitar sus palabras,
arrojar cuanto antes de sí un peso intolerable.
— Hasta hace poco tiempo, — dijo, — fué mi
deseo, desinteresado y cariñoso, que tú contraje-
ses enlace con el doctor de Selis, presintiendo
que mi vida no podría prolongarse mucho, sin
que este deseo debiera interpretarse jamás como
una violencia moral ó una imposición indigna del
grande afecto que te he prodigado siempre ....
Después que me revelaste sin reservas el estado
de tus sentimientos, y las ilusiones que abrigas,
respecto de otro amor que vino á tí fatalmente,
no podía yo insistir en mis propósitos, y preferí
guardar silencio para no marchitar quizás de
pronto aquéllas con vanos disgustos y pesares. . .
al menos, mientras no adquiriera la certidumbre
de ciertos hechos que consideraba y juzgo deber
de conciencia no ocultarte ....
Detúvose un momento: estaba un poco fati-
gada, con el rostro ligeramente encendido y la
mirada brillante.
Brenda, por cuyo corazón pasaban fenómenos
inexplicables, hizo un ademán de ruego, conté-
434 E. ACEVEDO DÍAZ
niendo el llanto ; pero ella, después de un fuerte
suspiro, siguió diciendo: ^
— ¿ Cómo podía yo obligarte ? Dueña eres de
seguir los naturales impulsos de tus sentimien-
tos . . . . ¡ Nosotras las ancianas nos forjamos á
veces la ilusión de poderlos dirigir sin pena ni
esfuerzo ! Es una ficción con que nos halaga la
experiencia, esta memoria triste inseparable del
frío de los años .... La juventud vive de pasiones,
y hay que dejarla horizontes y ensueños; pero
debo instruirte de cosas de otros años, mi querida
Brenda, para que las medites á solas y decidas de
tu suerte sin hacerte violencia, despreocupada y
libremente ; y he de referírtelas no sólo para mi
satisfacción propia, sino también en homenaje á
la memoria de aquel cuyo retrato colocado junto
al de mi esposo, — su amigo fiel é inseparable, —
contemplas tú todos los días con cariñoso res-
peto.
Así diciendo, la enferma tendió el brazo enfla-
quecido hacia uno de los retratos en tela, pendien-
tes de la pared del fondo.
Brenda siguió el movimiento con otro rápido
de su cabeza.
— ¡ Mi padre ! — profirió, dominada por una emo-
ción profunda.
— ¡ Sí, Pedro Delfor ! — dijo la anciana con tono
grave y solemne, — que hace años sucumbió en
un lance de guerra. Tú recuerdas bien el suceso,
origen de tu orfandad. No ignoras tampoco que
BRENDA 435
una circunstancia casual me hizo testigo de la
sangrienta aventura . . . . ¡ Conservo aún grabadas
en la memoria las facciones del matador!
Se calló otra vez, clavando en la joven su
vista turbada é inquieta, en que parecían refle-
jarse todas las congojas de su ánimo.
Brenda sintió helársele la sangre en las venas;
miró á su vez á la enferma con una expresión
de desvarío, casi atónita, y exclamó en medio de
fuerte zozobra:
— i Madre querida, concluye por piedad ! . . . .
¿Qué relación existe entre esa muerte y mi amor?
La anciana ahogó en su garganta un ronco
sollozo, clamando rígida y angustiada:
— ¡ Yo nunca te dije quién le mató !
— Y ¿quién fué. Dios piadoso? — balbuceó
Brenda retrocediendo un paso, con las manos ten-
didas hacia adelante, y pintado en su rostro el
más vivo sentimiento de terror.
La enferma incorporóse de súbito en el lecho
llamándola á sí, con los labios trémulos y vio-
láceos, como pidiéndola que viniese á compartir
con ella su artiargura, y mientras Areba silen-
ciosa y conmovida enlazaba con su brazo la cin-
tura de la joven, dijo ella, imponiéndose por un
esfuerzo supremo á su pena indecible:
— Le conoces. ¡ Se llama Raúl Henares !
A estas palabras, Brenda arrojó un grito he-
rido, llevando las manos á su pecho, cual si allí
hubiese entrado un dardo de fuego ; y arrancan-
436 £. ACEVEDO BfAZ
dose desesperada de los brazos de Areba, agi-
tóse vacilante y ciega, presa de un vértigo, y
fué á caer de rodillas frente al lecho, posando
en él su cabeza, que sacudió con los últimos es-
tremecimientos de un dolor agudo y horrible.
A aquella voz desgarradora, la anciana pos-
trada por el esfuerzo se desplomó en los almo-
hadones lívida y sollozante, murmurando frases
ininteligibles y misteriosas, como esas que vagan
por los labios ya incoloros y secos en la hora
de morir.
Areba, perpleja ante este cuadro afligente, co-
rrió al fin veloz á la galería, dando paso á las
sirvientas que á su llamado acudían en tumulto,
y de allí al vestíbulo, en busca del doctor de
Selis.
Minutos antes, Raúl Henares había salvado la
gran puerta de rejas que daba al camino.
Algo sucedió entonces.
La presencia de Lastener de Selis operó en
él una transformación repentina. Desechando todo
escrúpulo, atravesó con firmeza el sendero y su-
bió las gradas.
El doctor que se paseaba con la cabeza des-
cubierta, impaciente y agitado, se detuvo al verle
venir, haciendo un brusco movimiento de sor-
presa. La visita, á no dudarlo, era inopinada.
Mas reponiéndose bien pronto, cruzóse de bra-
zos, y esperó.
Una sonrisa irónica se dibujó en sus finos la-
BRENDA 457
bios, animando su fisonomía con una expresión
de placer singular. Aquel encuentro parecía pro-
picio á sus planes de desagravio y de amor. La
fatalidad arrastraba á su adversario á un trance
amargo y duro, de cuyas consecuencias difícil-
mente podría librarse, y que debía herir sus fibras
en lo más hondo, envolviendo su conciencia de
improviso en la túnica encendida del remordi-
miento y de la desesperación. El despecho y el
celo que bullían en el fondo de su ser, sin nublar
la visión clara de su espíritu, prometíanse un
triunfo incomparable. Su rival bajaba al terreno
de un modo inesperado, y en hora solemne para
la huérfana, que en ese instante ante el lecho de
la enferma, presentía tal vez un nuevo y grande
infortunio.
Raúl fijó en él su mirada al poner el pie en
el vestíbulo.
El doctor de Selis se mantuvo quieto, mirán-
dole á su vez, la diestra puesta en los labios,
cual si buscase detener la explosión de sus re-
sentimientos; y volviéndose de lado, dijo, procu-
rando dar á sus palabras una entonación repo-
sada y fría:
— Llega Vd. en un instante sólo útil á la cien-
cia.
— Lo deploro, — contestó Henares reprimiendo
una fuerte sensación. — Pero eso me estimula á
no desistir de mi propósito, aunque el caso sea
g^a ve
438 £. ACEVEDO DÍAZ
— ¡ Por demás ! Lo singular del hecho, es que
bastaría á la anciana enferma el anuncio de su
visita, para que se produjera en ella una crisis
funesta.
— ¿Es el facultativo el que me hace una ad-
vertencia discreta, ó es el pretendiente que in-
tenta lastimarme?
El joven acompañó la pregunta con un ade-
mán vehemente, y un sobresalto que no intentó
disimular, dirigiéndose á la entrada.
De Selis, sin contestarla, dio dos pasos hacia
la puerta, diciendo en tono helado y grave :
— Apele Vd. á lejanas memorias, que es po-
sible duelan á Vd. recuerdos.
Raúl se detuvo, irguiéndose altivo.
— Ninguno de ellos me avergüenza, — contestó,
midiendo á su adversario con una mirada enér-
gica y resuelta. — ¡ Lo propio fuera, que jamás hu-
biese puesto Vd. aquí la planta!
— ¿Por qué?
— Su conciencia lo dirá.
— ¡ Error 1 Al lado de la que empaña la suya,
mis culpas leves se disipan. \
— ¿No será Vd. víctima de una torpe aluci-
nación ?
— Lejos de eso. Lavó Vd. en su mano una
mancha de sangre, pero en su memoria quedó
otra indeleble !
— ¡ Aclare Vd. esa frase ! — prorrumpió Raúl
con asombro, y conteniendo apenas los impulsos
de su cólera.
BBxamjL 439
„-
— ¡Fácil es!
Tenía de Selis el color de la cera y creenase
que hincaba sus uñas en la piel, conteniendo un
arranque violento. En sus labios morados no ha-
bía desaparecido la sonrisa esforzada é irónica
del primer instante.
— La prueba de lo que una tradición oral cuenta,
está aquí ; y tiene á más por testigo el hecho en
que ella se funda, á una anciana venerable.
Al expresarse de este modo, de Selis llevó la
mano al pecho, en donde sin duda guardaba el
memorándum de Diego Lampo, exigido á éste por
Areba.
Un recuerdo luctuoso cruzó entonces por el
cerebro de Raúl, y una nube negra por su vista.
— ¿Qué afirma la tradición? — profirió sin re-
primir un arranque de ansiedad mortal.
Su adversario ise alejó un paso, exclamando
lleno de vengativo encono:
— ¡Ella afirma que en el vado de un arroyo,
el coronel Pedro Delfor, padre de Brenda, murió
á manos de Raúl Henares I
Raúl retrocedió, así como aquel que recibe
un golpe de maza en mitad de la frente, — y al
golpearse aquélla con extrema violencia, lanzó una
gran voz:
— ¡Fatalidad!
— ¡Sí! — prosiguió de Selis con ensañamiento
cruel; — ¡por ahí le entró al padre la bala, dirí-
giájaL por la mano del que ahora pretende la po-
39
440 E. A<
sesión de la huérfana, como un derecho ó áes--
pojo opimo de la victoria!
Raúl se alzó desencajado y convulso sacu-
diendo la cabeza con ademán imponente, y se
lanzó con ímpetu sobre él, gritando de ira y de
dolor:
— ¡Calle Vd., ó le arranco la lengua!
Por un movimiento simultáneo, de Selis se aba-
lanzó á su vez, al proferir una interjección enér-
gica, y los rivales, cog^idos de los brazos con ren-
cor fiero, se miraron lívidos, frenéticos, implaca-
bles, buscando aniquilarse, con el solo fulgor si-
niestro de sus pupilas.
De súbito, resuena la voz de Areba, alterada y
llena de congoja :
— ¡ Doctor de Selis, urge su presencia ! ¡ Acuda
Vd. pronto !
Tras de estas palabras, la joven apareció en el
vestíbulo con la rapidez que imponen los casos
graves y la agitación propia de una hora de an-
gustia.
La escena que allí se desenvolvía, la impusa
y sobrecogió, arrancándola un grito de espanto y
de sorpresa.
Este grito contuvo á los adversarios.
Los brazos cayeron de improviso ; los dos hom-
bres se apartaron ceñudos algunos pasos y mira*
ronse silenciosos, una vez más, con una expresión
de concentrado encono.
Al fin de Selis entróse mudo y sin color, mo-
BREKDA 441
viendo inquieto los hombros, — cual si en ellos
se hubiesen posado dos zarpas poderosas y des-
garrádole las carnes.
Areba le dejó pasar, callada, transparente de
emoción, colocándose entre él y Raúl, que se ha-
bía descubierto un instante, y daba un paso para
alejarse.
Ella le miró al rostro, página viva de los tor-
mentos que dominaban su alma varonil, y en su
alma se confundieron vehementes é intensos el
amor, la admiración, el despecho, los celos, el
enojo, para sucederle después, otra, con un re-
flejo de pesar infinito.
Raúl se detuvo.
Areba se acercó más á él, con esa audacia
adorable que la pasión concede y que estimula
un gran dolor extraño. ¡Cuánto daría ella por
restañar la cruel herida abierta en aquel noble
pecho!
Al verla aproximarse, con los ojos puestos en
los suyos, y un aire de profunda simpatía, suave,
pálida, bella, emocionada, el joven intentó so-
breponerse al peso de su desventura, y descu-
briéndose de nuevo, dijo con acento bajo:
— Séame permitida una pregunta, por favor....
¿Es para Brenda ese auxilio que Vd. ha recla-
mado?
— No, — respondió Areba con premura, y acar
liando todo sentimiento de despecho ú orgullo; —
es para la señora de Nerva, cuyo estado inspira
seria inquietud;
412 £. ACBTBDO DÍAZ
— Gracias y perdón, si he osado detener á Vd.
en este momento de conflicto; pero su bondad
me dio ánimo. De regreso de un largo viaje,
aquí vine para cumplir un grato deber, ajeno á
lo que ocurría, y muy distante de pensar que la
suerte me reservase un amargo sinsabor. Me
aparto sin cumplirlo; y al hacerlo, agrego á mi
desdicha propia la penosa certidumbre de que
aquí se sufre y se presiente un suceso irrepa-
rable.
Alzó en seguida sus ojos á Areba, — que le
contemplaba turbada y suspirante, — y añadió en
tono de melancólico ruego:
— Si de labios de la enferma recogiera Vd.
mi nombre envuelto en un trágico episodio, ¡ oh,
que no se me condene en absoluto! siquiera en
nombre del principio de justicia que permite su
descargo al reo.
¡Sea Vd. piadosa!.... ¡Del sacrificio que me
impuso un destino adverso, al arrancar con mi
mano la vida á un hombre, en época apartada,
la conciencia no me acusa, aunque el corazón
protesta lacerado, y llena mi alma toda con sus
gritos de dolor!
A estas palabras, inclinó Areba su 'cabeza,
uniendo las manos, cual si aquel hondo duelo
hubiese encontrado en ella un eco intenso y con-
movido las fibras más sensibles de su ser.
Saludó Raúl, y de allí apartóse con la frente
baja, un brazo recogido' sobre el pecho y el otro
BRENPA 443
doblado hacia adelante, turbia la vista, el cuerpo
erguido y rígido, cual si todos sus músculos en
acción conservasen aún la actitud agresiva del
primer momento.
Viole ella alejarse, con un sentimiento de pro-
funda pena; irse anonadado, sin haber gustado
el placer inefable de una entrevista con la que
amaba, como un pobre viador á quien se arre-
bata el último consuelo; — y cuando él se detuvo
un segundo, sin volver el semblante, en la puerta
de la verja, oprimiósele á ella el seno con amar-
g-ura y desaliento.
¡Ni una mirada! Por primera vez las lágri-
mas saltaron á sus ojos, y al rodar, cayeron en
sus labios como gotas de fuego.
XXXIII
LOS DOS AMIGOS
El golpe, como se ve, había sido rudo.
Müdias horas pasaron antes que Raúl pu-
diera recobrar la calma y el reposo necesarios
para darse cuenta del hecho y de sus consecuen-
cias ulteriores.
444 E. jlceyedo Díaz
[ Cuan tristes las primeras qué se siguieron á la
revelación !
La noche fué velada, llena de sombras, de
fiebre y de pesar. Los abismamientos interiores
se sucedieron en serie no interrumpida, á cada
excitación nerviosa, lo mismo que acaece en los
días de duelo. Todas las ilusiones que había
acariciado en la ausencia^ todas las esperanzas
dulcísimas que la pasión fomenta y la fantasía
engalana, surgían y revolaban en la boca de la
sima en que se hundía su pensamiento ator-
mentado, para desaparecer fugaces á cada asomo
de la amarga realidad de su destino.
En el fondo de aquella sima, no menos oscura
y honda que un espacio insondable, vio agitarse
la sombra muda y fatídica del padre de Brenda,
que se alzaba lenta y manchada de sangre, para
ahuyentar de su cerebro los ensueños de ven-
tura; y luego^ en los bordes, con las manos ten-
didas y demudado el semblante por una inmensa
pena, la blanca imagen de la huérfana, que pe-
día al fantasma le revelase un nombre ....
Acordábase después, de la escena en el cemen-
terio, de la fecha inscrita en la piedra negra
del sepulcro de Pedro Delfor, de su encuentro
con la joven, y de la impresión que su presen-
cia causara en el ánimo de su protectora, — re-
novada la noche del baile en casa de Stwart.
Estas reminiscencias iluminaban su espíritu, á
intervalos; hasta que otras, más lejanas, acudiendo
BRENDA ' 445
-en tropel, concluían por vencer toda duda acerca
del sangriento episodio, de que él fuera prota-
gonista. Ante ese convencimiento íntimo doble-
gábase su ánimo al peso formidable del recuerdo,
y desvanecíase la más humilde esperanza de pie-
dad y de perdón.
¿Podría ella, acaso^ imponerse al hecho tre-
mendo; á la ley moral que lucha con el sentimiento
^n las profundidades del alma, al que vulnera
•cuando no domina, y provoca las reacciones se-
veras que postran y abaten los organismos de-
licados?
¡Y él! ¿Qué podría exigir alamor casto y puro,
amargado por la certidumbre absoluta de ese
hecho, ú ofrecerle en desagravio, que no fuese
una corona de azahares adornada de crespón?
Había que rendirse á una realidad inflexible
y abrumadora.
¡Ah! Fácil era al ingeniero inteligente y hábil,
vencer los obstáculos de la naturaleza, corrigiendo
sus formas y modificando su estructura; abrir
caminos á través de las moles de granito haciendo
bóveda inmensa de una montaña; lanzar hilos
por encima de los esteros y boscajes espesos y
hundir cables hasta donde no alcanza el furor
de las tormentas; descender audaz á la mina
oscura, á las criptas pavorosas y á los declives
de los torrentes, donde apoyar un machón de
fábrica; desviar las aguas de un río, ahondar su
cauce y convertir con su riego en - suelo fértil
446 E. AGEVCDO DÍAZ
una pampa desolada; hacer palacio aéreo de lo
que fué choza humilde y espléndido parque de
la floresta virgen; improvisar verjeles llenos de
florescencia, vigor y fecundidad allí donde nunca
creció arbusto, y como á un golpe de vara mágica,
erigir monumentos al trabajo y á la industria
que difundan en contorno el calor de las fragnas
y la flebre de los talleres : fácil era todo esto, á
la audacfa y á la iniciativa del talento. Pero
¿era posible reanudar los lazos de una pasión
que la adversidad destruye ó abate, como al
echarse sobre él un puente se unen los bordes
de un precipicio, ó vuelven á ligarse arrancados
al abismo de las aguas los extremos de un ca-
ble que se rompe?
En la triste imaginación de sus amores, hala-
gábale la idea de que ella lo querría siempre
como él la querría, aunque nunca más pudieran
encontrarse.
Parecíale que en estas h'neas paralelas del
sentimiento, la regla matemática se imponía en
rigor de una manera inexorable.
Felizmente, Raúl tuvo un verdadero momento
de goce y satisfacción como tregua á su amar-
gura, en ese día. La visita de Zelmar, — cuyo
regreso había él olvidado en medio de sus de-
sazones,— vino á confortarle y á ofrecerle la
ocasión, tan rara, y por lo mismo tan preciosa,
de conceder ensanche y desahogo á su espíritu
sin temor de que se perdieran sin eco sus con-
•-T
BRBNDA M
fídencias graves en el vacío que el criterio egoísta
é indiferente abre sin escrúpulo ni reserva al
pesar ajeno. ¡Ya era esto bastante! Su espíritu,
por firme y seguro que fuese, necesitaba expan-
dirse y proyectarse, buscar en esa amistad sin-
cera y noble, cuyos caracteres distintivos pare-
cen irse perdiendo de día en día, al paso que
asume mayor rigor la lucha por la vida y los
instintos hereditarios, refinándose, reemplazan á
los sentimientos grandes y elevados, — las inspi-
raciones puras y felices, que la tiranía del dolor
no permitía sugerir á su propia inteligencia.
Zelmar se presentó contento, casi radiante, abra-
zando efusivamente á su amigo, inqui^riendo con
interés el éxito de su empresa, y mezclando á
sus preguntas impresiones personales, llenas de
gracia y colorido.
Raúl lo acogió con alegría y emoción, signi-
ficándole en sus elocuentes pruebas de afecto,
cuan grato le era el volverle á ver en esos mo- .
mentos, tan nutrido de buena savia y animado
de tan envidiables satisfacciones morales.
— No te equivocas, mi querido amigo, — decía
Zelmar; — efectos de la vida porteña, que si en
mucho difiere de la parisiense, tiene en cambio
su sabor original. Pero, no está ahí precisamente
la causa de este estado especial de nervios que
te sorprende: hay varias concurrentes, y á fe
que muy dignas de apreciarse!
— Te escucho con placer.
448 E. ACEVEDO DÍAZ
— Mis exámenes, en primer término ; éxito com-
pleto, notas excelentes, felicitaciones honrosas
de la mesa, tesis de sensación, diploma de sufi-
ciencia, adquirido á todo rigor, sin balbuceo ni
dudas en la prueba. Así lo dijeron, y aunque me
esté mal, yo te lo repito en confianza. Te ase-
guro que nunca supuse tal denuedo en mis fuerzas.
— Jamás dudé de tu triunfo.
— Los encantos y placeres de la gran ciudad,
en seguida; ciudad de agitación perpetua, de inter-
cambio enorme, de millones circulantes, de vita-
lidad absorbente, de atracción insaciable, foco de
cultura y de esplendor intelectual nativo, centro
de clases que la fortuna gradúa y la igualdad
protege, englobamiento de razas laboriosas y fuer-
tes, diversidad de lenguas que se refunden en el
idioma democrático, ancho asilo de costumbres
de todos los climas y latitudes, condensadas en
un grande espíritu nacional que evoluciona y
deriva, utilizando los mismos desechos y brozas
que arrastran las corrientes migratorias en la gran
fábrica de la transformación, y cincelando pacien-
temente el tipo singular del porvenir, en ese pro-
digioso conjunto de materiales vivos, soldados
por la libertad y el trabajo, que se llama cosmo-
politismo .... Pero, mira Raúl, á fuer de caba-
llero, por arriba de todo eso, están sus mujeres,
como están las agujas sajonas y torrecillas ele-
gantes por encima del conjunto arquitectónico
sólido y chato de los barrios populosos. ¡ Oh, las
BRENDA 449
porteñas ! Tú las conoces. Cultura, gracia, donaire,
atractivo, seducción, aticismo, todo ello encuadrado
hasta en los rostros feos, [ que los hay, por vida
mía! como si allí fuese atributo indispensable
de la juventud, lo que en otras partes la jiatu-
raleza niega á las mismas hermosuras. Bellezas
arrogantes, en plenas actitudes para disputarse
el premio en concurso, que subyugan al pasar
y no se olvidan, grabándose en la mente como
imágenes sobre acero. De bustos interesantes, y
de cabezas encantadoras ¡qué torbellino, en un
paseo por Palermo ! Contemplándolas una vez
desde un montículo del parque ocurrióseme pen-
sar que en esas figuras graciosas, agitándose á
una en espiral de ricas carrozas y soberbios tron-
cos, la delicadeza del gusto estaba en el examen
recíproco de adornos y semblantes, sin voces ni
risas, ni otro rumor que el sordo de los rodados.
En cuanto á estaturas, te diré: escasas palmas,
muchos lirios de tallo elegante y esbelto, no pocos
arbustos lánguidos; pero en general, donosura,
espiritualidad, gusto exquisito para apartar al ojo
observador de los defectos y concentrarlo en la
faz saliente de los méritos.
— Veo que vas desertando, — observó Raúl,
que hacía momentos esforzaba una sonrisa.
— No creas; y en prueba de ello, vengo á mi
tercera razón de regocijo, que es la primera en
grado de importancia : la buena acogida de Areba.
Acabo de saludarla; nunca la hallé tan afable,
450 E. AC£VB1X> 1>ÍAZ
tan comunicativa y llena de promesas. Baste afir-
mar que mi esperanza se ha confortado, mi fe
robustecido y elevádoseme la mente al poético
devaneo; el recibimiento fué, más que cordial y
amistoso, intencionado y sentimental. Lamenté un
detalle: la presencia de Julieta. Estuvo agresiva,
rebosante de malicia en sus preguntas y ocurren-
cias. En justa represalia, pude haberle narrado
el sueño que en la noche anterior me solazó en
mi camarote; pero, me tenía Areba demasiado
entretenido, para darla el placer de una réplica.
En realidad, ajnigo mío, hasta ese sueño me
había predispuesto á dudas y sospechas graves:
cerrado apenas el párpado, en altas horas, exhi-
bióseme primero Julieta, disfrazada de india, con
plumas de loro en la cabeza y cintura, carcaj
lleno de flechas con curaro y hacha de piedra, á
propósito para derribar un jaguar de un solo
golpe. Si bien esta visión me hizo gracia, y me
distrajo, á pesar de sus gestos y vaticinios acerca
de lo que me reservaba el regreso, lo cierto es
que no sucedió así con Areba, la cual se me re-
presentó silenciosa y fatídica, con una pluma de
ave en la cabellera, el pie sobre sandalia y la
pierna desnuda, — como la Güendolen de la le-
yenda deScott, — invitándome á beber en un vaso
de plomo cierto líquido extraño. Parecíame que
estábamos en máscaras, á juzgar por los detalles ;
y en rigor, son pocos los días que nos separan
de aquellos en que muchas caretas de carne,
BREIfDA 451
II .■ r I ifc I I ■■ I I I ■ I » I. I . ■ - I ... .1 ■
grraves, tersas y falaces todo el año, sudan li-
bremente sus rubores bajo los de seda. El hecho
es, que esta parte interesante de mi sueño no
dejó de impresionarme, cuando al reproducirlo
en mi memoria, tuve en cuenta la conducta de
Areba desde la noche del baile, artificiosa, sus-
picaz y prevenida. Y ya lo ves: ¡me he encon-
trado con un cambio notable! Reputo de exce-
lente augurio para nuestros amores esta nueva
campaña, en que empiezo recogiendo lauros, ó
por lo menos marcadas simpatías de parte de
quien no las prodiga fácilmente. Para tus cosas
íntimas, importa mucho que esta potencia se in-
cline de mí lado, pues de esta manera los gran-
des peligros se neutralizan. ¿Sabrás que ahora
soy su médico de confianza?
— Es eso muy honroso para tí, y te felicito
de veras, Zelman Tales distinciones dé parte de
la señorita de Linares significan elocuentemente,
ó una promesa muy agradable, ó un designio
oculto, dado que ella se determina siempre por
los extremos. El término medió no parece entrar
nunca en sus resoluciones -prácticas.
— Así es. Pero ¿un designio oculto? no creo....
Hablóme de un reconocimiento médico que
debía practicarse esta tarde en el cadáver de una
mujer, pidiéndome me prestase á acompañar á
de Selis y otro facultativo en la autopsia. Según
sus informes, se trata de un crimen misterioso
por las circunstancias que lo rodean, y en cuyo
452 *£. ACEYEDO DÍAZ
esclarecimiento la justicia se preocupa con exce-
sivo celo. Añadió, — interrumpiendo á Julieta em-
peñada en demostrarme cuan enterada estaba
siempre de las tragedias de amor, — que la víc-
tima había sido uno .de los seres infortunados á
quienes ella protegía; y que la interesaba viva-
mente el triste drama en todos sus pormenores,
por lo que se había permitido hacer esfuerzos
en sentido de que yo interviniese en el recono-
cimiento, con éxito satisfactorio. Manifestó que
mi regreso no podía, pues, haber sido más opor-
tuno, y que empezaba por utilizar mis servicios
en un caso que la afectaba hondamente. Lejos
de rehusarme, agradecí la distinción, prometiendo
instruirla mañana en todo lo relativo al suceso
de la muerte de su infeliz protegida , . . .
Pero, estoy advirtiendo, Raúl, que tu semblante
denuncia algo anormal!
Esa palidez, ese gesto de disgusto, esa mirada
lánguida, esa tristeza en el sonreír, esa concisión
en el hablar, esa actitud, en fin, de encogimiento
y de reserva, me indican que tú sufres ....
. — Y no te engañas. Algunas horas Hevo ya
de dolorosa tribulación.
Zelmar le miró con asombro.
— Me he contenido en lo posible, para no in-
terrumpir tus expansiones, feliz al oirte relatar
con entusiasmo los primores y emociones de la
Vuelta, que yo también soñé tan llena de encan-
tos y nutrida de promesas, desvanecidas á un
BRENDA 453
soplo de aciaga suerte. Pues que me interpelas,
y adivinas lo que en mi interior ocurre, no debo
seg-uir callando, y he de confiártelo todo. Siento
necesidad de hacerlo, y te ruego me escuches.
. — Estoy ansioso, Raúl, — repuso Zelmar apro-
ximando su silla, y disponiéndose con verdadero
interés á recoger sus confidencias. — Mas, ante todo,
dirne: ¿es de tus amores que se trata? y esto
pregunto, porque en casa de Areba, donde hallé
reunido selecto número de daiAas, nada pude
sorprender que tuviese atingencia contigo ó se
refiera á Brenda. Aunque . . . aguarda. . . . ¡ahora
infiero! Julieta hablaba á media voz, á priesa y
casi febril con algunas de esas damas, mientras
yo lo hacía con Areba; sus flechillas bañadas
en cuiaro atravesaban la sala diestramente diri-
gidas. Luego aquéllas me observaban con cierto
disimulo y extrañó aire de discreción, y hasta de
impaciencia, agregaré, como si mi entrada al sa-
lón hubiese interrumpido el relato de una grave
historia. ¡Me explico por qué los semblantes re- ^
velaban tan distintas impresiones, y fluía miste-
rio de los ojos y corrían frases singulares en el
círculo ! Empiezo á sospechar que fueran el tema
tus amores, es decir, lo sensacional y reciente,
que otros comentan, expurgan y critican antes
que aquel á quien interesan haya podido penetrarse
bien, muchas veces, de la importancia ó trascen-
dencia de sus actos.
— Tal vez. No sería eso tampoco de extra-
454 £. ACSVEDO DÍAZ
ñarse; lo que voy á referirte no es ya un secreto,
para los que pudieran interesarse en conocerlo.
Cuando el rigor del destino abruma, nada escapa
á los vientos de . la publicidad, ni el sollozo ín-
timo que se confía al silencio y á la noche. De
tal modo las alegrías ó los infortunios de un
solo ser, traen consigo mismos un rumor que
al propagarse, se entra en todas las almas, y des-
pierta cien ecos, como el cuerpo vivo que al rodar
de lo alto de una montaña arranca con sus vo-
ces en las concavidades y vacíos, lo único que el
desierto puede dar, en su alivio: inútiles y vagas
repercusiones!
Sincero, apasionado, henchido de esperanzas,
y de fe — ¡cual se está una vez siquiera en la
vida! — yo he sido á mi regreso, ese viajero que
pierde pie en la cumbre al fin de la ímproba
jornada y vese arrastrado en la caída, sin fuer-
zas ni voluntad para asirse á los arbustos espi-
nosos que cubren el áspero declive.
¿ Recuerdas que más de una vez hemos depar-
tido acerca de la causa que podía obrar en el
ánimo de la señora de Nerva para hacer oposi-
ción á mis pretensiones?
—¡Sí!
— Pues bien: de esa causa he de enterarte
ahora.
En la ausencia no dejó ella de preocuparme,
sin conseguir, sin embargo, dominar mi espíritu,
que dividía su actividad entre las atenciones pro«
BREKDA 455
; \ ■ , ■ .
pias de mis tareas, y las memorias del amor en
las horas de descanso, bajo la tienda del cam-
pamento.
Pero lo cierto es que fué indispensable una
escena violenta, á mi regreso, para que yo ad-
virtiera el error en qiie vivía, y de la poca im-
portancia que había dado á aquella conducta,
ó al móvil que la aconsejaba. Me penetré recién
del alcance de la duda ó incertidumbre que me
asaltó alguna vez, y deseché luego,, cuando al
recordar uno de mis hechos pasados, — precisa-
mente el del fatal secreto, — creí descubrir en él
cierta relación misteriosa con los sencillos re-
cuerdos de Brenda sobre la muerte de su pa-
dre.
¿ Podía yo, acaso, por vagas presunciones, ren-
dirme á la terrible evidencia de haber causado
su orfandad? ni ¿cómo esperar, en mi tranquili-
dad de* espíritu al respecto, que más tarde de Se-
lis me arrojara el apostrofe de matador, firme y
resueltamente ?
— Luego, ¿eso era cierto? — preguntó Zelmar
con estupor, recalcando en cada una de sus pa-
labras.
— Amarga verdad, — dijo Raúl; — hace años,
en un lance de la guerra civil, lance singular é
inesperado, yo di muerte á un adversario cuyo
nombre he conocido recién ^hora: ese adversa-
rio era el coronel Pedro Delfor, padre de Brenda.
Zelmar se quedó aturdido, mirando á su amigo
ao
456 £. ACEYEDO DÍAZ
fijamente, sin desplegar los labios. Parecíale aquello
extraordinario é inaudito.
— Por qué causas, y en qué sitio, lo sabrás
pronto, — continuó Henares. — Antes quiero refe-
rirte lo acaecido ayer en casa de la señora de
Nerva, adonde me trasladé dos horas después de
mi llegada á Montevideo. De ese instante data
este pesar.
Bafil recobró su serenidad y fuese recogiendo
en sí mismo, callado y serio, como sucede cuando
se someten todas las facultades del espíritu al es-
tudio de un tema arduo y complicado.
Su amigo hizo un fiel relato de los hechos,
que él escuchó atentamente.
Así que hubo concluido, Raúl agregó :
— Debo ahora enterarte del episodio, que á tra-
vés de los años, viene á ejercer tan grave in-
fluencia en mi destino. Deseo que lo conozcas en
todas sus circunstancias y detalles, y lo juzgues
con la mayor severidad de conciencia, si consi-
deras que así debes hacerlo, desligándote por
un momento del estrecho vínculo amistoso que
nos une. A nadie lo he revelado, y serás tú el
único que lo recibas en confidencia.
¡Cuan lejos estaba yo de imaginarme en la
época en que se consumó el hecho, — sin mayor
trascendencia entonces, — que él llegaría á deci-
dir de mi suerte en lo futuro, como si constitu-
yera un delito expiable y ominoso!
Después de meditar mucho sobre ese suceso.
BRENDA 457
he inferido la situación difícil del que escribe his-
toria al ligar circunstancias y escenas separadas
por el tiempo, que coinciden y se traban para
poner de relieve el espíritu y tendencias de una
época sin confundir las causas primitivas con lo
derivado, y dar la razón de episodios dramáticos
cuando no de hechos extraordinarios, que hagan
surgir del olvido las pasiones de los hombres, más
poderosas á veces que las ideas. La verdad, que
es su luz, suele perderse en los fondos ya sin
ecos del pasado ; y ¡ cuánto tino y sagacidad deben
emplearse, al ahondar y escudriñar !
— Algo análogo sucede al anatómico, — ob-
' servó Bafil, como hablando consigo mismo, — que
busca en labor delicada y paciente, y logra al
fin coger con la pinza, entre carnes trituradas y
deshechos tejidos, el extremo de la arteria que
desangra.
— Sí, — prosiguió Raúl, reuniendo sus recuer-
dos,— paso á buscar el perdido eslabón, trans-
portándome para ello al tiempo de los entusias*
mos ardientes, ó edad en que nada se rehusa,
cuando una grande ilusión de la patria, pura y
radiante, llena todo el espíritu de ideales y de
ensueños, y confunde en estrecha alianza las
últimas inocencias del niño con las primeras pa-
siones del hombre.
Pero, ante todo, lee estas líneas que escribí
hace años, y que he hallado entre mis papeles.
Así que concluyas, reanudaré el relato.
458 E. ACEVEDO DÍAZ
Y Raúl dio á su amigo unas cuantas páginas
manuscritas, que en la noche había colocado en
la mesa, después de pasar por ellas su vista con
precipitación febril.
Zelmar las desdobló silencioso, y se puso á leer.
XXXIV
EL EPISODIO
Épocas singulares aquéllas, de agitación y de
conflicto acompañadas siempre de hermosos es-
pejismos é imágenes de luz, en» que la ardiente
juventud confía en la eficacia del sacrificio cruento
y sueña con la grandeza de una patria conce-
bida fuera del campo asignado á la realidad;
tiempos azarosos de combate, en que no son ex-
traños los que van al encuentro y en que una
sola bandera, flameando en ambas filas, recuerda
al patriotismo que ella ampara para todos á su
sombra, el mismo derecho al aire, á la tierra j
al fuego!
En una de esas épocas nos encontrábamos, y
se desenvolvía un drama sangriento; grave que-
rella de familia, conflicto entre hermanos, que la
BRENDA * 459
razón no había podido dirimir y se relegaba al
juicio de Dios; — no á semejanza de dos paladi-
nes, en los cantos de la epopeya, que embrazando
la adarga se acometen y pelean vestidos de
bronce, sin levantarse las celadas, por la sola
dignidad de la cimera, sino cara á cara, en nom-
bre los unos de sinceros extravíos, y los otros
de castos ideales y nobilísimos ensueños.
Todo el país ardía en guerra.
Ibase á dar una nueva batalla.
Los contendientes habían concentrado todos
sus elementos para esta acción decisiva y deter-
minóse lo indispensable para aguzar sus armas,
como aseguran hacen los leones con sus garras
al salir de las cavernas. La .misma fiebre, el
mismo celo, idéntico coraje: todo presagiaba un
choque formidable, y venían el uno hacia el otro
los ejércitos, ora á marchas forzadas en columnas
paralelas, ora deteniéndose ó retrogradando en
batalla en busca de un teatro adecuado á la
tragedia.
En ciertos lugares, el repliegue ó la contra-
marcha de flanco se hizo difícil, y la evolución
cesó.
El panorama, á todos rumbos, era alegre y
sonriente: la tierra gorda y negra ofrecía el
grano de la abundancia, sus sabrosos frutos la
vegetación arbórea, franca hospitalidad la man-
sión del labrador. Parecía aquella la región del
trigo.
460 E. ACBVEDO DÍAZ
Un arroyo franjeado por ligeros boscajes ser-
penteaba al pie de las cuchillas, destacándose en
forma de hilo plateado en pequeñas planicies, y
perdiéndose en los declives y hondonadas, — para
presentar á lo lejos en algiin llano de cultivo su
doble festón de talas, sauces y espinillos en ca-
prichosas isletas. En otra dirección, distinguíanse
árboles solitarios junto á moradas humildes, do-
radas mieses, caminos de agaves, grandes parvas
amarillentas y ganado doméstico esparcido en
terrenos de pastoreo. La paz, la tranquilidad y el
trabajo reinaban en aquellos sitios, hasta la lle-
gada de los ejércitos ; enormes culebras de ani-
llos de acero, que debían dejar á su tránsito sur-
cos más profundos que los del arado, llenos de
un riego de sangre viril y generos¿i.
En parajes semejantes, ya acosado por el ca-
ñón, dio el frente uno de los ejércitos, como el
paladín que midiese campo y sujetara al corcel,
haciendo crujir al volver cara con fiero estridor
todas las piezas de su armadura.
Nada más imponente y majestuoso que el mo-
vimiento de las columnas en su desfile final, y
en la formación de la línea, cuando deslizándose
por retaguardia de la cabeza ó avanzando de
frente en perfecta alineación, fusiles al hombro,
en sus cujas las lanzas, empujados los cañones,
s
desnudas las espadas, desplegadas las banderas,
batientes los tambores, — las dos masas preparan
el encuentro llenas de fe y de brío, buscando el
BRENDA 4G1
4 —
plano donde harán pie firme hasta destrozarse
con el plomo y el acero.
Tendiéronse ambos contendientes formando pa-
ralelas ; batallones al centro y fuertes baterías de
campaña, caballería en las alas compacta y nu-
merosa, con reservas sobre los bagajes y tren ro-
dante. Algunos destacamentos de cazadores apo-
yaban los flancos, y otros hacían despliegue al
frente en guerilla, preparando con sus descargas
aisladas el sangriento drama.
Alineados, en descanso, resueltos, en un terreno
desfavorable en parte para la maniobra, espera-
ban la palabra de orden. Eran como dos nubes
sombrías cargadas de electricidad, cuyo choque
inevitable debía producir la catástrofe al soplo
de aciagos vientos ; ó encelados colosos, acos-
tumbrados á recibir nuevas fuerzas de la madre
tierra en la caída, prontos á lanzarse el uno so-
bre el otro para renovar con vigor 'increíble un
combate perdurable!
Ya algunos cuerpos humanos tendidos aquí y
acullá sobre la línea de la escaramuza preliminar
en ambas avanzadas, inmóviles y yertos marca-
ban los vacíos hechos por el plomo de las des-
cargas:— jalones de carne y rotos huesos,. del que
debía ser para uno ú otro combatiente el campo
de la victoria.
A intervalos de los dos centros que se con-
templaban mudos, siniestros y airados, partían
relámpagos en medio de espesas humaredas, y el
462 E. AGEVEDO DÍAZ
hierro pasaba rugiendo por los claros de las gue-
rrillas, abría brecha en la línea firme é inmóvil
que cubría en el acto el hueco, ó rebotaba en
las colinas con choque estridente levantando yer-
bas entre una niebla de polvo.
Entonces un clamor lúgubre surgía de las ma-
sas de las alas, compuestas de inquietos escua-
drones, como si la guadaña de la muerte hubiese
girado vertiginosa sobre todas las cabezas: vi-
braba sonoro en el espacio el toque del clarín,
los caballos escarbaban la tierra temblorosos con
sus remos delanteros, y se sucedía luego un si-
lencio solemne al estampido del cañón.
Cruzaban errantes por la altura anchos girones
de • negros vapores, que ocultaban de vez en
cuando un sol rojo y candente, á cuyos fuegos
verticales flameaban los aceros y sfe hacían hor-
nillos, boinas, gorras y morriones.
Estremecifnientos misteriosos recorrían la línea.
I Quizás cruzaban por delante de ella hablando
á cada combatiente en lenguaje seductor, los ge-
nios sonrientes del hogar tranquilo, los recuerdos
alados, las claras visiones de otros días, llenos
de promesas y amores venturosos: toda una vida
pasada,' bella, fascinadora, adorable, con sus go-
ces, esperanzas y amarguras ! ¿ Por qué, sino,
estaban los rostros pálidos, los ojos brillantes y
febriles, entreabiertos los labios, las manos ner-
viosas, aunque altivo y resuelto el continente?
Es que oreaba todas las sienes el aura fatídica
BRENDA 463
que precede al horror de la pelea, buscando re-
belar la frágil carne arrastrada á la boca de los
cañones por la fortaleza del ánimo y el senti-
miento del honor: pues el exponer la vida por
el mismo amor que se le tiene, es la prueba de
los valientes.
En esa hora precursora de la gloria ó del se-
pulcro ¡cuántos detalles conmovedores se ofrecen
á la vista ! El veterano de faz curtida examina
melancólico la caja de su fusil, y prueba luego
si encaja bien la bayoneta destinada á abrirle
pas'j en lo recio del entrevero ; el joven soldado
encomienda al compañero en caso de suerte más
feliz, un tierno adiós á la madre afligida que le
espera ; el bizarro oficial se acuerda de su novia
al colgarse del carpo la dragona, que ella anudó
entre lágrimas y sonrisas en el puño de su es-
pada ; las espuelas del lancero valeroso hacen
música de trémulos; el artillero apoyado en el
mango del escobillón, calcula las trayectorias de
las bombas enemigas y el blanco probable de
sus gruesos proyectiles ; el porta imberbe con-
templa la bandera emblema de leyendas cuyo
astil mantiene con orgullo, y tiembla á la idea
de que se rompa como el hilo.de su vida en mi-
tad de la batalla; el clarín prueba la emboca-
dura de su instrumento cual si nunca hubiese
arrancado de él una nota guerrera, y el tambor
con los palillos en la boca ajusta los parches
de su caja, presintiendo ya cercano el momento
464 £. ACEVEDO DÍAZ
grrave del redoble. Esta conmoción natural del
soldado, minutos antes de romperse el fuego, nu-
bla también la frente del más bravo sableador
que haya abortado la leonera de los caudillos.
Es entre el humo de la pólvora y el choque
furioso de las armas, que la fibra del valor fuerte
y templada como una hoja de Toledo, realiza
prodigios, levantando el rugido del hombre sobre
el fragor de la metralla, y más altos que el
egoísmo y el peligro, ideales y creencias, pasio-
nes y fanatismos, dignos de la leyenda de vie-
jas y embravecidas luchas.
A aquellos estremecimientos en la línea sigue
bien pronto un pequeño avance, y luego un nuevo
alto fatídico. Acórtanse distancias. Las relucien-
tes filas de fusiles de pistón, los guías tremolan-
tes en los extremos de los batallones, las ban-
deras de blancas moharras y soles de oro, las
lanzas enhiestas con sus medias lunas y airosas
banderolas, los estandartes de seda y dorados
borlones flotando entre el haz de los aceros y
corceles de batalla, — todo se agita de improviso
á la voz de los caudillos, que en breves y enér-
gicas arengas arrastran las huestes á la acción.
Estréchanse las filas, baten los tambores paso
redoblado, muévese la dura recta entre músicas
marciales, llenan los aires aclamaciones soberbias,
sables y lanzas se agitan ^destellantes, y á dis-
tancia fija, — en que el plomo puede encontrar
la entraña, — la marcha cesa, inclinanse las ar-
BRENDA 465
mas en plano bruñido y luminoso, y una ser-
piente de fuego se extiende á lo largo del muro
humano, con estrépito comparable al chisporroteo
de un voraz incendio en los bosques.
Percíbese apenas entre la baja atmósfera de
pólvora que rasa la tierra en nutridas volutas el
pie de los combatientes, ante los que salpica el
plomo ó revienta la granada esparciendo el es-
trago en las filas y derribando intrépidos solda-
dos, que quedan tendidos con el puño enhiesto
y la pupila enorme, entreabiertos los labios por
el último grito que en medio del coraje sorpren-
dió la muerte. De vez en cuando vense pliegues
de banderas entro el humo, cual fugitivas ráfagas
de ruborosa gloria, o brillar las espadas de los
jefes detrás de las líneas, que recorren á saltos
prodigiosos sus bridones, ó lucir los uniformes á
manera de confusos iris en un caos de vapores
que ruedan en veloces espirales, ó estallar en cien
fragmentos los armones y cureñas al choque de
las bombas que cruzan el campo de batalla como
bólidos encendidos en rápidas parábolas á través
de la humareda.
Los centros pugnan por ganar á palmos el
terreno ondulando con los movimientos propios
del vientre de un reptil, ante la violencia del hu-
racán de fuego y plomo que los abrasa y ani-
quila. En medio del suelo de la lidia está la
llave de la victoria.
En tanto los clarines han resonado con agu-
466 E. ACEVEDO DÍAZ
das notas en las alas, y se precipitan á la carga
los fieros regimientos en unidos escalones, al
viento el estandarte, las lanzas enristradas, corta
la brida, haciendo retemblar la tierra á su pasaje
con el estridor de una tromba, — para estrellarse
con los del opuesto bando, disolverse, y confun-
dirse en revuelta brega. Torneo sin cotas, sin
yelmos ni broqueles, brazo á brazo y hierro á
hierro, en que no es sólo la fe política la que
alienta el brío de los campeones, que se buscan,
se llaman, se insultan, se acometen en tumulto,
clavándose ea las moharras y medias lunas en
nombre de ún agravio, de un mártir, de un re-
cuerdo, hasta cubrir el suelo de cuerpos destro-
zados y miembros palpitantes sobre los que han
de pasar los dispersos á rienda suelta, sin oídos
para el lamento ni piedad para el amigo. Los
moribundos se incorporan por esfuerzo supremo
y vuelven á caer bajo los cascos de los caballos
que corren despavoridos resoplando con las na-
rices dilatadas en medio del tropel, ora sin ji-
netes, que han lanzado de la montura en el en-
trevero, ya arrastrando de los estribos en masas
informes los carabineros desarzonados en el cho-
que formidable, ora embistiendo lacerados por la
espuela el obstáculo imprevisto ó el profundo
barranco en que ruedan y se trituran caballo y
caballero. . . .
Se estaba en las horas ardientes de la lucha
y de las cargas dignas de la trompa épica, si la
BRENDA' 467
alta poesía pudiera alzar sus cantos en homenaje
á un heroísmo partido en dos por el furor de
los hermanos.
Los regimientos disueltos en el choque, se
agrupan y escalonan al toque del clarín ; sucé-
dense las refriegas, los retos, los lances singulares;
y á la caída de un valiente se arremolinan los
jinetes en redor, formando con sus rejones tin-
tos como una clava de guerra, en instante en
que estalla la granada sobre el sitio y con su
lluvia de mortíferos cascos reduce el grupo de
centauros á un solo hacinamiento de míseros des-
pojos. En el extremo opuesto, las bayonetas se
defienden de las lanzas y han caído algunos es-
calones ; pero los que vienen detrás se abalanzan
en el furor de la carga y- chocan contra el cuadro,
donde pierde el caballo su valeroso caudillo: la
infantería cede como una pared que se agrieta y
desmorona, los escuadrones se precipitan por la
abertura con la fuerza del torrente, y mientras
vuelve un grupo hacia, tierra las bocas de sus
fusiles, desaparece la avalancha á retaguardia en-
volviendo el mrque y las reservas en pavoroso
desorden.
Había llegado á su período álgido la fiebre
de la pelea. La atmósfera estaba saturada de
pólvora, y el ruido era imponente. Uno que otro
son de corneta, surgiendo en forma de nota ais-
lada, se imponía apenas al estruendo de la fusi-
lería y de los bronces.
468 £. ACEVEDO DÍAZ
En tales momentos, recibí orden de trasmitir la
de avance por el flanco derecho, al jefe de dos
escuadrones de reserva, que debían encontrarse
algunos centenares de metros á retaguardia.
Cuando azucé mi cabalgadura se veían en to-
das direcciones cruzar como veloces fantasmas,
amigos y adversarios ; vibraban los laques en los
aires con lúgubre silbido, enroscándose al caer
cual culebras de tres cabezas en los transidos
corvejones; y en las altas yerbas chamuscadas
por el taco ardiendo, vagaban sin rumbo carros
y furgones, destruidos los arreos, desbocados los
troncos y salpicadas las ruedas con la sangre de
los heridos. Algunas balas encadenadas traspa-
sando la línea en diversas trayectorias y prolon-
gado ronquido, picaban *las lomas lejanas espar-
ciendo en las alturas espigas y terrones, para ir
á sepultarse con sordo golpe en las faldas de
las cuchillas.
A mitad de mi carrera, una ancha zanja casi
oculta por altos cardizales contuvo el ímpetu
del caballo, que se abalanzó de costado, bufando
ruidosamente. Allí habían caído confundidos, ma-
chucados y cubiertos de sangre varios soldados
de caballería dispersa, que alcanzó en su fuga
un tarro de metralla á la orilla del barranco en
que se detuvieran, — sembrando el sitio de terce-
rolas de cazoleta, dagas y astillas de lanzones.
A algunos metros de aquel osario, sobre una
pendiente suave se debatía por incorporarse, co-
BREN^DA 469
gido como lo estaba por su cabalgadura, un ne-
gro ya viejo, cuya lanza de clavo hundida por
el regatón en el cieno de la cuenca denunciaba
á lo lejos con su banderola triangular un sitio
de catástrofe. Este soldado estaba ligeramente
herido en la cabeza, con una pierna debajo del
caballo ; y tanto él como los que yacían en la
fosa, pertenecían á un escuadrón que había ban-
deado la línea en medio del desorden, para ser
víctimas de uno de los proyectiles de su propia
artillería que sobrepasaban el blanco.
Escogí aquel lugar para mi pasaje. En mo-
mentos que me aproximaba, uno de los perse-
guidores disperso á su vez en el frenesí de la
carrera, echaba pie á tierra con ánimo de ulti-
mar al adversario, cuyo alazán postrado por la
fatiga y el golpe, sacudía sus cascos en el aire
amenazando aplastarlo con su peso. Ante la ma-
nifestación de aquellos instintos que sólo debie*-
ran revelarse en la pelea, nunca en el triunfo,
me indigné increpando al soldado su conducta:
contestóme con una risa feroz; exigí con vehe-
mencia; la daga brillaba desnuda: piqué espue-
las cuando el victimario ponía el pie en el declive,
pero en vez de darle de punta con la espada
que llevaba en la diestra, lancé sobre él mi ca-
ballo derribándole sin sentido á un golpe de
los encuentros. Socorrí en seguida al ginete negro,
que arrojaba gritos de gozo, más bien parecidos
á alaridos ; y el cual saltó con la agilidad que
470 E. ACEVEDO DfAZ
da el temor sobre su alazán, ya de pie, aleján-
dose después de agitar su sombrero, sin preo-
cuparse de recoger la lanza clavada en la pen-
diente.
Toda esta escena duró pocos segundos.
Pdt mi parte, castigando recio, salí de la hon-
donada; salvé los agaves del linde opuesto, y
me lancé por uno de los senderos de un campo
cultivado. Algunos minutos duró el impetuoso
galope. Me había alejado ya bastante del sitio
del combate, sin alcanzar á distinguir la tropa
de reserva ; y, suponiendo al fin que se hubiese
replegado hacia la margen del arroyo, no muy
distante á mi izquierda, me apresuré á explo-
rarla desde una alta loma.
Pero fué en vano. Los escuadrones habían
mudado sin duda de posición para evitar ser
envueltos en la vorágine, así que fueran acu-
chillados los fugitivos por la caballería vence-
dora; evolución oportuna, según pude verificarlo
pronto.
El suelo retemblaba bajo el galope furioso de
los regimientos enemigos en desbande. Cuando
volví el rostro divisé bien cerca grandes grupos
de ginetes, á toda brida, tendidos sobre el cue-
llo de sus corceles, la espuela en los ijares y
empuñados los sables curvos en actitud de dar
frente para tentar fortuna con la última carga.
Oíase á lo lejos como una diana de victoria,
roncos toques de clarín mezclados á espantosos
BRfiNDA 471
•clamoreos. El horizonte cubierto de cúmulos som-
bríos, parecía surcado de fuegos eléctricos, á se-
mejanza de los que brillan al declinar la tarde
^n una tempestad de verano.
Zumbábanme los oídos, y sentía las sienes
caldeadas por la fiebre.
Ya no podía retroceder sin ir á perderme os-
curamente en el entrevero formado á mis espal-
das por los que fugaban. y perseguían, ciegos y
aterrados los unos, los otros frenéticos é impla-
cables; el arroyo no ofrecía paso hasta aquella
altura, y resolví buscarlo más abajo, en un claro
^le árboles que desde mi posición percibía é in-
dicaba la existencia de un vado.
Abí era en realidad. A pocos metros, un her-
moso edificio se erguía dominando las dos orillas,
y acaso los más apartados terrenos, desde un
alto mirador.
Apenas detuve el galope, se abrieron de sú-
l)ito las hojas de un balcón que enfrentaba el
arroyo, apareciendo en él una dama anciana, quién
tendió el brazo hacia mí con ansiedad, dirigién-
dome frases que no pude percibir distintamente.
Por un momento permanecí perplejo: pensé en
^1 móvil piadoso de las buenas almas, y lo agrá-
decí en aquellas horas de peligro. Pero, no podía
detenerme sin faltar á mis deberes un minuto más.
En truenos redoblados me llegaba el ruido de
la batalla; balas perdidas y sin fuerza salpica-
l)an en los trigos, y casi encima de mí resonaban
31
472 K. ACEVEDO DÍAZ
violentas detonaciones de los que defendían su
vida en el desbande. No había que hesitar.
El declive era suave, y bajé al galope.
A los dos lados se elevaban algunos sauces
llenos de frescura y de verdor: el vado estaba
al frente. Mi caballo se entró en el agua lodosa
dando resoplidos de ardiente sed; pero ya en
el medio levantó de pronto la cabeza, sacudiendo
las crines.
Era que otro ginete acababa de penetrar por
el extremo opuesto, quien al divisarme, sujetó
las bridas sin volverse.
Involuntariamente recordé á la dama del edi-
ficio, que dejaba á mis espaldas, y deduje la
razón de su ansiedad y de su llamado.
El que tenía delante era un hombre de porte
altivo, barba negra, vivaz mirada y ademán enér-
gico. Traía una divisa con lema de oro distinta
á la que yo llevaba, sable á la cintura, y lanza
con virolas de plata, bien plantado en la silla,
que oprimía los lomos de un fogoso tordillo ne-
gro.
Eramos adversarios. Nos miramos breve ins-
tante en silencio, con esa sorpresa natural en
todo encuentro imprevisto; y acaso esperando que,
lejos de nuestras respectivas hneas donde el
mismo ardor estimula los hombres al combate
y los hace insensibles al exterminio cierta con-
ciencia de su irresponsabilidad en la acción co-
lectiva;— lejos de allí, donde no es la intención
BRENDA 473
calculada y fría la que mata, sino las pasiones
en conjunto y en común excitadas, hasta el punto
de ignorarse á qué cuerpo irá la bala, cuando
se ataca la pieza ó se muerije el cartucho; — le-
jos del fuego que se expande y comunica en la
multitud, haciéndola sentir como un solo corazón
y agitarse como un solo brazo, depondríamos
nuestras diferencias, en holocausto á esa idea de
justicia que reposa en el fondo de nuestro ser,
oprimida por las demás, pero que al surgir é
imponerse á los rencores y á los instintos nos
humilla en la intimidad de su confidencia ha-
ciéndonos verdaderamente humanos!
No parece que él pensara así. La sorpresa duró
poco. Impulsáronle quizás mi juventud temprana,
su hábito de mando, su dominio sobre la hueste,
que el prestigio arrastra y el ceño del caudillo
impone; y amagándome con su lanza, me intimó
que le abriese camino, ó me rindiera. Ni una, ni
otra cosa era posible. Yo tenía que pasar forzo-
samente. Advertido de esta decisión, precipitó
su tordillo negro sobre mí con el mayor denuedo,
obligándome á apoyar grupas contra los árboles
para evitar con el ímpetu del encuentro el ser
arrancado de la silla.
Apenas amartillé la pistola que llevaba al arzón,
el hábil ginete se inclinó sobre el cuello de su
caballo, infiriéndome una lanzada en el brazo
izquierdo que alcanzó á la cruceta del hierro.
Hice fuego entonces, manteniendo con esfuerzo
474 £. ACEVEDO DÍAZ
mi posición en la montura. El adversario dejó
caer su lanza, deslizóse por un flanco^ destilán-
dole de la frente un hilo de sangre, mientras su
corcel asustado daba un gran bote y huía arras-
trando del estribo el cadáver entre un torbellino
de espuma. . . .
Zelmar en esta parte de su lectura, levantó
la vista impresionado, y miró á su amigo en si-
lencio, pasándose las manos por las sienes.
Raúl, que había estado leyendo en su sem-
blante y seguido con interés la vuelta de las
páginas, alargó el brazo, y sustrajo suavemente
el manuscrito, que Bafil dejara un momento en
sus rodillas, diciendo:
— Te enterarás después de lo que sigue. Creo
que ya has leído todo lo que puede rozarse con
el hecho grave que nos preocupa.
Aclararé un detalle: el ginete negro era Zam-
bique, — el liberto senil que en otros días has
visto pasar por delante de la quinta, con su cesto
de fresas. Este ser oscuro y humilde que fué
mudo testigo de mis amores y fiel esclavo de
su reina, ya no existe.
¿Necesitaré nombrarte á la dama de la casa
de campo, y al bizarro caudillo muerto en el
vado?
— Infiero que la dama fuese la señora de Nerva,
y Delfor, el caballero — contestó Zelmar medita-
bundo.— ¡Bravo problema, destino raro, singular
leyenda!
BRENDA 475
Tras de estas palabras se dirigió á la ventana,
y paseando una mirada por la campiña, se puso
á recitar en voz grave y lenta una estrofa del
Ariosto.
XXXV
COMENTARIO
Raúl le observaba con los brazos cruzados
sobre el pecho y el ceño adusto, en esa actitud
pasiva del que experimenta todo el rigor de un
hecho incontrastable.
De pronto, Zelmar se volvió diciendo:
— El precedente histórico de que acabas de
enterarme, hace fuerza — ¡por mi vida!
Pero, no me parece el caso de rendirse á dis-
creción.
Consideremos el hecho de una manera aislada,
trasladémonos al instante mismo en que se con-
sumó, desligándolo de su afinidad absoluta con
Brenda: ¿qué dice tu conciencia?
— Me absuelve, — repuso Raúl con calma.
— ¡Ya es mucho 1 Toda la dificultad — que es
seria — consistiría en llevar esa conciencia á la
476 £. AGEVEDO DÍAZ
mujer que amas. Del punto de vista legal, la cues-
tión no admite duda: la sentencia sería absolu-
toria.
— Lo reconozco. En el caso faltó la voluntad
criminal que hace odiosa la culpa. Una ley preexis-
tente á las escritas armó mi mano, porque estaba
en mi misma naturaleza, y mé lo exigía en nom-
bre de su conservación. Agredido con riesgo in-
minente, estrechado en el vado por un fuerte ad-
versario, los dos á solas, inhibido de retroceder so
pena de morir de una manera oscura y miserable,
el lance fué de defensa legítima y necesaria.
— Por otra parte una aventura de guerra,
— observo Zelmar ; — y los que en ella se lan-
zan, no ignoran que al final se encuentra el
sepulcro ó el laurel. Es un dilema de hierro,
dos extremos distintos, pero muy cercanos como
la punta y la cruz de una espada. Advierte
también que en aquellos instantes tenías un de-
licado deber que cumplir, aunque fuera haci-
nando cadáveres ; complemento notable á tu
favor. El deber militar en lances tan supremos,
es más inexorable que la rueda de una pieza á
todo el correr del tiro que buscando posición,
estruja y mutila heridos y moribundos, sorda
como el bronce, inflexible como la muerte que
oculta en su ánima sombría.
Del punto de vista moral, ó á faz de tus amo-
res, el hecho cambia de aspecto. Me imagino el
dolor de Brenda, sobrecogida á un paso de su
BBENDA 477
dicha por una revelación semejante, la lucha tenaz
-entre el recuerdo y la pasión, el deber y el sen-
timiento, disputándose un predominio imposible
por ahora, si hemos de creer que el cariño filial
subsiste en la intensidad de sus ternuras y el
amor ha seguido en ella un crecimiento noble
sólo propio de los seres elevados. Me figuro su
aspecto físico, su quebranto visible, sus espasmos
y soledades cual sucede en las grandes tribulacio-
nes, en que no se piensa ni se descansa, sino que
se sueña ó se delira ; en que la idea semejante
á un ave que no se posa, se alza, desciende, gira,
se complace en su tormento mientras dura la exci-
tación del cerebro ; y deduzco de todo esto, que
la misma gravedad de las circunstancias te im-
pone el deber de esperar.
No hay duelos que resistan al tiempo, ni obs-
táculos insuperables para un amor verdadero.
La tendencia irresistible á expulsar el temible
huésped del dolor aproxima á la dicha suspirada,
aunque quede alguna raíz de la pena.
Pero la persuasión no será obra exclusiva del
tiempo, sino tuya también ....
— Mía, ¿has dicho?
— ¡ Sí ! En tu lugar yo conservaría toda mi fe,
y andaría paciente sobre la arena circundada de
oscuros horizontes, convencido de llegar al fin
al oasis.
Si ella recogiera alguna vez de tus labios la
narración del episodio, llegara quizás á conmo-
478 E. ACEVEDO DÍAZ
verse lo bastante para no consentir que tú enju-
garas sus lágrimas y calmaras su aflicción ; por-
que al ser verídico y sincero hallarías en su
ánimo más que la resistencia tristemente severa
de la huérfana, el arranque espontáneo y gene-
roso de la mujer sensible, de la mujpr que en
su amor primero ha sufrido por tu culpa sin que
tú la hayas engañado.
Raúl se incorporó en su asiento con los ojos
brillantes; y tendiendo el brazo, lleno de an-
siedad :
— ¿Crees eso posible? — preguntó.
— Sin que me asalten dudas. Agrega una
circunstancia deplorable, que preveo, y sobre la
que tú mismo no habrás dejado de meditar: la
de la muerte de la señora de Nerva en plazo
más ó menos breve, según los informes que me
fueron trasmitidos por Areba.
Te impondré de ellos. En la junta de faculta-
tivos realizada ayer, el resultado fué de v funesto
augurio. Ningún remedio sería bastante heroico
para combatir el vicio orgánico: la hipertrofia
llevaba rápidamente la enferma á su terminación
fatal. Era cuestión de días, quizás de horas.
Tendría derecho á presumir, por mi parte, des-
pués de haberte oído, que una violenta escena
íntima, coincidiendo con la que tuviste con de
Selis por la misma causa y sobre el mismo
hecho en la habitación de la enferma haya in-
fluido de un modo considerable en su grave es-
BRENDA 479
tado físico; y á ser cierta esta sospecha, no de-
beríamos extrañar el inmediato desenlace.
Calcula sus efectos. La muerte de su protec-
tora afligirá á Brenda en la medida de sus an-
teriores infortunios; pero, al quedar de nuevo
sola en el mundo, ha de sentir la necesidad de un
consuelo que nadie podrá ofrecerle, sino aquel
que la hizo llevar luto desde su primera juven-
tud, y que es precisamente el que ella ama y
no olvidará un instante en la soledad de su do-
lor. Estarás presente en su espíritu y contigo ha
de soñar; te acariciará á toda hora, preguntán-
dose qué pena ha de imponer por una culpa
inexpiable á su noble caballero, besándote en el
misterio sin permitir que tú la beses, y gozándose
en los deliquios indecibles que la ilusión crea
en los grandes, perdurables amores.
¿ Deseabas que te hablase así ?
— ¡ Oh, gracias amigo mío ! — exclamó Raúl con
gratitud. — Tus palabras me llenan de dulces es-
peranzas. ^
Pero, — añadió con acento bajo, — ellas irradian
al penetrar en mi espíritu, para desvanecerse como
hermosos juegos de luz al frío soplo de la reali-
dad . , . . ¡ Paréceme imposible !
— ¿Imposible? No lo veo así. No se trata de
la Yocasta de Edipo, ni de la Jimena de Cor-
neille, — á quien el gran trágico exhibe en la
terrible actitud de tender la mano al matador
de su padre, mientras llevan á éste al cemen-
480 E. ACEVEDO DÍAZ
terio ; de su padre, á quien el amante mata, sa-
biendo que lo era ! Tu situación moral es dis-
tinta, y el hecho en que se funda natural y ló-
gico por las contingencias del conflicto en- que
se produjo.
Los años pasan sobre esa aventura de guerra
civil, el acaso te acerca á la huérfana, inter-
viene una pasión robusta, y cuando sueñas con
realizar tus votos, se rompe un secreto que de-
bió guardar la piedra de la .tumba: — ¡tú eras el
causahte de esa orfandad !
Mas como todo daño se indemniza y todo in-
fortunio se compensa, por ley natural cuando no
escrita, siempre que dos organismos selectos se-
pan compenetrarse, infundirse el uno al otro .sus
noblezas y abnegaciones profundas, ¿ por qué
dudar Brenda de la dicha, y tú de su perdón?
Raúl estrechó la mano de su amigo con cariño,
diciendo, .entre alentado y vacilante :
— Lo meditaré.
Mi voluntad es fuerte; pero toda su energía
no basta á arrancarme en pocas horas esta im-
presión penosa.
— No lo niego ; y difícil sería que otro en tu
caso dejara de doblegarse.
Cuando la metralla destroza á un héroe la^
dos tibias, no es cierto que su bravura acalle
por completo los gritos de la carne: la entrfiña
se encoge y el tronco se retuerce.
Hay sufrimientes morales que superan á la
BRENDA 481
congoja del héroe. Pero, sin ellos, ¿habría seres
superiores ?
Empieza á meditar, amigo mío, y adiós.
Sabes que un compromiso serio reclama mi
presencia á esta hora en cierto sitio.
Cuenta conmigo después. Confío hallarte más
tranquilo y mejor dispuesto á mi vuelta. ¡ Alza
corazón !
Los dos jóvenes volvieron á oprimirse sus
manos, sonriendo.
Raúl acompañó á Zelmar hasta la puerta, de-
seándole un feliz éxito en la misión profesional .
recomendada por Areba.
Bafil dio orden á su cochero de conducirlo á
la calle de Médano_s, á una casita solitaria, de
propiedad de la señorita de Linares, situada
cerca de la costa.
A pesar de los primeros tortuosos trayectos,
la distancia podía ser fácilmente recorrida una
vez que hubiese entrado el carruaje en la calle
de CeboUatí..
Zelmar miró su reloj. Marcaba las cuatro y
media.
— Te doy quince minutos, — dijo al cochero.
El coche arrancó con la mayor celeridad.
482 £. ACEYEDO DÍAZ
XXXVI
AUTOPSIA
El trágico íin de Gerardo y Cantarela sor-
prendió á la señorita de Linares en medio de
los graves conflictos por que pasaban los mora-
dores de la casa-quinta de Nerva.
El señor Perea le llevó la noticia en el acto
que llegó á su conocimiento, penetrado como lo
estaba del especial interés de. la joven por la
suerte de la infeliz pescadora.
No se hallaba ella preparada para esta im-
presión, y por lo mismo hubo de conmoverse
hondamente.
Pensó en Zelmar. . . .
El joven médico debía llegar en ése, ó al
siguiente día.
Es justo que asista á sus exequias, — se dijo
Areba.
A él se debe la extinción de una familia. ¿ Qué
mucho qué sufra un poco ? ¡ Hay expiaciones
severas para los delitos que la ley no pena, y
en cuyo rigor no creen los soberbios!
BRENDA 483
La justicia había intervenido, instruyendo un
sumario. Depusieron en él los que habían retirado
los cuerpos de la red corvinera; pero en sus de-
claraciones se limitaron á los hechos producidos,
hasta el instante en que Gerardo se dirigió á las
pesqueras con la joven. No olvidaron consignar
que su infortunado compañero padecía de mal ca-
duco, desde algún tiempo atrás, y que en el día
del suceso estaba muy pálido y abatido.
El cadáver de Cantarela exhibía signos elo-.
cuentes de un crimen ; y á los efectos de un in-
forme médico- legal indispensable, designáronse
dos facultativos, que deberían expedirse en el
acto de practicada la autopsia.
Uno de ellos era de Selis. Areba le manifestó
su deseo de que coadyuvara al informe el doc-
tor Bafil, qvie acababa de rendir sus brillantes
pruebas en Buenos Aires, y cuyo regreso se es-
peraba en esos momentos ; para lo cual ella re-
cabaría su aquiescencia, en la seguridad de no
ser desoída. De Selis defirió cortesmente.
¿Podía acaso rehusarse á nada de lo que le
pidiese Areba, á cuyas hábiles maniobras debía
el haber asestado un golpe mortal á Raúl, y de
cuyos efectos una y otro se prometían incalcu-
lables ventajas en beneficio de sus pasiones?
Para la operación del reconocimiento científico,
Areba había cedido la pequeña casa de que he-
mos hecho mención, y adonde fué trasladado el
cadáver de Cantarela, el día del suceso, por la
noche.
484 E. ACEYEDO DÍAZ
Con ese objeto, se arregló urgentemente una
pieza espaciosa con ventanas al patio, bañada de
luz profusa, proveyéndola de los muebles y úti-
les indispensables.
El cuerpo estaba sobre una mesa de piedra
blanca y lisa, cubierto con un paño, del que se
exhalaban sutiles aromas, como si todo lo hu-
biese preparado una mano de mujer.
Veíase en el suelo un ataúd forrado de negro
con chapas de bronce, y encima de él, una co-
rona de cuentas negras sin iniciales ni lazos de
moaré; sencilla ofrenda anónima, allí arrojada
por el deber piadoso.
Cuando Zelmar llegó, de Selis y el otro mé-
dico, — que era un hombre serio y frío, barbicano,
de pocos cabellos, frente amplia y mirar firme y
sereno, — examinaban atentamente la cabeza y
cuello de la víctima.
De Selis tenía los brazos remangados. Sobre
una silla se veía abierta una caja de . cirugía,
llena de esos delicados instrumentos de acero
tan límpidos como un cristal de toca, que en la
mano suave y segura de un hábil profesor, pa-
recen convertirse en apéndices metálicos de sus
nervios tranquilos ó de sus dedos de mujer, que
aunque las toquen, nunca ajan las rosas.
Había sobre la ancha mesa, al lado del cadáver,
un bisturí y un cuchillo pequeño propio para el
corte de partes blandas, que no debía emplearse
hasta la llegada de Zelmar.
BRENDA 4S5
Al ruido de sus pasos, sus dos colegas salie-
ron al encuentro, y cambiáronse entre ellos los
saludos y obligadas frases de estilo. Bafil pidió
disculpa por el retraso de cinco minutos sufrido;
y dejando sobre un mueble su sombrero, tiró de
los guantes de hilo que cubrían sus manos, avan-
zándose unos pasos hacia la mesa, donde fijó su
mirada rápida é inteligente.
La vividez de la luz solar ponía de relieve las
menores líneas y detalles de la cabeza de la
muerta.
Al principio, — tan desfigurada estaba, — Bafil
mantuvo su mirada aguda, profunda, clavada en
aquella cabeza, como inquiriendo en sus perfiles
la razón de la sorpresa que le sobrecogía; pero
luego que dio un paso más, maquinalmente, y
arrancó con increíble ligereza el paño que encu-
bría el tronco, algo semejante á una conmoción
eléctrica crispó todos sus nervios, y ahogó un
grito en su garganta, que trascendió en forma
de espiración ronca y violenta.
Los otros médicos se miraron.
Zelmar permaneció inmóvil, con la vista fija
en la mesa. Estaba . yerto. La sangre se había
retirado de la periferie, y refluía á su corazón á
saltos tumultuosos, al punto de sentirse casi ven-
cido, por un instante, aquel temperamento enér-
gico y varonil capaz de resistir entero las más
fuertes luchas, los más serios sinsabores presen-
tidos, pero no lo imprevisto!
486 £. ACEYEDO DÍAZ
La cabeza de Cantarela, — el semblante her-
moso que él había llenado de caricias en sus
horas voluptuosas de muy cercanos días, — pre-
sentaba un aspecto lúgubre y horrible.
TQnía la boca casi abierta, las encías y los la-
bios amoratados, saliente la extremidad de la
lengua, de un color negro de crespón; las nie-
jillas cubiertas de manchas, los ojos fuera de ór-
bitas, la frente sajada, — cual si en ella hubiese
alguno trazado círculos con la punta de un pu-
ñal. Todos los signos imborrables de una muerte
violenta se descubrían en aquel rostro alterado,
que era apenas un trasunto irónico del semblante
encantador del hada de las costas. ¡Qué expre-
sión desesperada en esta máscara verdinegra !
Un brazo había quedado encogido, y la mano
parecía llevar sus dedos al cuello, en parte cir-
cuido de manchas violáceas; la piel de las sie-
nes presentaba pequeñas heridas de labios ó bor-
des incoloros, sin duda por la acción del agua
marina ;, el seno estaba intacto.
De Selis se fué acercando á la mesa; y cre-
yendo interpretar el pensamiento de Zelmar, des-
pués de seguir su mirada penetrante y escudri-
ñadora, se apresuró á decir:
— Observa Vd. el cuello. En realidad he no-
tado también ahí las huellas de una mano, que
debe haber sido de un vigor nada común. Exa-
mine Vd. de más cerca, y podrá percibir las se-
ñales de los dedos: aquí se han cerrado como
BRENDA 4S7
grandes pinzas de acero, hundiéndose en los te-
jidos y oprimiendo la tráquea, hasta producir la
asfixia.
Diré á Vd. Esta Joven convalecía de una fuerte
fiebre que la postró por algún tiempo, y su
físico se encontraba muy, delicado y débil en los
momentos en que fué víctima de una venganza,
al parecer. Tuve oportunidad de asistirla en su
dolencia. A mérito del régimen prescrito, hacía
ayer su primer ejercicio en una barca por el río,
acompañada del pescador que, con la de ella,
concluyó su vida. Según mis datos, este pesca-
dor padecía de epilepsia ....
Zelmar interrumpiéndole, sin prestar atención
á sus palabras, le miró de una manera que hubo
de inspirarle inquietud. El joven esforzó una son-
risa, murmurando:
— ¡Asfixia por estrangulación!
Su acento era extraño. Parecía hablar consigo
mismo, sin preocuparse para nada de la presen-
cia de sus dos colegas.
Sus ojos volvieron luego á fijarse con honda,
insistencia en las facciones de la muerta, y al-
gunas frases entrecortadas salieron como soplos
de su boca ; verdaderos desahogos de un sollozo,
dominado én su intensidad por un esfuerzo su-
premo.
— Nótanse lesiones interesantes, — dijo el mé-
dico de la barba cana, — en los parietales ; muy
especialmente, en el izquierdo. Se reconoce á pri-
32
488 E. AGEVEDO DÍAZ
mera vista que la cabeza ha sido sacudida con-
tra un objeto sólido y consistente, tal vez contra
las banquetas de las bandas ó las barras del
lastre, y esto ha debido suceder cuando la víc-
tima sostenía lucha con el que la oprimía ya el
cuello con la fuerza de una tenaza. Advierta Vd.
la pobición de ese brazo, enarcado y contraído,
y los rasguños en los dedos ; la víctima, obluc-
tando enérgicamente, parece haberse desgarrada
la piel con sus propia^s uñas. En el parietal iz-
quierdo se percibe un ligero hundimiento.
— Cortaremos en esa parte la cabellera, — re-
puso de Selis, — antes de sajar la piel del cue-
llo. Creo que el examen debe empezar por las
lesiones del cráneo.
En seguida extrajo de la caja una tijera.
Bafil se puso bien cerca de la mesa, más repo-
sado y frío, y dijo con acento firme:
— ¡ Ni cortar, ni sajar!
De Selis se quedó mirándole, con el instrumento
cortante en la mano, y pasaYido los dedos de la
otra por sus hojas, — un tanto scwprendido.
— Es necesario en mi concepto, — objetó.
— Pero no en el mío.
De Selis se encogió de hombros; el otro mé-
dico movió la cabeza.
Ambos cambiaron una mirada de inteligencia.
— Opino como el doctor de Selis, —dijo aquél, —
y aun cuando el señor discrepe, el cometido im-
puesto debe cumplirse de una manera concien-
zuda.
BRENDA 489
— ¡Es elemental! — exclamó de Selis, sonriendo
con cierta ag^itación nerviosa, y llevando la mano
á la espléndida cabellera de la muerta.
— Está de más la lección, — repuso Zelmar con
la frente nublada y el labio trémulo; — mis mo-
tivos tendré para oponerme á que se profane
ese cadáver. ¡Absténgase Vd. de cortar!
— ¡Caballero!
— ¡Extraña conducta!
— ¡Pese á los dos! — prorrumpió Bafil; — me
opongo, y no se ha de hacer.
De Selis puso un gesto desdeñoso, é introdujo
la tijera en el cabello.
Zelmar, rápido y osado, dejó caer su mano
fornida y potente como una zarpa leonina sobre
la de Lastener, arrancándole el instrumento; en
tanto que le azotaba el rostro con los guantes,
cogidos por la otra de las bordillas.
De Selis intentó arrojarse sobre él, iracundo ;
pero el médico grave é impasible de la barba
cana, colocóse en medio, y alzó su voz diciendo :
— ¡Nada de pugilato indigno, en nombre de
la ciencia! Tiempo sobra para lavar ofensas, y
nunca es tarde para el desagravio.
Nuestra misión ha concluido, doctor de Selis ;
respetemos la razón íntima y secreta que puede
haber impulsado á este caballero á oponerse de
un modo violento al examen sesudo y científico
del cadáver; pero declinemos en él también
nuestra responsabilidad por completo, desligan-
490 E. AGEVEDO DÍAZ
donos en este acto mismo de un compromiso eno-
joso. ¡Dígnese Vd. acompañarme!]
Zelmar^ de brazos cruzados junto á la muerta,
pálido y resuelto, miraba con altivez á su adver-
sario.
De Selis arrastrado algunos pasos por su co-
lega que le había asido fuertemente del brazo,
obligó á éste á detenerse un instanjte, y dirigién-
dose á Bafíly dijo, reprimiendo i sus arranques de
reconcentrada cólera:
— ¡ Nos volveremos á encontrar mañana, si su
coraje tanto rebosa!
— ¿A qué hora, y dónde?
— A las diez, en Toledo.
— ¡ Allí estaré !
Los dos médicos salieron.
Cuando Zelmar se vio solo, pasóse la mano
por la frente cual si pretendiera calmar así el
rigor de su neg^a pesadumbre.
A ella se impuso su fortaleza de ánimo, y re-
flexionó.
Reconocía á Areba en aquel golpe rudo, —
¡el designio oculto, quizás! — á que se había
referido Raúl por intuición, cuando le hablara él
de sus esperanzas. El convencimiento llegaba de
súbito, y era eficiente; no debía persistir más.
Areba no podía amarle; en cambio, él se encon-
traba en aptitudes de destruir todos sus proyec-
tos. ¿De qué manera? Lo dirían al día siguiente
el valor y la destreza.
BRENDA 491
En tanto, | qué trágico fin el de la pobre Can-
tarela ! Allí estaba rígida y yerta, pareciendo que
la habían puesto un antifaz horrible, — \ ella, tan
hermosa, apasionada y ardiente I
Contemplábala sombrío.
Aquellos ojos saltados y vidriosos, que otrora
trasmitiesen á los suyos el dulce fluido del amor,
aquella boca que quemó la de él con fuego inex-
tinguible, aquellas manos que jugaron con sus
cabellos temblantes de ternura, aquel cuerpo es-
belto y flexible que ella dio en canje de su ca-
riño y aquella cabellera de ondina, negra y pro-
fusa en que se envolviera su busto mórbido en
las noches de deliquio, — ¡qué aspecto lúgubre pre-
sentaban !
No piído el joven resistir por mucho tiempo
el desnudo realismo de este cuadro ; y cubriendo
con la manta los despojos, de allí se arrancó vio-
lentamente.
492 £. ACEVEDO DÍAZ
XXXVII
SOLILOQUIOS
En la noche del mismo día en que ocurrió el
incidente, Areba esperaba la visita del doctor
de Selis. con esa natural impaciencia de la que
ha madurado un plan interesante y se promete
un éxito satisfactorio.
Paseábase por el gran salón de recibo, hala-
gada por cierto contentamiento íntimo al acor-
darse de Zelmar, é invadida por contradictorias
dudas y opuestas emociones al hacer memoria
de Raúl.
Las pretensiones de Bafil respecto á ella no
se conciliaban con su actual estado de ánimo;
aparte de que, siendo él el amigo preferido de
Henares, y por lo mismo el depositario de sus
confidencias, convenía alejarle de la escena, des-
pués de someterlo á una prueba de conciencia
y á un severo desengaño. Este alejamiento, en
concepto de Areba, debía seguirse á la impre-
sión grave, presumible, ante el cadáver de Can-
tarela, á quien él juzgaba llena de fuerza, loza-
BREKDA 493
■ ■Hi ■ ■ II 1 ■ ■ II I !■ ■■ M|— •ii>iin — B _■■ ■•■MiBiii.K 11 II ■■■ ■ ai ■—^■•iva^-^M
fiía y hermosura aguardando su regreso; im-
presión harto inesperada y violenta para no do-
blegarle y abatirle, á pesar de los bríos de su
carácter y de sus escépticas ideas sobre la vida
mundana.
Cierto es que Areba, al principio, tuvo por
Zelmai; acentuadas preferencias, distinguiéndolo
entre sus adoradores sin reserva alguna; pero,
no lo era menos, que ese afecto especial había
empezado á decaer desde el lance en el Paso
del Molino, y concluido por extinguirse al bro-
tar la pasión real y vehemente engendrada por
Raúl Henares, más que al trascender y divul-
garse los ocultos amores del gallardo libertino.
Ella lo temía todo de su intimidad peligrosa
con Raúl. Eliminado, en cambio, de la acción ;
lejos del terreno asignado al desenlace por ella
previsto, fácil era que la fuerza misma de las
circunstancias aproximase á Brenda y de Selis,
é hiciese menos sensible la distancia entre ella
y Raúl!
Mucho la sonreía esta ilusión. Y ¿por qué de-
jar de acariciarla ? En el vestíbulo de la casa de
campo, después del encuentro con de Selis, He-
nares había tenido para ella frases respestuo-
sas, suaves, sin hiél; frases que aun resonaban
en sus oídos, como los lamentos de Brenda du-
rante toda una noche. « Hay un principio de
justicia, — decía él,— que no permite condenar á
un reo sin oirle Sea Vd. piadosa, si escu-
chare que me condenan. »
494 £. AGEVEDO DÍAZ
Y reproduciendo estas palabras en su inte-
rior, Areba se decia á su vez:
¿Quién podía condenarle? De labios de Brenda
no recogfí un solo reproche; que para todo le
faltaban fuerzas, menos para el sollozo.
No era capaz de odiar un hombre que hablaba
así. I Idea consoladora, la de no ser odiada I
Dora mis pobres ensueños.
Brenda, en su lucha sorda con las memorias
venerables y el cariño y la gratitud del presente,
cuando parece que ya expira la que ha sido su
segunda madre, sin haberla manifestado otro
deseo que el de una unión posible con de Selis,
quizás se incline á meditar, y bastaría ese fenó-
meno sobre su sensibilidad exaltada para que el
tiempo preparase é hiciera menos duro el sacri-
ficio.
¿Nada pueden y en nada influyen acaso, los
grandes deberes, los vínculos estrechos de san-
gre, la voz del corazón que se rebela contra el
olvido, la pureza de alma que resiste á la ten-
tación ?
Algo se debe conceder á la lógica de la pro-
pia vida en sus combates con el dolor, á la he-
rencia, al orgullo del nombre, á los arranques
naturales, á las exasperaciones de un duelo pro-
fundo.
Verdad que Raúl Henares no es un delin-
cuente para los demás; pero, para Brenda no
puede dejar de ser nunca el matador de su pa-
BRENDA 495
dre. Aquí está el conflicto sin término, el re-
cuerdo indeleble, la pena incurable, Privar que
se acerquen es lo discreto; será fatal que se
hablen, se consuelen, se arrullen arrastrados por '
su destino. Estos reencuentros borran toda una his-
toria, sin dejar de ella más que la.parte de ado-
rable claridad. [ Oh ! ¿ por qué no dudar ? Vano
sería tal vez todo empeño, si se volvieran á ver
antes que de Selis recuperase la dulce estima-
ción que precede siempre al consentimiento, se
esté ó no apasionada. Sucedería seguramente lo
último, en caso de que esa estimación rena-
ciese.
Pero, ¿ sería eso posible ? . . . .
Areba se quedó pendiente de esta pregunta,
con un dedo en los labios y una sombra en el
rostro. Tropezaba con la duda más seria. Pú-
sose luego á recordar.
De Selis había pasado largas horas á la ca-
becera de la enferma, consagrándola todos sus
esfuerzos con un celo recomendable ; y seguía
recurriendo á los medios más heroicos para
arrancarla á las garras de la muerte. En sus
atenciones con Brenda, después del encuentro
con Raúl, la delicadeza y el tacto exquisito de
su proceder habían sido irreprochables, hasta el
punto de haber merecido de la joven alguna pa-
labra benévola.
Esa solicitud cariñosa con la anciana y esa
conducta delicada con la huérfana, podían cons-'
496 £. ACEVEDO DÍAZ
tituir un principio ó de reconciliación ó de armonía
precursora de una tolerancia amistosa que per-
mitiese esperarlo toda de la obra del tiempo; y
de Selis tenía que desenvolver la mayor suma
de habilidad en sentido de precipitar esa acción
é inclinar el ánimo de Brenda á una actitud re-
signada con su destino ....
Así pensando, de pronto Areba se dio cuenta
de la demora de Lastener.
No pudo menos de extrañarla, porque él ha-
bía prometido estar allí á la hora de costumbre.
¿Se hallaría, acaso, junto al lecho de la señora
de Nerva? Esta sospecha tenía visos de fundada.
El estado de la anciana era gravísimo, y exigía
siquiera como un deber ó un consuelo un auxi-
lio médico permanente.
Pero, Areba había resuelto pasar esa noche
en la quinta como otras veces; y desde luego
su impaciencia en conocer el resultado de la
autopsia del cadáver de Cantarela y las impre-
siones experimentadas por Zelmar, podría satis^
facerse en breves horas, así que ella se avistase
con el doctor.
Dio sus órdenes, cuando el reloj del gabinete
señalaba las nueve y media.
Instantes después ocupaba su carruaje, en
compañía del señor don Leoncio Perea, persona
indispensable para todas las comisiones discre-
tas y delicadas, y por cuyo intermedio la señorita
de Linares recibía siempre los informes concien-
BRENDA 407
zudos que determinaban sus actos decisivos. Era
un edecán sin reemplazo posible, para sus asun-
tos ínfimos. Todo se le confiaba, y nada salía
de él. Semejante á una cripta llena de tesoros,
el secreto de su boca sólo pertenecía á Areba.
Contra todas sus esperanzas, la joven no se
encontró en la quinta con el doctor de Selis;
cir¿linstancia que no dejó de preocuparla. La
enferma seguía en el mismo estado.
Estos datos le fueron comunicados á la en*
Irada, en donde ella se detuvo, para trasmitir
ciertas instrucciones al señor Perea.
Mientras lo hacía, alcanzó á distinguir como
una sombra en la ventana iluminada de Raúl,
que se divisaba claramente desde la verja.
Areba sintió una emoción dulce, extraña, in-
definible. ¡Aquella sombra debía ser la de él!
Parecía inclinado hacia afuera, inmóvil, en po-
sición de escuchar los ruidos de la noche; cual
si en ellos esperase recoger algún eco intere-
sante, alguna nota expresiva que pudiese partir
de la cercana vivienda.
Areba se entró, suspirando.
La sombra que ella había visto, era la de
Raúl en realidad.
En toda esa tarde, desde el instante en que
le dejara Zelmar, el joven ingeniero no se ha-
bía movido de su gabinete de estudio.
Pasaba por esas transiciones de ánimo y ese
estado de excitación que se siguen á los grandes
498 E. AGEYEDO DIAZ
quebrantos^ una vez que el espíritu ahonda el
problema, ó empieza á medir el alcance verda-
dero del golpe que lo ha anonadado en las pri-
meras horas.
Las palabras de aliento de su amigo le habían
conmovido apenas; comprobándose el aserto de
que nada es tan difícil como llevar la persua-
sión á un corazón lacerado, y nada tan fácil
como la recaída en las cavilaciones que sugieren
los intensos dolores morales.
Una idea le mortificaba, constante y cruel,
una idea que parecía resumir toda su vida psi-
cológica del momento? y esta síntesis fatal de
sus devaneos y pesares, era la de que su adver-
sario se hallaba en mejores condiciones que él
para aspirar al triunfo, tantas veces soñado y
apetecido por los dos. ¿Podía él ocultárselo acaso?
No. I Al fin, Lastener de Selis no era el matador
de Pedro Delfor! Contaba á más con la influen-
cia y el beneplácito de la señora de Nerva.
¿ Q^é grado de energía podía oponer la huér-
fana á estas compulsiones morales, que debían
obrar simultáneamente en su espíritu con mayor
fuerza, en el caso probable de muerte de su pro-
tectora? Todo bien considerado, el horizonte pre-
sentaba oscuras perspectivas, ya que no claros
lincamientos de una solución cierta é inevitable.
Verdad que á él le quedaba un recurso extremo,
aunque aleatorio, — recurso de fuerza sometido al
azar, que siempre había desechado con levantados
BRENDA 499
sentimientos. Ahora, el rigor de la pena lo in-
ducía á gicaríciarlo nuevamente, y á forjarse so-
bre su éxito risueñas creencias é ilusiones.
No hacía cuestión consigo mismo, del derecho
que á ello le asistía: un lance personal quedaba
justificado por los mismos antecedentes del an-
tagonismo con de Selis; lance cuya iniciativa no
creyó le correspondiese, mientras pudo reinar sin
sombras en el corazón de Brenda, pero que, en
el momento actual, él debía asumir como la única
actitud lógica, conciliable con la gravedad de
los hechos y lo insólito de su posición.
Para provocar ese lance, bastaría un nuevo
encuentro, una mirada agresiva, una palabra en-
conada. ¡Los dos guardaban serios agravios!
En medio de su soliloquio, Raúl sintió que en el
fondo de su ser se removían gérmenes de odio;
y acusando á la fiebre que le encendía la sangre,
oprimióse con ambas manos la frente, y fué á
apoyarse en el alféizar de la ventana, ansioso de
aspirar la fresca aura de la noche.
Fué en ese instante, que Areba alcanzó á
percibirte.
504 E. ACEVEDO DfAZ
fres sensible quebranto. Observo desde hace días
en tu rostro, en tu aire, en tus palabras^ en tu
figura misma, que pa«as por crisis morales nada
convenientes á tu salud; en este momento estás
muy pálida, Areba ; y quizás me ocultas que no
te sientes bien.
— No lo creas — repuso ella con firmeza. — Efecto
de las veladas. Aparte de esto, experimento
emociones naturales, sentimiento, pena, no sólo
por lo que ocurre en la quinta de Nerva, sino
también por el hecho inesperado que acabas de
comunicarme. De Selis era un amigo de méritos.
— Bien lo comprendo. Se duele una por ac-
ción refleja, según los términos de moda; y tal
me acontece!
Con las seguridades que me das, voy á de-
jarte, pues á las dos debo hallarme en casa de
Pepa. Es otra de las admiradoras de Raúl
Henares. ¡Adiós, querida amiga! Deseo que te
tranquilices pronto, y que cesen tus afanes.
— ¡ Gracias 1 — contestó Areba, rebosando de
amargura.
Cuándo Julieta hubo salido, quedóse mirando
el suelo, grave é inmóvil, cual si recién sintiera
sobre sí el peso enorme de aquella catástrofe no
incluida en sus cálculos y combinaciones.
¡ Todo se derrumbaba por su base arrastrando
ensueños y esperanzas ! Zelmar abría á su amigo
la puerta de la fe, batiendo el terreno hasta de-
rribar el obstáculo. Su acción había sido profi-
BRENDA 505
cua. ¡Y era ella la que la había preparado con
propósitos distintos ! . . . . Empezó por reconocerse
impotente para jugar con pasiones, á modo de
piezas de ajedrez; á la evidencia estaba que
traían en último extremo lo imprevisto ; y lo
imprevisto podía ser, como en su caso, el es-
trago y el desastre. Con la muerte de Lastener
de Selis la obra se destruía en el instante de
su coronamiento ; Raúl y Brenda volverían qui-
zás á mirarse sin zozobras. Ella ignoraba, por otra
parte, qué grado de intensidad habna alcanzado
el sentimiento en el ánimo de la huérfana por
la revelación del secreto ; después de la violenta
escena en que esa revelación se produjo, Brenda
se había reconcentrado en un mutismo absoluto,
sólo interrumpido, á no dudarlo, por los lamen-
tos y el llanto solitario.
Pero ¿quién podía leer en su alma? Si fuese
cierto que para los grandes amores no hay im-
posibles, sería natural también suponer que en
el fondo de su corazón llameara el cariño, voraz
é inextinguible.
Esta idea reagravó en Areba la tristeza y el
desconsuelo ; y sintió ansias de llorar.
Levantóse y anduvo vacilante por el gabinete
y la alcoba, sin saber lo que hacía; pensando
en él, sintiendo que le amaba más ; que por ella
había expuesto su vida; y pues que era joven,
hermosa, opulenta, grata al beneficio, él debía
haberla querido .... á no ser Brenda !
506 E. ACEVEDO DÍAZ
Y esa odiosa de Julieta que se había estado
complaciendo en hincarla su diente negro en el
pecho sin piedad, empezaba -á hacerse digna de
su menosprecio; fabricaba sus goces con el do-
lor ajeno. ¡ Qué insistencia en hablarla de Raúl,
y qué intención pérfida y maligna ! Toda la hiél
se le revolvía en la sonrisa y toda la hipocre-
sía en los ojos. Esta criatura iba degenerando
sin escrúpulos, y amenazaba concluir en monja
revoltosa.
Lastener muerto .... ¿ Quién hubiera podido
prever este golpe, de manos de Zelmar ?
Raúl no se gozaría eti el hecho, porque era
noble y generoso ; mas ¡ cuan dichosa fuera, si
pudiese leer en su pensamiento íntimo en aque-
llos instantes ! . . . . ¡ Ay, no, que no habría para
ella ni un recuerdo dulce y vago en el fondo
de su alma, llena toda del esplendor de Brenda
como de una luz de estrella!
Areba dejóse caer en su lecho lentamente, y
permaneció inmóvil, con el rostro vuelto hacia
abajo, y las manos en las sienes.
Minutos después, un temblor convulsivo agi-
taba su cuerpo; y prorrumpía en profundos so-
llozos.
En esa misma hora, Raúl, en posesión de la
grave noticia, no experimentaba impresiones me-
nos amargas; y precisamente, contra la sospecha
de Areba, era ella la que absorbía su espíritu.
Una carta de Zelmar, que tenía en sus ma-
BKBNDA 507
nos, se lo había revelado todo. Esta carta había
sido escrita á bordo del Sénégal, que zarpaba
en esa tarde para Europa : era también un adiós
al amigo.
Bafil describía á grandes rasgos sus amores
con Cantarela ; y luego, de un modo sucinto, el
incidente imprevisto, el duelo y la muerte de su
adversario.
El nombre de Areba Linares se mezclaba con
frecuencia al relato, y sugería á Zelmar sagaces
reflexiones, que su amigo debía someter á una
meditación tranquila en obsequio á sus planes
futuros. Por lo demás, el terreno quedaba libre.
El lance había sido rápido, enconado y san-
griento : un asalto, varios golpes de escuela, una
parada falsa de Bafil, que facilitó al adversa-
rio correr el acero hasta el hombro en donde
dejó una línea de sangre ; y por último, en guar-
dia baja, una estocada en el ijar — que se diría
en esgrima de florete, bote de arta obligada —
pasando el hierro visceras y entrañas nobles,
para surgir por la espalda de Lastener. Sobre-
vino una hemorragia grave, y en seguida la
muerte. Todo, en pocos minutos. ¡Diez bastaron
para destruir la obra lenta y laboriosa de Areba !
Zelmar añadía:
« Prescindamos de ésta, que ha de aparecer
negra aventura en mis memorias del Parque de
los Ciervos. Abandono á la avidez y á la saña
de los malevolentes mi reputación envuelta con
508 E. ACEVEDO DÍAZ
los despojos de mi querida, para que hocen en
ella y me fulminen.
cEl placer de confundirme, producirá en Julieta
Camandría un baile de nervios y un cosquilleo
delicioso de lengua por dos meses. El vinagre
cría vibriones ; pero una mujer fea y mala propaga
microbios. Ya verás qué ruido ocasionará su
trompa, hasta aturdir el círculo en que nos hemos
escaramuzado con frecuencia. Todo eso no puede
sorprenderte. En pos de una caída todos se asoman
siempre presurosos al borde del precipicio, donde
resbalara el desgraciado; y observan llenos de
curiosidad en que actitud llegará al fondo, ó en
qué risco se abrirá el cerebelo, ó qué grito final
arroja, que pueda darles luz sobre los móviles
íntimos ; pues la gracia del caer, proscrita al lu-
chador por el gusto estético antiguo, es también
impuesta hasta en el suicidio, por la sociedad
moderna. No sé si he caído con gracia; pero
me avanzo á asegurar, que no deja de tenerla,
eso de concluir con un semillero de intrigas y
ambiciones, tan difíciles como un nudo de Gor-
dium, con una flanconada formidable.
«El hecho es que en esta lucha, á pesar de
todo, he conseguido aprender á desconfiar un
poco de mis propias fuerzas. La agradezco este
progreso .... En cuanto á Areba, ¡ espléndida
mujer ! no será esposa de nadie, y es ella misma,
quien se ha impuesto esta pena: rara, capri-
chosa, excéntrica, vivirá para el huérfano y para
BRENDA 509
el mendigo. Ellos la verán envejecer y tal vez
llorar á la menor sensación de disgusto; extremo
forzoso á que arriba un organismo que ha sofo-
cado sus expansiones en medio de los ardo-
res de la misma juventud. Vigílala, sin embargo :
ella te ama con todo el vigor del sentimiento,
y por eso tentó alejarme de la escena para que*-
darse á solas contigo y batir el campo á de
Selis, hasta estrechar a Brenda entre el respeto
á su protectora y la memoria de su padre. La
temible flanconada vino en tu auxilio. Comple-
tará sus efectos el fallecimiento probable de la
señora de Nerva; pero, no olvides que Areba
ha de sufrir cien vacilaciones antes de abdicar,
y que los cariños obstinados de una mujer inte-
ligente y hermosa suelen concluir por atraer y
fascinar el corazón más duro.
< Mi gira durará dos años. Voy resignado. Es-
tos contrastes no me abaten ni decepcionan. No
he de buscar, pues, cuadros flamencos, ni la ver-
dad desnuda de las hojas del Aretino empapadas
de lascivia, ni los voluptuosos delirios de Musset,
ni las risas epilépticas de Espronceda en el festín
de los senos palpitantes y de las carnes rosadas
y calientes, ni las orgías en que brotan gritos de
adulterio como un adiós al amor que se extingue
y un saludo al amor que viene, con pámpanos
en vez de azahares, y caricias lúbricas en vez de
castos besos; no he de buscar nada que ofrezca
este sabor infernal, este prestigio tentador para
510 E. ACEVEDO DÍAZ
los pechos sin consuelo, en el hueco de cuya en-
traña se enrosca la pena como una sierpe para
hacerlos renegar de todo pudor y de toda virtud.
No tengo por qué aturdirme. Mis dolores son
proporcionados á las resistencias del cerebro ; y
bien pueden ocupar alguna cavidad, sin detri-
mento. Han de irse á su tiempo, lo mismo que
se van en estación oportuna las aves de agüero
que se asilan en una ruina, en donde no han de-
jado de graznar aún en horas en que brotaban á
raudales por las ojivas de la que fué sala, rumo-
res de fiestas y alegrías. Dichoso sería si un amigo
como tú me acompañara en esta gira á que el
hábito me hubiera inducido, á no ser la necesidad.
¡Pero bien sé que eso no es posible! Debo con-
cretarme á enviarte un abrazo, con mis votos más
fervientes por tu dicha. ¡Espero verlos realizados
á mi regreso!»
Como hemos dicho, esta carta produjo estupor
en el joven ingeniero ; aun cuando lo que le afec-
taba personalmente no hubiese dejado fibra al-
guna susceptible de maj^ores emociones.
Pero el acontecimiento era grave y se vincu-
laba demasiado con su destino, para que él pu-
diera sustraerse á sus efectos.
Algxmas horas lo tuvo abstraído.
Caía el crepúsculo, cuando arrancándose á sus
reflexiones y á la sorpresa que le causara aquel
nuevo rasgo caprichoso de la suerte que elimi-
naba á su rival de una manera tan inesperada, -^
BRENDA 511
se dirigía al interior de la quinta reproduciendo
en su memoria frase por frase el contenido de la
carta de Zelmar, y planteándose con nuevos ele-
mentos el problema del futuro.
Pero al pasar junto al seto, olvidó por un ins-
tante cuanto le absorbía, y extendió su mirada
por los sitios linderos que él había recorrido sin
zozobras en días venturosos.
Allá cerca de la gran puerta que daba á la
calle del estanque, reunidas en compacto grupo,
distinguió varias personas de la servidumbre, que
parecían comentar algún suceso extraordinario.
Si Raúl se hubiese encontrado más próximo á
ellas habría podido observar rostros llorosos, y
oído lamentaciones que brotaban de todas las bo-
cas ; pero á la distancia, estuvo lejos de presumir
que aquél fuese un grupo de plañideras, limitán-
dose á suponer que se tratara del trágico lance
en que de Selis perdiera la vida. Y al alejarse,
ocurriósele una pregunta que era expresión de
todos sus anhelos : ¿qué fenómenos pasarían en
esos momentos por el alma de Brenda?
Ya que él no podía adivinarlo, debemos nos-
otros decirlo : un nuevo trance la anegaba en el
dolor, y era éste el último cuadro del drama do-
méstico.
La señora de Nerva acababa de morir.
512 E. ACEVEDO DÍAZ
XXXIX
UN AÑO DESPUÉS
Corrieron los días.
A las tardes cálidas y serenas se sucedieron
bien pronto los fugitivos crepúsculos otoñales,
las mañanas de sol invernizo, las frías auras, los
cielos oscuros, la atmóefera sin golondrinas, los
bosques en escjueleto, los paisajes grises, las hi-
lachas de hielo en vez de verdes hojas pendien-
tes de los troncos desnudos como barbas de an-
cianos.
Pero, estos cuadros desolados se borraron tam-
bién. Pasaron los meses, y la naturaleza empezó
á sonreír tras un sueño profundo, con la gracia
de una mujer bella que ciñe su cabeza con per-
fumada diadema y se apresta á seducir desple-
gando todas las galas de juventud y esparciendo
en su redor aromas, luces y esperanzas.
Volvieron las flores y las hojas, las legiones
aladas, el sol resplandeciente, el aire tibio y puro,
los horizontes diáfanos, las copas umbrías, dio-
ramas espléndidos con sus jardines y bosques
BRENDA 513
Henos de savia prolífica y vida exuberante: el
tiempo se reproducía por ley inmutable sobre
ruinas y recuerdos, y los mismos árboles viejos
se vestían de lujo, echando su cana al aire al
beso de primavera.
Nada había cambiado, pues, al parecer, en las
preciosas quintas de los suburbios, que volvemos
á visitar después de un transcurso regular de
tiempo : todo revelaba en ellas aquel esmero pro-
lijo ó artístico cuidado con que se atienden los
sitios predilectos á que nos suelen ligar dulces
memorias y encantos.
Las quintas de Nerva y de Henares, con su verde
y espesa vegetación arbórea, parecían formar un
solo bosque.
Habíanse aumentado los ejemplares de naran-
jos, durazneros, nísperos, manzanos y cerezos ;
las higueras y nopales en estrecha alianza con-
fundían las ramas ásperas y las palas espinosas,
acercando á las hinchadas brevas los higos chum-
bos; los membrillos, ya sin flores color de carne
alargaban sus vastagos correosos llenos de ve-
lludos frutos hacia el seto, que cubrían con sus
nutridas hojas verdi- plateadas ; las grandes pe-
ras sin sazón, encorvaban los flexibles gajos en
compactos grupos, teñidas de solferino y verde-
mar; en los extensos viñedos las cepas dirigían
multitud de sarmientos á todos rumbos llenos de
racimos apiñados, que aparecerían después blan-
cos, oscuros y color de rosa : ni una maleza, ni
514 ' £. ACEVEDO DÍAZ
una zarza, ni un cardo se veía á lo largo de los
agaves del fondo, al final de cuya línea de pi-
tacos, distribuidos á trechos como guías de gra-
naderos, se percibía el extremo cónico de la choza
de Zambique, — hasta donde llegaban en confiisas
espirales las silvestres enredaderas cuajadas de
florescencia.
Desde la muerte del liberto, aquel lugar soli-
tario no había sufrido modificación alguna. La
choza conservaba en su interior todos los mue-
bles y objetos caprichosos que pertenecieron al
fiel negro, sin excluir la marimba, que se man-
tenía junto al ventanillo empolvada y silenciosa
por siempre. En . cambio, la naturaleza espontá-
nea y pródiga fecundando las semillas caídas al-
rededor, había envuelto toda la choza en un es-
peso manto de parietarias hasta cubrir la puerta
por completo, cual si hubiera querido preservar
la oscura mansión de toda mirada indiscreta.
La calle que conducía al estanque había sido
cubierta con enormes zarzos de hierro para sus-
tento de numerosas viñas, después de ser derriba-
dos los eucaliptos que adornaban los flancos.
El estanque parecía un inmenso vivero, por la
multiplicación extraordinaria de sus peces ; en el
segundo departamento, separado por un fino tejido
de alambre, las aves de viva y hermosa pluma
pululaban como rápidos esquifes de fondos ne-
gros, rosados, blancos y cenicientos comprometi-
dos en regatas de honor.
BRENDA 515
^En una tarde apacible de verano, una joven
que vestía de luto, encaminaba sus pasos por la
calle del estanque, acompañada de una niña de
tierna edad.
Esta joven había estado sentada, momentos
antes, en el banco de piedra colocado junto al
seto, en la parte que daba al mar.
En el semblante blanco y bello de la paseante
solitaria, podíanse notar esos signos inequívocos
que graban en las facciones los dolores morales ;
esas huellas leves, pero elocuentes, buriladas por
la cavilación de lo que la vida enseña, en armo*
nía con un aire de resignación noble y tranquila,
de que sólo son capaces los organismos selectos,
en las luchas despiadadas del corazón.
Al primer golpe de vista, seducía esta joven
por sus encantos sin artificio, de conjunto afili-
granado, por decirlo así, de formas tornátiles, de
perfiles correctos, animados por una expresión
dulce, sencilla y atrayenté, que . daba á su ca-
beza escultural un realce admirable.
Un tul negro encubría en parte su cabellera
rubia.
Tenía los ojos de un azul profundo ; el seno
alto y turgente; las manos pequeñas, de afila-
dos dedos, color de rosa pálida.
Fácilmente habrá reconocido el lector en esta
joven á Brendá.
Muchas fueron sus transiciones violentas desde
el día de la muerte de su protectora, y desde el
516 E. ACBVEDO DÍAZ
instante en que le fué revelado el secreto del en-
cuentro trágico y fatal entre su padre y Raúl,
Cerca de un año había transcurrido desde aque-
llos sucesos; y aun conservaba frescas las emo-
ciones de entonces, abstraída en el culto de los
recuerdos, indiferente á los cuadros de alegría
extraña para ella, concentrada con fervor en la
esperanza y en la fe á que los propios rigores
del pesar suelen dar crecimiento y energía.
Si en la vida psicológica basta para el goce
una ilusión que quede, ¡cuánto hace un alma sen-
sible por conservarla intacta, por mantenerla siem-
pre excitada y vivida aun en medio de transitorias
dudas y quebrantos!
Brenda había sido declarada heredera univer-
sal de los cuantiosos bienes de la señora de
Nerva, en cuyo testamento por acto público así
se consignaba de una manera formal é irrevo-
cable, sin cláusula restrictiva alguna, como una
prueba del profundo 'afecto que la dulce huér-
fana mereciera en vida de su benefactora. En la
misma escritura de últimas voluntades se desig-
naba la persona que debía ejercer la tutela, y
que lo era el señor Enrique Linares, hermano
de Areba.
En posesión de esa fortuna, ella habíase son-
reído. . . .
¿De qué la serviría?
Sólo para hacer el bien; y al pensar así, la
había consolado la creencia de que á su noble
BRENDA 517
—
protectora sena grato el destino que ella reser-
vaba á sus riquezas.
El mundo había hincado en sus plantas dolo-
rosas espinas; y solía preguntarse, meditando en
sus recogimientos prolongados, cuántos no sufri-
rían más que ella y habrían menester de aquel
exceso de opulencia.
Por el dolor propio había alcanzado á pene-
trarse del dolor humano, desprendiéndose de todo
sentimiento egoísta, del ensimismamiento que aisla
y no escucha más que una queja, que comun-
mente se juzga superior al lamento del infortu-
nio extraño.
Y así cavilando, iba por fin su pensamiento á
concentrarse todo entero en Raúl; en aquel ser
amado que había muerto á su padre, meses antes
que él la encontrara á su paso, cuando aún lle-
vaba luto, y que no veía hacía mucho tiempo,
sino á través del húmedo velo de sus ojos, tal
como quedó grabada en la mente enardecida su
imagen la última vez que escuchó su habla y se
extasió al mirarlo.
En los primeros tiempos se había limitado á
acordarse, ¡acordarse siempre! sin el deseo de
volver á verlo. "
No podía desasirse del fuerte lazo de un pesar
rígido y severo.
Después, llegó á sentir como un. ansia de mi-
rarle un poco, ó por lo menos de saber de él ... .
¿Era esto un crimen? Se estremecía, sin darse
518 E. ACEVEDO DfAZ
cuenta de su inquietud. Una noche soñó que lo
había visto, helado é indiferente.
Al despertar, creyó por largos minutos que
aquello era cierto; y se había arrojado del lecho
llorando.
Desde entonces, fué creciendo el deseo, vago
en su origen, ardiente más tarde, de verle en
realidad; de oirle, de observar en su rostro los
efectos de la ausencia y los resplandores de la
pasión que él parecía sentir en días venturosos
como una necesidad suprema de su vida.
Areba, que se había consagrado con extremo
afán á las obras de beneficencia, retrayéndose
poco á poco de los círculos en que descollase
por sus méritos indisputables, solía acompañar
á su amiga algunas veces ; sin que en esas opor-
tunidades hubiese abandonado nunca su actitud
fría y reservada respecto á Raúl.
La muerte de Lastener de Selis, que había
hecho en Brenda Delfor una honda impresión, pare-
cía haber introducido en los hábitos y gustos de la
señorita de Linares un cambio notable; á partir
de aquel suceso dramático y sangriento, Areba
concurría al templo con frecuencia, á los hospi-
cios, asilos de expósitos y misteriosos lugares
de pobreza vergonzante, donde derramaba pia-
dosa y discreta nobles beneficios.
En la tarde de que hablamos, acababa de de-
jar á Brenda, cuando nosotros hemos visto en-
caminarse á ésta por la calle del estanque hacia
la glorieta.
BREKDA 519
La niña que iba á su lado era una de las
hijas de su tutor.
Meses hacía que la joven no visitaba la quinta,
y complacíase ahora en recorrer todos los sitios
predilectos que traían á su memoria recuerdos
tan dulces y queridos.
A pocos metros de la glorieta se paró á mirar
hacia la casa del lindero.
La ventana del gabinete estaba abierta; y
este detalle insignificante para otros ojos que
los suyos, la conmovió ....
En ese instante la niña desprendióse de su
mano, y echó á correr detrás de una mariposa
blanca con todo el goce radiante de la inocencia.
Brenda la observó un momento alejarse, y
siguió caminando muda y abstraída.
Ya en frente de la puerta, alzó la mirada, y en
el instante mismo, ahogó una gran voz, alargando
el brazo trémula, pálida, fría, como si una fuerza
eléctrica hubiese crispado todos sus nervios.
Un hombre con la frente baja, los brazos cru-
zados y el ceño adusto, se hallaba en medio de
la glorieta.
Era Raúl Henares.
Brenda no se movió de su sitio.
34
520 E. ACEVEDO DÍAZ
XL
CLEMENCIA
Una breve mirada al pasado, ante tpdo.
En medio de los inesperados sucesos que á
la partida de Zelmar sobrecogieron á Raúl, ha-
llóse éste perplejo, sin resolución bastante para
tentar por el momento paso alguno en sentido
de acercarse á la -huérfana.
¡Cuan difícil le hubiera sido eso!
Su espíritu había sufrido quebrantos harto
crueles y dolorosos para determinarse, libre y
enérgico, á asumir actitudes osadas, ó á afrontar
un problema moral que se le ofrecía con difi-
cultades mayores que la más complicada ecua-
ción algebraica.
Su situación le sumía en la inercia: el pre-
sente estaba oscuro: lejos, el albor de la mañana:
fresca y sangrando la ancha herida en su pecho
y en el de ella I
Resolvió alejarse.
Durante dos meses, Raúl viajó por el interior
del país, buscando otras impresiones, otra atmós-
BRENDA 521
fera, otra vida; pero, bajo el mismo cielo, en la
tierra misma de la patria, no le fué posible de-
volver á su organismo la calma y el reposo.
¿Los encontraría, acaso, lejos de ella, allá en
medio de sociabilidad extraña, donde nada rea-
vivase las profundas amarguras de su espíritu ?
Probó apartarse mucho.
Después de algún tiempo de permanencia en
el Brasil, trasladóse á Buenos Aires, recorrió las
provincias del interior y cruzando la cordillera,
se internó en Chile, la extraña tierra tendida en-
tre nidos de cóndores y espumas de océano, entre
paralelas de mares y montes excelsos, que la arru-
llan con música gigante de cráteres y de ondas.
Allí residió largos días, dirigiendo una obra de
fábrica.
Concluida su tarea, pensó en excursiones más
lejanas.
Pero,' sintióse débil ¡ al fin ! y cediendo al hondo
anhelo de volver á ver lo que más había amado,
decidió el regreso á las playas uruguayas.
Llegado en medio de singulares emociones, di-
rigióse á su quinta, en donde se propuso pasar
algunos días.
Selim le había conservado su morada con un
esmero digno de encomio. Todo estaba en orden
y artísticamente dispuesto, desde la alcoba hasta
el gabinete de estudio.
Raúl se encontró con varias cartas y tarjetas.
Dos de aquéllas eran de Zelmar, dirigidas la
522 E. ACEVEDO DÍAZ
una de Venecia y la otra de París. Su lectura
fuéle muy grata, impregnada como estaba de
aquel espíritu gentil y ático que tanto distinguía
al joven médico. Pedíale en la de última fecha,
que le informase del estado de sus cosas íntimas
que él no podía olvidar ni un momento, aun en
medio de los mil accidentes y seducciones de las
grandes capitales.
Este reclamo arrancó al joven ingeniero una
sonrisa de tristeza ; y como si le impulsase irre-
sistiblemente á una resolución, de que hubiese
una hora antes desistido, preguntó á.Selim, sin
embozo ni reserva alguna si sabía algo de la mo-
radora de la quinta de Nerva.
Selim contestó que hacía mucho tiempo que
sólo habitaba una corta servidumbre la casa ve-
cina, desde el día siguiente al de la muerte de
la señora ; pero que ocho días atrás había tenido
ocasión al inspeccionar los setos, de ver sentada
en el banco de piedra á la niña de luto.
Raúl quedóse pensativo.
Transcurrida media hora, se levantó ; y resol-
viéndose visitar la quinta, bajó las gradas de la
escalinata.
Varias veces se detuvo en las calles de árbo-
les, aspirando con placer el aire tibio de la tarde.
¡ Cuántos recuerdos !
Allí estaba la escena tranquila y solitaria del
poema de otros tiempos, apenas separada del sitio
en que posaba su planta por un seto de arbustos.
BRENDA 523
entre los que asomara ella un día su cabeza en-
cantadora.
Delante la glorieta silenciosa, por cuyos arcos
cubiertos de doseles de madreselva atravesaban
en raudos vuelos las alegres golondrinas; más allá,
la calle del estanque, los bosquecillos de naran-
jos y limoneros, el laberinto de sendas festonea-
das de boj ; hacia el fondo la línea de tunas, el
banco de piedra, el vértice de la choza de Zam-
bique, sobrepujando las verdes y flotantes bóvedas
como el cono de un templo africano en medio de
las florestas.
jTodo hablaba del tiempo que fué, removía fibras,
renovaba en la visión los mirajes del pasado en-
sueño!
Inmóvil estuvo Raúl con la cabeza descubierta,
la mirada fija, fiebre en las sienes, de pie junto
al seto, pensando quizás que aquel color de espe-
ranza, flores y frutos, todo aquel paisaje de en-
canto y de luz reaparecía misterioso á la vuelta
de un año, con la misma facilidad que en el co-
razón humano la pena ahonda, marchita y des-
truye los ideales de la vida.
De pronto, cual si cediese á un deseo vehe-
mente, el joven so aproximó más al seto. No se
veía persona alguna en el interior de la quinta
de Nerva, que él podía dominar á su frente ; rei-
naba completa soledad.
Raúl salvó el seto, y fuese con paso firme y
resuelto á la glorieta, donde se entró.
524 E. ACEVEDO DÍAZ
Fué la suya una determinación súbita, como
de quien se siente atraído irresistiblemente por
una fuerza secreta hacia un lugar que no se creía
volver á ver, y que de improviso se exhibe ante
los ojos sorprendidos, hiriendo en lo más vivo el
recuerdo.
Cuando divisó á Brenda, creyó que soñaba.
La realidad tenía que imponerse pronto ; y una
emoción profunda se apoderó del joven, cuando
ella al presentarse en la puerta, extendió su mano
y sofocó un grito, bajándola luego, con la ca-
beza, para quedarse quieta.
Allí estaban los dos, el uno muy cerca del otro;
temblantes, mudos, sin moverse un paso, lo mismo
que aquellas estatuas que se erguían blancas en-
tre yedras y nutridos follajes en el cercano bos-
quecillo.
La sorpresa les había hecho contener hasta el
aliento.
Poco á poco fueron levantando las cabezas con
desconfianza, y se miraron con la pupila fija y
los párpados temblorosos.
Parecía que querían cerciorarse, con miedo,
de que aquello no era una ilusión de los sen-
tidos: se compenetraron; y al mjsmo tiempo,
tal vez, creyeron que uno y otro arrastrados
por su destino habían puesto intención y volun-
tad para aquella aproximación.
Apenas más tranquila, dueña de sí misma,
Brenda recogióse un poco con la izquierda el
BRENDA 525
crespón que cubría su cabeza; frunció el labio
y le miró al soslayo, con aire inquieto y esa
perplejidad adorable que en la mujer enamorada
se traduce en estremecimientos y suspiros.
Raúl arrancándose de súbito á su situación
violenta, rompió el silencio, diciendo en voz baja
y trémula:
— Ha sido necesario que llamase á mí todas
las memorias gratas al espíritu .... para atre-
verme á dar este paso, Brenda. Lejos estaba de
-esperar este encuentro, aunque algo me lo ha-
cía preserttir. . . .
Quizás este deseo ardiente, duradero, que nunca
se apaga, que me arrastra y subyuga; acaso, un
ansia profunda é intensa de ser oído antes de ser
olvidado por siempre!
La joven asumió una actitud grave y severa,
al escuchar estas palabras.
Tenía el semblante casi transparente, el seno
agitado, los pjos húmedos con una expresión
extraña, que era mezcla de dolor, de altivez y
de cariño.
Aquella voz llególa al fondo comg un arrullo
delicioso, en medio de las hondas tribulaciones
que estremecían su ser; convencida de que no
podría odiar ni maldecir, aun cuando á su eco
se agolparan á su mente las sombras de una
historia fatídica y sangrienta!
Como le mirase muda y fría, Raúl prosiguió :
— Yo bien conozco que no tengo ya dere-
chos ....
526 B. ACEVEDO DÍAZ
Pero, séame concedido el consuelo de una con-
fidencia intima, como un descargo de concien-
cia, aunque ella renueve pasadas amarguras ó
encono la herida abierta por la más negra fata-
lidad.
Yo diré lo que pasó, confesaré mi culpa, si
pudo haberla en quien no tuvo tiempo de
odiar; — que no fué el encono el que armó mi
mano, Brenda, para arrancar una vida, en otra
hora para mí inviolable y sagrada, sino el grita
de la- carne y de la propia conservación, en me-
dio de toda la fuerza impetuosa de la primera
juventud. . . .
— ¡ No fué el odio ! — balbuceó Brenda como
aterida, la frente plegada, las mejillas ligera-
mente sonrosadas de improviso, y los ojos llenos
de ese fluido que parece condensar cien emocio-
nes.
¡ No fué el odio ! — repetía en tono muy flé-
bil y dulce cual si hablara á solas, poniendo su
mano en el nacimiento del seno que ondulaba
á intervalos á los golpes del corazón henchido
de amores jr de lágrimas.
¡ Nunca lo supe bien ! . . . .
Y así diciendo levantó los ojos de azul som-
brío, que puso en los de Henares, con una ex-
presión de ansiedad indecible.
Animóse Raúl entonces, aventurándose en el
relato.
— Pasó aquello en la guerra ...
BRENDA 527
/
Los bandas estaban enconados y las pasiones
embravecidas ; pero, en el lance singular de que
hablo, á solas, en frente de un adversario para
mí desconocido, altivo y arrogante, en medio de
un vaíio estrecho, sin poder retroceder ni avan-
zar, porque la muerte me aguardaba por do-
quiera, yo no estaba, sin embargo, animado de
rencor y de venganza, ni quise agredir el pri-
mero, aunque el deber me exigía sacrificarlo
todo á mi paso sin clemencia ni perdón.
Fué preciso que la lanza del coronel Delfor
desgarrara mis carnes y comprometiese seria-
mente mi vida, para que yo me decidiera á la
defensa enérgica de tan fatales resultados para
él; y eso sucedió, cuando ya la sangre brotaba
á raudales de mi herida, y no me quedaba, otra
solución en el duro trance que la de matar ó
morir. . . .
— 1 Oh ! — profirió Brenda cubriéndose el ros-
tro con ambas manos y avanzando un paso á im-
pulsos de la emoción. — El ¿ hirió el primero ? . . . .
— i Sí!
¡ Yo no tenía por qué odiarle !
Lejos uno y otro del centro de la acción, del
fuego que enardece, del entusiasmo febril que
circula por las filas, comunicando á los brazos
una actividad implacable, y á las pasiones de
'partido una excitación temible, — yo pensé al
principio, que en aquel encuentro aislado uno y
otro depondríamos nuestras diferencias en home-
528 E. ACEVEDO DÍAZ
naje a] sentimiento de la fraternidad, que no se
extingue por completo en los hombres de cora-
zón ; ya que el estéril sacrificio de mi vida, ó su
fin oscuro, lejos de las líneas, banderas y entu-
siasmos de la batalla, — allí en aquel sitio apar-
tado y solitario, nada añadiria al orgullo del ven-
cedor ni á la justicia de la causa.
Eramos como dos dispersos en quienes hubiera
concluido la fiebre del combate,, que se encuen-
tran al fin de la jomada, se miran, y pasan, ya
sin razón de ofenderse ó de agredirse.
Pero, él era bravo y cedió á los arrebatos de
la sangre rica y ardiente.
Me atacó, y me defendí.
¡Grave infortunio, á veces, el de ser afortu-
nado!
¿ Sabía yo acaso que aquel valiente era tu
padre ?
Cuando la verdad lució, pensé que no había
castigo mayor que el conocerla, y que para este
destino no se hizo consuelo alguno.
¿Qué alma fuera tan piadosa que restañara en
el vivo, una herida peor que la del muerto?. . . .
] Oh ! ] Si mi vida pudiera rescatar la de tu pa-
dre! ....
La voz del joven era baja, lenta, suave como
un trémulo, como de quien reprime profundos
arranques que llegan á la garganta en forma de
nudos que amenazan ahogar y al fin descienden
de nuevo al fondo del pecho oprimido.
BRENDA 529
Brenda le miró, con las pupilas veladas por
el llanto y las mejillas encendidas, acercándose
á él por un impulso maquinal, inconsciente, en-
treabierta la boca, por el ansia de decir algo
que su leng'ua se negaba á articular; pero que
su rostro denunciaba á lo vivo.
I.os dos quedaron en suspenso, por un ins-
tante ; ella, inquieta, casi vencida ; él, lleno de
ardor, insinuante, alentado por la pasión férvida
que trasmitía unción á sus frases y fuego á su
mirada.
Adelantóse luego, hasta ponerse casi en con-
tacto con la joven y quemarla con su aliento ;
y como ella bajase la cabeza fascinada y suspi-
rante, dijo encima de su oído:
— No me guardarás odio, ¿verdad?
Lo quiso así mi destino infeliz; y mira en
qué grado soy culpable, ahora que los años
han pasado y el dolor recién viene á marchitar
la dicha que soñé.... la dicha de la huérfana
en cambio del infortunio del padre !
Si no quemara tu labio una palabra ....
Levíintó Brenda los párpados lentamente, con
una expresión de amor intenso en sus ojos y
preguntó febril ^
— ¿ Cuál ?
— De clemencia y de perdón ....
Puso ella sus manos temblorosas en el pecho
agitado de Raúl, y posando en su hombro la
cabeza suavemente, llena la mejilla de calor,
53i) E. ACEVEDO DÍAZ
teñido en grana el labio, en vano rejirímiendo
los latidos de su seno que ondulaba con vio-
lencia, balbuceó en tono tan ledo como un há-
lito una sílaba, que los labios de su amante re-
cogieron en una aspiración suprema, al sellar
su boca deliciosa con un beso de inefable ter-
nura.
¡ Aquel beso les hizo olvidar !
Era síntesis de anhelos reprimidos, de pasiones
profundas porque habían sido contrariadas, y
compensaciones de un año de ausencia.
Enmudecieron ; disipáronse las sombras de las
frentes; buscáronse las manos en cariñosa alianza,
la mano blanca y pura de la viígen y la mano
del matador ; plegáronse los párpados al influjo
de un vértigo veloz, y al estremecerse sus cuer-
pos estrechados suavemente, unidos los rostros
en transporte de deliquio, parecieron trasmitirse
todos los ensueños y esperanzas reconcentrados
hasta entonces en el fondo de sus almas por los
rigores de la duda y del quebranto.
En ese grato momento de amor, de clemencia
y de perdón, la niña que acompañaba á la huér-
fana, volviendo con la mariposa en la mano,
asomó sorprendida su carita de rosa y púrpura,
despierta y vivaz contemplando con asombro la
escena.
Desprendióse la joven, y vino hacia ella son-
riente.
La niña miró á Raúl con aire de estrañeza.
BR£NDA 531
mezclada de simpatía; y extendiendo á él su
manecita, preguntó con dulce candor :
— ¿ Ese es tu novio, Brenda ?
— Sí, — dijo ella, besándola en la boca. — ¡Es
el que será mi esposo !
Y volviéndose á Raúl con los ojos brillantes
de amor y de ilusión, agregó antes de alejarse
con imperio:
— ¡ Irás mañana I
XLI
CONCLUSIÓN
Pocos días después de esta escena, en una
capilla solitaria de elegante arquitectura que se
eleva con sus fugaces agujas en medio de las
nutridas arboledas del norte, nido de oraciones
y de preces íntimas, se desposaban Brenda Del- .
for y Raúl Henares.
Un grupo reducido de personas asistía al acto,
rodeando la interesante pareja. con ese aire de
profundo interés y simpatía que imprime en los
semblantes el cuadro seductor de una dicha se-
rena y luminosa.
532 E, ACEVEDO DÍAZ
Hacia el fondo de aquel pequeño templo or-
nado con el mejor gusto artístico, junto á un
reclinatorio de ébano, dos damas departían en
voz baja sobre la ceremonia.
Una de ellas era Julieta Camandria, que no
había podido sustraerse á la tentación de pre-
senciarla, y que en los anteriores días había su-
frido fuertes ataques nerviosos al tener conoci-
miento del feliz desenlace del drama.
— Sabrás, — decía inclinándose al oído de su
compañera, — que la causa real de haberse em-
barcado ayer Areba Linares en viaje á Europa,
no es otra que este fnatrimonio. j Su orgullo no
ha podido resistir suceso de tal magnitud ! . . . .
— Se encontrará allí con Zelmar Bafíl.
— ¡Nunca le amó de veras!
Mira. Ya se apartan .... Iremos detrás. Xo
quiero que la novia se imagine que la envi-
dio.
En ese instante, la encantadora desposada del
brazo de Raúl, se adelantaba y salía radiante,
esparciendo á su paso esa atmósfera deleitable,
mezcla sutil de fluido luminoso, sonrisas inefa-
bles y perfumes de azahares que difunden siem-
pre del altar al umbral de salida las novias de
singullar belleza, como últimas esencias de que
se desprenden sin pena ni amargura, la castidad
y el candor.
— ¡Qué alma de criatura! — susurró Julieta
bien cerca de su campanera; Ahora, aunque
BRENDA 533
alguna vez hubiera podido olvidar á su padre,
tendrá que recordarlo siempre !
La pareja pasó tranquila y risueña, leyéndose
en sus rostros una promesa perdurable de paz y
de ventura.
FIN
índice
SVf.
Del Editor 1
Bbenda 7
L — Zelmar 18
II. — Paso del MoHno 33
ni. — La losa negra 46
IV. — Un punto matemático ...... 60
V. — Temas íntimos .... ^ ... . 69
VI. — Sonámbula 86
Vn. — Estrella de mar 95
Vm. — Rayos dorados . 108
IX. — Primeros celajes 119
X. — Los esteros de Carrasco 131
XI. — Zambique ♦ . . . . 143
XTT. — La pieza de mérito 150
Xin. — Crepúsculo de la tarde 159
XIV. — « La Madrépora » 179
XV. -T Personajes eternos 193
XVL — La glorieta 203
XVn. — En la choza 210
XVin. — Un secreto de Areba "230
XIX. — Emociones 245
XX. — La hiél del pecado 255
538 ÍNDICE
Págs.
XXI. - En el baile 273
XXn. — En la avenida 285
XXm. — Tres cartas 306
XXIV. — Del tocador al cupé 316
XXV. — Confidencias 329
XXVI. — Cantarela 343
XXVII. — Los recuerdos de Diego Lampo . . 352
XXVin. - El último E^ulo 366
XXrX. — Sospecha 386
XXX. — En las costas 397
XXXI. — La red corvinera 406
XXXn. — Revelación 419
XXXm. — Los dos amigos 443
XXXIV. - El episodio .. 1 ....... 458
XXX V. — Comentario 475
XXXVI. — Autopsia 482
XXXVn. - Solüoquios 492
XXXVm. - Duelo 500
XXXIX. — Un año después 512
XL. — Clemencia. .520
XLI. — Conclusión 531
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